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Ondas Marcianas

Ondas Marcianas. Relato de Vidal Fernández Solano incluido en Amanecer Pulp 2014

Parecía que las planchas de metal ondulado que formaban el tejado del granero iban a ceder de un momento a otro. La furia de millones de impactos iba produciendo pequeñas abolladuras que crecían a medida que los mosquitos gigantes estrellaban sus picos, duros como el diamante, contra la estructura, debilitándola más y más.

La familia Evans se había guarecido allí y ahora rezaban para que ocurriera un milagro. El primero en divisarlos fue Timmy, el pequeño, mientras jugaba frente al porche de la casa. Su madre había salido con una cesta para tender la colada y le había reprendido por estar allí, tirado en el suelo «recogiendo toda la porquería» según ella.

Pero el pequeño no prestaba atención a sus palabras. Miraba fijo hacia el cielo en algún punto situado a la espalda de la mujer.

—¡Te estoy hablando, y detesto a los niños impertinentes, lo sabes muy bien! ¿Es que no me oyes?

La oía, por supuesto. A sus cinco años, ya tenía la lección bien aprendida. Si mamá gritaba, era mejor prestarle toda la atención si uno quería conservar sus posaderas en condiciones de sentarse como era debido. Sin embargo, aquello no era normal. Sin contestar la pregunta, levantó un brazo y señaló hacia el horizonte.

—¡Mira mamá! ¡La tormenta viene hacia nosotros!

—¡Pero qué clase de tonterías…! —Sue Ellen se giró y entonces vio una enorme mancha negra aproximándose a toda velocidad por el cielo. Timmy la había confundido con una nube negra, pero lo que se les echaba encima no era la lluvia, y ella lo sabía. Había escuchado la noticia por la radio, pero su marido había insistido en que ellos no corrían peligro, que vivían en mitad de ninguna parte. «A ningún ser vivo se le va a ocurrir pasar por aquí», había afirmado malhumorado, «Aquí nada más hay piedras y polvo, y esos bichos buscan sangre. Eso los llevará a las grandes ciudades. Son un lugar estupendo para encontrar alimento en grandes cantidades. Había experimentado una punzada de compasión. Sabía que su marido se deslomaba un día tras otro por hacer que sus cultivos de cereal medrasen en aquel entorno hostil y casi desértico.

Aunque dentro de sí sabía la verdad, utilizó la mano a modo de parasol para cerciorarse de que sus peores temores se acercaban volando a toda velocidad. El zumbido de millones de alas destrozó su última esperanza de estar equivocada.

—¡Bruce! ¡Bruuuuuuce! —su marido detuvo el tractor al verla acercarse corriendo. Gritaba y lloraba como una posesa—. ¡Están aquí! ¡Mira!

Bruce Evans notó que la sangre se le agolpaba en las sienes. De un salto se apeó del vehículo y tomó a su mujer por los brazos, zarandeándola en un vano intento de frenar su histeria.

—¡Los niños! ¿Me escuchas, Sue? ¡Coge a los niños y llévalos al granero! ¡Las ventanas allí están protegidas por malla de acero! ¡Aguantarán lo que sea! ¡Voy por la escopeta y en un minuto estoy allí!

Sue Ellen había obedecido sin atreverse a preguntarle a su marido de qué narices iba a servirles una escopeta contra una lluvia de mosquitos gigantes y sedientos de sangre. Recogió a Timmy, que permanecía en el suelo tal y como le había dejado un minuto antes y a la pequeña Marie, que dormía tranquila sobre su cuna en la cocina, en la parte trasera de la casa. Corrieron hasta el granero y Bruce llegó poco después, echó la tranca en el portón y cerró todos los postigos de las ventanas. La temperatura comenzó a ascender por la falta de ventilación. Arizona era un lugar abrasador en verano.

Los primeros en perecer fueron los animales. Las vacas que se encontraban en el corral y que nadie se había preocupado de recoger dentro del establo. El zumbido se volvió ensordecedor mientras los mosquitos se arrojaban sobre los indefensos animales. Se oyeron los mugidos desesperados, las gallinas alborotadas en el gallinero, un sonido inconfundible del crujir de huesos bajo el impacto de miles de picos acerados y algo parecido a un chapoteo que Bruce y Sue Ellen prefirieron no imaginar a qué correspondía. Un sonido de succión multiplicado por mil y luego de nuevo el zumbido elevándose sobre sus cabezas. Al final solo quedó el silencio y un olor a carne y a sangre como el que había en el matadero de Ellis, en Flagstaff.

Transcurrieron unos minutos y la familia Evans no alcanzó a escuchar nada más. Los niños no habían llorado ni hecho ruido alguno, benditas criaturas. Timmy se veía pálido y aterrorizado pero no había abierto la boca durante todo el episodio. Bruce dejó pasar un rato largo, media hora quizás, y entonces se aventuró a salir al exterior. Apenas había retirado la tranca cuando las enormes puertas se abrieron con una fuerza que le hizo caer de espaldas. Miríadas de furiosos mosquitos del tamaño de una gallina entraron volando en el granero de los Evans. Estos casi no se dieron cuenta de lo que ocurría, unos segundos más tarde su carne era triturada por el pico de aquellas criaturas salidas de una pesadilla, desmenuzada y su sangre sorbida hasta centenares de estómagos al mismo tiempo.

***

Área 51. Tres semanas antes.

 

Ya había caído la noche sobre el desierto de Nevada. La mayoría del personal se había marchado a casa tras la jornada laboral. Nadie caminaba a lo largo de los anchos corredores ni charlaba en las salas que se abrían a los lados de los mismos. Solo el personal militar encargado de la guardia y del mantenimiento y vigilancia de las instalaciones luchaba contra el tedio para no dormirse.

Sin embargo, no todos se habían marchado. En una nave que pocos conocían se encontraban el capitán Jeffrey Stiles, jefe del equipo científico, y su ayudante personal la teniente Moira Love. En la suave penumbra que proporcionaba la única lámpara que mantenían encendida en el techo observaban un minúsculo objeto de apariencia metálica del tamaño de un tazón. El objeto poseía una base redondeada de la que sobresalían dos piezas en forma de V atravesadas por un elevado número de filamentos. La estructura en sí resultaba sencilla en su forma. Lo que la hacía peculiar no era eso, sino su procedencia: la habían extraído del objeto que descansaba unas decenas de metros más allá: un OVNI que se había estrellado en el desierto unos años antes y cuya existencia el gobierno había intentado ocultar. En un lateral de la misma nave voladora, un refrigerador guardaba el cuerpo de un alienígena que, al igual que el pequeño artilugio metálico, también habían sacado de ella. Todo se conservaba allí, bajo el más riguroso secreto, y solo un reducido grupo de personas podía acceder a aquella parte de las instalaciones, que lucía en su puerta una sencilla etiqueta que decía «Almacén A-1». Nadie se había parado a pensar en lo inusual que resultaba un almacén sin cerradura en la puerta y que ni siquiera figuraba en el directorio del complejo militar. Desde su caída sobre territorio americano, el objeto extraterrestre aún conservaba sus secretos y se negaba a desvelarlos, a pesar del empeño de los equipos de expertos que habían dejado allí años y años de trabajo.

—¿Probaste las corrientes eléctricas y los campos magnéticos, Moira? —Jeff repasaba los datos en unas hojas de papel y fruncía el ceño, impaciente.

—Lo he hecho, Jeff. Varié la intensidad, la polaridad, la orientación espacial y todos los parámetros que dispusimos. Sin resultado. No sabemos ni cómo funciona ni para qué sirve.

—Pero suponemos que era importante. Es lo único que hallamos dentro de uno de los cubículos de la nave. Eso nos hace suponer que dicha «habitación» se utilizaba única y exclusivamente para lo que sea que haga ese objeto.

—El problema es que en apariencia no dispone de nada que asemeje a un interruptor ni tampoco estaba conectado a ningún otro sistema. Solo estaba allí, en medio.

Jeff repiqueteaba sobre la mesa con los dedos. Se estrujaba el cerebro intentando dar con la clave para desentrañar aquel misterio. Tenían pendiente aún el análisis del sistema de propulsión de la nave y el examen del espécimen que habían obtenido, y cada día se hacían más intensas las presiones que recibía. «Qué sabrán ellos de ciencia», pensó con frustración, «lo único que quieren son armas, naves espaciales para volar de un planeta a otro. Y después ¿qué? ¿qué piensan hacer cuando lleguen allí?». Él sabía que en realidad todo se reducía a incrementar el presupuesto armamentístico. A nadie le interesaba viajar a Saturno. Pero él necesitaba tiempo. Tiempo para aprenderlo todo acerca de aquel regalo caído del cielo. Conocimiento tecnológico, biológico, algo así como sentirse un pequeño Dios. Eso sí que le daría supremacía a la nación, una ventaja que ningún país podría jamás ni siquiera soñar. Y esos idiotas que no veían un palmo más allá de sus narices no le dejaban hacer su trabajo como era debido. Le pareció percibir un zumbido cerca del oído.

—¿Has oído eso, Moira? —Jeff levantó la cabeza con brusquedad.

—No —dijo ella—, no he oído nada. ¿Qué ocurre?

—Supongo que no era nada. Me pareció escuchar algo extraño. Puede que solo fuera el cansancio. Quizás deberíamos marcharnos a descansar un poco. La jornada ha sido muy larga y mañana no será diferente.

Moira le dirigió una mirada por encima de sus lentes apoyadas sobre la punta de la nariz. No era corriente que Jeff admitiera estar cansado. A ella más bien le pareció que aquella cosa metálica estaba llevando su paciencia al límite.

—Perfecto. Quizás mañana demos con la clave. No te lo tomes tan a pecho, Jeff —dijo, en tono amistoso—, al final lo lograremos. Es solo cuestión de tiempo y paciencia. Cuando vengan los chicos, entre todos daremos con la solución.

—No es por eso, lo que ocur… —con un gesto de incredulidad, levantó la mano y se propinó un cachete en un lateral del cuello— ¡Dios mío!

Moira dibujó una «o» en los labios mientras contemplaba un minúsculo punto elevarse hacia la luz que emitía la lámpara en el techo.

—No puede ser, es imposible… —su vista ascendía junto con el visitante.

—¡Estamos contaminados! ¿Cómo ha podido ocurrir? ¡Tenemos un mosquito dentro del recinto! ¡Hay que eliminarlo ahora mismo!

—No nos queda más remedio que esperar a que se pose y se ponga a nuestro alcance. Aquí no hay insecticida. No me explico cómo ha conseguido entrar. Todo el que entra aquí pasa un minucioso examen.

El mosquito comenzó a descender de nuevo, atraído por el banquete. Con precaución se acercó de nuevo a Jeff y este intentó atraparlo al vuelo, pero falló. El insecto dio un par de vueltas más sobre la cabeza de Moira pero finalmente se posó cerca de la mesa, sobre la plataforma donde se hallaba el objeto que habían estado estudiando. Jeff improvisó un matamoscas enrollando unas hojas de papel y se acercó lentamente para no espantar al intruso. Cuando se halló a una distancia lo bastante corta para alcanzar su objetivo, levantó el brazo a cámara lenta. Moira contuvo la respiración.

De un golpe seco, Jeff descargó las hojas sobre el lugar donde reposaba el bichejo. Un segundo demasiado tarde. El mosquito levantó el vuelo después de salvarse de una muerte segura y fue a pasar justo entre las dos piezas en V del objeto que habían extraído de la nave. De un modo extraño, quedó suspendido allí, en pleno vuelo, como si alguien hubiera detenido el tiempo. Los filamentos que unían los brazos de las V comenzaron a vibrar, emitiendo un sonido cada vez más agudo, y se volvieron incandescentes. En lugar de ponerse al rojo vivo adquirieron un tono azul que se fue intensificando hasta casi llegar al blanco. El aire comenzó a ondularse como una sábana al viento, haciendo que la imagen de Jeff, del mosquito y del aparato parecieran distorsionarse como un efecto especial producido por una cámara. Eso es lo que pensó Moira mientras observaba atónita lo que ocurría. Jeff permanecía inmóvil, no sabía si por la sorpresa o porque también era presa de la misma fuerza que atrapaba al mosquito. El zumbido fue aumentando de intensidad y volumen, hasta llegar a tal punto que Moira tuvo que taparse los oídos.

En ese instante se produjo algo similar a un chispazo y todo cesó tal y como había empezado, de repente. Jeff se derrumbó igual que una marioneta a la que alguien ha cortado los hilos.

Moira se acercó a socorrerle, pero él ya estaba sentado, frotándose los ojos como si se acabara de levantar tras una buena siesta.

—¿Te encuentras bien? ¿Qué demonios ha pasado ahí?

Jeff tardó unos segundos en poder responder.

—Ha sido muy extraño. Algo no me permitía moverme, era como si todo mi cuerpo estuviera oprimido por todas partes a la vez. Cuando ese artefacto ha empezado a vibrar, he tenido la sensación de que la realidad se dilataba, como si todo a mi alrededor se estirase. Algo similar a las imágenes distorsionadas en los espejos de las atracciones de feria. Luego esa luz me ha cegado por un instante, y cuando me he dado cuenta ya estaba en el suelo.

—¿Te duele algo? ¿Sientes náuseas, desorientación? —la parte profesional de Moira se fue imponiendo.

—Estoy perfectamente, pero… —Jeff volvió la vista hacia el lugar donde el artefacto reposaba como si nada hubiera ocurrido.

Entonces Moira cayó en la cuenta de que se habían olvidado del tercer habitante del almacén. Se acercó con precaución hasta la plataforma, pero no había ni rastro del visitante no invitado. Dio la vuelta para decírselo a Jeff pero este tenía la vista fija en un punto arriba, en el techo, entre las sombras que proyectaba la lámpara. Moira se acercó al cuadro de luces y levantó uno de los interruptores. Un mar de luz inundó la nave como si fuese de día.

—¡Mira! ¡Allí! —Jeff señalaba hacia un punto en la parte superior.

El mosquito se había posado en una de las vigas que atravesaba la nave de lado a lado. Podían verlo sin esfuerzo alguno porque era enorme

—¡No puede ser! ¡Observa la forma tan abultada del abdomen!

—Es porque es una hembra. Son las que se alimentan de sangre. Los machos son herbívoros. Tiene el abdomen hinchado porque… ¡Dios mío! ¡Si es lo que sospecho estamos perdidos!

El insecto parecía sufrir una especie de convulsiones que sacudían y deformaban su cuerpo, y tras cada sacudida su tamaño se incrementaba un poco más. Cuando llegó al tamaño de un pato doméstico, se estabilizó y sacudió las alas. Su pico era brillante como el acero y su cuerpo brillaba igual que si estuviera recubierto por una armadura metálica. Tras un instante de vacilación, se lanzó sobre ellos.

***

El comandante McGillis, al que todos llamaban Mac, acompañaba como cada mañana al equipo médico-científico que trabajaba en el almacén A-1. Él era el mando habilitado para facilitarles la entrada. El mecanismo de apertura se accionaba mediante las huellas dactilares y los científicos podían abandonar el recinto pero no volver a entrar en él hasta el día siguiente. Muy pocas personas tenían acceso a esa puerta, y Mac era uno de ellos.

Se trataba de un pequeño grupo de seis personas, pero esa mañana solo había cuatro.

—¿Saben ustedes dónde están los otros dos? —a Mac no le hizo gracia que le faltase gente en el recuento.

El que contestó fue Art Kelly, especialista en sistemas electrónicos y robóticos. Era el que trataba de descifrar las claves del funcionamiento de la nave. Cuando lo hubiera logrado, el poderío espacial de los Estados Unidos daría un salto tan espectacular que sus competidores se preguntarían si no sería mejor dedicar sus presupuestos armamentísticos a la repoblación de montes. Además de un engreído, se tenía por el tipo más gracioso de toda la costa oeste.

—Faltan Jeff y la doctora Amor —ese chiste relacionado con el apellido de Moira estaba en boca de todo el equipo, pero jamás lo mencionaban delante de ella, por supuesto—. Ayer se quedaron a trabajar tarde. Quizás la velada se prolongó —lanzó un guiño que pretendía ser pícaro a sus compañeros— y hoy no les apetecía madrugar.

—¡Oh, cállate, Art! ¡Siempre estás con lo mismo! —la doctora Charlene Hollow, bióloga encargada de realizar el examen preliminar del cuerpo del alienígena recuperado de la nave, no podía soportar ese aire de autosuficiencia de Art—. No lo sabemos, Mac, ni Jeff ni Moira dijeron ayer nada acerca de ausentarse hoy.

Mac lo pensó unos instantes.

—Está bien. Les franquearé el paso a ustedes cuatro. Si los otros se presentan en menos de media hora, les dejaré entrar. De lo contrario, no podrán hacerlo hasta mañana.

—Pero Mac —Art siempre tenía algo de qué quejarse—, si nos faltan Jeff y Moira nuestro trabajo prácticamente será inútil. Ellos son los que dirigen y coordinan la investigación. Tienen la clave para acceder a los archivos importantes…

—Déjalo ya, Art —Charlene interrumpió su perorata—. Abre, Mac. Seguro que llegan enseguida.

Mac se aproximó a un lateral de la puerta y deslizó su mano izquierda en vertical a cierta altura. Una luz parpadeó en el interior de una delgada chapa metálica. Primero rojo, verde después. Con un siseo, la puerta se deslizó hacia un lado. Las luces del interior estaban encendidas. Eso les detuvo. Charlene hizo ademán de asomarse al interior, pero Mac se lo impidió.

—Un momento, doctora Hollow. Esto ya no tiene buena pinta. Faltan dos miembros del equipo, y ahora la luz está encendida. No recuerdo ni un día en que ambas cosas hayan ocurrido, y menos juntas —tomó un walkie-talkie que llevaba prendido del cinturón y habló—. Atención, control, envíen una patrulla de apoyo al almacén A-1. Puede que algo no ande bien. No, no den ningún aviso por megafonía. De momento es solo una precaución.

Menos de quince minutos después, cuatro soldados se presentaron y saludaron al comandante. Este les explicó en pocas palabras y en líneas generales que su misión era vigilar que nadie que no fueran los allí presentes saliera por aquella puerta, pues ellos no estaban autorizados a entrar.

Con la guardia apostada a la salida. Mac y los científicos se dispusieron a entrar.

El frío era muy intenso en el interior. Mac pensó que se habían dejado una ventana abierta. «Qué bobada, aquí no hay ventanas, solo las claraboyas del tejado y están herméticamente cerradas y protegidas por una malla metálica». Desenfundó su arma y encabezó la pequeña procesión que formaba con los científicos. No se veía movimiento alguno, ni desorden, ni tampoco se oía nada. «Quizás esos dos sí se dejaron las luces encendidas anoche. Igual era demasiado tarde o pensaban en otras cosas, como ha insinuado el tipejo del bigote».

Se dirigieron directamente hacia los laboratorios, pequeños compartimentos aislados con cristaleras del resto del almacén. Al aproximarse a la puerta, Charlene habló muy bajo:

—Comandante, mire allí, cerca de la nave.

Mac volvió la vista y apreció sobre aquel artefacto un brillo extraño, aterciopelado.

—¿Qué diantre es eso?

Todos observaron con curiosidad la capa blanquecina que cubría la parte superior de la nave. Fue Tod Robins, el forense que prestaba apoyo a Charlene, el que contestó.

—Si no resultara imposible, yo diría que es una buena capa de escarcha.

—¿Escarcha? No se separen de mí, vamos a echar un ojo —Mac inspeccionó desde el exterior los dos laboratorios. No se apreciaba nada a través de las paredes de vidrio traslúcido, tampoco había movimiento dentro. El examen de ambos habitáculos bien podía esperar un par de minutos. Se acercó a la nave. Los científicos le siguieron. Conocían cada metro cuadrado de aquel almacén y no había recovecos ni lugares donde ocultarse.

Cuando llegaron al pie de la nave, Art se aproximó y acercó la mano.

—¿Qué está haciendo? —la voz de Mac, autoritaria y estentórea, retumbó contra las paredes lisas del recinto.

Art se volvió y le regaló una sonrisa condescendiente.

—Tranquilo, Mac. No hay ningún peligro. Está todo controlado.

Mac maldijo mentalmente a aquel hijo de puta petulante, pero no replicó. Recordó que estaba casado con una prima del general Ribbon, comandante en jefe de la base. De no ser por ese detalle insignificante, ya se habría encargado de él mucho tiempo antes. Le habría metido su autosuficiencia y sus aires de superioridad por el culo y sin vaselina.

—¡Mirad! —Charlene señaló un lugar en el suelo algo más allá.

Todas las miradas se concentraron en aquel punto. Pequeños fragmentos brillantes sembraban una porción del frío cemento. Mac dio un par de pasos en aquella dirección, con cautela.

—¡Que me aspen si no son…!

—Son cristales rotos —terció Art. Todos se volvieron. Él miraba hacia arriba. Siguiendo la visual se dieron cuenta del porqué de su afirmación. Una de las claraboyas del tejado carecía del cristal, que se había esparcido por el suelo. La malla metálica que la recubría se veía reventada, como si una tremenda fuerza la hubiera presionado desde el interior.

—No puede ser —murmuró Mac—. Era cristal blindado.

—No sería tan resistente como ustedes creen —el tono despectivo de Art no pasó inadvertido para nadie—. A las pruebas me remito.

Mac estaba a punto de soltar un exabrupto cuando se oyó un sonido proveniente de uno de los laboratorios. Todos dejaron se respirar durante un segundo. «Dios, no he revisado el interior de los laboratorios, hay algo ahí y lo he pasado por alto», pensó Mac. Si el gilipollas de Kelly se percataba de su error ya podía ir empaquetando sus pertenencias y su graduación. Cerró los ojos e intentó no pensar en ello.

—Permanezcan donde están. Yo iré primero —y se acercó con gran sigilo con el arma en alto.

Cuando estuvo junto a la puerta del primer laboratorio, entreabierta, contuvo la respiración. No se oía nada. Contó hasta tres y se plantó con las piernas abiertas y el arma sujeta con ambas manos en el umbral. El laboratorio estaba desierto. Respiró aliviado. «Ahora a por el segundo»

Unos pasos más y repitió la operación. Al abrir de golpe la puerta y encarar el interior, la primera idea que llegó hasta su cerebro fue la de algo imposible de aceptar. El suelo estaba cubierto de una masa gelatinosa de color rojo oscuro, como si lo hubieran pintado recientemente. Luego reparó en los detalles: pequeños tropezones, unos blanquecinos y otros más oscuros, salpicaban aquella película espesa. Trozos de algo parecido a la tela flotaban sobre ella. Cuando procesó toda la información y se dio cuenta de lo que tenía delante, el desayuno que había tomado intentó con todas sus fuerzas liberarse de su prisión.

—¡Su puta madre! —exclamó Art detrás de él. Los cuatro científicos habían llegado hasta su lado y él ni siquiera se había percatado— ¡Si eso no es una carnicería humana que me den por el culo! Ahora ya sabemos por qué las luces estaba encendidas y Jeff y Moira no se presentaron esta mañana ¡Joder!

Los otros le miraron con asco. Sabían que era un patán con un buen enchufe, desconsiderado y egocéntrico, pero había sobrepasado el límite de la desconsideración.

—Si no cierra la jodida bocaza le pego un tiro ahora mismo. Luego ya puede ir a quejarse al general si quiere. ¡Soldados, vengan aquí ahora mismo¡ ¡Activen las alertas!

Justo en ese momento, los golpes que habían oído antes se repitieron. No pudieron evitar dar un respingo. Miraron dentro del laboratorio pero no vieron nada anormal, a excepción de aquella sopa de huesos, sangre y pedazos de ropa que cubría casi por completo el suelo. Sin embargo, aquel toc toc toc seguía martilleando en algún lugar del interior, pero nadie localizaba su procedencia.

Rodeando el charco, Mac penetró en la estancia para localizar mejor el sonido. En ese momento una puerta de unos de los armarios bajos se abrió, haciéndole tropezar. La que salió del mueble fue una maltrecha Moira, que cayó junto con Mac en medio de la masa sanguinolenta en una madeja de piernas y brazos.

 

De nuevo tres semanas después. Ops Centre.

 

El general Ribbon echaba humo, y no solo por la punta del puro que estaba fumando. Frente a su mesa, en su despacho, se encontraba Mac de pie, tieso como un garrote.

—¿Dice usted que esos mosquitos del demonio están arrasando poblaciones enteras?

—Poblaciones, campos… todo ser viviente por cuyas venas corra una gota de sangre los atrae. Además de su tamaño, poseen un fino olfato, por lo que hemos averiguado.

—¿No cree usted, comandante, que un poco de insecticida les iría bien?

—No ha dado resultado, general. La mutación les ha proporcionado una resistencia enorme a los venenos.

—Y todo por su culpa, comandante. Su grupo de “ratas del laboratorio” dejaron escapar la radiación…

—Con todos los respetos, general, no hubo ninguna radiación…

—¡Materia orgánica, lo que fuera que escapó!

—Pues en realidad, tampoco es que saliera nada de dentro, más bien…

—¡Deje ya de interrumpirme, estúpido! ¡Ya sé cómo ocurrió todo! —Mac imaginó a Kelly susurrando al oído del viejo, malmetiendo para ganar puntos delante de él—. Eso no le exime de su responsabilidad. Y ahora tenemos que ocuparnos de esa plaga de mosquitos marcianos… o lo que sea.

La radio de Mac portaba. Entre la estática se oyó un «…emergencia…ahora mismo…». Mac se removió incómodo.

—Atienda sus obligaciones, comandante. Después seguiremos nuestra conversación.

Unos minutos más tarde, Mac se plantó en el puesto de mando. Los técnicos que recogían las emisiones de los satélites gesticulaban señalando algo en las pantallas. Mac se dirigió al oficial al mando, el capitán Kurdoe. Este saludó en posición de firmes.

—Deje el protocolo e informe, capitán. ¿Qué es lo que ocurre?

—Una masa que se desplaza volando ha sido localizada por uno de los satélites de vigilancia. Se dirige hacia la nube de mosquitos mutantes.

Mac se acercó a la pantalla. Allí estaba. Visto de lejos, era una especie de nube oscura que avanzaba a gran velocidad en dirección sureste, hacia los estados del centro del país.

—¿Se puede ampliar la imagen capitán?¿Sabemos qué cojones es eso?

El capitán no contestó. Le dijo algo al técnico y este tecleó algo. La imagen experimentó un zoom, de manera que los contornos de la supuesta nube desaparecieron por los bordes de la pantalla, dejando paso a una suerte de granulado de color pardo que se movía como el barro hirviendo.

—Le he preguntado —insistió Mac— por la composición de… eso. ¿De qué sustancia o sustancias está formado?

—No solo lo hemos confirmado a través del satélite, comandante. Las unidades en tierra lo corroboran también.

—¿Qué? ¿Qué es lo que corroboran, joder? ¡Deje de dar tantos rodeos, capitán, no estoy para juegos de adivinación!

—Pues… pues… esa masa voladora está compuesta de tejido orgánico vivo, comandante. Carne y hueso. Y plumas.

— ¿Plumas? ¿Cómo que plumas?

—Sí, señor. Eso que ve ahí no es más que una gigantesca bandada de pájaros. Millones de ellos.

Mac volvió a clavar sus ojos verdes en la pantalla.

—Pero eso no es posible, capitán. El satélite no puede visualizar simples pájaros con ese detalle.

—Si me lo permite, comandante, claro que puede. Esos pájaros son gorriones, uno de nuestros cazas disparó sobre la formación y derribó varios. Gorriones del tamaño de una vaca, comandante. Y vuelan en la misma dirección que los mosquitos. Adivine lo que ocurrirá cuando les den alcance.

Mac no podía creer lo que acababa de escuchar.

—¿Pero cómo…? ¿Quién…? —y entonces la luz se hizo en su cerebro. Sin mediar palabra, salió del puesto de mando como una exhalación y se dirigió hacia un ala apartada del complejo. Cuando irrumpió en el almacén A-1, el grupo de científicos se quedó mirándole como si fuera el mismo Satán el que hubiera aparecido. Art le recibió con una sonrisa que pretendía pasar por amable, aunque no pasó de ser forzada, casi una mueca.

—¡Hola Mac! ¿Cómo es que viene a vernos? Podía haber avisado y habríamos quedado en otro lugar más acogedor.

—¡Estúpido arrogante! ¿Quién le ha autorizado a experimentar con el artilugio que encontraron? ¿Quién se cree que es?

La sonrisa de Art se ensanchó. Ahora se iba a dar el gustazo de mandar a aquel prepotente a hacer puñetas.

—Soy el oficial científico al mando del proyecto, comandante. Órdenes directas del general. Mientras la doctora Love no se recupere del shock soy yo quien dirige todo esto —y abarcó todo lo que le rodeaba con un gesto de la mano—. Le recuerdo que no tiene usted mando en cuestiones científicas, de modo que si se le ofrece algo en concreto estaré encantado de escucharle, pero en caso contrario tengo que pedirle que abandone este recinto. Las investigaciones que aquí se llevan a cabo son alto secreto y que yo sepa no tiene usted por qué estar al tanto de ellas.

—¡Maldito lameculos! ¡Así que es eso! El general ¿verdad?

—Eso es, lo ha entendido a la perfección.

—¿Es usted consciente de lo que acaba de hacer? ¿Cree que puede jugar a ser Dios e intervenir en el orden natural de ese modo? ¿Ha previsto las consecuencias que su falta de profesionalidad puede acarrear al mundo?

—Por supuesto, comandante. Todo está bajo control.

—Pero ¿Qué tiene usted en lugar de cerebro? ¿Acaso es idiota? ¿No se da cuenta de la reacción en cadena que podría provocar?

—Vigile su asquerosa lengua, cabeza cuadrada. Parece que ignora con quién está hablando. En todo caso, la decisión es únicamente mía, no necesito consejo de nadie y menos de usted. Y ahora, si me disculpa, tenemos mucho trabajo por delante. No olvide cerrar la puerta tras de sí al salir.

Mac bufó. Aquel hijo de puta inconsciente había utilizado el aparato que les había descrito la doctora Love como un juguete. Si sus sospechas se confirmaban, se avecinaba el caos total.

Salió del almacén e iba a echar a correr de nuevo hacia el centro de mando cuando chocó con otra persona. Moira Love.

—¡Oh, disculpe, comandante! Ya me encuentro mejor y he pensado…

—¡Moira! No puede usted venir en mejor momento. Acompáñeme. Le explicaré por el camino.

 

Atentos al aparato de radio en espera de noticias, todos permanecían en silencio en el centro de operaciones. Las últimas veinticuatro horas habían sido eternas, la tensión insoportable. Nadie se había movido de su puesto, ni siquiera Moira, cuya presencia no había sido permitida en el almacén A-1, la inteligencia había sido desterrada de aquel lugar.

Los gorriones gigantes habían dado cuenta de los mosquitos en un abrir y cerrar de ojos. Por un momento, Mac y los suyos suspiraron de alivio al pensar que el problema se había resuelto de la forma más sencilla. Los pájaros no atacarían a las personas, no eran carnívoros. Sin embargo, habían hecho algo mucho peor.

Acuciados por un metabolismo más acelerado del que la naturaleza les había dotado, habían agotado la reserva de mosquitos gigantes y se habían encontrado con la panza vacía. En un orden lógico, se habían arrojado sobra las cosechas de maíz, trigo, frutales… esquilmándolas y abocando a la población a una hambruna feroz si no se les detenía.

—Mayor, informe de situación.

—Seguimos igual, comandante. La enorme bandada ha atravesado ya dos estados y ha llegado a Nebraska y Kansas, destrozando los maizales. Si esto sigue a este ritmo, en menos de una semana habrán devorado la mitad de la producción agrícola del país.

Una sensación de impotencia roía el estómago de Mac. Habían enviado unos cazas e intentado ametrallar a los gorriones, pero sin obtener un resultado apreciable, eran blancos demasiado pequeños en relación al armamento utilizado y el número de aves apenas se había resentido.

El controlador que le había mostrado la invasión pajarera el día antes se volvió en su silla y levantó la mano, como si estuvieran en el colegio.

—Si me permite una sugerencia, comandante.

—Adelante, cualquier cosa será mejor que lo que tenemos ahora.

—No sé si lo que voy a decir violará algún código de secreto militar, porque…

—¡Al cuerno con el secreto militar, soldado! ¡La supervivencia del jodido país está en juego! ¡Suelte lo que sea de una puta vez!

Los berridos de Mac dejaron un poco desconcertado al hombre, que tardó unos segundos en decidirse a abrir la boca.

—Bueno, verá, el caso es que hasta hace unos meses yo estaba destinado en la UAI, pero la reducción de presupuesto obligó a recolocar al personal en otros departamentos, y me enviaron aquí.

Mac se había quedado demasiado sorprendido para replicar. Fue Moira la que tomó el relevo.

—¿Qué es la UAI, Mac?

—Unidad de Armamento Innovador. Es una unidad secreta, como la suya, donde se proyectan y se prueban armas cuyas características hacen inviable su producción en masa, bien por tener un elevado coste de fabricación, bien por poseer un poder de destrucción que violaría todos los tratados internacionales. El gobierno las guarda por si un día fueran necesarias. No mucha gente está al corriente de la existencia de esa unidad. La opinión pública pondría el grito en el cielo si supiera la cantidad de dinero que se desvía en esa dirección.

—Creo que me he perdido —contestó Moira—. No sé a dónde quieren llegar.

—Intuyo que el señor gafitas está a punto de contarnos algo acerca de un arma que puede hacer frente a esa infestación de pajarillos sobrealimentados ¿no es así? —y dirigió al soldado una mirada de complicidad.

—Sí, bueno —replicó este—. Los últimos dos años que trabajé allí, los ingenieros desarrollaron un arma capaz de reducir a cenizas cualquier molécula orgánica en un área que oscilara entre un campo de fútbol y más de trescientos kilómetros cuadrados.

—Siga, soldado, ha captado usted mi interés. Ya veo lo que viene detrás.

—El arma en cuestión recibió el nombre provisional de Cañón Biomolecular PM-4, aunque todos los llamábamos Hiroshima One, por los efectos sobre la materia orgánica.

—¿Y en qué se basa ese cañón? —interrumpió Moira— ¿Energía nuclear? ¿O es algo más futurista como la fusión en frío?

—No señora, funciona creando pulsos magnéticos de gran intensidad, capaces de romper los enlaces intermoleculares y disgregar la materia en sus componentes más sencillos. Dispone de una potencia de disparo de cuatro gigatones, por eso lo de PM-4. Funciona con electricidad, en el fondo es bastante simple.

—¿Electricidad? No puedo creerlo —Moira lanzó una carcajada despectiva— ¿Insinúa que se enchufa a la corriente y ya está?

—No exactamente —respondió el soldado—. Funciona con electricidad, con mucha electricidad. Para producir un disparo lo bastante potente como el que necesitaríamos en este caso, tendríamos que desviar gran parte de la electricidad en muchos kilómetros a la redonda.

—¿Cuál es el problema? Si es preciso, debe hacerse. En este caso, el fin justifica los medios.

—Creo que no me he explicado. Casi la totalidad del estado se quedaría sin suministro eléctrico al menos durante unos días. Estamos en verano. ¿Qué hará la gente sin refrigerador en casa, sin televisor, sin ordenadores?

—¡Que se joda la gente! ¿Qué harán cuando no haya comida en el supermercado? El problema es el siguiente: ¿Cómo haremos para atraer a nuestros plumíferos de cuarto de tonelada de nuevo hasta aquí? No hay problema en achicharrarlos, como dijiste antes —miró a Moira— estamos rodeados por una gran extensión de desierto.

—Pues yo diría que la solución es evidente, Mac. Les daremos lo que quieren: comida en grandes cantidades.

 

La trampa estaba lista. A escasos kilómetros de las instalaciones militares, en medio del desierto, una montaña de maíz esperaba impaciente. Cualquiera que hubiera pasado por allí, si eso hubiera sido posible, la habría confundido con un pequeño volcán dorado. Miles de toneladas de cereal se tostaban al sol.

Ocultos en un desfiladero a menos de un kilómetro, los militares aguardaban la llegada de los pájaros.

—¿Está segura de que acudirán al cebo, doctora Love? —el capitán Oates hablaba mientras tecleaba frente a una pantalla. Estaba ajustando el PM-4, que dispararía por control remoto. Debido a sus grandes dimensiones habían decidido que lo más sensato era montarlo en una explanada dentro del cuartel, sobre una plataforma que lo elevaba por encima de los tejados. Así podría tomar la energía directamente de varias derivaciones que habían practicado en los tendidos de alta tensión que pasaban a menos de cincuenta kilómetros.

—Lo estoy. Esos pajarillos, los originales, quiero decir, son capaces de oler el alimento sepultado bajo mucho centímetros de nieve, capitán. Son unos supervivientes natos. No olvide que superan los inviernos más duros donde otros animales perecen. No los subestime. Semejante cantidad de grano los atraerá como un imán gigantesco, no lo dude.

—¿Y cómo sabremos que nos los hemos cargado a todos? Quiero decir que siempre puede quedar alguno que siga reproduciéndose…

—No lo sabemos, en efecto. Pero piense en el tamaño de esos seres. No se pueden esconder en un bolsillo. Si alguien los ve, acabará con ellos igual que hacen con los osos, los lobos o los bisontes. No es lo mismo eliminar unos pocos que decenas de miles. ¿El cañón funcionará correctamente y con precisión? Detesto pensar que los que se frían podamos ser nosotros.

—Puede respirar tranquila a ese respecto, doctora. El arma funcionará.

«Atención, silencio, el objetivo se aproxima». La radio impuso su ley desde el cuartel. Mac se acercó la suya a los labios.

—Comandante McGillis a todas las unidades. No quiero oír ni un suspiro. No hasta que los tengamos.

Los minutos se sucedieron interminables uno tras otro. A medida que el sol ascendía en el cielo el calor se hacía sofocante, incluso protegidos por la sombra de las rocas. Casi veinte minutos después, Moira golpeó con el codo a Mac y le hizo una señal golpeándose una oreja con el dedo índice. Mac asintió. El batir de cientos de miles de alas se dejó sentir desde la lejanía. Tal y como la radio había vaticinado, el objetivo se aproximaba. A gran velocidad, a juzgar por la rapidez con que el volumen del aleteo crecía.

Mucho antes de lo que nadie habría pensado, el cielo se oscureció, como amordazado por una nube. Una nube de sobredimensionados pájaros que se acercaba rauda hacia el alimento sin sospechar lo que les aguardaba al final de tan largo vuelo. Cuando estuvieron a medio kilómetro de distancia, el ruido se elevó hasta hacerse casi ensordecedor.

Mac se acercó hasta Oates y le puso una mano en un hombro. Este entendió el mensaje: con semejante alboroto de nada serviría una orden oral. Llegado el momento, Mac se limitaría a presionarle el hombro. Esa sería la señal.

La desproporcionada bandada llegó a destino y sus componentes se fueron posando por turnos en las cercanías de la montaña de grano. Al posarse, levantaron con sus alas una nube de polvo que nada tenía que envidiar a la producida por un tornado. En su refugio, los militares se pegaron a la pared rocosa. El desfiladero no era muy profundo y al estar al descubierto y a solo unos centenares de metros de la falsa montaña el aire sucio penetró a través de los vehículos allí ocultos.

En menos de diez minutos todas las aves se habían concentrado en los alrededores del montón de grano. Pocas quedaban en el aire. Piaban entre ellos, el sonido de miles y miles de picos se hacía insoportable. «En solo unos minutos todo habrá terminado», pensaba Moira. Mac se había adelantado y sujetaba el hombro de Oates con la mano izquierda. Ella también entendió el gesto, no en vano también era militar además de científico.

Mac levantó la mano derecha con tres dedos erguidos a la vista de Oates, y luego los fue bajando uno por uno: tres, dos, uno… Oates tecleó una secuencia y esperó.

Un sonido extraño, como si un gigante fuera a hablar y alguien le tapara la boca, se elevó por encima del piar de los gorriones. La realidad se encogió literalmente, como una imagen cayendo a través de un embudo, estirada a causa del magnetismo generado en el punto donde el arma había creado un nudo gravitatorio de tal magnitud que a Moira le pareció que todo lo que la rodeaba, rocas, vehículos, hasta el sol en el cielo, iba a ser succionado hacia aquel vórtice. Menos de un minuto más tarde, todo cesó del mismo modo que había comenzado.

El silencio sucedió al clímax. Ocupando el lugar de la algarabía precedente, una nube de densa ceniza se expandió igual que el hongo nuclear desde el centro del disparo hacia el exterior. Respirar se convirtió en un suplicio. Las cenizas se metían dentro de los ojos y las fosas nasales y quedaban allí pegadas, asfixiándoles. Como pudieron se taparon con la ropa hasta que el viento disipó los restos de los pájaros y el maíz, fusionados en una única sustancia. Moira caminó unos pasos a la retaguardia de los otros, se agachó y vomitó. Pensar que tenía pegado dentro de su nariz lo que quedaba de los pájaros le producía una sensación asquerosa.

Cuando la respiración de todos se normalizó, pudieron ver que allí donde se elevaba la montaña de maíz no quedaba nada. Un círculo negro sobre el suelo del desierto les recordaba lo que había ocurrido, mudo testigo de la masacre.

Los soldados comenzaron a vitorear y celebrar el éxito. Oates se volvió hacia Mac, sonriente.

—Lo hemos conseguido, comandante. Le dije que funcionaría.

—Es una suerte para el ejército de este país contar con profesionales como usted, capitán. Es un honor haber trabajado a su lado.

En ese momento, un grito desgarrador a sus espaldas segó su alegría. Todos se volvieron para contemplar una escena que parecía sacada directamente de una película barata de ficción: sobre el cuerpo destrozado de Moira, con las extremidades dobladas en ángulos imposibles que denotaban los huesos fracturados, se había posado un águila pescadora, el símbolo de los Estados Unidos. Un águila de igual tamaño que los camiones de transporte que allí estaban aparcados, destrozaba con el pico el cráneo de Moira.

Todos quedaron inmóviles durante unos segundos. Mac se repuso en apenas cinco segundos.

—¿Qué estáis esperando? ¡Disparad, joder! ¡Acabad con ese bicho!

Pero, tras emitir un agudo graznido que taladró los tímpanos a todos, la magnífica ave ya había levantado el vuelo con el cadáver de Moira en las garras y se disponía a llevar el sustento a sus crías que la esperaban en el nido, allá en las lejanas Montañas Rocosas.

«Art, pedazo de hijoputa», pensó Mac mientras la observaba con impotencia.

***

Ondas Marcianas. Por Vidal Fernández Solano. Este relato forma parte de la publicación Amanecer Pulp 2014

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Magnus S.

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