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Talento. Robert Bloch

Presentamos un relato de Robert Bloch: Talento. Traducido por Carlos Sánchez Pérez

Robert Bloch es uno de esos autores clásicos de la literatura pulp que no necesita presentación. Su especialidad eran los relatos cortos de terror y ciencia ficción y, en revistas como Weird Tales no era muy difícil encontrar alguna de sus obras de vez en cuando; aunque también tuvo bastante éxito como novelista y guionista, donde suma importantes méritos y reconocimientos. Mantuvo correspondencia con el gran maestro H. P. Lovecraft, cuya amistad propició numerosas aportaciones al ciclo de los «Mitos de Cthulhu». Sin embargo, su fama mundial vendría de la mano de un director de cine, concretamente Alfred Hitchcock, quien llevó a la gran pantalla en 1960 una de sus novelas más emblemáticas: «Psycho (Psicosis)». La mayor parte de su obra está traducida, pero todavía quedan algunas joyas inéditas en español, y en un principio pensábamos que «Talento (Talent)», publicada en julio de 1960 en la revista especializada IF Science Fiction, era una de ellas, por lo que nos pusimos manos a la obra. Sin embargo, hemos constatado que existe una traducción previa, pues este relato se incluyó en la antología El planeta loco (1977, Ficha Tercera Fundación). En la historia que sigue,que traduce para nosotros Carlos Sánchez Pérez, su narrador nos presenta una serie de inquietantes testimonios acerca de un misterioso muchacho, del que poco se sabe, pero del que mucho se habla; más bien de sus extrañas habilidades. ¡Disfrutadlo online ahora, y más adelante en papel, en nuestra edición Maestros del Pulp 2!

TALENTO. BY ROBERT BLOCH

La vida no es sino una sombra que pasa
—dice el bardo— ¡pero este
actor será recordado siempre![1]

Quizá sea una lástima que nada se sepa de los padres de Andrew Benson.

Las mismas razones que los impulsaron a dejarlo como un expósito en los escalones del orfanato de St. Andrews también les hicieron mantener un discreto anonimato. El suceso tuvo lugar en la mañana del 3 de marzo de 1943 —la época de la guerra, como recordaréis— así que, en cierto modo, el pequeño podía considerarse una víctima del conflicto. Este tipo de hechos no eran en modo alguno extraños durante aquellos días, incluso en Pasadena, donde estaba situado el orfanato.

Después de las habituales preguntas conjeturales e infructuosas, las buenas hermanas lo llevaron dentro. Fue allí donde obtuvo su nombre, del patrón y santo patronímico del lugar. El «Benson» fue añadido algunos años más tarde por la pareja que finalmente lo adoptó.

Es difícil, a estas alturas, determinar qué tipo de niño era Andrew. Los registros del orfanato son apenas esbozos en el mejor de los casos, y la Hermana Rosemarie, supervisora del dormitorio de los chicos, murió hace tiempo. La Hermana Albertine, la profesora de primaria de la escuela del orfanato, está ahora —por decirlo de forma delicada— en sus años seniles, y su testimonio aparece consecuentemente coloreado por el conocimiento de los sucesos que estaban por venir.

Que Andrew no aprendiera a hablar hasta que tuvo casi siete años parece casi increíble. El carácter forzosamente gregario y la evidente falta de atención individual, características de la crianza en un orfanato, habrían hecho que la capacidad de hablar fuese necesaria simplemente para sobrevivir en semejante ambiente. Poco más creíble resultaba la teoría de la Hermana Albertine, según la que Andrew sabía hablar pero, simplemente, se negaba a hacerlo.

Por si sirve de algo, ella lo recuerda como un joven inusualmente precoz, que parecía poseer una inteligencia y capacidad de comprensión mucho más allá de la edad que tenía. Sin embargo, en lugar de emplear el habla, se basaba en la pantomima, un arte en el que se desempañaba con tanta brillantez (si creemos a la Hermana Albertine), que su mudez apenas se notaba.

«Podía imitar a cualquiera», declara. «A los otros chicos, a las Hermanas, incluso a la Madre Superiora. Por supuesto, tenía que castigarlo por eso. Pero la manera en que se quedaba con todos los pequeños gestos y las expresiones faciales de otras personas, solo con una mirada, era excepcional. Y es que eso era todo lo que Andrew necesitaba: una mirada».

«El día de visitas era el domingo. Naturalmente, Andrew nunca tenía visita alguna, pero le gustaba salir al pasillo y observarlas. Y después, por la noche en el dormitorio, representaba la habitual actuación para los otros chicos. Podía imitar a todo hombre, mujer o niño que hubiese venido al orfanato ese día —la manera en que andaban, la manera en que se movían, todo acto y gesto—. Incluso, aunque nunca dijera una palabra, nadie cometió el error de pensar que Andrew tenía alguna deficiencia mental. Por un tiempo, el Dr. Clement pensó que podía ser mudo».

El Dr. Roger Clement es una de las pocas personas que podrían aportar datos más objetivos respecto a los primeros años de Andrew Benson. Desafortunadamente, murió en 1954, víctima de un incendio que también destruyó su casa y los archivos de su oficina.

Fue el Dr. Clement quien acompañó a Andrew la noche que vio su primera película.

La fecha era 1949, un sábado por la noche de finales de otoño. El orfanato recibía y proyectaba una película por semana, y solo los niños de edad escolar podían asistir. La incapacidad —o negativa— a hablar de Andrew había causado algunas dificultades cuando ingresó en primaria ese septiembre, y tuvieron que pasar varios meses antes de que le fuese permitido unirse a sus compañeros en el auditorio, para las proyecciones del sábado por la noche. Pero se conoce que, finalmente, lo hizo.

La película era la última (y, probablemente, la menor) de los hermanos Marx. Su título era Life Happy[2] y, si es recordada por el público en general hoy en día, es porque contenía una aparición como figurante de una, por aquel entonces, desconocida actriz rubia llamada Marilyn Monroe.

Pero el público del orfanato tenía otras razones para considerarla como memorable, pues Life Happy fue la película que puso a Andrew Benson en trance.

Mucho después de que las luces se encendiesen de nuevo en el auditorio, el chico permanecía ahí sentado, inmóvil, con sus ojos empañados mirando a la pantalla en blanco. Cuando sus compañeros se dieron cuenta y quisieron despertarlo, él no respondió. De repente, se desmayó como un peso muerto. Llamaron al Dr. Clement y este lo examinó. Andrew Benson no recuperó la consciencia hasta la mañana siguiente.

Y fue entonces cuando habló.

Habló de inmediato, habló a la perfección, habló con fluidez; pero no lo hizo como lo haría un niño de seis años. La voz que salió de sus labios era la de un hombre de mediana edad. Era una voz nasal, rasposa, e incluso sin las muecas y expresiones faciales que la acompañaban, se podía reconocer al instante y sin margen de error como la voz de Groucho Marx.

Andrew Benson imitaba a Groucho en su papel de Sam Grunion a la perfección, palabra por palabra. Entonces «hizo» de Chico Marx. Tras eso, se volvió a quedar callado. Por un momento, se pensó que había vuelto a su estado de silencio. Pero era un silencio elocuente, y pronto lo entendieron. Estaba imitando a Harpo. En una rápida sucesión, Andrew manifestó retratos reconocibles, vocales y visuales, de Raymond Burr, Melville Cooper, Eric Blore y otros actores que interpretaban roles menores en la película. Sus imitaciones parecían imposibles a ojos de sus compañeros. Incluso las Hermanas estaban impresionadas.

«Es que incluso se parecía a Groucho», insiste la Hermana Albertine.

Ignorando la cuestión de cómo un chiquillo rubio de seis años puede alcanzar un parecido físico con Groucho Marx sin maquillaje, es sin embargo un hecho establecido que Andrew Benson ganó una popularidad inmediata como el mimo oficial del orfanato.

A partir de ese momento, habló con regularidad, aunque no con soltura. Es decir, respondía a preguntas directas. Recitaba sus lecciones en el aula. Respondía con las fórmulas de cortesía requeridas por la disciplina del orfanato. Pero nunca era locuaz, o siquiera comunicativo, en el sentido ordinario. Las únicas veces que se volvía espontáneamente elocuente era inmediatamente después de la proyección de la película semanal.

No volvió a repetirse su crisis inicial, pero cada proyección del sábado por la noche traía consigo una completa recapitulación dramática a cargo del talentoso joven. Durante el otoño del 49 y el invierno del 50, Andrew Benson vio muchas películas. Estaba Sorrowful Jones, con Bob Hope; Tarzan’s Magic Fountain[3]; The Fighting O’ Flynn; The Life of Riley; Little Women[4], y otras tantas películas, tanto actuales como antiguas. Naturalmente, estas películas estaban sujetas a la aprobación de las Hermanas antes de ser proyectadas. Las películas que enfatizaban la violencia no se incluían. Aun así, se proyectaron varios wésterns en la pantalla del orfanato, y es significativo que Andrew Benson reaccionara en lo que iba a convertirse en una moda característica.

«Era curioso», declara Albert Dominguez, que asistió al orfanato durante el mismo período que Andrew Benson, y es una de las pocas personas que han sido localizadas que está dispuesta a admitir, por no hablar de analizar, el hecho. «Primero, Andy imitaba a todo el mundo. Eso sí, solo a los hombres. Nunca imitaba a las mujeres. Pero después de que empezase a ver wésterns, se puso como quisquilloso. Solo imitaba a los villanos. No me refiero a como cuando los chavales jugábamos a los vaqueros. Ya sabes, cuando un chaval es el sheriff y otro es el pistolero. Me refiero a que imitaba villanos todo el tiempo. Podía hablar como ellos, podía incluso parecerse a ellos. Solíamos burlarnos mucho de él, ¿sabe?».

Es probablemente a causa de estas «burlas» que Andrew Benson, la noche del 17 de mayo de 1950, intentó degollar a Frank Phillips con un cuchillo de cocina. A pesar de ello, Albert Dominguez asegura que el chico, mayor que Andrew, no lo estaba provocando. Según su opinión, Andrew Benson estaba duplicando con exactitud el papel de un forajido del oeste en una vieja película de Charles Starrett.

El incidente fue silenciado y no se hizo nada al respecto.

Tenemos poca información sobre el crecimiento y desarrollo de Andrew Benson entre el verano de 1950 y el otoño de 1955. Dominguez dejó el orfanato, nadie más parece inclinado a testificar, y la Hermana Albertine se había retirado a un asilo. Como resultado, no hay ninguna información disponible concerniente a lo que podrían haber sido los años cruciales en la formación de Andrew. Los escasos registros de sus trabajos de clase parecen lo suficientemente satisfactorios, y no hay nada que indique que fuese un problema disciplinario para sus instructores. En junio de 1955 se le fotografió con el resto de sus compañeros con ocasión de la graduación de octavo curso.

Su cara es un mero borrón, casi una mancha en blanco en un mar de semblantes preadolescentes. Es difícil de decir cómo era a esa edad.

Los Benson pensaba que se parecía a su hijo, David.

El pequeño David Benson había muerto de polio en 1953. Dos años después sus padres habían llegado al orfanato de St. Andrews con la intención de adoptar un niño. Llevaban la foto de David con ellos. Fueron honestos a la hora de clarificar que buscaban el parecido físico como guía para tomar su decisión.

¿Vio Andrew Benson la fotografía? ¿Vio —como han teorizado con posterioridad algunos alarmistas irresponsables— ciertas películas caseras que los Benson habían hecho con su hijo?

Debemos atenernos a los hechos conocidos; que son, simplemente, que el Sr. y la Sra. Louis Benson, de Pasadena, California, adoptaron legalmente a Andrew Benson, de 12 años, el 9 de diciembre de 1955.

Andrew Benson fue a vivir a su casa, como su hijo. Entró en el instituto público. Era propietario de una bicicleta. Recibía una paga de un dólar a la semana. E iba al cine.

Andrew Benson iba al cine, y no había ningún tipo de restricción. Durante varios meses, al menos. Durante este período vio comedias, dramas, wésterns, musicales, melodramas. Él debe haber visto melodramas. ¿Hubo una película, estrenada a principios de 1956, en la que un actor interpretaba el papel de un gánster que empujaba a una víctima desde la ventana de un segundo piso?

Sabiendo lo que sabemos hoy, debemos sospechar que debe haber existido. Pero en ese momento, cuando el accidente tuvo lugar, Andrew Benson fue absuelto. Él y otro chico se habían peleado en un aula después de las clases, y el chico se cayó «accidentalmente». Al menos, esa es la versión oficial de lo que sucedió. El chico —hoy el soldado Raymond Schuyler, de los Marines— mantiene hasta este día que Benson intentó matarlo deliberadamente.

«Ese chico era siniestro» insiste Schuyler. «Ninguno de nosotros fue nunca realmente cercano a él. Era como si no hubiese nada a lo que ser cercano, ¿sabe? Quiero decir que no paraba de cambiar. No podías saber qué iba a ser de un día para otro. Por supuesto, todos sabíamos que imitaba a los actores de las películas. Era solo un estudiante de primer año, pero ya causaba sensación en el club de drama. Pero es que hacía imitaciones todo el tiempo. Podía estar tranquilo un segundo y al siguiente, ¡bum! ¿Conoce esa historia, la de Jekyll y Hyde? Bueno, pues ese era Andrew Benson. Una tarde me agarró, ni siquiera estábamos hablando. Simplemente vino hacia donde yo estaba, junto a la ventana, y juro por Dios que cambió delante de mis ojos. Es como si, de pronto, hubiese crecido treinta centímetros y fuese veinte kilos más gordo, y su cara tenía una expresión salvaje. Me empujó por la ventana sin mediar palabra. Por supuesto, yo estaba paralizado de miedo y quizá simplemente pensé que había cambiado. Quiero decir, nadie puede hacer algo así, ¿verdad?».

Esta pregunta, que surgía en todo momento, permanecía sin contestar. Sabemos que se puso a Andrew Benson bajo la supervisión del Dr. Hans Fahringer, psiquiatra infantil y orientador en el instituto a tiempo parcial, y que su examen preliminar no reveló trastornos de la personalidad o patrones anómalos de comportamiento. El Dr. Fahringer tuvo, sin embargo, largas conversaciones con los Benson. Como resultado, a Andrew se le prohibió ir al cine. Al año siguiente, el Dr. Fahringer se ofreció voluntariamente a examinar al joven Andrew. Sin duda, las impresionantes habilidades dramáticas que el chico mostraba en sus actividades extraescolares habían despertado su interés.

Solo se realizó una de esas entrevistas, y es una pena que el Dr. Fahringer no recogiese sus descubrimientos por escrito o se los comunicase a los Benson antes de su repentina e impactante muerte a manos de un asaltante desconocido. Se piensa (o lo pensaba la policía por aquella época) que uno de sus antiguos pacientes, encerrado en una institución por psicosis y que había escapado posteriormente, podría haber sido el culpable del crimen.

Todo lo que sabemos es que ocurrió poco después de un reestreno local de Man in the attic[5]. En esta película Jack Palance interpretaba el papel de Jack el Destripador.

Es interesante examinar hoy algunas de las llamadas «películas de terror» de esos años, incluyendo los reestrenos de obras precursoras del género protagonizadas por Boris Karloff, Bela Lugosi, Peter Lorre y otros tantos actores.

Por supuesto, no podemos afirmar con certeza que Andrew Benson no estuviese respetando los deseos de sus padres de acogida y yendo en secreto al cine. Pero si lo hizo, es muy probable que lo hiciese en los cines de barrio, más pequeños, muchos de los cuales estaban especializados en reestrenos. Y sabemos, por los comentarios de sus compañeros de clase durante esos años de instituto, que «Andy» estaba familiarizado —casi de manera omnisciente— con las particularidades de estos actores.

A menudo, las pruebas entran en conflicto entre sí. Joan Charters, por ejemplo, está dispuesto a «jurar sobre una pila de Biblias» que Andrew Benson, con quince años, era la «viva imagen de Peter Lorre. —Los mismos ojos de insecto y todo eso—». Mientras que Nick Dossinger, que fue a clase con Benson un año después, insiste en que «era clavado a Boris Karloff».

Aunque es cierto que la adolescencia trae consigo un considerable aumento de altura en el período de un solo año es, sin embargo, difícil de imaginar cómo la «viva imagen de Peter Lorre» podía metamorfosearse en la complexión asténica de un Karloff.

Hay muchos testimonios en torno a Andrew Benson en esos años, pero la mayoría de ellos son sobre su fenomenal talento histriónico y su deslumbrante habilidad para imitar a los actores de las películas de manera improvisada. Aparentemente, había dejado de emular a sus compañeros y contemporáneos casi por completo.

«Decía que le gustaba imitar más a los actores, porque eran más grandes», dijo Don Brady, que apareció junto a él en la representación teatral de los mayores. «Le pregunté que a qué se refería con “más grandes”, y dijo que era simplemente eso. Los actores eran más grandes en la pantalla. A veces medían siete metros. Decía, “¿Por qué molestarse con gente pequeña cuando puedes ser grande?” Ese sí que era un personaje poco convencional».

Las expresiones se repiten: «Excéntrico», «Bicho raro», «De otro mundo». Son pintorescas, pero poco esclarecedoras. Y parece haber escasos recuerdos de Andrew Benson como amigo o compañero de clase, a la manera ordinaria de un adolescente. Es al imitador al que se recuerda, con admiración y, frecuentemente, con un disgusto casi pavoroso.

«Era tan bueno que daba miedo. Pero eso era cuando estaba haciendo esas imitaciones, por supuesto. El resto del tiempo apenas te dabas cuenta de que estaba cerca».

«¿Las clases? Supongo que las llevaba bien. No reparaba mucho en él».

«Andrew era un buen estudiante, sin más. Podía recitar cuando se le llamaba, pero nunca salía voluntario. Sus notas estaban en la media. Tenía la impresión de que era tímido».

«No, no solía tener citas. Ahora que lo pienso, no creo que saliese con chicas para nada. Nunca le presté mucha atención, excepto cuando estaba en el escenario, por supuesto».

«Yo no era lo que se diría cercano a Andy. No conozco a nadie que pareciera ser amigo suyo. Era muy callado fuera de las tablas. Y cuando se subía a ellas, era como si fuese una persona diferente. Era realmente magnífico, ¿sabes? Todos pensábamos que acabaría en el teatro de Pasadena».

Los recuerdos de sus compañeros suelen abordar cuestiones que no implicaban directamente a Andrew Benson. Los años 1956 y 1957 se recuerdan todavía, especialmente por los estudiantes del instituto de la zona, como los años del toque de queda. Era un toque de queda voluntario, por supuesto, pero, a pesar de ello, era seguido estrictamente por las estudiantes durante el período de «los asesinatos del hombre lobo», aquella serie de crímenes salvajes aún sin resolver que aterrorizaron a la comunidad durante más de un año. Ciertos aspectos canibalísticos de la matanza de cinco mujeres jóvenes llevaron al mote del «hombre lobo» por parte de la prensa sensacionalista. La serie del Hombre Lobo[6] de Universal había sido recuperada, y quizá esto tuvo algo que ver con la asociación.

Pero volviendo a Andrew Benson: creció, fue a la escuela y vivió la vida normal de un hijastro obediente. Si sus padrastros eran un poco estrictos, él no se quejaba.  Si lo castigaban porque sospechaban que a veces se escapaba de su habitación por la noche, él no rechistaba ni lo negaba. Si se mostraban inquietos por temor de que desobedeciese sus instrucciones sobre no ir al cine, no parecía oponerse abiertamente.

El único enfrentamiento entre Andrew Benson y su familia se produjo como resultado de su rechazo de pleno a tener una televisión en casa. Si estaban preocupados o no porque quizá esto fuese a animar las imitaciones de Andrew o si, simplemente, habían desarrollado una alergia a Lawrence Welk[7], es difícil de determinar. Sin embargo, se opusieron a la adquisición de un receptor de televisión. Andrew suplicó e imploró, señalando que «necesitaba» la televisión como ayuda para su futura carrera actoral. Su argumento tenía cierta justificación pues, en su último año, a Andrew le había echado el ojo el famoso teatro de Pasadena, e incluso se habían producido conversaciones sobre una futura carrera profesional sin la necesidad de ensayos formales.

Pero los Benson eran inflexibles sobre el tema de la televisión; permanecieron inflexibles hasta el mismo día de su muerte.

Esta desafortunada circunstancia ocurrió en Balboa, donde los Benson poseían una pequeña cabaña y mantenían un pequeño bote.

Andrew y los Benson, de avanzada edad, se dirigían al canal de Catalina cuando volcaron en aguas agitadas. Andrew consiguió agarrarse al bote hasta que fue rescatado, pero sus padrastros habían muerto. Era un accidente bastante común; probablemente hayáis visto algo parecido en las películas una docena de veces.

Andrew, que acababa de cumplir dieciocho años, era, de nuevo, huérfano; pero un huérfano con una casa encantadora de su completa propiedad, y con la expectativa de obtener una considerable herencia cuando cumpliese veintiuno. La finca de los Benson era administrada por el abogado de la familiar, Justing L. Fowler, que dispuso para el joven Andrew una asignación de cuarenta dólares a la semana; una cantidad suficiente para que un chico recién graduado en el instituto sobreviviese, pero apenas suficiente para mantener una vida lujosa.

Se teme que se produjeron escenas violentas entre el joven y su abogado. No tiene sentido recapitularlas aquí, o condenar a Fowler por lo que podría haber parecido —en la superficie— el desarrollo de una fijación.

Pero hasta la noche en que fue atropellado por un conductor a la fuga en la calle frente a su casa, el abogado Fowler parecía casi obsesionado con el deseo de demostrar que el joven Benson era legalmente incompetente, o peor. Sin duda, fueron sus indagaciones las que llevaron al descubrimiento de los pocos hechos que ahora sabemos sobre la vida de Andrew Benson.

Otras hipótesis —uno duda sobre si dignificarlas con el término «conclusiones»— las extrapoló aparentemente de estos exiguos hallazgos, o las inventó de la nada. A menos que, por supuesto, sí que descubriese ciertos detalles que nunca compartió. Sin la ayuda de esos detalles no hay manera de autenticar lo que parecen ser conjeturas fantasiosas.

Una muestra aleatoria, según se recuerda de varias conversaciones que Fowler mantuvo con las autoridades, será suficiente.

«Es más, ni siquiera creo que el niño sea humano. Solo porque apareció en los escalones de ese orfanato, lo llaman expósito. “Niño cambiado”[8] sería un mejor término. Sí, ya sé que la gente ya no cree en esas cosas. Y si hablas de formas de vida de otros planetas, se ríen de ti y te dicen que te unas a la Sociedad Forteana[9]. Pues resulta que soy un miembro respetable».

“¿Un niño cambiado? Es probablemente un término más exacto que lo que implica su significado tan restringido. Estoy hablando de la manera en que cambia cuando ve esas películas. No, no me tome la palabra —pregúntele a cualquiera que lo haya visto actuar. Aún mejor, pregúntele a los que nunca lo vieron en el escenario, sino que solo lo vieron imitar a los actores de las películas en privado. Descubrirá que había mucho más que simplemente imitar. Se convertía en el actor. Sí, me refiero a que sufría una metamorfosis física real. Un camaleón. O alguna otra forma de vida. ¿Quién podría decirlo?».

«No, no finjo entenderlo. Sé que no es “científico” según los términos en los que usted definiría la ciencia. Pero eso no quiere decir que sea imposible. Hay muchas formas de vida en el universo, y solo podemos imaginar algunas de ellas. ¿Por qué no iba a existir una que fuese anormalmente sensible a la mímica?».

«Usted conoce el efecto que las películas pueden tener en humanos considerados como “normales”, bajo ciertas condiciones. Esta forma de ver las películas es un estado hipnótico, y puede preguntarle a los psicólogos para que se lo confirmen. La oscuridad, la concentración, la sugestión —todos los elementos están presentes. Y hay sugestión post hipnótica también. De nuevo, los psiquiatras me respaldarán en esto. La mayoría de la gente tiende a identificarse con varios personajes en la pantalla. Ahí es donde interviene nuestra veneración a los héroes, por eso tenemos fans de los wésterns, y fans de los detectives, y todo lo demás. La gente supuestamente ordinaria sale del cine y fantasea con ser los héroes y heroínas que están en la pantalla; en imitarlos también».

«Eso es lo que Andrew Benson hacía, por supuesto. ¿Por qué no suponer que podía llevarlo un paso más allá? ¿Por qué no suponer que era capaz de ser lo que veía retratado? ¿Y que decidió ser los villanos? Se lo diré, es hora de investigar esos asesinatos hace unos años, todos ellos. No solo el asesinato de esas chicas, sino el asesinato de los doctores que examinaron a Benson cuando era un crío, y también la muerte de sus padrastros. No creo que ninguna de estas cosas fuesen accidentes. Creo que algunas personas se acercaron demasiado al secreto, y Benson las quitó de en medio».

“¿Por qué? ¿Cómo iba a saberlo? . Pero busca algo, eso se lo garantizo. ¿Quién sabe qué propósito puede tener semejante forma de vida, o qué pretende hacer con su poder? Todo lo que puedo hacer es advertirle».

Es fácil catalogar al abogado Fowler como un paranoico, aunque quizás sea injusto, en tanto que no podemos evaluar las razones de su arrebato. Que sabía (o creía que sabía) algo es evidente. De hecho, la misma noche de su muerte, aparentemente iba a plasmar sus hallazgos en papel.

Por desgracia, todo lo que dejó fue un preámbulo. Es una cita de Eric Voegelin[10] sobre las actitudes pragmáticas rígidas del «cientifismo», por decirlo así:

«La asunción (1) de que la ciencia matematizada de los fenómenos naturales es la ciencia modelo a la que el resto de ciencias deben adaptarse; (2) que todos los ámbitos de la existencia son accesibles para los métodos de las ciencias de los fenómenos; y (3) que toda realidad que no es accesible a las ciencias de los fenómenos o es irrelevante o, en la forma más radicalizada del dogma, ilusoria».

Pero el abogado Fowler está muerto, y debemos ocuparnos de los vivos.

De Max Schick, por ejemplo. Es el agente cinematográfico y de televisión que visitó a Andrew Benson en su casa poco después de la muerte del matrimonio Benson, y le ofreció un contrato de manera inmediata.

«Tienes un talento nato,» declaró Shick. «Olvídate del papel en el teatro Pasadena. ¡Puedo ponerte en el punto de mira ahora mismo! ¡Con lo que tienes, echaremos a Brando del mapa! Por supuesto, tenemos que empezar por abajo, pero tengo el truco. Lo que necesitamos es ponerte en un papel principal cuanto antes. Nada de estas chorradas de papeles de teatro, ¿me sigues? En primer lugar, los estudios no los están concediendo, e incluso aunque consiguieses uno, acabarías siendo un don nadie. No, la cosa va de conseguirte un papel protagonista en seguida. Y, como he dicho, sé la manera».

«Vamos a un productor pequeño independiente, ¿lo pillas? Debe de haber una docena de ellos en activo ahora mismo, y todos haciendo lo mismo. Solo hay un tipo de película que combine bajos presupuestos con grandes ganancias, y esas son las películas de ciencia ficción».

«Sí, me has oído bien, una película de ciencia ficción. ¿A qué te refieres con que nunca has visto una? ¿Estás de broma? ¿Cómo es posible? ¿Quieres decir que nunca has visto una película de ciencia ficción?».

«Oh, tus padres, ¿eh? ¿Tenías que escabullirte? ¿Y solo las ponen en los cines del centro?».

«Bueno, mira, chico, ya va siendo hora, es todo lo que puedo decir. ¡Ya va siendo hora! Eh, solo para que sepas de qué hablamos, deberías ponerte a ello e ir a ver una».

«Seguro, estoy convencido, deben de estar proyectando el primer pase en algún cine del centro ahora mismo. ¿Por qué no vas esta tarde? Tengo algo de trabajo que acabar en la oficina —puedes coger mi coche, vas a la película, y nos vemos cuando salgas».

«Por supuesto, puedes llevarte el coche en cuanto me dejes. Adelante».

Así que Andrew Benson vio su primera película de ciencia ficción. Condujo hasta el sitio y volvió en el coche de Max Shick. Se dio la extraña casualidad de que eran las últimas horas de la tarde del día en que el abogado Fowler fue atropellado por el conductor que se dio a la fuga. Shick tiene una buena razón para recordar que Andrew Benson reapareció en su oficina al anochecer.

«Tenía una expresión en la cara que no era de este mundo», dice Shick.

«“Ha sido maravillosa”, me dice. “Justo lo que he estado buscando todos estos años. Y pensar que no lo conocía”».

«“¿No conocías qué?”, le pregunto. Pero ya no me habla. Puedes notarlo. Está hablando consigo mismo».

«“Supuse que debía de haber algo así”, dice. “Algo mejor que Drácula, o el monstruo de Frankenstein, o todos los demás. Algo más grande, más poderoso. Algo que realmente yo pudiese ser. Y ahora lo sé. Y ahora voy a hacerlo”».

Max Schick es incapaz de ser coherente a partir de este punto. Pero su testimonio directo no es necesario. Todos somos, por desgracia, muy conscientes de lo que pasó a continuación.

Max Shick se sentó en su silla y vio cómo Andrew Benson cambiaba.

Lo vio crecer. Vio cómo crecían los ojos, los tallos, los tentáculos que se retorcían. Lo vio contorsionarse y volverse descomunal, ocupando toda la habitación y después desbordándose hasta que las endebles paredes de estuco se vinieron abajo y no hubo nada más que el horror verde y gigantesco, la monstruosidad de veinte metros que puede que hubiese nacido en el cerebro de un guionista o haber sido engendrado más allá de las estrellas, pero que, con certeza, existía y se nutría de los planos más allá del mundo tridimensional o de los conceptos de la cordura tridimensional.

Max Shick nunca olvidará aquella noche ni, por supuesto, nadie lo hará.

Aquella fue la noche en que el monstruo destruyó Los Ángeles.

FIN

NOTAS DEL TRADUCTOR:

[1] Se parafrasean aquí los famosos versos de Macbeth (V, 5, 24): «La vida no es más que una sombra en marcha; un mal actor que se pavonea y se agita una hora en el escenario y después no vuelve a saberse de él: es un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y de furia, que no significa nada». El bardo, por tanto, no es otro que William Shakespeare.

[2] Su título se tradujo como Amor en conserva. Pongo en nota los títulos de películas que han sido traducidos al castellano.

[3] La fuente mágica de Tarzán.

[4] Mujercitas.

[5] El hombre en el ático.

[6] The Wolf Man.

[7] Lawrence Welk (1903-1992) fue el presentador del longevo programa The Lawrence Welk Show de 1951 a 1982.

[8] «Changeling», en inglés. Se refiere a una leyenda propia del folclore europeo occidental, según la que algunos bebés son robados por hadas, que los cambian por sus propios bebés. En España, concretamente en Asturias, encontramos una historia similar, la de la «Xana», un hada que cambia a sus bebés, los «xaninos», por bebés humanos.

[9] La Sociedad Forteana fue fundada en 1931. Sus miembros eran seguidores de las ideas del escritor Charles Fort (1872-1932), que giraban en torno a la investigación de lo paranormal.

[10] Eric Voegelin (1901-1985), filósofo y politólogo de origen alemán y residente en los EEUU hasta su muerte.

Nota Importante: «Talento» (Talent, by Robert Bloch. IF Science Fiction, July, 1960). Relato traducido por Carlos Sánchez Pérez (©) Todos los derechos reservados. Obra cedida a Relatos Pulp Ediciones para su publicación y que será incluida en la próxima edición impresa de Maestros del Pulp 2.

IF Portada. Relato Talent. Robert Bloch

Portada revista IF, Julio de 1960, en la que se incluye el relato Talent (Robert Bloch)

Sobre el Autor

Carlos Sánchez Pérez

Filólogo clásico y doctorando

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  • Un relato interesante y extraño, tanto por la historia como por la forma de contarla. Una vuelta de turca al tópico de las transmutaciones, y con un buen final. El relato se publicó un año después de la novela Piscosis (1959), y en el mismo año en que se estreno la película por Hitchcock. No sé hasta que punto se podría establecer una relación entre estos hechos. Gracias Carlos, por permitirnos disfrutar de esta pequeña joya ;)

  • Totalmente de acuerdo con Emilio, un relato extraño que explora otras facetas de la ciencia ficción. Nada mal.

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