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Experimento Diabólico en Sirga

Experimento Diabólico en SirgaTenemos un nuevo escritor entre nosotros, y se llama Sergio L. Doncel

En la entrada de hoy presentamos un nuevo escritor de ficción pulp. Se llama Sergio L. Doncel, autor del relato titulado Experimento diabólico en Sirga, que seguidamente os ofrecemos. Pero antes, dejemos que nos cuente algo sobre sí mismo. Y por supuesto, animarle a que siga escribiendo pulp.

Nací en 1988, me llamo Sergio L. Doncel y soy un estudiante de posgrado de la UCM. He colaborado en el libro de relatos La ciudad confiesa a The Art Warriors y con la asociación universitaria FDP Ágora. Amo la literatura comercial, sobre todo la que se hacía en el siglo XIX y principios del XX, esas imaginativas y emocionantes historias de aventuras, misterios, terror y ciencia ficción que escribieron autores como Robert Louis Stevenson, Jack London, Arthur Conan Doyle, H.G. Wells, Sax Rohmer, Edgar Rice Borroughs… El adjetivo comercial no es peyorativo. Creo que un buen autor debe preocuparse –además de la calidad y la originalidad– de satisfacer los deseos del público.

Soy un ávido consumidor de bolsilibros y un admirador de muchos de los escritores españoles que bajo pseudónimo se ganaron la vida escribiendo novelitas cada semana, explotando al máximo su imaginación y capacidades. Curtis Garland, uno de los mejores, nos ha dejado recientemente.

Este relato que pongo a vuestra disposición es un modesto homenaje a las historias de terror en cómic que se publicaban en Weird Tales y que solían caracterizarse por ser muy directas y grotescas. Espero que, pese a su sencillez, sea de vuestro agrado.

Ojalá la literatura pulp vuelva a contar con la complicidad de los consumidores. Hay que realizar un esfuerzo para promocionarla y resaltar sus virtudes, que no son otras que proporcionar un gozo inmediato, abrir la mente e inspirar y estimular la creatividad.

Experimento Diabólico en Sirga

Por Sergio L. Doncel

Sabía que no me habían llamado para nada bueno. El orondo consejero de Sanidad se recostó en su butaca de cuero y, entrelazando los dedos, me miró largamente a través de sus gafas de montura metálica.

—Ese hombre... ¡se ha vuelto loco! —dijo al fin.

Torcí el gesto e intenté que fuese más explícito. Tenía ganas de salir de aquel agobiante despacho oficial, de volver a mi trabajo.

—No lo entiendo, señor. Si ha pasado tal cosa, ¿qué tengo yo que ver en ello? Sólo soy un profesor universitario, y mi especialidad no es la psiquiatría.

—Verá —comenzó el consejero, y suspiró antes de seguir—, desde hace tiempo el doctor Aurelio Romero no nos hacía ningún caso. Aislado en su ambulatorio de pueblo, no quería saber nada de nosotros ni de nuestras órdenes. Los demás médicos que tenían contacto con él comentaban que estaba muy raro, que les insultaba y les gritaba que no valían nada. Incluso una de las enfermeras quiso denunciarle por acoso. Esto, como es lógico, nos preocupó, pero creíamos que todo se resolvería por los cauces habituales, es decir, sin intervenir —el consejero paró un momento y tomó unos papeles de su escritorio, que repasó con un rápido movimiento de ojos—. Dos semanas atrás, perdimos todo contacto con el doctor Romero y con el propio ambulatorio.

—Pero alguien del pueblo sabrá algo... —aventuré yo, extrañado.

El consejero negó con la cabeza.

—Nadie, ni siquiera el alcalde, quiere acercarse al ambulatorio, que está ubicado a las afueras de la localidad, para investigar. Aseguran que el lugar está maldito de antiguo y que el doctor ha enloquecido y matará a todo aquel que perturbe sus dominios, que las advertencias al respecto son claras. Es más, en el pueblo se están produciendo... desapariciones. Y no sabemos nada de los trabajadores.

Di un bote en mi asiento. Aquello era muy preocupante y el consejero parecía tomárselo con excesiva desidia.

—¡Pues envíen a la Guardia Civil!

—¡No podemos! —exclamó el consejero, sonrojándose—. Por ahora, la prensa no ha metido sus narices gracias a la discreción de los habitantes. Si apareciese la Guardia Civil, todo cambiaría rápidamente. ¡E imagínese si hubiese un escándalo! Nos acusarían de no haber trabajado lo suficiente, de no haber actuado con eficacia... No. Antes debemos agotar todas las opciones. Y usted —me señaló con el dedo— es nuestra mejor baza... Viaje a Sirga, averigüe qué está pasando en ese ambulatorio y detenga al doctor Romero. Usted es capaz de ello sin tener que hacer ningún ruido, con tranquilidad y sin desplegar a las fuerzas del orden.

—Porque...

—Exacto: porque usted fue su mejor alumno, su querido discípulo; a usted le recibirá encantado y a lo mejor hasta le escucha –apuntó el consejero de Sanidad, y esbozó una sonrisa sarcástica--. No se preocupe, le recompensaremos... en el ámbito universitario. Aquí tiene los billetes de tren. Y no olvide ser precavido... Nunca se sabe.

 ***

Mientras veía transformarse el paisaje tras la ventanilla de mi compartimento en el tren, pensé en el doctor Romero. Había sido, en su día, uno de los más prestigiosos cirujanos del país, un hombre de ciencia sabio y ambicioso con unas manos capaces de obrar prodigios. Por ello, no podía comprender qué le había motivado a abandonar su clínica y su cátedra en la universidad a fin de hacerse cargo de un ambulatorio en una mísera localidad perdida en los bosques. 

En cuanto a mi relación con él, yo le había pedido en mis años de estudiante que fuese mi maestro, a lo que sólo accedió después de mucha insistencia. Director de mi tesis e inolvidable guía, me había enseñado todo lo que sabía. Posteriormente había perdido el contacto con él debido a mis muchas ocupaciones. Lamentaba, desde luego, las malas noticias que me habían dado y las que estaban por venir. ¿Por qué un gran cirujano, en la cúspide de su carrera, se rebajaba de esa manera? ¿Y qué le había trastornado en Sirga como para encerrarse en sí mismo y realizar quién sabía qué acciones?

Con mi mente entretenida en todo ello, el tren se detuvo con un seco chirriar. Las dos horas siguientes hube de caminar a paso rápido para alcanzar el dichoso pueblo, soportando un viento helado y cortante, pues no había otra vía de comunicación que un camino malamente trazado. El cielo se iba oscureciendo cada vez más y, según avanzaba por el tétrico bosque, lleno de árboles secos y retorcidos y de ruidos inexplicables, temía que anocheciese del todo o ser atacado por alguna criatura salvaje.

Cuando por fin entré en Sirga ya era de noche. Estaba exhausto, soñoliento, y sin dilación me dirigí a una fonda, pagué una pequeña suma de dinero a su taciturno dueño y, después de saborear una reconfortante sopa y comer un poco de pescado, subí a mi habitación a acostarme. Mis sueños los poblaron pesadillas en las que el doctor Romero se presentaba para operarme con unas manos brutalmente transformadas en instrumentos quirúrgicos.

A la mañana siguiente, decidí dar un paseo por el pueblo y recabar información sobre las cuestiones de mi interés. Al principio me había sorprendido que nadie hubiese denunciado las desapariciones o el misterioso comportamiento del doctor. Pero pronto descubrí el porqué del silencio: las gentes de Sirga eran como espíritus de labios sellados e impenetrable carácter. Caminaban despacio, mirando al suelo, y no contestaban a mis preguntas. Lo más que hacían era regalarme una mirada esquiva y recomendarme que fuese con cuidado.

Sentía sus miradas inquisidoras desde las ventanas de las casas de piedra, pero cuando volvía la cabeza sólo lograba descubrir cortinas que se corrían, persianas bajándose y ventanas que se cerraban. Era desesperante esa actitud entre temerosa e indagadora. Los habitantes de Sirga se hallaban dominados por algún temor ancestral que no estaban dispuestos a compartirlo con un forastero. 

Las calles eran estrechas e incómodas, hacía mucho frío y, aparte de una iglesia románica sin ventanas, una pequeña tienda de alimentación, el feo edificio del ayuntamiento y la fonda en que me alojaba, nada especial había allí. ¿Por qué habían instalado un ambulatorio en semejante pueblo fantasma? Sin duda, las autoridades sanitarias habían errado en sus cálculos.

A la vuelta de una esquina, me crucé con un anciano completamente arrugado que ni me dirigió la palabra. Otros viejos, sentados sobre un tronco, se levantaron y marcharon cuando me acerqué a ellos. Y en la plaza principal, un hombre más joven pero escuálido, de aspecto cansado y hombros caídos, casi recurrió a la amenaza cuando le pregunté por los sucesos en el ambulatorio.

—Lo que pasa allí es fruto de la maldición, la lacra de este pueblo. Es nuestro problema, nada más. ¡Lárguese de aquí, o usted también desaparecerá! 

Divisé más tarde un grupo de niños jugando al balón en un triste parque de tierra. Consideré que quizá ellos, más abiertos que los adultos, podrían proporcionarme alguna pista. Sin embargo, nada más acercarme salieron corriendo. Sin duda, sus padres les habían aleccionado para no entablar conversaciones con extraños.

Finalmente, harto de tantas insolencias y preguntas sin respuesta, salí del pueblo y me planté frente al ambulatorio, dispuesto a llegar hasta el fondo de aquel asunto. Se trataba de una antigua casa señorial, construida sobre una elevación del terreno, y disfrutaba de unos espaciosos terrenos delimitados por una verja de hierro. El único signo de modernidad apreciable era una placa que indicaba la función pública de la mansión, que se antojaba siniestra y casi ruinosa, con ventanas tapadas por tablas, paredes agrietadas y techos hundidos. ¡Qué bajo había caído la sanidad pública de la región! 

La deficiente cobertura sanitaria de zonas rurales de escasa población era allí más que palpable. Me pregunté si a tal situación se referían los aldeanos cuando hablaban de su implacable maldición.

De pronto, me di cuenta de que al lado de la verja había alguien en quien no había reparado en mi primera inspección. Un hombre anciano, con porte digno, subrayado por sus cabellos canosos y ojos claros e inteligentes, parecía estar esperándome. A pesar de que era diferente de los rudos pueblerinos de Sirga, mis palpitaciones se aceleraron sin que yo sintiera ningún miedo. Era como si mi cuerpo me avisara de algún peligro. Eso no me detuvo y saludé al hombre.

—Buenas tardes, señor. He estado dando vueltas por ahí y nadie ha querido informarme sobre esta mansión, dedicada hoy a la sanidad, y su historia. Mire, tengo un encargo que cumplir... Tal vez usted podría ayudarme.

El hombre me estudió con atención, de un modo que me impresionó. Había tristeza en sus ojos, pero también una chispa que revelaba un gran potencial.

—Mi buen amigo, aquí, tiempo ha, ocurrieron cosas que es mejor no recordar. De ahí viene la maldición. Si se empeña en adentrarse en esta morada del mal, su vida correrá un grave riesgo. —Su tono era amable, aunque detecté cierta amargura--. Yo no puedo seguirle de momento. No obstante, si usted asume el papel de avanzadilla...

Dejó de hablar y empezó a alejarse de mí. Es posible que fuese un efecto óptico, pero creí que el hombre se apagaba progresivamente, se volvía más gris; y cuando quise retenerle ya no estaba. Le busqué sin éxito durante media hora. Sus palabras sólo habían servido para confundirme aún más.

Se aproximaba una fuerte tormenta y ya olía a lluvia. Así pues, sumamente turbado, franqueé la verja y me encaminé hacia el ambulatorio, atravesando sus muertos jardines. No me molesté en llamar, sino que entré directamente, palpando en el bolsillo de mi chaqueta mi revólver, objeto de una de una arraigada afición familiar.

En el interior reinaba la oscuridad. Un fuerte hedor sacudió mi olfato y me revolvió las tripas. Me repuse al instante, con los sentidos en tensión. No podía bajar la guardia. Distinguí elementos propios de un ambulatorio en el distribuidor principal, como mesas de secretaria y carteles con información, junto con viejos muebles, retratos, etcétera, que debían de haber pertenecido a los anteriores dueños. Por lo demás, el edificio parecía desierto.

La luz no funcionaba, y hube de armarme de valor antes de colarme por una puerta lateral que daba a un pasillo. Andando a tientas, acabé chocando con una fila de camillas. Solté un exabrupto. Mis pies pisaban algo pegajoso, algo que me resultaba familiar. ¡Era sangre, sangre reseca que cubría no sólo el suelo, sino también las paredes y las sábanas de las camillas!

Retrocedí a toda prisa y acabé irrumpiendo en lo que posiblemente era una consulta. Al fondo había una camilla y sobre la misma reposaba una figura humana ataviada con una bata. No se movió ante mi presencia. ¿Sería un médico del ambulatorio? Forcé la vista y me acerqué, con mi cuerpo, sudoroso y alterado, pidiéndome insistentemente lo contrario. A un paso la camilla descubrí que, en efecto, era un cuerpo humano... decapitado. 

Mudo de espanto y con el corazón desbocado, abandoné la consulta y, sintiendo que en cualquier momento sufriría un ataque, me introduje por la primera puerta que localicé, la cual me llevó a un salón iluminado por la tenue luz de un candil. Dos enormes butacas frente a una chimenea componían todo el mobiliario, pues no había adornos ni nada destacable.

—Dios mío, ¿dónde me he metido? Este ambulatorio es un caos... ¡Y la sangre! ¡Y ese cadáver sin cabeza! –Ni todo mi temple de cirujano bastaba en ese instante para sosegarme--. ¿Qué es lo que ha hecho el doctor Romero?

Y como para responder a mi pregunta, allí estaba en persona el afamado cirujano, de pie en el umbral de una puerta secreta, camuflada en la pared, que se acababa de abrir. Yo me hallaba muy nervioso, por lo que cuando vi que el doctor sujetaba entre sus manos una barra metálica manchada de sangre, no pude por menos que sacar el revólver y disparar dos veces sobre el espectro del que había sido mi maestro.

Su imagen se hizo añicos. ¡Y digo bien! Porque lo que habían perforado mis balas era un espejo de cuerpo entero colocado en la pared, no al verdadero doctor, que estaba detrás de mí y que descargó en ese instante un contundente golpe sobre mi cabeza.

 ***

Desperté en un sótano de paredes blancas que, seguramente, hacía las veces de laboratorio y sala de operaciones, dado que me vi atado a una camilla. Enfrente tenía una alargada mesa en la que reposaban una serie de bultos cubiertos por una sábana blanca, y detrás de ella unas máquinas de las que surgían decenas de cables y que emitían ruidos indescifrables. También había estanterías llenas de frascos de formol, soluciones salinas y bolsas de sangre...

La intensa luz de un foco golpeó mi rostro, agravando los dolores que sentía. El doctor Romero estaba junto a mí, ataviado con una bata blanca salpicada de sangre y otras sustancias. Le notaba prematuramente envejecido, desmejorado. Su aliento apestaba a alcohol y hablaba como poseído por el delirio místico.

—Mi buen alumno ha llegado justo a tiempo para la clase magistral. ¡Justo cuando me dispongo a culminar mi obra! Y tú vas a participar de ella activamente. Otros no quisieron valorar mi trabajo... Están muertos, sí. ¡Pero lo hice por una causa justa y en nombre de la ciencia!

Me revolví con todas mis fuerzas, mas fue imposible aflojar las ataduras. Comprendiendo que en cualquier momento podía utilizar contra mí el bisturí que sostenía en su mano derecha, empecé a distraerle para ganar tiempo.  

—Así es, maestro, he venido a admirar su trabajo. —Intenté que mi voz sonara serena para no excitar aún más al doctor--. ¿Qué ha conseguido esta vez? Usted siempre se caracterizó por sus grandes logros, avanzados para su época y capaces de abrir nuevos caminos –le recordé, buscando adularle. Después de todo, había sido mi maestro y conocía bien su ego descomunal. 

El doctor Romero dibujó una sonrisa a caballo entre la felicidad y la demencia. Y lo que había encima de la mesa pareció agitarse bajo las sábanas, ocasionándome un terror indescriptible. Estaba solo, indefenso y atrapado en la guarida de un loco, y quizá yo fuese su próximo experimento... o víctima de los que ya había consumado.

—¡Gracias, gracias! Es verdad, siempre fui un visionario. Aún lo soy. Pero un día sufrí una revelación. ¡Mi labor y la de todos los médicos era inútil, o al menos incompleta! Por más que perfeccionara mi técnica, por más avances que hiciera la ciencia, por más vidas que se salvaran, al final todo daba lo mismo porque la muerte, la Parca, siempre triunfaba. ¿Es que acaso era invencible? Y si así era, ¿qué sentido tenía la medicina? ¿Curar a la gente? ¿Alargar su vida? ¿Para qué, si todo es efímero?—Se apartó de la camilla y recorrió la estancia para ir a señalar el retrato de un hombre, colgado en el centro de una pared, cuyas facciones no conseguía distinguir con claridad--. Entonces, en ese momento de desesperación, cayó en mis manos un artículo del doctor Klaus von Harpel, distinguido científico que a finales del siglo XIX había trabajado en campos vedados a la medicina, por así decir. Él explicaba, con muchas cautelas, que había devuelto la vida a tejidos muertos de animales. ¡Era viable la resurrección! ¡Y lo hizo aquí, bajo este mismo techo! ¡Yo tenía que saber cómo! ¿Lo comprendes?

Tragué saliva, y una bombilla se encendió y apagó en una de las máquinas. Comprendía que el doctor había perdido el juicio y que debajo de las sábanas se hallaba el producto de su mente enferma. Sin embargo, me interesaba sobremanera su historia.

—Por lo tanto, dejé todo para venir aquí y continuar con sus investigaciones — prosiguió, mientras pasaba sus manos por lo que le quedaba de cabello—. Casualmente estaban reformando lo que fue su laboratorio para transformarlo en un centro de salud, con lo que me aproveché de ello y pude instalarme con total libertad. Von Harpel había caído en desgracia poco después de la publicación del artículo, por culpa de la ignorancia de muchos y de mentalidades que hoy se han estrechado aún más... Yo sospechaba que había de existir un documento en el que detallara los métodos seguidos ¡para resucitar animales muertos! Y lo encontré, ¡lo encontré en su despacho! Un gastado diario con sus anotaciones, un superviviente de las llamas que habían devorado este edificio en el pasado. ¡Que el diario aún estuviese aquí era una señal para que yo lo continuara! Clandestinamente y dedicando a ello todos mis esfuerzos, conseguí llegar al punto en el que lo había dejado... Las primeras pruebas con seres humanos. ¡Era tan difícil seguir adelante! Además, mis colegas empezaban a sospechar de mí, querían arrebatarme la gloria o, peor aún, destruirlo todo. Las enfermeras cuchicheaban, desconfiaban de mí. No podía desfallecer. Von Harpel había sido derrotado, muerto en 1897 a manos de una turba enfurecida que temía la grandeza de sus experimentos. Yo no padecería el mismo destino. Por eso, una noche asesiné a todos los que estaban aquí, uno por uno, y usé sus cuerpos. ¡Yo los reviví! —Cuando el doctor Romero pronunció estas palabras, un trueno penetró las paredes del laboratorio, que parecieron estremecerse. En el exterior se había desatado la tormenta--. También eliminé a algunos incómodos paletos del pueblo, sabedor de que me amparaba la leyenda de la maldición. ¡Pobres seres supersticiosos! Se conoce que hubo una quema de brujas en este mismo terreno en el siglo XVI y, desde entonces, han venido afirmando que el pueblo está maldito y que aquí sólo suceden desgracias. ¡Es justo al revés! En todo caso, puede que no me quede mucho tiempo antes de que me detengan las autoridades, pero he ganado el suficiente para llegar hasta el final y, lo que es más, el material con el que hacerlo. Sí, yo he conseguido insuflar vida a una parte del cuerpo de los que asesiné, y si bien es insuficiente, es un paso necesario para asegurarnos la vida eterna, pues conectados a las máquinas que contemplas ¡ninguna de estas personas morirá nunca!

Y, lleno de euforia, tiró de la sábana blanca, dejando por fin al descubierto el resultado de sus experimentos: seis cabezas cortadas, deformes y blanquecinas, conectadas mediante tubos a las máquinas de procesado sanguíneo que les suministraban riego. De vez en cuando alguna de las cabezas movía los ojos, o sufría algún temblor; incluso se pasaban la lengua por los labios, pero poco más. A eso llamaba vida el doctor Romero.

¡Qué horror! El atentado a las leyes de la medicina, la ética y el Derecho era evidente y monumental. Impotente para frenar al doctor, sólo podía resignarme y esperar a que seccionara mi cabeza, que se uniría a la obscena colección. Concentré mis energías, empero, en aclararle algo a mi pérfido maestro:

—Usted no ha creado ni devuelto vida. Sólo ha despertado a nuestro mundo a una parodia de existencia que no tiene ningún futuro y que será condenada por cualquiera que no se halle mentalmente desequilibrado. —Y le miré con desprecio y desafío. Él no se irritó inmediatamente, pero al cabo me abofeteó y esgrimió el bisturí, tan afilado que con sólo rozarme rasgaría mi piel a placer.

—Veo que no tienes fe en la ciencia... Lo lamento mucho, y más viniendo de uno de mis alumnos –declaró, decepcionado--. Tu tesis sobre transplantes faciales prometía mucho. Pese a todo, preferiste entregar tus mejores cualidades a la teoría y a la docencia antes que a la práctica. Eres torpe, inútil. Un miope. Por el contrario, gracias a mi habilidad he tratado con delicadeza las conexiones que unen a la vida a esas seis cabezas decapitadas. Ahora necesito la séptima. Y cuando haya acabado contigo, pasaré a ocuparme de los troncos y extremidades que he ido almacenando... Antes o después tu cabeza volverá a su sitio, y me agradecerás que te haya hecho inmortal.

Evidentemente, loco como estaba, el doctor ya no distinguía entre mantener o devolver un hilo de vida a un órgano o un tejido y ser inmortal. Su confusión era extrema. Pero eso daba igual a efectos de lo que me iba a suceder a mí: el bisturí ya avanzaba hacia mi cuello, ya rozaba mi piel, ya brotaba la sangre...

El doctor Romero se detuvo. Una serie de ruidos le habían paralizado. En el piso de arriba estaba ocurriendo algo ajeno a su voluntad.

—¡No! –exclamó repentinamente, soltando el bisturí--. ¡No puede repetirse!      Y me dejó a solas. Supuse que iba a la planta superior. Sus creaciones me miraban estúpidamente y se retorcían de forma grotesca. Aparté la vista e intenté soltarme de nuevo. Fracasé otra vez.

Entonces regresó el doctor. Blanco como la cera, murmuraba algo sobre el pueblo, el doctor Von Harpel y el final de su sueño. Yo empezaba a sentir un calor abrasador, incluso siendo el sótano un lugar fresco y húmedo. 

—¡Los pueblerinos han incendiado la mansión, al igual que hicieron hace cien años para librarse de Von Harpel! –clamó el doctor, desconsolado, y me lanzó una mirada alucinada--. Ya he consignado mis estudios en el diario, que he guardado en el despacho, tal y como hizo mi predecesor. Tan sólo me queda una salida. ¡Será otro el que complete mi obra! 

Apuntó a su sien derecha con el cañón de mi revólver y apretó el gatillo sin vacilar. Se produjo estallido y la sangre llegó hasta el techo: el doctor Romero se desplomó, muerto.

Por mi parte, si no lograba desatarme, perecería víctima del fuego o aplastado cuando se derrumbara el techo del sótano. Ya veía asomarse las llamas por el hueco de la puerta. Las cabezas gemían inhumanamente, para mi mayor nerviosismo.

—No temas, pronto estarás a salvo –dijo una voz que conocía.

El enigmático señor que había encontrado a las puertas del ambulatorio comenzó a liberarme. Al incorporarme, me sonrió y, antes de que pudiese agradecérselo, corrió hacia la puerta. Yo le seguí, sin atender a las agonizantes cabezas, y escapé finalmente del ambulatorio. Ya en el exterior, a salvo, no volví a ver a aquel hombre.

 

Efectivamente, los vecinos del pueblo se habían tomado la justicia por su mano, enfrentándose por su cuenta y riesgo a la maldición y, en cierta medida, cumpliéndola. La Guardia Civil me explicó que sería difícil determinar quiénes eran los inductores y líderes de la turba que había lanzado antorchas y teas ardiendo contra la mansión.

Tras el incendio de 1897 la habían adquirido unos aristócratas que se ocuparon de reconstruirla. Posteriormente, murieron sin descendencia, asesinados por los campesinos en 1936, y la propiedad fue a parar al Estado. Ahora le esperaba un destino incierto.

Nadie pudo darme noticia alguna del hombre que me había ayudado a salir de la mansión. De los vecinos no había que esperar cooperación; y, por otra parte, reconozco que no pude dar una buena descripción.

No me molesté en llamar al consejero de Sanidad. No sin satisfacción, pensé que ya se enteraría por la prensa. No tendría recompensa, cosa que no me importó mucho. Me conformaba con haber superado la experiencia con apenas una brecha en la cabeza, un corte y unas leves quemaduras.

Paseando por las ruinas aún humeantes del edificio, encontré bajo un montón de escombros el retrato, intacto, que me había enseñado el doctor Romero. El corazón me dio un vuelco cuando le reconocí. ¡Von Harpel era el anciano que me había socorrido! ¿Era posible eso? A esas alturas ya aceptaba cualquier explicación... La lógica se quedaba corta a veces, incluso un médico debía aceptarlo. Su fantasma lo debía de haber hecho para saldar viejas deudas y redimir sus pecados.

Más allá, en un cajón de escritorio reforzado con acero, descansaba el diario de ambos científicos, como esperando un nuevo poseedor que se sumergiera en sus secretos. Por un instante me sentí un dios capaz de asombrar al mundo y desafiar los límites humanos. ¡El diario me daría la gloria! Al segundo siguiente recuperé la razón y arrojé aquellas páginas malditas a unas brasas, donde se consumieron por completo.

Sobre el Autor

Sergio L. Doncel

  • Bienvenido a la humilde morada de pulposos, otro relato a la saca para leer tranquilito el fin de semana. Por cierto la portada está hecha con el Pulpomizer, mola. ;)

  • El Pulpomizer me viene ideal para estos casos :p El relato de Sergio está bastante bien, a medio camino entre frankenstein y reanimator ;)

  • Hola, Sergio. Te leo y bienvenido a este círculo de escritores antropófagos.... uhmmm veo que te hace falta un par de pucheritos y ya estás listo para la cena :)

  • Muchas gracias a todos por vuestros amables comentarios. Espero poder aportar más colaboraciones en el futuro.

  • Con ellas contamos Sergio, así que vete afinando la máquina de escribir que dentro de poco comenzamos las rondas de antologias, talleres, concursos y demás historias. ;)

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