Clásicos

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Clásicos

La Mujer del Collar de Terciopelo. Gastón Leroux

Relato de Gastón Leroux publicado en Weird Tales, en octubre de 1929 ¡nunca antes traducido al español! Una historia de venganza y amores imposibles

La mujer del collar de terciopelo (La femme au collier de velours) es un título que, con toda seguridad, nos puede llevar a error; pues debemos advertir que existen dos obras homónimas, pero completamente distintas. La primera obra hace referencia a una novela romántica escrita por Alejandro Dumas en 1851, autor famoso por novelas como «El Conde de Montecristo», o «Los Tres Mosqueteros». Y la segunda, la que traducimos ahora para todos nuestros lectores —y, por lo que hemos podido averiguar, hasta la fecha inédita en español—, es un relato de horror y misterio escrito por Gastón Leroux, en 1924. Hablamos de dos obras que poco tienen que ver la una con la otra, a excepción de diversos elementos que podemos encontrar en el relato de Gaston Leroux, quizás a modo de homenaje. Sea como fuere, no he leído la obra de Dumas, ni tengo el conocimiento necesario para explicar el porqué de que existan dos obras con el mismo título —precisamente no demasiado común—, y ambas firmadas por dos maestros de la literatura francesa. Es de suponer que el hecho de que Leroux haya estudiado las obras de Dumas, algo tendrá que ver en todo esto.

Gastón Louis Alfred Leroux (París, 6 de mayo de 1868-Niza, 15 de abril de 1927)​ fue un periodista y escritor francés, famoso por sus novelas de terror y policiacas, donde destaca por encima de todas «El fantasma de la ópera (Le Fantôme de l'opéra, 1910)»; obra que fue llevada al cine en numerosas ocasiones. Tras abandonar su carrera como periodista en 1907, se volcó por completo en su faceta de escritor, alcanzando la marca de una novela por año, hasta su muerte en 1927. Lo suyo eran los misterios, y tenía un talento innato para contarlos. Al igual que su coetáneo Arthur Conan Doyle, creador de Sherlock Holmes; él hizo lo propio con su memorable personaje el detective Joseph Rouletabille.

Desde un punto de vista «pulp», sin duda Gaston Leroux fue uno de los autores franceses más destacados, y uno de los más prolíficos en lo que a publicaciones se refiere, especialmente si le echamos un ojo a la mítica revista estadounidense Weird Tales. Dicha publicación solía nutrirse de autores extranjeros, y no pocas veces rebuscaba buenas obras que publicar entre los grandes maestros del siglo XIX. Si hacemos un repaso de los autores franceses que publicaron en esta revista, obviamente todos a título póstumo, nos encontramos con los nombres que siguen: Honoré de Balzac; Théophile Gautier; Charles P. Baudelaire; Gustave Flaubert; Alphonse Daudet; Paul Verlaine; y Guy de Maupassant, además de los ya citados Leroux y Dumas. Otros autores de gran fama y talento, como Victor Hugo, Stendhal, o Émile Zola, dado su estilo más realista y menos acorde con lo que es propio a la literatura pulp, sencillamente se quedaron fuera de la lista; al menos en la de Weird Tales.

De todos ellos, Gaston Leroux fue el que mejor encajó con el estilo de Weird Tales, y si le damos un repaso a todas sus obras publicadas en dicha revista, nos encontramos con un total de 6 relatos: "The Inn of Terror" (Aug. 1929); "The Woman with the Velvet Collar" (Oct. 1929); “The Mystery of the Four Husbands" (Dec. 1929); "In Letters of Fire" (Mar. 1930); "The Crime on Christmas Night" (Dec. 1930); "The Haunted Chair" (three-part serial, Dec. 1931-Feb. 1932). Por desgracia, Leroux no vivió lo suficiente como para tener uno de estos ejemplares impresos entre sus manos. Murió el 15 de abril de 1927, en su casa de Niza, a los 59 años; y la obra que ahora nos ocupa se publicó en Weird Tales, en octubre de 1929.

«La Mujer del Collar de Terciopelo», publicada por primera ven en inglés bajo el título «The Woman With the Velvet Collar», pertenece a una serie de relatos que Gastón Leroux escribió para dar vida a su personaje el «Capitán Michel», cuyo protagonismo en este caso queda eclipsado por el narrador de los hechos, su amigo el capitán Gobert. Lo que sigue es una típica historia entre viejos lobos de mar, donde uno le cuenta a otro cómo tiempo atrás, en uno de sus viajes a Córcega, conoció a una hermosa mujer de apariencia fantasmagórica; una mujer que construyó su propia leyenda a base de horror, sangre y venganza. Un macabro relato que dejará al lector poco menos que ojiplático, y que ahora traducimos, en exclusiva, para todos nuestros lectores. Obra traducida por Emilio José Iglesias Fernández ©, sujeta a derechos de traducción (Todos los derechos reservados); y que será incluida en el próximo numero impreso de «Maestros del Pulp». Nota: Si alguien sabe de alguna traducción previa a la nuestra, por favor, decídnoslo.

La Mujer del Collar de Terciopelo

«El autor de ‘El Fantasma de la Opera’ nos ofrece esta vívida historia acerca de una extraña vendetta corsa; una terrible y sangrienta venganza». Weird Tales, October 1929.

—Según tú, todos los relatos de vendettas corsas no son más que la misma historia de siempre, contada una y otra vez —comentaba Gobert, un capitán de barco retirado, a su amigo Michel; también capitán—. Bien, pues estás muy equivocado. Conozco una historia tan horripilante que cualquier otra a su lado no sería más que un cuento para niños. Solo de pensarlo, siento tal escalofrío que se me retuerce todo el espinazo.

—¿Sí? —Michel se mostraba escéptico; como el típico hombre que, creyéndose haber conocido las aventuras más emocionantes, nadie podría contarle alguna otra que lo sobresaltase—. Ya —continuó—, supongo que otro caso más que se resuelve con un par de tiros por la espalda, ¿verdad? Pero adelante, escuchémoslo. No tenemos nada mejor qué hacer.

Tras estas palabras pidió otra ronda, y el grupo de viejos lobos de mar que solía reunirse cada noche en el Café Marítimo de Toulon, se acercó para escucharlos.

—En primer lugar —comenzó Gobert—, mi relato no tiene nada que ver con las armas de fuego, y segundo, nunca has oído hablar de una vendetta corsa como la mía, a menos que, por supuesto, hayas estado en Bonifacio hace treinta años; al igual que yo. En ese caso, estarías harto de escucharla, porque toda la ciudad estaba emocionada con esta historia.

Miró a su alrededor, aguardando algún tipo de respuesta, pero ninguno de los presentes, a pesar de ser grandes viajeros, había estado alguna vez en Bonifacio.

—Bien, la verdad es que no me sorprende —continuó Gobert—. No es que sea un puerto de gran importancia, pero sí uno de los pueblos más pintorescos de Córcega. Todos lo habéis visto, probablemente, en vuestras rutas hacia Oriente. Un lugar encantador con su antigua fortaleza, torres almenadas y los muros manchados por el paso del tiempo. La fortaleza sobresale entre riscos como un nido de águila.

—Olvídate de las descripciones, y cuéntanos la historia —protestaron los demás con impaciencia.

—De acuerdo, vamos allá. Yo estaba al mando de un pequeño destructor que formaba parte de la escuadra naval que servía de escolta al Secretario de la Armada, mientras este realizaba una visita de inspección en Córcega. En ese momento se estaba considerando la fortificación de varios puertos. De hecho, incluso se llegó a pensar durante un tiempo en convertir Porto Vecchio, que es tan grande como Brest, en una base naval.

»El secretario de la Armada fue primero a Calvi y Bastia; desde donde nosotros regresamos a Ajaccio. Allí le esperamos, mientras él cruzaba la isla en tren, pasando por Vizzavona, lugar en el que una delegación de bandidos, que había abandonado la selva del interior, acudió a su encuentro esa misma mañana, y así presentarle sus debidos respetos.

»El famoso Bella Coscia en persona lideraba el grupo que disparó el primer saludo. El Secretario de la Armada quedó muy impresionado con su imponente porte, y su fusil, con una muesca tallada en la culata por cada hombre abatido, y su famoso cuchillo; el puñal que le entregó el mismísimo Edmond About, ¡bajo la promesa de nunca dejarlo clavado en la herida!

—Ya empezamos, las mismas viejas historias de siempre —interrumpió el capitán Michel, malhumorado—. No son más que cuentos de viejas.

—Tienes razón, querido amigo. Historias de siempre, pero si te relajas escucharás algo increíble.

»Abandonamos Ajaccio y arribamos a Bonifacio por la noche. Los barcos de mayor tamaño continuaron hasta Porto Vecchio, pero yo estaba entre los escogidos para escoltar al Secretario en tierra. Fue una noche de gala, por supuesto. Primero una gran cena, y después una magnífica recepción en el Ayuntamiento.

»Bonifacio, cuya situación se hallaba frente a Magdalena, quería tener fortificaciones, por lo que sus ciudadanos salieron a la calle vestidos de gala y así causar una buena impresión. Sacaron lo mejor de todo lo que tenían: flores, adornos y hermosas mujeres, ¡y saben cuán hermosas pueden ser las mujeres corsas! En la cena hubo algunas bellezas sorprendentes, y lo comenté con mi vecino Pietro Santo, un tipo encantador de apariencia franca y afable, que era entonces el secretario del ayuntamiento.

»—¡Aguarda hasta que hayas visto a la mujer con el collar de terciopelo! —me replicó muy seriamente.

»—¿Acaso es más hermosa que estas otras? —le pregunté con una sonrisa.

»—Sí —respondió, con gesto serio—. En efecto; ella es más hermosa, pero su belleza es diferente.

»Mientras tanto, y aunque nuestra conversación se había desviado hacia las costumbres del país, en mi cabeza aún resonaba la historia de los bandidos que me habían contado mis camaradas a su regreso de acompañar al Secretario a Vizzavona; y su relato de la espectacular recepción protagonizada por Bella Coscia, que me resultaba más propia de una comedia musical. En lo que a mí respecta, creo que lo más sensato era poner en duda el peligroso carácter de estos forajidos; después de todo, en ese momento Córcega era tan civilizada como muchas otras partes de Francia.

»—La costumbre de la vendetta —explicó Santo, tras avanzar la conversación—, todavía forma parte de nuestro código de honor, al igual que los duelos lo son para ti. Consumada la venganza, de forma automática te conviertes en un forajido. Sin embargo ¿qué se puede hacer entonces? Es una lástima, por supuesto, pero debemos comprender los hechos. Yo, por ejemplo, soy un hombre tranquilo. Me criaron en una tienda de antigüedades, y lamento ver cuán salvajes aún pueden ser algunos de mis compatriotas cuando el honor de su familia, como ellos lo llaman, está en peligro.

»—Usted me sorprende —exclamé, señalándole las caras risueñas y bondadosas que nos rodeaban en la mesa del banquete.

»—No confíes en ellos —advirtió, negando con la cabeza; y entonces su rostro se tornó más oscuro—. De improviso, esos labios pueden convertir una simple carcajada en una diabólica sonrisa. Todos esos ojos oscuros que ahora, esta noche, brillan con alegría y franqueza, mañana pueden hacerlo con ideas de odio y venganza. Y todas esas manos huesudas y delicadas que se juntan en buena camaradería, nunca dejan de enredar sin que se conozcan sus verdaderas intenciones.

»—Creía que esas costumbres habían desaparecido en las ciudades, y que solo existían en los pequeños pueblos del interior —dije.

»—El primer marido de la dama con el collar de terciopelo fue el alcalde de Bonifacio; señor.

»No comprendí a qué se refería y, justo cuando iba a pedirle que me explicase un comentario tan extraño como este, me detuve; impedido por una llamada al silencio. Los discursos estaban a punto de comenzar. Al concluir, nos retiramos al salón, y fue allí donde vi por primera vez a la mujer con el collar de terciopelo. No fue necesario que Pietro Santo me la señalase, pues tanto su belleza, extraña y fúnebre, como la cinta de terciopelo que le rodeaba la base del cuello, no dejaba lugar a dudas. Aquel collar formaba una franja ancha y negra que contrastaba con la blancura de su piel, cayéndole muy bajo, justo a la altura de los hombros, y esto era algo que enfatizaba la forma de su cuello, largo y delgado. Mostraba un porte elegante y orgulloso, con la cabeza alta, bien erguida. Las facciones de su rostro representaban una belleza clásica, pero era tan pálido que uno podría creer que había sido cincelado en mármol; sino fuese por el extraño brillo de sus ojos.

»Al cruzar la habitación, todos se inclinaron ante ella con la vista baja, y percibí una atmósfera general de temor y prudencia instintiva que despertó mi curiosidad. Su hermoso cuerpo estaba cubierto con terciopelo negro y, mientras avanzaba, deslizándose entre la multitud, altiva y con el rostro funestamente lívido, tuve la impresión de ver el auténtico fantasma de una reina muerta y martirizada. Cuando se marchó, me volví hacia mi nuevo amigo y expresé mis sentimientos acerca de esta extraña mujer.

»—No hay nada raro —respondió él, con tono serio—. La guillotinaron. —Le miré con asombro, y tartamudeé—: ¿Qué quieres decir?

»Pero él no me respondió inmediatamente.  La mujer con el collar de terciopelo, después de haber saludado al Secretario de la Armada, abandonó la habitación, pasando antes por donde nos encontrábamos; se detuvo y le tendió la mano a mi amigo.

»—Buenas noches, Pietro Santo —dijo, y entonces me di cuenta de que su cabeza no se movía ni un ápice, manteniéndose siempre rígida en su posición.

»Él murmuró algo y, tras hacer una reverencia, ella se marchó. Todas las miradas la seguían, cayendo en un profundo silencio. Entonces observé que la acompañaba un joven apuesto, de unos treinta años. Su cara tenía un exquisito perfil, típico de las monedas griegas. Estas delicadas características se ven con frecuencia entre los corsos, y a veces les dan un parecido familiar con el gran emperador.

»—Se trata de su segundo marido —susurró Pietro Santo, al observar cómo la miraba.

»La pareja desapareció en ese momento, y sentí un suspiro de alivio que se alzaba por toda la estancia, mientras un anciano en una esquina se santiguaba, murmurando una plegaria.

»—Nunca se quedan mucho tiempo —explicó Pietro Santo—, porque sus relaciones con Ascoli, el actual alcalde, no son buenas. Angeluccia, que así es cómo se llama, siempre ha sido una mujer orgullosa, ambiciosa, y pretendía que su segundo marido, Giuseppe Girgenti, fuera alcalde; de la misma forma que lo fue el primero. Sin embargo, perdieron las últimas elecciones, y creo que tuvo mucho que ver el asunto de la guillotina.

»Me sobresalté, y agarré a mi amigo por el brazo. Él sonrió.

»—¡Oh! —exclamó—, ¿te gustaría conocer la historia? En este momento el Alcalde se la está contando al Secretario; pero él no la conoce tan bien como yo. Sabe capitán, yo fui miembro de la casa y lo vi todo; hasta el fondo de la canasta.

»—¿Un cigarro, Santo? —le ofrecí—. Seguro que nunca has fumado uno tan bueno como estos.

»Pietro Santo tomó un cigarro y, mientras charlaba con un hombre que nos había interrumpido, aguardé impaciente. Luego, le sugerí que viniese a mi barco, porque estaba decidido a conocer el resto de la historia antes de abandonar Bonifacio.

»Y entonces, una vez acomodados en mi camarote, comencé a reír:

»—¿Dices que la mujer fue guillotinada?

»—Hace mal en reírse, señor —respondió, muy serio—. Fue guillotinada, y sucedió ante la mayoría de las personas que has visto esta noche. Por si no te has dado cuenta, todos se persignaron justo cuando ella entró en la habitación.

»Le miré con asombro, y el prosiguió:

»—Por ese motivo siempre lleva esa banda de terciopelo: es para ocultar la cicatriz.

»—Señor Santo, ¡se está burlando de mí! Voy a llamar a Angeluccia y le pediré que se quite la banda ante mis ojos. Me gustaría ver esa cicatriz.

»El hombre negó con la cabeza:

»—No puede quitársela, señor. Todo el mundo sabe que, de hacerlo, su cabeza se caería.

»Y, tras decir estas palabras, él también hizo la señal de la cruz. Entonces le observé detenidamente, a la luz de una pequeña lámpara que se balanceaba; enjuto y con el pelo rizado parecía un ángel tímido, asustado, como si acabase de ver al diablo. No pude evitar sonreír.

»—Y, sin embargo, Antonio Macci, el primer marido de Angeluccia, fue el mejor hombre que conocí —suspiró—. ¿Quién podría sospechar algo así de él? Yo le quería, señor. Él había sido muy bueno conmigo. Era un anticuario y me había criado en su tienda. Su fama se extendía por toda Córcega, y los turistas siempre compraban sus recuerdos de Napoleón y la familia imperial. Fabricaba reproducciones porque las piezas originales habían sido vendidas hace mucho tiempo, y la demanda era tan grande, que no daba abasto. Ganó una fortuna con este negocio, y los turistas estaban muy contentos con sus compras, creyendo firmemente que eran auténticas. Sin embargo, Antonio nunca perdía la oportunidad de adquirir artículos relacionados con el tema de la Revolución, pues era capaz de revenderlos a muy buen precio, especialmente a ingleses y americanos, que nunca abandonaban la isla sin antes hacerle una pequeña visita.

»”De vez en cuando, hacía viajes fugaces a Francia para renovar nuestro stock y, la última vez que fue a Toulon, le acompañé.

»”El había leído en los periódicos que había algunos objetos interesantes en una subasta, y estaba ansioso por adquirirlos para la tienda.

»”Realizamos varias compras ese día. Compramos un relieve de la Bastilla por 425 francos, la cama del General Moreau por 215 francos, la máscara mortuoria de Mirabeau por 1.000 francos, un anillo de bisel de Luis XVI con algunos mechones de su cabello por 1200 francos y, por último, la famosa guillotina que, al parecer, el propio Sanson, el famoso verdugo, había usado. Esto nos costó 921 francos. Y regresamos a casa muy satisfechos, especialmente por todo lo que habíamos conseguido.

»”Encontramos a Angeluccia y su primo Giuseppe esperándonos en el muelle. El teniente alcalde y una delegación del Ayuntamiento también nos estaban esperando porque Antonio, a causa de su éxito en los negocios, se había convertido en uno de los hombres más importantes de la ciudad; siendo elegido alcalde. Tenía unos cuarenta años y su esposa veinte, pero esta gran diferencia de edad no impedía a Angeluccia amar a su esposo ardientemente. Sin embargo, Giuseppe, que tenía más o menos la edad de ella, obviamente la adoraba. Cualquiera podía advertirlo; bastaba con observar la forma en que él la miraba. Pero, sea como fuere, debo añadir que, por mi parte, nunca había visto nada en el comportamiento de ambos que justificase la más mínima sospecha en el marido. La propia Angeluccia era demasiado honesta y demasiado recta en sus acciones para darle al pobre Giuseppe la oportunidad de olvidar sus deberes conyugales. Y nunca creí que él hubiera tenido la osadía de intentar semejante empresa. Amaba a Angeluccia. Eso era todo. Y mi maestro lo sabía tan bien como el resto de nosotros. Perfectamente seguro de su esposa, a veces solía bromear con ella respecto a este asunto.

»”Angeluccia, que era amable por naturaleza, le pidió que perdonase a su pobre primo y que no se burlase tanto de él, pues Antonio nunca encontraría un talento como el suyo para restaurar y reproducir muebles del Imperio y Luis XVI. Giuseppe, de hecho, era un verdadero artista. Además, conocía todos los secretos comerciales de Antonio; que probablemente era la razón por la cual el comerciante toleraba a un artesano que miraba a su esposa con ojos tan elocuentes.

»”El desolado amor de Giuseppe le volvió bastante melancólico; sin embargo Angeluccia siempre se hallaba muy jovial. Todavía no se había convertido una belleza tan fúnebre como la que viste hoy. Se reía a menudo, era cariñosa y feliz con su marido; como cualquier buena esposa cuya conciencia está limpia.

»”Nuestro regreso se celebró por todo lo alto. Angeluccia había preparado un excelente almuerzo y había invitado a algunos amigos para compartirlo con nosotros. Todos estaban ansiosos por oír hablar de nuestras nuevas y sensacionales adquisiciones, y todos querían verlas.

»”¿Todavía funciona la guillotina? —preguntó uno de los invitados.

»”¿Te gustaría probarla? —respondió el dueño de la casa con una sonrisa.

»”Durante la comida, Antonio, que se sentaba junto a mí, dejó caer accidentalmente su servilleta, y se inclinó para recogerla. Sin embargo, al ver cómo se caía sobre el suelo, me agaché bajo la mesa, al mismo tiempo que él. La recogí, recobré la compostura y se la entregué. Entonces, con una excusa forzada y algo desconcertado, salí de la habitación.

»”Tropecé en la tienda y caí sobre una silla. Mi descubrimiento me había dejado patidifuso, al menos durante unos instantes y, cuando al fin recobré el juicio, mi primera pregunta fue: ¿Lo habría visto Antonio? No, no lo creo, pues a causa del movimiento brusco y repentino que había realizado, junto con la posición de mi cabeza bajo la mesa, haría que esto fuese imposible. Además, el extremo sosiego con el que se irguió, recibió la servilleta y reanudo su conversación, fue suficiente como para tranquilizarme.

»”Regresé al comedor; donde el banquete, de forma alegre y distendida, llegaba a su fin. El teniente alcalde —que hoy es el alcalde—, insistió en que se le mostrara la guillotina de inmediato. Sin embargo, Antonio respondió que debía esperar hasta que el instrumento mortal estuviese operativo. «Conozco muy bien a los americanos», agregó con una sonrisa; «¡No la comprarán a menos que funcione perfectamente!»

»”Poco después, los invitados se despidieron de sus anfitriones y, durante el resto del día, no pude apartar la mirada de Angeluccia, la cual besaba a su esposo una y otra vez según avanzaba la tarde. Solo el hecho de observarla me causó un severo estremecimiento, pues no era quien de imaginar que semejante embuste fuese posible en una persona tan joven como ella y, aparentemente, sincera.

»”Verá, capitán, cuando me agaché bajo la mesa del comedor, lo que vi fue el pie de Angeluccia entrelazado con el de Giuseppe; ambos cómplices de un juego amoroso. Entonces, repentinamente ella realizó un movimiento esquivo, soltándose, y esto para mí supuso una prueba irrefutable de su culpabilidad.

»”Con el paso de los días, la vida en la tienda continuó como de costumbre. Algunos clientes extranjeros vinieron por la famosa guillotina, pero el maestro les respondía que aun era necesario realizar algunas reparaciones, y que no podía venderla hasta que estuviese operativa y en perfecto estado. De hecho, estábamos trabajando en ella, montándola y desmontándola varias veces, en el sótano, sin que nadie supiese nada de lo que hacíamos. Lo cierto es que algunas partes estaban muy carcomidas y con las juntas defectuosas, por lo que tuvimos que ajustar el mecanismo para que la cuchilla funcionase correctamente. Este trabajo me repugnaba, todo lo contrario que a Antonio, a quién si parecía agradarle.

»”El cumpleaños de Angeluccia y el Día de Pentecostés cayeron en la misma fecha, y como era costumbre que el alcalde hiciera algún tipo de comentario con motivo de la festividad, Antonio anunció que había decidido dar un baile de disfraces. Esto sería una excelente oportunidad para mostrar su guillotina. Nadie la había visto aún y sería el evento culminante de la noche.

»”Bonifacio es muy aficionada a este tipo de espectáculos, reconstrucciones históricas y desfiles, y cuando Angeluccia escuchó el plan, se lanzó al cuello de su esposo como una niña feliz. Ella misma sugirió que representaría a María Antonieta.

»”—Lo haremos muy realista y te guillotinaremos al final de la fiesta —dijo Antonio con una sonrisa.

»”—¿Por qué no? —respondió Angeluccia—. Sería muy divertido.

»“Cuando el pueblo se enteró de la clase de fiesta que había planeado el Alcalde, todos querían acudir, y los quince días previos a Pentecostes dieron lugar a todo tipo de preparativos. La tienda estaba atiborrada de gente, desde la mañana hasta la noche, entrando y saliendo, observando viejos grabados y en busca de recomendaciones. Antonio representaría a Fouquier-Tinville, el terrible acusador público. Giuseppe iba a ser Sanson, el verdugo; y yo, debía desempeñar el humilde papel de su ayudante.

»”Llegó el gran día. A la mañana temprano, vaciamos la tienda quitando todo aquello que nos pudiese estorbar, y colocamos la guillotina. Giuseppe había hecho una cuchilla de cartón forrada con papel plateado, para que el deseo de Angeluccia de representar la escena de la guillotina pudiese cumplirse; así que probamos la máquina varias veces para cerciorarnos de que funcionaba.

»”Bailamos toda la tarde, y por la noche hubo una gran recepción en el Ayuntamiento. Todo el mundo bebió con entusiasmo, ofreciendo un brindis en honor del Alcalde y su bellísima esposa.  Angeluccia llevaba puesto el mismo traje que María Antonieta había usado durante su encarcelamiento; y este sencillo vestido, acorde con los sentimientos de una pobre mujer, destinada a un trágico final, le sentaba maravillosamente. Nunca olvidaré la imagen de aquel cuello tan blanco y hermoso, y cómo Angeluccia lo alzaba con orgullo, mientras Giuseppe la devoraba con los ojos. Era tal el ardor de su pasión, y tan intensa su mirada que, de vez en cuando, no pude evitar fijarme también en Antonio, el cual parecía salvajemente poseído por una alegría desenfrenada.

»”Al final de la cena, fue él quien dio la señal para comenzar la horrible representación. Mediante un discurso preparado a conciencia, informó a los invitados que él y algunos de sus amigos habían planeado una pequeña sorpresa, la cual consistía en representar las horas más trágicas de la revolución; Bonifacio teniendo la gran fortuna de poseer una guillotina, iba a usarla para decapitar a María Antonieta.

»”Ante estas palabras, la gente se rio y aplaudió, dando una alegre ovación a Angeluccia, que se levantó de su asiento y declaró que sabría cómo morir con valentía, como correspondía a una reina de Francia.

»”De repente, un redoble de tambores golpeó las calles y corrimos hacia las ventanas. Fuera, aguardaba una carreta de apariencia funesta y un caballo de tiro decrépito y, a su alrededor, varios guardias y operarios de la guillotina, todos ataviados con el bonete de la revolución. Un grupo de horripilantes costureras danzaba y cantaba por las calles, clamando a gritos por la ejecución de la austríaca; la destronada reina de Francia. ¡Fácilmente cualquiera de nosotros podría sentirse de vuelta en los tiempos de 1793!

»”Todos habíamos participado en su juego sin darnos cuenta de los peligros; y no fue hasta que Angeluccia se había subido al carro con las manos atadas a la espalda, y la procesión había comenzado a moverse, al fúnebre y siniestro ritmo de los tambores, cuando más de uno sintió un escalofrió golpeándole la espalda, advirtiendo de que tal mascarada bien podría convertirse en una abominación.

»”Toda la escena resultaba horriblemente poderosa. La noche había caído, y la luz parpadeante de las antorchas le confería al rostro de Angeluccia el aspecto de la muerte. Y ella desempeñó su papel a la perfección; manteniéndose firme, orgullosa, y con una mirada tan fría que parecía desafiar al populacho. Su rostro, rígido e impasible, era como si estuviese tallado en piedra.

»”Llegamos a la casa de Antonio, y allí las risas, alegres y despreocupadas, estallaron de nuevo. Antonio ya aguardaba en la tienda, junto a un grupo selecto de personas que disfrutarían en primera línea con el simulacro de la ejecución. El lugar pronto se atestó de plebe. Todo el mundo se encontraba en un estado de máxima excitación, especialmente al observar, por fin, la famosa guillotina desde una distancia tan corta. Mi maestro rogó silencio y comenzó dando un pequeño discurso sobre los beneficios del mortífero instrumento. Mencionó todos los cuellos de nobles que, según él, habían descansado en el reposacabezas, y terminó exhibiendo la cuchilla auténtica que también había comprado.

»”Hice una cuchilla de papel para que se pudiese ver cómo funcionaba el mecanismo —explicó; luego, volviéndose a Giuseppe, dijo—: ¿Estás listo, Sanson?

»”Sanson respondió que sí.

»”—Traed a la austríaca —ordenó Antonio con voz profunda.

»”Giuseppe y yo colocamos a María Antonieta (Angeluccia) sobre el tablón, y el propio Antonio fue quien bajó el cepo que sostenía la cabeza en la posición correcta.

»”Las risas que pululaban por la habitación cesaron de repente, y una sensación de incomodidad comenzó a sobrevolar la multitud. La visión del hermoso cuerpo tendido encima de la tabla afectó a todos los presentes, incluso a los de mayor fortaleza, induciéndoles al recuerdo de todos aquellos pobres desdichados que, en realidad, habían yacido en ese mismo sitio para morir. La broma había llegado demasiado lejos, sin embargo, al instante se recobró la sensación de alegría, más que nada por cómo Ageluccia, protagonista de la puesta en escena, ofrecía un rostro divertido al tiempo que miraba aquí y allá, buscando la complicidad de los invitados; mientras tanto, su esposo terminaba el discurso acerca de la máquina mortal. Lo que mostró, en última instancia, fue la canasta donde debía caer la cabeza.

»”De repente, mientras observábamos a Angeluccia, advertimos un terrible cambio en las facciones de su rostro. Fue como si un horror salvaje quedase escrito en él. Del espanto, sus ojos se habían abierto de par en par, al igual que su boca, intentado dejar escapar un terrible grito que se le había clavado en la garganta.

»”Giuseppe se hallaba en la parte posterior y no se dio cuenta de nada; pero yo, que estaba a un lado, sentí como un temor innombrable me golpeaba con fuerza; a mí, y a los que me acompañaban, pues todos estábamos contemplado a alguien que realmente sabía que iba a ser decapitada. La alegría se había extinguido, e incluso fueron varias las personas que retrocedieron, como si fuesen impelidas por un terror invencible.

»”En cuanto a mí, me acerqué; porque de repente me había dado cuenta de que los ojos horrorizados de Angeluccia estaban mirando algo en el fondo de la canasta, en la cual quedaría depositada su cabeza. Miré dentro de ella, la cual Antonio había abierto solo un momento antes, y yo también leí lo que Angeluccia había leído; también leí el pequeño cartel pegado al fondo:

¡Reza a la Virgen María, Angeluccia, esposa de Antonio, amante de Giuseppe, porque estás a punto de morir!

»”Lancé un grito ahogado y me volví como un loco para detener a Giuseppe, quien, a una señal de Antonio, se había hecho con la cuerda. ¡Ay! Llegué demasiado tarde. La cuchilla cayó, y lo que siguió fue espantoso; demasiado horrible como para expresarlo con palabras. La desafortunada mujer dejó escapar un grito que terminó en un gorgoteo abrupto; un grito que resonará en mis oídos hasta el día de mi muerte, y luego su sangre brotó sobre el público, que entre gritos nauseabundos bregaba desesperadamente por alcanzar la puerta de salida. Yo me desmayé.

»Aquí, Pietro Santo detuvo la narración, y se puso tan pálido ante el recuerdo de la terrible escena que temí por su salud. Restauré parte de su vigor gracias a una copa de grappa añeja.

»—Sin embargo, y a pesar de todo —repliqué—, Angeluccia no fue asesinada. La he visto con mis propios ojos y, ciertamente, estaba viva.

»Él suspiró y levantó la cabeza.

»—¿Estás seguro de que ella realmente está viva? —preguntó—. No hay un alma en Bonifacio que se la cruce por la calle y no se persigne. Son muchos los que creen que su cabeza, siempre rígida e incapaz de mirar a un lado u otro, se encuentra sujeta al cuerpo por un milagro o poder sobrenatural. Así es cómo creció la leyenda del collar de terciopelo. Además, parece un fantasma; y cuando me estrecha las manos, el tacto de su piel helada me produce escalofríos.

»”Sí, sé que es ridículo, pero todo el asunto fue tan extraño que debes disculpar los cuentos fantásticos que han creado los vecinos de nuestro pueblo, la mayoría campesinos. La verdad del asunto es, supongo, que Antonio planeó mal su golpe, que la máquina era demasiado vieja y no funcionaba correctamente, y que Angeluccia había empujado demasiado la cabeza por la abertura, de modo que la cuchilla la golpeó sobre la altura de los hombros. Esta no es la primera vez que ocurre un accidente con la guillotina. Hemos oído hablar de casos en los que fueron necesarios hasta cinco intentos para cortar una cabeza. Giuseppe fue el único presente cuando el médico, que él mismo había traído, la examinó y, según sus palabras, la herida era bastante grande. Todos habían huido al instante; igual que Antonio, que había desaparecido. Entenderás cómo todo esto ayudó a construir una leyenda que creció de la noche a la mañana. ¡Incluso aquellos que estaban presentes en el fatídico momento afirman que vieron la cabeza de Angeluccia caer dentro de la canasta!

»”Naturalmente, cuando Angeluccia reapareció unas semanas más tarde con la cinta de terciopelo, la imaginación se desbordó. ¡Y aun cuando la miro, hay veces en que me siento hipnotizado por su cuello, y no me atrevo en ninguna circunstancia a desatarle la cita!

»”¿Y qué le pasó a Antonio?'

»”Él está muerto; o al menos eso dicen. En cualquier caso, su defunción ha sido legalmente publicada ya que Giuseppe y Angeluccia están casados. Encontraron su cuerpo medio devorado por cangrejos en la playa, cerca de las grutas. El cadáver estaba completamente desfigurado, pero encontraron papeles y la ropa era suya. Probablemente escapó, creyendo que Angeluccia había muerto, y se tiró al precipicio. Había preparado bien su venganza, silenciosa y astutamente como se hace por estos lares, pero todavía estoy sorprendido por la habilidad con la que ocultó sus sentimientos, desde el primer día en que tuvo indicios de la relación entre Angeluccia y su primo.

 »”La policía tiene el duplicado de la cuchilla que él hizo, para engañar a Giuseppe. Está en Ajaccio.

—Tu historia no está mal —reconoció el Capitán Michel generosamente a Gobert—. Tiene su punto de horror.

—Todavía no ha terminado —explicó Gobert, pidiendo unos minutos de silencio—. Déjame continuar y verás lo realmente horrible que es. No conocí el final de todo esto hasta algún tiempo después, en un segundo viaje a Bonifacio, el bueno de Pietro Santo me contó el colofón de la historia.

»Imagínese mi gran asombro cuando, al preguntarle noticias sobre la mujer del collar de terciopelo, él me respondió con absoluta seriedad:

»—Capitán, la leyenda era correcta después de todo. ¡Angeluccia murió el día en que alguien le tocó el cuello de terciopelo!

»— ¡Qué! —grité—. ¿Pero quién le desabrochó el collar?

»—Fui yo. ¡Y se le cayó la cabeza!

»Mientras miraba a Pietro Santo, preguntándome si había perdido el juicio, me explicó que, después de dejar Bonifacio, se había extendido una duda por la ciudad sobre la verdad de la supuesta muerte de Antonio. Parecía que Ascoli, el alcalde, era responsable de esto y afirmaba saber de lo qué estaba hablando. Él aseguraba que había visto a Antonio en una de sus batidas de caza, y que lo había encontrado semi desnudo, viviendo como una bestia salvaje y, cuando trató de hablarle, él huyó.

»Fue durante este tiempo cuando se abrió un periodo de elecciones para Alcalde; y Giuseppe era el rival de Ascoli para el puesto. A lo largo de toda la campaña, Ascoli declaró que Giuseppe era cómplice de una mujer bígama y, por lo tanto, indigno del cargo. Tras ser derrotado, la furia de Giuseppe no conoció límite alguno, y decidió dar caza a Antonio. Le llevó varios meses encontrarlo, pero finalmente logró su propósito. Antonio, que durante diez años nunca había hablado con un alma, descubrió entonces que su esposa no había muerto, tal y cómo él se imaginaba, sino que vivía feliz con Giuseppe, y además en la misma casa donde tiempo atrás él había vivido como alcalde, creyéndose amado por ella.

»—¿Qué pasó entonces? —Prosiguió Pietro Santo con voz hueca—. Lo que fuese, está más allá de lo humano o lo divino, y haría que incluso los demonios en el infierno se encogieran de horror. Dios mío, si viviese mil años… Pero para abreviar, señor, lo que sigue se puede contar en pocas palabras.

»”Una tarde; una tarde suave y clara como esta, volvía de una expedición a las grutas, donde había escoltado a algunos amigos, y estaba sentado en el pequeño bote que nos llevaba de vuelta al puerto cuando, al pasar los acantilados, escuché un cántico que me heló la sangre. Era la canción que siempre entonaban por aquí aquellos que tienen una afrenta mortal para vengarse. Levanté la cabeza. Un hombre estaba quieto como una estatua al borde de las rocas, como si estuviese encima de un pedestal. Aunque vestía con harapos, empuñaba orgullosamente su arma y, de súbito, cuando los últimos rayos de sol le atraparon la cara, descubriéndosela por completo, lancé un grito: “¡Antonio!”

»”¡Era él! ¡Era él! ¡Oh, estaba seguro de que era él! Su funesto cántico y su aire exaltado me convencieron de que no había regresado a este lugar, después de haber estado muerto durante diez años, sino fuese para alimentar un propósito abominable.

»”Afortunadamente, podía llegar a la ciudad más rápido en barco, que él a pie. Tendría tiempo de advertir a Giuseppe y Angeluccia. Me puse a los remos y llegué al muelle en unos minutos. La primera persona que con la que me topé fue el propio Giuseppe, que volvía a casa desde el Ayuntamiento. Agradecí al cielo haber llegado a tiempo y le avisé para que se apresurara; pues una terrible desgracia estaba a punto de producirse. Había visto a Antonio, al mismísimo Antonio, vivo, y se dirigía a la ciudad.

»”Mientras me preguntaba por los detalles, nos pusimos en camino, el uno junto al otro, y entonces ambos corrimos a toda velocidad hasta que, al fin, llegamos jadeando.

»”—¡Angeluccia! ¡Angeluccia!  —Llamamos, y abrimos la puerta de par en par. No hubo respuesta.

»”—Que Dios nos ayude si ella se ha ido a dar un paseo —Giuseppe gimió desesperadamente.

»”Fuimos al piso de arriba, sin dejar de llamarla, y él entró en una habitación mientras yo entraba en otra. Y fue allí donde la encontré. Estaba sentada junto a la ventana en un sillón grande, con la cabeza apoyada en un cojín. Parecía estar durmiendo. Como siempre estaba extremadamente pálida; la palidez de su hermoso rostro no me sorprendió, aunque a cualquier otro sí que podría haberle impactado.

»”—¡Ven! —le grité a Giuseppe—, ¡ella está aquí!

»”Mientras tanto, me aproximé, sorprendido de que ella no hubiera despertado. La toqué… Toqué la cinta de terciopelo, y esta se soltó en mis manos, ¡y se le cayó la cabeza!

»”Di un respingo, y mi corazón, que latía salvajemente, tanto del susto como de la impresión, hizo que perdiese el equilibrio y resbalé, cayendo al instante sobre un charco de sangre que no había advertido al entrar, oculto por las sombras que oscurecían la habitación. Me levanté, grito en boca, y salí de la casa como un desquiciado. La gente se apartaba de mí en la calle, como cuando uno huye de una bestia salvaje.

»”Durante los días siguientes estuve a punto de volverme loco. Afortunadamente recuperé por completo mis sentidos, lo suficiente como para ser el actual Alcalde de Bonifacio. Como probablemente ya entiendas, señor, había visto a Antonio, justo cuando él regresaba tras haber cometido su terrible venganza. No fue difícil resolver así el misterio. Entró en la casa y se encontró a solas con Angeluccia y, a continuación, la había matado, apuñalándole el corazón. Entonces, atormentado por lo que Ascolí le había contado, decidió terminar el trabajo que él mismo había comenzado de forma tan torpe, diez años atrás. Esta vez, más seguro de su daga corsa que del instrumento histórico, le cortó la cabeza y, a continuación, sin reprimir la atrocidad de sus actos, la volvió a colocar cuidadosamente sobre sus hombros, atándola en la posición precisa con la cinta de terciopelo.

»”Y ahora —concluyó Pietro Santo—, si quiere saber algo más acerca de Giuseppe tendrá que ir a la selva para enterarse. Dos días después del asesinato, desapareció en las montañas con un arma sobre su hombro y la cabeza de Angeluccia, que él mismo había embalsamado, metiéndola en un saco que llevaba alrededor de su cintura. Giuseppe, Ascoli y Antonio nunca se han vuelto a ver desde entonces, pero es muy probable que sí se hayan encontrado los unos a los otros, según rige el protocolo, y dándose muerte en algún rincón escondido del bosque.

»”Así pues, señor, la única forma para que en nuestro país se termine con la costumbre de la vendetta es, ¡cuando todos estén muertos!

FIN

NOTA IMPORTANTE: «La Mujer del Collar de Terciopelo», publicada por primera ven en inglés bajo el título «The Woman With the Velvet Collar», en la revista Weird Tales (Octubre, 1929), es una obra que ha sido traducida por Emilio José Iglesias Fernández. Derechos de traducción: Todos los derechos reservados ©. Obra traducida para Relatos Pulp Ediciones y que será incluida en la versión impresa de la publicación «Maestros del Pulp, 2», incluyendo una reproducción de todas las ilustraciones originales. Mientras tanto, puedes adquirir el primer número, ya publicado, aquí: Maestros del Pulp 1. RECUERDA: Si te gusta lo que hacemos, la mejor forma de apoyarnos es ¡comprando nuestras publicaciones!

Maravillosa portada donde podemos observar el motivo principal que da vida al relato de Gastón Leroux. El artista responsable de dicha portada es Hugh Rankin. Weird Tales, Octubre 1929.

Sobre el Autor

Emilio Iglesias

Emilio Iglesias

Escritor empedernido, capitán de ésta y otras aventuras, dirige como puede RelatosPulp.com

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