Clásicos

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Clásicos

La Destrucción de la Casa Duryea. Earl Peirce, Jr

Un relato de terror clásico, por Earl Peirce, inédito en español, y que podría formar parte de los Mitos de Cthulhu

A continuación, os presentamos un nuevo relato clásico, hasta la fecha inédito en español (que sepamos, y que incluiremos en nuestra próxima edición en papel «Maestros del Pulp 2»), obra del autor estadounidense Earl Peirce, Jr. (1917-1983), cuya biografía es, por decirlo de alguna manera, un tanto misteriosa. No resulta fácil encontrar muchos datos en internet acerca de su vida y obra, entre la que destacan un buen puñado de relatos, la mayoría publicados en la revista Weird Tales. El que sigue «Doom of the House of Duryea» (Weird Tales, Oct. 1936), junto con «The Homicidal Diary» (Weird Tales, Oct 1937), son dos de los más conocidos. Del autor se sabe que nació en San Francisco (California, USA. Info: Isfdb.org), y que fue amigo de Robert Bloch y Lovecraft, con quien mantuvo correspondencia. Por esto último, en ciertos ámbitos, el relato que ofrecemos y que Irene García Cabello ha traducido para nosotros, se inscribe (o podría inscribirse) en el universo literario conocido como «Mitos de Cthulhu». Ahora, disfrutad en exclusiva de esta maravillosa e inquietante historia (nunca antes traducida, a no ser que estemos equivocados), sobre una terrible maldición; una maldición que pesa sobre la familia Duryea, por siempre.

La Destrucción de la Casa Duryea. De EARL PEIRCE, JR.

Una poderosa historia de auténtico terror, la narración del espantoso acontecimiento que tuvo lugar en una solitaria cabaña en los bosques de Maine.

1

Arthur Duryea, un apuesto joven, acudía a encontrarse con su padre por primera vez en veinte años. Con largas zancadas, se abrió paso por la recepción del hotel; a su paso las miradas se alzaron para apreciar su porte, pues se trataba de una figura impresionante, adusto aun en su exaltación.

El recepcionista alzó la vista con su sonrisa expectante habitual; cómo-está-usted-señor, y desvió los dedos hacia la pluma verde que había colocada en un soporte sobre el escritorio. Arthur Duryea carraspeó, pero aún así su voz sonó nasal e insegura.

—Busco a mi padre, el doctor Henry Duryea —le dijo—. Tengo entendido que es aquí donde está alojado. Acaba de llegar de París.

El encargado bajó la vista hacia una lista de nombres.

—El doctor Duryea está en la suite 600, en la sexta planta. —Volvió a levantar los ojos, enarcando las cejas con curiosidad—. ¿Piensa quedarse también, señor Duryea?

Arthur tomó la pluma y garabateó su nombre con rapidez. Sin más, olvidando incluso pedir su llave y el número de su habitación, se volvió y echó a andar hacia el ascensor. No se permitió hacer ruido hasta que llegó a la suite de su padre, en la sexta planta, e incluso entonces no fue más que un suspiro que escapó como una plegaria de sus labios.

El hombre que le abrió la puerta era inusualmente alto, una figura esbelta que se envolvía en ropas negras y ajustadas. Apenas se atrevió a saludar al joven. Recién afeitado, tenía el rostro pálido, de una blancura casi lívida que contrastaba con el brillo en sus ojos. Su barbilla tenía un cierto tono azulado.

—¡Arthur! —La palabra fue poco más que un susurro. Pareció atragantarse con ella, como si sus finos labios la hubieran saboreado una y otra vez.

Arthur Duryea se sintió atravesado por la bondad de aquellos ojos; para cuando se dio cuenta se hallaba inmerso en el abrazo de su padre.

Más tarde, cuando los dos hombres adultos hubieron recuperado, externamente, la calma, cerraron la puerta y entraron en el salón. El mayor de los Duryea sacó un buen humidificador de puros, y tanto temblaba al sujetar la cerilla, que su hijo hubo de ahuecar las manos para prender la llama. Ambos tenían los ojos llenos de lágrimas, pero sonreían.

Henry Duryea colocó una mano sobre el hombro de su hijo.

—Es el día más feliz de mi vida —le dijo—. Nunca sabrás cuánto he ansiado este momento.

Arthur, clavando los ojos en aquella mirada, se dio cuenta orgulloso de que había querido a su padre toda la vida, a pesar de todo lo que se hubiera podido decir sobre él. Se sentó al borde de una silla.

—No sé… No sé qué hacer —confesó—. Me sorprendes, padre. Eres muy diferente de lo que esperaba.

El rostro del doctor Duryea se ensombreció.

—¿Y qué esperabas exactamente, Arthur? —quiso saber— ¿Una mirada maligna? ¿La cabeza rapada y las mejillas enjutas?

—Por favor, padre… Déjalo —Las palabras de Arthur fueron cortantes—. Creo que, en verdad, jamás te visualicé. Sabía que serías un hombre espléndido. Pero pensé que serías mayor, que reflejarías más claramente tu sufrimiento.

—He sufrido, he sufrido más de lo que puedo describir. Pero verte de nuevo, y pensar en poder pasar el resto de mis días contigo, compensa mi angustia de sobra. Incluso en estos veinte años separados encontré una amarga alegría en seguir de cerca tus progresos en la universidad, y en ese fútbol americano vuestro.

—¿Conoces mi trayectoria, entonces?

—Sí, Arthur: desde que me dejaste, recibía informes cada mes. Te he seguido de cerca desde mi estudio en París, tratando de solucionar tus problemas como si fuesen míos. Y, ahora que se han cumplido veinte años, la prohibición que nos mantenía lejos ha quedado destruida. De ahora en adelante, hijo mío, habremos de ser los más cercanos colegas… a menos que tu tía Cecilia haya cumplido con su terrible misión.

***

La mera mención de aquel nombre instauró un frío extraño entre ambos. Aquello que despertaba en cada uno de ellos parecía carcomer sus mentes con maldad. Pero, para honrar el gran esfuerzo del joven Duryea por olvidar aquel pasado terrible, tanto ese nombre como su locura habían de dejarse atrás.

Arthur no deseaba continuar con la conversación, puesto que dejaba entrever aquella debilidad que odiaba en sí mismo. Con determinación, y arqueando exageradamente las cejas, afirmó:

—Cecilia está muerta, y también muertas se hallan sus estúpidas supersticiones. De ahora en adelante, padre, disfrutaremos de la vida. Lo pasado pasado está; de verdad en este caso, además.

El doctor Duryea cerró los ojos lentamente, como atravesado por un dolor exquisito.

—¿No te indignas, entonces? —quiso saber—. ¿No albergas parte alguna del odio de tu tía?

—¿Indignarme? ¿Odiarte? —Arthur se echó a reír—. Dejé de creer los cuentos de Cecilia al cumplir los doce años. Sé desde entonces que aquellas historias horribles son imposibles, que pertenecen a la arcaica categoría de los mitos, de la tradición. ¿Cómo puedo entonces indignarme, y cómo podría odiarte? ¿Cómo podría yo pensar en Cecilia como en algo distinto de lo que era: una mujer frustrada, malvada, maldecida con un rencor demente contra ti y tu familia? Te aseguro, padre, que nada de lo que ella haya dicho jamás se interpondrá de nuevo entre nosotros.

Henry Duryea asintió. Tenía los labios apretados, y los músculos de su garganta ahogaron un gemido. Con el mismo tono de comedida defensa habló de nuevo, aún dubitativo.

—¿Tanto confías en tu subconsciente, Arthur? ¿Puedes estar seguro de que no albergas sospecha alguna, por vaga que sea? ¿No tienes acaso la sensación persistente, el presentimiento de que algún peligro aguarda?

—No, padre, ¡nada de eso! —Arthur se alzó inmediatamente—. No lo creo. Jamás lo creí. Sé, como todo hombre cuerdo, que no fuiste vampiro o asesino. Tú también lo sabes, y Cecilia lo sabía, pero era una demente. La podredumbre de la familia ha desaparecido, padre —añadió—. Nos hallamos en un siglo civilizado. Creer en vampiros en señal de locura. Es… ¡Resulta absurdo siquiera pensar en ello!

—Tienes el entusiasmo de la juventud —comentó su padre con voz cansada—. Pero, ¿acaso no has oído hablar de la leyenda?

Instintivamente, Arthur dio un paso atrás. Se humedeció los labios, pues la sequedad los habría herido.

—¿Leyenda? —Murmuró la palabra con un susurro asombrado, en el mismo tono en que la había pronunciado mil veces antes su tía Cecilia— ¿La horrible leyenda que afirma que tú…?

—¿Que devoro a mis hijos?

—¡Por Dios, padre! —Un sollozo se abrió paso por sus labios, y Arthur cayó de rodillas— Padre, eso… ¡Es una idea abominable! Debemos olvidar los delirios de Cecilia.

—¿Entonces, el tema te afecta? —preguntó con amargura el doctor Duryea.

—¿Afectarme? ¡Claro que me afecta!, pero sólo lo que tamaña acusación ha de afectarme. Cecilia estaba loca, te digo. Aquellos libros que me enseñó hace años, y los cuentos sobre vampiros y demonios… se grabaron en mi mente de niño como escritos con ácido. Me perseguían día y noche en mi juventud, y me hicieron odiarte más que a la misma muerte —le aseguró—. Pero padre, por Dios del cielo, ya he crecido y he dejado atrás todo aquello como dejé atrás mis ropas infantiles. Ahora soy un hombre, ¿lo entiendes? Un hombre, con la lógica de un hombre.

—Lo entiendo —Henry Duryea tiró el puro al hogar, y puso una mano sobre el hombro de su hijo—. Olvidaremos a Cecilia —le dijo—. Como decía en mi carta, he alquilado alojamiento en Maine, donde podremos estar a solas el resto del verano. Pescaremos y haremos senderismo, puede que cacemos. Pero antes de nada, Arthur, he de estar seguro de que tú estás tranquilo. He de saber que no echarás la llave cada noche, ni dormirás con un revólver cargado junto a la almohada. He de saber que no tienes miedo de ir allí a solas conmigo y morir…

Su voz se cortó abruptamente, como si un antiguo pavor se hubiera apoderado de ella. La tez de su hijo estaba cerúlea, con gotas de sudor cruzando su frente como perlas. No dijo nada, pero en sus ojos había preguntas que sus labios no sabían pronunciar. Acercó una mano a la de su padre y la aferró con fuerza.

Henry Duryea apartó la mano.

—Lo siento —le dijo, y clavó la mirada en algún punto sobre la cabeza agachada de su hijo—. Hemos de discutir esto ahora. Te creo cuando dices que no das crédito a las historias de Cecilia, pero aunque nos cueste la cordura debo contarte la verdad que se esconde tras la leyenda. Y créeme, Arthur, cuando te digo que existe tal verdad.

***

Se levantó y se acercó a la ventana, tras la que se veía la calle más abajo. Por un instante dejó vagar la vista en silencio. Después, se giró y miró a su hijo.

—Sólo has oído la versión de la leyenda que te dio tu tía, Arthur. Sin duda la convirtió en algo aún peor de lo que es… ¡si es que es posible! Sin duda te habló del proceso inquisitorial en Carcasona en que pereció uno de mis ancestros. También te habrá mencionado aquel libro, Vampyrs, supuestamente escrito por un antiguo Duryea. Y obviamente te habrá hablado de tus dos hermanos pequeños, mis pobres hijos sin madre, a los que desangraron en sus propias cunas...

Arthur Duryea se pasó una mano por los ojos doloridos. Aquellas palabras, repetidas con frecuencia por la bruja de su tía, despertaban las mismas visiones que le habían impedido dormir por las noches, aterrado, cuando niño. Apenas podía soportar escucharlas una vez más; menos aún de labios del mismo hombre a quien se le atribuían los hechos.

—Escucha, Arthur —continuó con rapidez el mayor de los Duryea, la voz baja y cargada de dolor—. Debes conocer aquello en que se basa el odio de tu tía. Debes conocer la maldición… la maldición del vampirismo que, supuestamente, ha seguido a los Duryea durante cinco siglos de historia francesa, pero que podemos descartar como mera superstición, asociada tan a menudo a las familias antiguas. Pero he de confesar que parte de esta leyenda es cierta.

»Tus hermanos menores sí que murieron en sus cunas, desangrados. Y fui  juzgado en Francia por su asesinato, y mi nombre quedó mancillado en toda Europa, tan maldito e inhumano que os empujó a tu tía y a ti hasta América y me dejó sin hijos, odiado y aislado de la toda sociedad decente.

»Tengo que contarte también que aquella horrible noche en el castillo Duryea estuve trabajando en volúmenes históricos de Crespet y Prinn, y en aquel terrible tomo, Vampyrs. He de hablarte del dolor de garganta y de la pesadez que sentía en la sangre, en las venas… Y de aquella presencia, ni hombre ni bestia, que sentía en algún lugar cerca de mí, aunque no se hallaba en el castillo ni fuera de él, y que estaba aún más cerca de mí que mi propio corazón y me resultaba más terrible que la mención de la tumba...

»Me hallaba sentado tras el escritorio en mi biblioteca, mi cabeza hundida en un delirio que me dejó sin sentido hasta el amanecer. Tuve pesadillas que me asustaron, que me asustaron a mí, Arthur, un hombre hecho y derecho que había diseccionado incontables cadáveres en morgues y en escuelas de medicina. Sé que tenía la lengua inflamada en la boca, y que había salmuera empapando mis labios, y que una podredumbre invadía mi cuerpo como si fuera una fiebre.

»No puedo recordar cordura o conciencia alguna. Esa noche sigue vívida, inolvidable, pero aún envuelta en la oscuridad. Cuando me quedé dormido, si es que aquello era dormir, por Dios, me desplomé sobre el escritorio. Pero cuando me desperté a la mañana siguiente estaba tumbado bocabajo sobre el sofá. Ya ves, Arthur, que me moví aquella noche, ¡y sin darme cuenta!

»Qué hice y hacia dónde fui en aquellas horas de oscuridad seguirá siendo un misterio impenetrable. Pero sí sé esto: por la mañana me arrancaron del sueño los gritos de las criadas y los mayordomos, y el aullido enloquecido de tu tía, y salí tambaleándome por la puerta abierta de mi estudio y llegué al cuarto de los bebés, y allí estaban… Sin vida, blancos y secos como momias, y con dos orificios idénticos en el cuello teñidos del negro de su propia sangre...

»No te culpo por no creerme, Arthur. Apenas lo creo yo mismo, y no lo creeré nunca, pues creerlo me llevaría al suicidio; y aún la mera duda me vuelve loco de terror.

»Toda Francia desconfió entonces, e incluso los sabios que me defendieron en el juicio fueron incapaces de explicarlo o ponerlo en duda. El caso fue acallado por la República, pues habría hecho temblar las bases mismas de la ciencia y habría separado los pilares de la lógica y la religión. Me retiraron los cargos de asesinato, pero el acto en sí me ha perseguido como un hedor.

»Los forenses que examinaron esos cadáveres diminutos los confirmaron exangües, pero no pudieron encontrar sangre alguna en el suelo de la habitación ni en las cunas. Una presencia infernal acechó en los pasillos de Duryea aquella noche… y yo mismo me volaré los sesos si he de atreverme a pensar seriamente en quién pudo ser. Y tú, hijo mío, tú también estarías muerto, desangrado, si no hubieses dormido entonces en una habitación separada con tu puerta cerrada desde dentro.

»Eras un niño asustadizo, Arthur. No tenías más que siete años, pero ya tenías la cabeza llena del absurdo folklore de Lombard y de la poesía decadente de tu tía. Aquella misma noche, mientras yo flotaba en algún lugar entre el cielo y el infierno, tú también escuchaste los pasos acolchados en el pasillo y oíste a alguien pelear con tu picaporte, y por la mañana te quejaste del frío y de pesadillas terribles que te aterrorizaron esa noche… ¡Sólo puedo dar gracias a Dios porque tu puerta estuviera cerrada!

***

La voz de Henry Duryea se transformó en un sollozo que trajo de vuelta lágrimas amargas a sus ojos. Se detuvo para limpiarse la cara, y se clavó las uñas en las palmas de las manos.

—Entenderás, Arthur, que en veinte años, como juré en el Palacio de Justicia, no he podido verte o escribirte. Veinte años, hijo mío, mientras tú crecías y aprendías a odiarme y a despreciar mi nombre. No fue hasta que tu tía murió que te llamaste a ti mismo Duryea… Y ahora acudes a mi llamada, y dices que me quieres como un hijo quiere a su padre.

»Y quizás este sea el perdón de Dios por todo lo que he hecho. Ahora, al fin, estaremos juntos, y ese pasado terrible e inexplicable quedará enterrado para siempre… —Se guardó de nuevo el pañuelo en el bolsillo y se acercó lentamente a su hijo. Arrodillándose, aferró los brazos de Arthur.

—Hijo mío, no puedo decirte más. Te he contado la verdad como sólo yo la conozco. Puede que sea, en fin, alguna horrible creación de Satán en esta tierra. Puede que sea un asesino de niños, un vampiro, un enfermizo espécimen de vrykolakas… algo que la ciencia no puede explicar.

»Quizás la horrible leyenda de los Duryea sea cierta. Autiel Duryea fue acusado de asesinar a su hermano de esa misma forma monstruosa en 1576, y murió en Barnes, quemado en la hoguera. François Duryea, en 1802, se voló la cabeza con un trabuco la mañana después de que encontraran muerto a su hijo, aparentemente de una anemia. Y hay otros casos, otros de los que no me atrevo a hablar, que te helarían la sangre.

»Ya ves, Arthur, que hay una tradición infernal en nuestra familia. Hay una herencia que ningún Dios cuerdo habría permitido en este mundo. El futuro de los Duryea está en tus manos, puesto que eres el último. Rezo porque el destino te otorgue una vida larga y te permita dejar otros Duryeas cuando te vayas. Si alguna vez volviese a sentir esa presencia, la misma del castillo Duryea, moriré como lo hizo François Duryea hace ya más de cien años...

Se levantó, y su hijo con él.

—Si estás dispuesto a olvidar, Arthur, deberíamos irnos a esa cabaña de Maine. Una vida que aún no hemos conocido nos espera, y debemos ir hacia ella, debemos encontrar la felicidad que ese curioso destino nos arrebató en aquellas tierras de Lombard hace ya veinte años…

2

La altura de Henry Duryea, junto con su delgadez y lo estilizado de sus músculos, le daban una apariencia inusualmente macilenta. No podía su hijo pensar más que en esta palabra, sentado como estaba en el porche rústico de la cabaña mientras observaba a su padre tomar el sol a la orilla del lago.

Había algo bondadoso en el rostro de Henry Duryea, una bondad a veces sublime, como la que poseen a menudo los profetas. Pero cuando ocultaba la faz en las sombras, en especial el ceño, un aire aterrador se apoderaba de sus facciones, un aire de lejanía, de misticismo y de conjura. Al atardecer, de alguna manera, asumía el manto inalcanzable del soñador, y se sentaba en silencio ante el fuego, su mente lejos de allí, en algún lugar desconocido.

En aquella pequeña cabaña no había electricidad, y el resplandor de las lámparas de aceite jugueteaba con los rasgos de los hombres, creando muchas veces formas inhumanas. Quizás se debiera a la oscuridad de la noche o al titilar de las lámparas, pero Arthur Duryea notó que los ojos de su padre se le hundían en el cráneo, que tenía las mejillas más tersas y que de pronto podía apreciar la forma de sus dientes a través de la piel alrededor de sus labios.

***

Casi había atardecido en el segundo día de su estancia en Timber Lake. A seis millas el camino seguía hasta Houtlon, cerca de la frontera con Canadá. Era un lugar solitario, junto a un lago apartado y cercado por una tupida espesura de oscuros pinos. Sobre el lago, el cielo se alzaba sobre las montañas, cuyas cimas ocultaba el polvo.

En la cabaña había un hogar acogedor y una lustrosa cabeza de alce que asomaba sobre la repisa. Había armas y avíos de pesca en las paredes, y estantes llenos de buenas novelas americanas: Mark Twain, Melville, Stockton, y una gastada edición de Bret Harte.

Una cocina completa y un fogón de madera les proporcionaban comidas abundantes, que recibían con agrado tras un día de vagabundear por el bosque. Aquella tarde Henry Duryea preparó un excelente estofado francés hecho con todas las verduras a su disposición, además de una lata de sopa. Comieron bien antes de tenderse ante el fuego para fumar. Hablaban de hacer un viaje juntos a Oriente cuando la puerta de atrás se abrió con un estruendo espantoso y un aire frío se coló en la cabaña, helándolos a los dos.

—Una tormenta —comentó Henry Duryea, levantándose—. Caen por aquí a veces, y suelen ser peligrosas. Puede que haya goteras en tu habitación. Quizás te gustaría dormir aquí abajo, conmigo —sus dedos juguetearon con el cabello de su hijo al pasar en su camino a la cocina para cerrar la puerta entreabierta.

La habitación de Arthur estaba en la planta de arriba, junto a otra en la que no había más que muebles que sobraban. La había escogido porque le gustaba la altura, y porque el único otro cuarto de la casa ya estaba ocupado...

Subió las escaleras con rapidez y en silencio. No había goteras en el techo: era absurdo pensar siquiera que aparecerían. No era de nuevo más que su padre, que sugería una vez más que durmiesen juntos. Lo había hecho antes, medio en broma y en voz baja, como si los retara a ambos a atreverse siquiera.

Arthur bajó de nuevo vestido con su albornoz y unas zapatillas. Se detuvo en el quinto escalón, mesándose la barba de dos días.

—Creo que esta noche me voy a afeitar —le dijo a su padre—. ¿Puedo usar tu cuchilla?

Henry Duryea, envuelto en un impermeable negro y con la cara medio oculta bajo el ala de su sombrero para la lluvia, levantó la mirada desde el pasillo. Sus facciones se oscurecieron cuando frunció el ceño.

—Sin problema, hijo. ¿Duermes arriba?

Arthur asintió y le respondió con rapidez.

—¿Vas…? ¿Vas a salir?

—Sí. Voy a atar los botes un poco mejor. Me temo que el lago estará un poco agitado esta noche.

Con esto, Duryea abrió de nuevo y salió. La puerta se cerró de golpe, y se escucharon sus pasos en el suelo de madera del porche.

Lentamente, Arthur terminó de bajar las escaleras. Vio la silueta de su padre cruzar el oscuro rectángulo de la ventana, vio el resplandor del rayo que dibujó su sombría figura contra el cristal.

Suspiró, un suspiro que le quemó la garganta, que tenía dolorida y seca. Fue entonces hasta la habitación y encontró la cuchilla tirada sobre una mesita de abedul.

Al ir a cogerla, su mirada se deslizó hasta el maletín abierto de su padre, que descansaba al pie de la cama. Había en él un libro, medio oculto por una camisa gris de franela. Era un libro fino, de portadas amarillas, que parecía extrañamente fuera de lugar.

Arthur frunció el ceño y se agachó para sacarlo del maletín. El libro se le antojó sorprendentemente pesado, y notó que de él emanaba, como un perfume, un débil rastro de un olor enfermizo y decadente. El título del tomo había quedado reducido a un manojo indescifrable de letras doradas de tanto tocarlo, pero había en la portada un trozo blanco de papel donde alguien había mecanografiado la palabra INFANTIPHAGI.

Abrió el libro y recorrió con los ojos la primera página. Había sido impreso en francés, un francés arcaico que, sin embargo, le resultaba perfectamente comprensible. La fecha de publicación era 1580, en Caen.

Sin aliento, pasó una segunda página y encontró un capítulo titulado Vampiros.

Se apoyó sobre un codo, tendido en la cama. Tenía los ojos a apenas cuatro pulgadas de aquellas páginas mohosas, y el hedor le invadía la nariz. 

Se saltó largos párrafos escritos en una pedante jerga teológica, registró apenas breves comentarios sobre monstruos extraños que se alimentaban de sangre, los vrykolakas, y sobre leprechauns. Leyó sobre Juana de Arco, sobre Ludwig Prinn, y murmuró entre dientes los pasajes en latín del Episcopi.

Pasó las páginas con rapidez, los dedos temblorosos de terror y los ojos secos en sus cuencas. Vio una referencia vaga a “Enoch”, y también los dibujos terribles hechos por un antiguo dominicano de Roma…

Leyó párrafo tras párrafo: la terrorífica narración de Nider en su Formicarius, el testimonio de las gentes que murieron en las hogueras entre gritos; las declaraciones de los custodios, de los juristas y de los verdugos. Y entonces, inesperadamente y entre todos aquellos vestigios monumentales, apareció ante sus ojos un nombre, Autiel Duryea, y se detuvo como retenido por una mano invisible.

***

Un trueno se escuchó cerca de la cabaña y sacudió los cristales de la ventana. El clamor de las nubes reventando levantó ecos en todo el valle. Pero él no escuchó nada. Tenía los ojos clavados en aquellas cortas frases que su padre, o alguien, había subrayado con un lápiz rojo oscuro.

...La ejecución, hace cuatro años, de Autiel Duryea no terminó con la controversia de los Duryea. Sólo el tiempo podrá decidir si el mismo Demonio ha reclamado para sí a esta familia de principio a fin...

Arthur siguió leyendo sobre el juicio de Autiel Duryea ante Veniti, el Inquisidor General de Carcasona; leyó también, con creciente horror, sobre las pruebas que habían enviado al destrozado Duryea al cadalso, sobre el cuerpo exangüe de quien fuera el hermano menor de Autiel Duryea.

Sin prestar ya atención a la tremenda tormenta que se había aposentado sobre Timber Lake, ignorando el golpeteo en las ventanas y el crujido de los pinos sobre el tejado; olvidando incluso a su padre, que trabajaba junto a la orilla del lago bajo la lluvia torrencial, Arthur clavó la mirada en las letras borrosas de aquellas páginas, hundiéndose más y más entre las confusas leyendas de una época oscura…

En la última página del capítulo vio de nuevo el nombre de su ancestro, Autiel Duryea. Siguió con un dedo tembloroso las líneas delgadas que daban forma a las palabras, y cuando terminó de leer se deslizó hasta el otro lado de la cama y de sus labios surgió, en un sollozo, un ruego que fue apenas un murmullo.

—¡Dios! ¡Oh, Dios del Cielo, protégeme…!

Pues había leído:

Como en el caso de Autiel Duryea, observamos que este espécimen de vrykolakas se alimenta únicamente de la sangre de su propia familia. No posee ninguna de las características del vampiro no-muerto, pues es generalmente un hombre vivo de apariencia normal en el resto de situaciones, un hombre que no sospecha el demonio que lo habita.

Pero este vrykolakas no se ve sometido a su posesión demoníaca a menos que se halle en presencia de un segundo miembro de la misma familia, que actúa como intermediario entre el hombre y el demonio. Este intermediario no posee rasgo vampírico alguno, pero percibe a esta criatura (cuando la metamorfosis está a punto de suceder) por medio de dolores intensos de cabeza y garganta. Tanto el vampiro como el intermediario sufren reacciones similares, que incluyen náuseas, visiones nocturnas e incomodidad física.

Cuando estos dos renegados se hallan a cierta distancia el uno del otro, la coalescencia del demonismo interno se completa, y el vampiro sufre al fin sus ataques y requiere sangre para mantenerse. Ningún miembro de su familia está a salvo entonces, pues el vrykolakas, respondiendo a su verdadera llamada en la tierra, buscará sin fallo alguno la sangre. En ciertos casos, cuando no puede obtener otra víctima, el vampiro beberá incluso la sangre del mismo intermediario que hizo posible su presencia.

Este vampiro nace en ciertas familias de abolengo, y nada salvo la muerte puede destruirlo. No es consciente de su sed de sangre, y sólo actúa en un estado psíquico particular. Tampoco el intermediario conoce su terrible papel; y, cuando ambos se hallan juntos, y sin que importen los años que hayan pasado, la fusión de esta herencia es tan violenta que no hay poder conocido en la tierra que pueda devolverla a su estado anterior.

3

La puerta de la cabaña se cerró con un portazo súbito. Las bisagras chirriaron, y se escucharon los pasos de Henry Duryea en el suelo de madera.

Arthur saltó de la cama. Apenas tuvo tiempo de lanzar el inquietante libro al maletín antes de escuchar a su padre ante la puerta.

—No… No te estás afeitando, Arthur —Las vacilantes palabras de Duryea se abrieron paso sin tono alguno. Clavó los ojos sobre la mesita antes de mirar al maletín y a su hijo. Por un momento no dijo nada, su mirada inescrutable clavada en él.

—Hay una buena tormenta ahí fuera —comentó al fin.

Arthur se tragó las primeras palabras que le habían acudido a la mente y asintió con rapidez.

—Claro. Una buena tormenta —Sonrojado, buscó los ojos de su padre—. No… creo que me afeite, padre. Me duele la cabeza.

Rápidamente, Duryea entró en la habitación y sujetó los brazos de Arthur con fuerza.

—¿Qué quieres decir con que te duele la cabeza? ¿Cómo es el dolor? ¿Tienes la garganta…?

—¡No! —Arthur se alejó de repente. Se echó a reír— No es más que ese estofado francés que has hecho. ¡Me ha destrozado el estómago! —Esquivó a su padre y comenzó a subir las escaleras.

—¿El estofado? —Duryea se giró sobre sus talones— Puede que sea eso. Yo también lo noto.

Arthur se detuvo, súbitamente pálido.

—¿Tú también?

Pronunció las palabras de forma casi inaudible. Sus miradas se encontraron entonces, enfrentándose como en un duelo de espadas.

Durante diez segundos ninguno dijo nada ni movió un músculo; Arthur, desde las escaleras, miraba hacia abajo; desde la otra planta su padre le observaba a él. Henry Duryea palideció lentamente, y una línea morada quedó cruzando el puente de su nariz y pasando sobre sus ojos; recordaba a una calavera.

Arthur hizo una mueca al contemplar la imagen y apartó los ojos. Se volvió para subir el resto de escaleras.

—¡Hijo!

Se detuvo de nuevo; aferró con más fuerza el pasamanos.

—¿Sí, padre?

Duryea puso un pie sobre el primer escalón.

—Quiero que eches el pestillo esta noche. El viento podría sacudir la puerta.

—Claro —exhaló Arthur, y subió las escaleras hasta su habitación.

***

Los pasos del doctor Duryea sonaban de forma regular, sin vacilación alguna sobre el suelo hueco de la casa de Timber Lake. En ciertas ocasiones se detenían, y el chisporroteo de una cerilla de azufre ocupaba su lugar, seguida a veces de un largo suspiro y, una vez más, pasos…

Arthur estaba agachado junto a la puerta abierta de su habitación. Tenía la cabeza inclinada en dirección a los ruidos que venían de abajo, y sujetaba una amenazadora escopeta de dos cañones.

Un ruido sordo de pasos se alzó desde el cuarto de su padre.

... pam... pam... pam…

Y una pausa, el tintineo de un vaso y el gorgoteo del líquido. El suspiro, un arrastrarse de pies sobre el suelo…

Tiene sed, pensó Arthur. ¡Sed!

Fuera, la tormenta había enfurecido. Los rayos zigzagueaban entre las montañas, llenando el valle de una extraña fosforescencia. Los truenos sonaban incesantes, como tambores.

Dentro de la cabaña el calor de la chimenea espesaba la atmósfera, lo paralizaba todo. Puertas y ventanas estaban cerradas y las lámparas de aceite brillaban débilmente, dando una luz pálida, anémica.

Henry Duryea avanzó hasta el pie de las escaleras y miró hacia arriba.

Arthur, sintiendo sus movimientos, se refugió en su habitación, aferrando aún la escopeta con dedos temblorosos.

Y entonces Henry Duryea pisó el primer escalón.

Arthur se agachó, cayendo sobre una rodilla. Colocó un puño entre los dientes, como un ruego.

Duryea subió un segundo escalón… y otro… y uno más. Se detuvo en el cuarto escalón.

—¡Arthur! —Su voz desgarró el silencio como un látigo— ¡Arthur! ¿Puedes bajar?

—Sí, padre —Hundido, con el cuerpo débil como un trapo, el joven Duryea dio los cinco pasos hasta el comienzo de las escaleras.

—¡No seamos estúpidos! —exclamó Henry Duryea— Mi alma se estremece de miedo. Mañana volveremos a Nueva York. Me subiré al primer barco que zarpe a alta mar… Baja, por favor —Se dio la vuelta y bajó las escaleras hasta la habitación.

Arthur se tragó las palabras que se agolpaban en su boca. Aturdido a medias, le siguió.

En la habitación vio a su padre tendido boca arriba sobre la cama. Había un rollo de cuerda a sus pies.

—Átame a los pilares de la cama, Arthur —le llegó la orden—. Átame las manos y los pies.

Boquiabierto, Arthur se quedó inmóvil.

—¡Haz lo que te digo!

—Padre, ¿qué terri…?

—¡No seas estúpido! ¡Has leído el libro! ¡Sabes qué relación tienes conmigo! Siempre esperé que fuera Cecilia, pero ahora lo sabes como lo sé yo. Tendría que haberlo descubierto aquella noche, hace veinte años, en que tú también te quejaste del dolor de cabeza y las pesadillas… Rápido, me arde la cabeza. ¡Átame!

Sin palabras, atravesado también por un dolor agónico, Arthur se centró en la desagradable tarea. Ató ambas manos y ambos pies, tan fuerte que su padre no podía alzarse siquiera una pulgada de la cama.

Después apagó las lámparas, y sin mirar una vez más a aquel Prometeo, subió de nuevo las escaleras a su propia habitación, y cerró de un portazo y con llave la puerta.

Dedicó una última mirada a la culata de su escopeta y la colocó en una silla junto a su cama. Se puso la bata y unas zapatillas, y en apenas cinco minutos quedó hundido en un sueño absoluto.

4

Durmió hasta tarde, y cuando despertó tenía los músculos rígidos como tablas, y el recuerdo de visiones de pesadilla aún asomaba a sus ojos. Salió de la cama con esfuerzo y, aturdido, se puso en pie.

Un golpeteo sordo, insensible, asediaba su cabeza. Se sentía hinchado… áspero y lleno de mucosa interna. Tenía la boca seca, las encías irritadas y doloridas. 

Alargó las manos al correr hacia la puerta.

—¡Padre! —gritó, y oyó cómo la voz se le rompía en la garganta. La luz del sol se filtraba por la ventana al final de las escaleras. El aire era seco y cálido, y traía consigo un débil hedor a podredumbre.

Ante el olor, Arthur se echó atrás de repente, con un jadeo aterrado. Reconocía aquel hedor, la pesadez de la sangre, la irritación de su lengua y encías… Parecía que hiciera una eternidad de aquello, pero el recuerdo se alzaba en su memoria como un fantasma. Había vivido, había sentido todo aquello antes.

Se apoyó contra el pasamanos y bajó las escaleras, a medias deslizándose y a medias tropezando… Su padre había muerto aquella noche. Se hallaba tendido como una figura de cera, atado a su cama, su rostro retorcido en una mueca.

En silencio, Arthur se detuvo al pie de la cama apenas unos segundos; después, volvió escaleras arriba hasta su habitación.

Casi en aquel mismo instante, vació los dos cañones de su escopeta en su cabeza.

***

La tragedia de Timber Lake se descubrió de forma accidental tres años más tarde. Un grupo de pescadores, al encontrar ambos cuerpos, avisó a las autoridades del estado, y se inició una investigación.

No cabía duda de que Arthur Duryea se había dado muerte a sí mismo. Las condiciones de sus heridas y la forma en que sujetaba el arma mortal descartaban rápidamente cualquier sospecha de juego sucio.

Pero la muerte del doctor Henry Duryea enfrentó a la policía con un misterio inexplicable, pues su cuerpo atado, ileso salvo por dos agujeros dentados en la vena yugular, había perdido toda la sangre.

El protocolo de la autopsia de Henry Duryea decretó una muerte por “causa desconocida”, y no fue hasta que la prensa sensacionalista inició una investigación de la historia de la familia Duryea que se ofrecieron al público explicaciones increíbles, fantásticas.

Por supuesto, todas aquellas teorías fueron recibidas en general con desprecio; sin embargo, y dado la controversia que siguió al caso, las autoridades pertinentes consideraron necesario llevar a ambos Duryea al crematorio...

FIN

Nota importante: «Doom of the House of Duryea» (Earl Peirce, Jr. Weird Tales, Oct. 1936). Obra original en dominio público. Derechos de traducción: © Irene García Cabello. Traducción cedida a Relatos Pulp Ediciones y que será incluida en la próxima edición impresa de «Maestros del Pulp 2».

Sobre el Autor

Irene García Cabello

Escritora, traductora y bloguera, por ahora trata de no tomarse demasiado en serio a sí misma y de probar un poco de todo, mientras el tiempo y las circunstancias lo permitan

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