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La invasión de los pulpandantes. Por Eihir

La Invasión de los Pulpandantes, un relato de Hollow City. Por Eihir

Como toda historia que se precie, debe existir un protagonista. Y puesto que el héroe de esta aventura que os voy a contar soy yo, que mejor que sea un servidor quien os la narre. Mi nombre es Billy, Billy Jones, y lo que vais a leer a continuación no son más que los hechos que en verdad ocurrieron hace mucho tiempo, tal y como sucedieron en realidad y sin exagerarlos ni un ápice. Corre a vuestro cargo el creer o no en esta historia, aunque su veracidad no pueda ser comprobada debido tanto al paso del tiempo como al pacto de silencio que se estableció una vez terminaron las catastróficas desdichas que os voy a relatar y de las que, al igual que otros muchos, fui testigo. Yo al menos estoy vivo para poder recordar esta serie de incidentes, pero desgraciadamente muchos no tuvieron la misma suerte. Así pues, permaneced atentos y en silencio, y sed pacientes conmigo mientras desgrano en mi memoria los viejos recuerdos hasta que encajen como piezas de un puzle terrible y fantástico. Sed bienvenidos a…

¡LA INVASION DE LOS PULPANDANTES!

I

En aquellos tiempos era yo un chico normal y corriente, como cualquier otro que se criase en una ciudad como Hollow City. No me entendáis mal, no querría empezar el relato difamando la ciudad que me vio nacer y donde pasé la mayor parte de mi larga vida. Pero pienso cumplir mi palabra de contar toda la verdad, y por ello mentiría si dijese que Hollow City es una ciudad maravillosa o que es el mejor lugar del mundo para vivir. Mentira cochina. Es como una mazmorra, fría y oscura, llena de callejones largos y estrechos que conforman un laberinto intrincado que se amplía más y más, como si se tratase de uno de esos juegos de fichas de dominó cuyas filas de piezas abatibles tardan una eternidad en llegar a su punto final. Y cuando uno consigue salir de la ciudad se topa de bruces con Hollow Mountain, la enorme colina que se erige majestuosamente como un dios guardián y en cuya cúspide se puede disfrutar de unas vistas extraordinarias, como la luna reflejándose sobre las tranquilas aguas del rio Hutton discurriendo por debajo del Puente Brooksburg.

Precisamente me encontraba allí en aquella noche veraniega, a punto de cumplir los veinte años, en el interior de una vieja furgoneta Ford que perdía más aceite que la freidora de una hamburguesería. Mientras estaba sentado en el asiento del conductor no podía apartar mi mirada lujuriosa de las bellas piernas de mi acompañante, sentada en el asiento contiguo, y que no era otra que la espectacular Marianne. Vestida con una minifalda muy ajustada y una blusa que dejaba a la vista los tatuajes góticos que cubrían la piel de sus encantos superiores, Marianne no me hacía ni caso pues su rostro lleno de piercings escrutaba con curiosidad el cielo oscuro y encapotado que se cernía sobre nosotros.

A pesar de que Hollow Mountain era un lugar concurrido por la mayoría de las jóvenes parejas que deseaban tener cierta intimidad, nos encontrábamos en época de exámenes finales y casi todo el mundo se encontraba estudiando, por lo que prácticamente teníamos el lugar para nosotros solos. Así que decidí armarme de valor y dar el primer paso, alargando mi mano temblorosa a causa de la excitación hacia uno de los apetecibles muslos de la fascinante rubia.

–¡Chicos! ¿Estáis ahí? Cambio –la voz infantil de Walter Collins Jr., más conocido como Fat Boy, sonó de improviso por el Walkie-Talkie situado sobre la guantera de la furgoneta, haciendo trizas mi torpe intento de contacto con Marianne.

–Sí, estamos aquí. Te escuchamos perfectamente, Fat Boy –contesté intentando no sonar demasiado molesto.

Aquellos intercomunicadores obsoletos los habíamos adquirido recientemente a precio de ganga gracias a internet, y resultaban muy útiles en sitios donde la cobertura de los móviles era escasa, como en Hollow Mountain. Con pantalla LCD, alta capacidad de resistencia y un alcance de onda de casi diez kilómetros, los dispositivos eran la mejor herramienta de comunicación posible entre todos los Buscadores de la Verdad.

–¡No me llaméis por mi nombre, capullos! –vociferó el pelirrojo pecoso a través del altavoz–. Soy el Buscador Número Tres, ya os lo he dicho mil veces, y vosotros sois el Uno y el Dos.

–Querrás decir la Buscadora Número Uno, cariño –dijo Marianne con una sonrisa traviesa en su dulce boca.

–¡Oye! ¿Se puede saber quién te ha dicho que tú eres la Uno? El Buscador Número Uno soy yo –dije simulando estar enfadado, aunque era imposible estarlo con aquella despampanante chica por mucho que a veces te sacara de las casillas.

Empezamos a bromear a través de los walkies sobre quién de nosotros era el mejor, recordando cada uno las cualidades que aportábamos al grupo y siempre exagerándolas, a la vez que negábamos importancia a las de los demás. Los tres pertenecíamos a los Buscadores de la Verdad, un grupo de jóvenes aficionados a lo oculto que nos reuníamos en La Guarida, una casa ruinosa de uno de tantos barrios miserables de la ciudad. En la sala principal de nuestro cuartel general estaba el Pastel, un inmenso mural que se extendía por toda la pared cuya superficie estaba siempre abarrotada de noticias sobre desapariciones misteriosas, objetos voladores, hombrecillos grises y casas encantadas. Cualquier cosa que oliese a sobrenatural estaba allí, y nosotros éramos los encargados de investigar esos casos. Una afición como cualquier otra con la que pasar el rato.

Pero aquella noche iba a ser el inicio del caso más singular con el que jamás nos íbamos a topar, el que sería por muchos años el suceso estrella del Pastel.

–¡Chicos, dec..me qu. ..tais .iend. eso! ¡Está all. en el cielo! –la voz de Fat Boy sonaba distorsionada, la conexión de los walkies comenzaba a fallar de forma extraña.

–Repite otra vez, Fat Boy. No te escuchamos bien, la transmisión se pierde –contesté.

Mientras intentaba sin éxito restablecer la comunicación con nuestro amigo, por el rabillo del ojo vi que Marianne asomaba medio cuerpo por encima de la ventanilla y señalaba hacia el cielo estrellado.

–¡Mira, Billy! ¡Allí arriba! –exclamó con entusiasmo la chica.

Le hice caso y miré hacia donde indicaba, advirtiendo en el acto que algo muy extraño estaba ocurriendo entre las nubes. Una bola de luz azul se movía a gran velocidad, tanto que era muy difícil seguirla con la vista. Aquella luz tenía algo de antinatural, era de grandes dimensiones y parpadeaba de forma constante, de tal manera que al mirarla directamente provocaba una sensación mareante que obligaba a desviar la vista. Marianne salió del vehiculo precipitadamente y la seguí, corriendo ambos a lo largo de la curva de la carretera de Hollow Mountain en un intento desesperado de ver hacia donde iba la luz.

–¡Los móviles, rápido! Tu saca fotos mientras yo lo grabo, esto va a ser la bomba –dijo Marianne, lista y rápida como siempre.

Pero nuestra decepción fue enorme cuando nos dimos cuenta de que tanto su móvil como el mío no funcionaban, se habían apagado como por arte de magia y no parecían tener ganas de encenderse. También observamos desde nuestra posición privilegiada como todas las luces de la ciudad se apagaron, dejando completamente a oscuras a los habitantes de Hollow City excepto por la luz que provenía del cielo. Sentí un escalofrío al fijarme en un detalle incómodo: no era un simple apagón eléctrico como otros anteriores a los que estábamos acostumbrados, pues esta vez no se veía ninguna luz. Ni coches, ni monumentos, ni edificios públicos con generadores de emergencia, ni siquiera se había salvado el estadio donde jugaban los Hollow Riders al fútbol americano. Todo era oscuridad, salvo la misteriosa bola de luz azul. Quise ver la hora exacta en que ocurría el suceso, pero mi reloj digital tampoco funcionaba y los números no se mostraban.

El extraño fenómeno pasó por encima de toda la ciudad hasta detenerse aproximadamente sobre la zona de Wood Lake, momento en el que comenzó una trayectoria descendente. El sonido de un trueno lejano retumbó en la noche, y la luz desapareció. Acto seguido las luces de la ciudad se encendieron, y Hollow City volvió a resplandecer regresando a la vida.

–¿Billy, Marianne…? –Fat Boy sonaba aún como aturdido por aquella experiencia.

–Tranquilo, Fat Boy. Nosotros también lo hemos visto –dije cuando volvimos al Ford y me encargué del walkie que volvía a funcionar correctamente.

Miré a Marianne y lancé un suspiro al comprender que esta noche tampoco sería especial. La dulce muchacha gótica ya estaba manejando su móvil, el cual funcionaba ahora sin problemas, para dar la noticia a todos los demás Buscadores de la Verdad.

***

A la mañana siguiente el despertador me taladró la cabeza, haciéndome sentir culpable por lo tarde que me había acostado anoche. Marianne, Fat Boy y yo habíamos pasado el resto de la noche enviándonos mensajes por el móvil con el resto de compañeros del grupo. Por supuesto el tema estrella había sido el extraño fenómeno que habíamos presenciado, y que había suscitado un intenso debate hasta bien entrada la madrugada. En aquellos momentos solo tenía ganas de reunirme con la pandilla en la Guarida para hablar personalmente de todo aquello, aunque por delante aún tenía una mañana cargada de deberes y exámenes.

Tras un desayuno tan rápido como ínfimo tomé el metro que unía Sawmill Street con el barrio universitario, puesto que no me fiaba de la furgoneta después de lo sucedido la noche anterior. Durante el trayecto observé que gran parte de los viajeros conversaban sobre el apagón y la extraña luz del cielo. Por lo que pude escuchar, la inmensa mayoría se decantaba por la explicación de un meteorito que había atravesado la atmósfera interrumpiendo el flujo eléctrico. Cuando llegué la Universidad de Hollow City el tema estrella era el mismo, tanto entre los alumnos como en los mensajes de las redes sociales y los teléfonos móviles.

En uno de los pasillos del edificio de ciencias me encontré con Marianne y Fat Boy, los cuales se acercaron a mí con una expresión que denotaba tanto duda como malestar.

–Hola chicos, ¿qué ocurre, por qué tenéis esa cara? –les pregunté.

–Pues que han sacado las notas del examen teórico de Energías Alternativas y nosotros hemos aprobado, pero tú no –contestó Marianne un tanto afligida.

–Las notas están ahí, en el tablón de aquella pared –señaló Fat Boy con un dedo grasiento por el bollo que acababa de zamparse.

Enfadado por la noticia me dirigí al tablón para comprobarlo por mí mismo, cabreándome como una mula al ver que la nota del examen era un tres. ¡Un triste y miserable tres, con todo lo que había estudiado! El profesor Quaterson iba a oírme ahora mismo, claro que sí. Necesitaba aprobar aquella asignatura para pasar al siguiente curso de la Licenciatura en Ciencias Aplicadas y Tecnologías Modernas, y ningún viejo chivo como aquél iba a impedírmelo. Olvidándome tanto de mis compañeros como de los sucesos de la noche anterior, subí corriendo las escaleras que subían a la planta donde estaban ubicados los despachos de los profesores, buscando en el panel de información el número de la puerta del profesor Quaterson. La ira que me invadía era tan intensa que apenas saludé a Jim Broket, cuyos padres tenían una granja muy cerca del lago, y que en ese momento salía del despacho de Quaterson rascándose la cabeza y con cara de malas pulgas.

–No te molestes, Billy, ese tío está como una regadera, dice que no va a revisar ningún examen. Es un capullo –sentenció Jim.

No le hice caso y entré como una exhalación, sin ni siquiera llamar a la puerta. Pillé al viejo leyendo un libro cuya portada representaba una de aquellas ilustraciones pasadas de moda de estilo pulp, y cuyo título era «Polybius, la Máquina del Terror» de un tal J. Van Fedarth. Era de sobra conocido por toda la Facultad que al profesor Benjamin Quaterson le gustaba todo aquello relacionado con las películas y revistas clásicas, tan retrógradas como él mismo. Con su calva rodeada por una coronilla de pelo gris, su fino bigote cuadrado y sus gafas pequeñas parecía el rostro de un cartel publicitario de viajes de la tercera edad, y eso sin contar con que siempre vestía unos pantalones de pana con cuadros de colores y unas camisas con bolsillos que resaltaba la amplia curvatura de su estómago.

–Ahórrese lo que va a decir, señor Jones, está usted suspendido y no pienso cambiar ni una décima el resultado de su examen. Ese tres que ha obtenido en su prueba no es únicamente el resultado de una serie de preguntas cuyas respuestas son tan azarosas como una vulgar apuesta deportiva, sino también refleja su interés por la asignatura y su capacidad de implicación y desarrollo personal en la misma. Ahora que lo pienso, hasta creo haber sido generoso –dijo Quaterson mirándome fijamente a través de sus diminutas lentes.

–¿Generoso? –la cólera me hizo hervir la sangre, notándome a punto de explotar.

–Y no me diga lo mucho que significa para usted, o que su vida depende de mis designios como si yo fuese un dios todopoderoso y usted una víctima sacrificada. No haga que esto parezca una tragedia griega y evite patalear como un infante enrabietado. Usted es un adulto capaz, afronte esto con dignidad y haga lo que siempre les digo en mis clases: es mejor gastar tiempo y energía en solucionar un problema que en hablar de él. Fíjese, hasta su compañero, el señor Jim Broket, lo ha entendido, y eso que proviene de una familia humilde de Wood Lake.

Me quedé mirando al profesor apretando los puños por la rabia, refrenando el impulso de insultarle o tal vez de hacer algo incluso peor.

–¿Así que esa va a ser su decisión final? ¿No va a tener en cuenta todo lo que he trabajado a lo largo del curso?

–Señor Jones, la única forma de que usted apruebe mi asignatura es que me traiga una prueba irrefutable de que es capaz de superarse a sí mismo en su esfuerzo por terminar un trabajo científico. Y la posibilidad de que eso ocurriese es la misma que existe de encontrar vida extraterrestre en el espacio. Que pase un buen día –dijo Quaterson volviendo la vista a la lectura de su revista y dando así por terminada la entrevista.

Iba a responderle de forma un tanto despreciativa cuando mis ojos se clavaron en un poster del despacho, una ilustración en tono sepia de la película «Cuando los Mundos Chocan». Al ver la imagen del meteorito sobre los edificios destruidos se me ocurrió una de mis extravagantes y a veces peligrosas ideas.

–Muy bien, profesor Quaterson, le tomo la palabra. Volveré –dije con sarcasmo.

Al salir del despacho me encontré con Marianne y Fat Boy, que habían estado pegando la oreja a la puerta intentando escuchar la conversación. Ambos me miraron extrañados al ver la cara con la que salía tras visitar al profesor.

–¿Y bien? –inquirió Marianne.

–Cancelad los planes que tengáis esta noche. Los tres nos vamos de excursión –dije con cierto aire de misterio.

–¿Dónde? –preguntó Fat Boy, el cual ya sospechaba que nuestro viaje no tendría como destino un burguer o una pizzería.

–Nos vamos a buscar meteoritos.

***

Aquella noche fuimos los tres en mi furgoneta hacia Wood Lake, que estaba a pocos minutos en coche de Hollow City. Fat Boy no había tenido problemas en salir tan tarde de casa, pues sus padres estaban divorciados y hacía de ellos lo que quería, más aún si le tocaba la semana de estar con su padre (como era el caso), un pintor de retratos fracasado y amante del alcohol. Marianne, que se había vestido con unas mallas negras y un suéter fino a juego, les había dicho a sus padres (unos ricachones de la alta sociedad de la ciudad) que se iba a una fiesta con sus amigas. Yo había sido el que había tenido más problemas, pues a mi madre (mujer viuda y auxiliar de geriatría en una residencia de personas mayores) no le gustaba que trasnochara, así que me excusé esgrimiendo una mentirijilla a medias: me iba a estudiar a casa de un amigo. Y había parte de verdad en aquello, pues iba a un lugar muy cercano a donde residía un amigo y si encontrábamos algo que valiese la pena de seguro que iba a estudiarlo. Quien no se consuela es porque no quiere.

Nos desviamos de la carretera principal que conducía hacia el grupo de edificios que daban la bienvenida a los veraneantes, formado por varias tiendas, moteles, un centro sanitario y un retén de la policía, además del puesto de bomberos que habían levantado a tenor del incendio que años atrás redujo a escombros el aserradero. Conduje hasta que las luces se desvanecieron del retrovisor, giré a la derecha y me interné en un sendero de tierra sin asfaltar que atravesaba el bosque cercano al lago.

–Creo que es por allí –dijo Fat Boy indicando un lugar cercano–. Los Broket tienen su granja muy cerca del lago, aunque seguramente esta noche no estarán en casa.

–¿Y eso por qué? –pregunté.

–Jim dijo que no podía quedar con nosotros porque su padre está enfermo, lo han tenido que ingresar en el hospital. Creo que dijo que era una especie de gripe muy fuerte –dijo Marianne.

–Si, después de clase se fue al hospital para verlo –Fat Boy hablaba mientras se terminaba una bolsa de patatas fritas–. Como toda la familia estará allí, aquí no habrá nadie.

–Mejor. Además, aún no han terminado las clases y por ello los veraneantes de la zona son muy pocos. Estaremos más tranquilos –dije echando una mirada por el retrovisor a las bolsas que había en la parte de atrás del coche.

Nada más llegar a un claro entre los árboles detuve el automóvil y comenzamos a prepararnos. La noche era fría y oscura, y apenas se escuchaba algún sonido animal a nuestro alrededor. De las bolsas sacamos varias linternas y palas, además de un cacharro metálico con forma cuadrada que al encenderlo emitió un destello de lucecitas acompañado de una serie de pitidos ruidosos.

–¿Seguro que esto funciona, Billy?

–Claro que sí, Marianne. Con este contador Geiger de bolsillo que inventé yo mismo aprobé la asignatura de Tecnología Funcional. Podemos detectar la presencia de radiactividad en un área cercana, y encima tiene alarma de niveles tóxicos –expliqué orgulloso de mi obra.

–Hay decenas de modelos como este en internet, no veo que tenga nada de original. Y por cierto, ¿no sacaste un aprobado raso en esa asignatura? –dijo la chica con aire malicioso.

La risa de Fat Boy ante la burla de Marianne hizo que me sintiera incómodo hasta el punto de enrojecer de vergüenza. Pobres infelices, no sabían apreciar mi ingenio, pero ya se darían cuenta de ello más adelante. Por el momento me limité a iniciar la comitiva con el contador en una mano y la linterna en la otra, mientras Marianne me seguía con un mapa de coordenadas en la pantalla de su móvil y Fat Boy cerraba la expedición cargando con las palas.

Tras pasar unos minutos caminando entre la espesura, mi dispositivo comenzó a lanzar pitidos de forma repetitiva, y las luces de detección iluminaron de rojo la pantalla. Al fin habíamos encontrado el rastro del meteorito.

–Es por allí. ¡Vamos, chicos, de prisa antes de que venga alguien! –alenté a los demás mientras avanzaba más deprisa.

Siguiendo las indicaciones del contador Geiger llegamos hasta la barrera de árboles que bordeaba el lago, pero allí no había nada. Solo el bosque y las aguas oscuras que reflejaban la luz de la luna, pero nada más.

–¿Os dais cuenta? –indicó Fat Boy–. No se oye nada, ni siquiera a ningún animal.

–Tienes razón –corroboró Marianne–. Oye, Billy, apaga ese cacharro tuyo que me está entrando dolor de cabeza de tanto zumbido.

–Vale, de acuerdo. Total, debe estar por aquí cerca. Una cosa tan grande seguro que no puede escaparse a la vista –dije, guardándome el aparato detector.

Nos desplegamos por zonas barriendo la oscuridad de la noche con nuestras linternas, pero no encontramos nada interesante. Obviamente solo había un lugar posible donde podía estar el meteorito, y era en el fondo del lago que teníamos delante. Adiós a la posibilidad de llevárselo, aunque al menos tal vez podríamos conseguir un pequeño pedazo. Solamente habría que mojarse un poco.

Había empezado a quitarme la chaqueta cuando un ruido entre el follaje nos alertó. Cuando Marianne y Fat Boy enfocaron sus linternas vimos una silueta que se movió difusa entre los matorrales, desapareciendo rápidamente de nuestra vista. Ninguno de nosotros vio claramente que era, pero no parecía ningún animal.

–Creo que sería mejor que nos fuésemos de aquí –dijo Fat Boy mientras su mano temblorosa aún continuaba sujetando la linterna.

–Será alguno de esos mirones borrachos que se dedican a espiar a los adolescentes –dijo Marianne, aunque algo en su tono de voz indicaba que ella misma no estaba del todo convencida.

De repente otra vez se escuchó un ruido, esta vez más hacia la derecha de nuestra posición, como si el individuo en cuestión quisiera rodearnos. Harto de todo cogí una de las palas que habíamos traído y me dirigí hacia donde había escuchado el sonido, al fin y al cabo un idiota enajenado no iba a evitar que me fuera de allí con una prueba del meteorito. Pero me di cuenta enseguida de mi error, pues al adelantarme vi una sombra extraña desfigurada por la escasa luz, aunque algo en ella hizo que la piel de la nuca se me erizara al sentir una extraña vibración negativa.

–¡Vámonos de aquí! ¡Ya! –grité mientras echaba a correr a toda velocidad.

Marianne fue la siguiente en imitarme y después el pobre Fat Boy, corriendo los tres de forma alocada entre los arboles olvidándonos de cualquier otra cosa que no fuese llegar hasta la furgoneta. En un momento de la carrera eché la vista atrás un instante, alcanzando a vislumbrar una especie de traje verde y brillante que se movía deprisa detrás de nosotros. También vi un retazo de algo viscoso y blanquecino que se retorcía entre las ramas, pero decidí no seguir mirando y concentrarme en salir del bosque.

Fui el primero en llegar al vehículo, y mientras abría la puerta y encendía las luces y el motor Marianne ya se había sentado a mi lado, jadeante y exhausta por la carrera. Pero de nuestro compañero no había ni rastro.

–¿Dónde está Fat Boy? –pregunté.

–Iba detrás de mí. ¡Oh, Dios, Billy! ¿Qué era eso? –dijo Marianne mientras escrutaba hacia el linde del bosque buscando a nuestro amigo pelirrojo.

Escuchamos un grito espeluznante, un aullido de terror que rompió el silencio nocturno. Era Fat Boy, implorando auxilio de forma desgarradora. No podíamos dejar atrás a nuestro compañero, sea lo que fuera aquello que acechaba en el bosque. Ningún Buscador abandonaba a otro de los suyos, ese era parte de nuestro juramento.

–Quédate aquí, Marianne. Si dentro de cinco minutos ninguno de nosotros ha vuelto, lárgate de aquí y avisa a la policía.

La chica asintió con la angustia reflejada en sus ojos mientras salí de la furgoneta para ayudar a mi amigo. Me interné otra vez en el bosque, y al agudizar el oído percibí con claridad los sollozos de Fat Boy. Me acerqué con mucho cuidado tratando de hacer el menor ruido posible, cuando súbitamente algo salió de entre los árboles y se abalanzó sobre mí, derribándome al suelo.

–¡No! –grité asustado, intentando salir bajo el peso de aquella cosa–. ¡Apártate de mí!

Reuniendo las fuerzas que el terror y la desesperación me imbuyeron, conseguí zafarme de la cosa blanda y pesada, solo para levantarme y darme cuenta de que era…Fat Boy. Mi amigo presentaba un aspecto horrible, con los ojos enrojecidos e hinchados al igual que toda su cara, y apenas tenía fuerzas para levantarse. De sus labios amoratados apenas surgían unos balbuceos incoherentes, y solo pude descifrar unas extrañas y atemorizadas palabras:

–¡La cosa! ¡Está aquí!

Mientras lo arrastraba como pude hacia el coche, no cesé de mirar una y otra vez hacia el bosque utilizando el terror que se extendía por todo mi ser para huir a toda prisa. Una de las veces creí ver un par de ojos pequeños y ambarinos que refulgían en la oscuridad clavando su siniestra mirada sobre nosotros, pero no estuve seguro si aquello fue real o solo fruto de mi imaginación desbordante.

No me paré a pensar en ello, simplemente puse a Fat Boy en el asiento de atrás de la furgoneta y conduje a toda velocidad para alejarme lo más rápidamente posible de Wood Lake.

***

Llegamos al Hospital General de Hollow City en un tiempo récord, pues en mi vida había cometido más infracciones de tráfico como aquella noche. Las luces rojas de los semáforos habían sido para mí más verdes que la hierba, las señales de aviso sobre reducción de velocidad las había cambiado en mi mente por invitaciones a superarla, y los gritos de los viandantes que cruzaban por los pasos de peatones me habían resultado tan indiferentes como los insultos de los indignados conductores con los que me había cruzado. Pero había valido la pena, pues nada más llegar el personal del hospital se había encargado de Fat Boy, el cual se había convertido en una masa hinchada y violácea andante.

Veinte minutos más tarde el doctor de guardia, un joven treintañero de largas patillas y ojos saltones, salió de la habitación de nuestro amigo para indicarnos su estado de salud.

–¿Cómo se encuentra Fat Boy? –preguntó Marianne hecha un manojo de nervios.

–Vuestro amigo se encuentra estabilizado, ahora está descansando a causa de los sedantes, pero se encuentra fuera de peligro. Ha sufrido un cuadro tóxico, al parecer por culpa de una reacción a alguna sustancia. En su historial médico no aparece ningún tipo de alergia, pero nunca se sabe. ¿Sabéis a que ha estado expuesto últimamente, o si ha tomado algún medicamento poco usual? –el doctor nos miró con una expresión que no me gustó nada al hacer la última pregunta.

–Oiga, que nosotros no tomamos drogas ni nada. Estábamos en el bosque, en Wood Lake, cuando se puso así. No sabemos por qué –dije, pues era la verdad.

–Vale chico, lo que tú digas. De momento es mejor que descanse mientras le hacemos más pruebas. Ahora será mejor que os vayáis a vuestras casas, es tarde. Ya nos encargamos nosotros de avisar a los padres de vuestro amigo –dijo el doctor, despidiéndose.

Marianne y yo nos encontramos de repente solos, en un pasillo vacío, angustiados y sin saber qué hacer. Sabíamos que en el bosque había algo raro, y que de alguna forma había atacado a Fat Boy, pero todo lo demás eran especulaciones. Decidimos marcharnos a casa tal y como lo había recomendado el doctor, pero al pasar por delante de una máquina expendedora cerca de los ascensores vimos a otro de nuestra pandilla de los Buscadores de la Verdad.

–¿Jim? –dije al ver que se trataba de Jim Broket, el cual estaba sacándose un sándwich frío de la máquina.

–¿Qué estáis haciendo aquí? –preguntó extrañado.

En pocas palabras le contamos lo sucedido en Wood Lake, el encuentro con algo desconocido y el ataque a Fat Boy. Al preguntarle por el estado de su padre, dijo que estaba bastante mal y que los médicos no sabían lo que le ocurría, simplemente lo sometía a pruebas y más pruebas sin obtener ningún resultado específico. Se había pasado todo el día inconsciente, y desde hacía algunas horas los médicos habían prohibido las visitas y solamente entraba a la habitación personal sanitario.

–Todo esto me huele muy mal –dijo Jim cabizbajo.

Iba a darle algunas palabras de ánimo a Jim cuando un pequeño revuelo en el pasillo atrajo nuestra atención. El médico que había atendido a Fat Boy corría junto a un par de celadores y unas cuantas enfermeras de expresión asustada hacia el ascensor cercano a nosotros, por lo que nos apartamos y les dejamos pasar. Justo cuando las puertas de acero se cerraban pudimos escuchar claramente que algo muy grave había ocurrido con el paciente de la habitación 308.

–¿La 308? ¡Es la habitación de mi padre! –dijo Jim, tirando el sándwich al suelo y corriendo hacia las escaleras para no perder tiempo.

Marianne y yo nos miramos un segundo y sin decir nada seguimos a Jim Broket escaleras arriba. Cuando encaramos el pasillo nos dimos de bruces con un espectáculo aterrador. Jim estaba inmovilizado viendo el cuerpo tendido en el suelo de una enfermera, cuya cabeza tenía una fea herida en la parte superior de la que manaba abundante sangre. De la puerta abierta de la 308 surgían espantosos gritos, además de una serie de estruendos que indicaban que en su interior se estaba librando una auténtica batalla campal. Marianne y yo dudamos un momento sobre si asomarnos o no al interior, pero justo en ese momento apareció el personal del hospital y nos hicimos a un lado junto con Jim.

Lo que ocurrió en aquel instante fue algo tan confuso como violento, pues escuchamos claramente como una de las enfermeras lloraba, mientras otra parecía como si rezase algún tipo de oración con voz asustada. Uno de los celadores salió de la habitación tan rápido como había entrado, arrojado contra la pared del pasillo con una fuerza descomunal. El ruido de su columna vertebral al partirse por la mitad fue tan horrible que Marianne soltó un grito, mientras la cabeza se volvía hacia nosotros para mostrarnos unos ojos sin vida que acompañaban a un rostro desmadejado por el terror.

Un estruendo de cristales rotos nos despertó de nuestro estado de ensoñación, siendo Jim el primero en atreverse a entrar en la habitación. Aquello era peor que el escenario de una guerra, con cuerpos ensangrentados arrojados como maniquís rotos por todas partes. El equipo médico estaba completamente destruido, al igual que la cama y los pocos muebles de la habitación, cuyos restos parecían haber sido desperdigados por un violento huracán. Jim se agachó sobre el cuerpo de la única persona que no iba vestida de blanco, y al moverla para quedar boca arriba vimos que se trataba de su madre. Respiramos con alivio al ver que la señora Broket aún estaba viva, aunque tenía unas extrañas marcas redondas en el hombro y brazo derechos, zona en que su ropa estaba desgarrada. También observamos los cristales rotos de la ventana que daba al exterior, aunque al asomarnos por ella no vimos nada fuera de lo normal.

Y sin embargo algo me inquietó en lo más profundo de mi ser, al darme cuenta de que el padre de Jim no estaba en la habitación. Y estábamos a muchos metros de altura sobre el asfalto, a suficiente distancia como para que una persona normal que hubiese caído por la ventana se hubiera roto o bien la crisma, o bien las piernas.

***

A la mañana siguiente me desperté muy cansado debido a todo lo que había pasado, tanto en el bosque como luego en el hospital. Coincidí con mi madre en el desayuno, la cual ya se iba a trabajar. Debió de darse cuenta de que me encontraba algo nervioso, porque me hizo unas cuantas preguntas, pero supe esquivar el interrogatorio con una serie de evasivas propias de un político. Al encender el móvil vi que tenía varios mensajes de Jim Broket y Marianne, y tras quedar con ellos para reunirnos en la Guarida después de clase fui a la Facultad a ver al profesor Quaterson.

Encontré al viejo profesor hablando a voz en grito con el responsable de la seguridad del edificio, sin ahorrarse aspaviento alguno. Entendí que algo había sucedido en su despacho, así que decidí seguirle una vez terminó su discusión con el jefe de seguridad.

–Hola profesor, ¿podría hablar un momento con usted? –abordé al viejo, ahora con mucha más humildad que la última vez que habíamos hablado.

–Ahora no, señor Jones. Estoy muy ocupado –dijo el profesor con cierta sequedad.

A pesar del desaire de Quaterson estaba decidido a importunarle hasta dar con la forma de aprobar su asignatura, así que decidí seguir al profesor hasta su despacho. Cuando el viejo abrió la puerta con llave eché un vistazo por encima de su hombro y vi el interior.

–¡Menudo desastre! ¿Quién ha tirado todas sus cosas por el suelo? –solté sin la menor ceremonia al ver el desaguisado en que se había convertido el despacho, normalmente un templo al orden y a la limpieza.

–¡Señor Jones! ¿Quiere dejarme tranquilo de una vez? Como puede ver, he sido objeto de algún aficionado al latrocinio, y al parecer he sido el único de mis compañeros en sufrir tal atrocidad. Por eso estaba presentando una queja formal contra el responsable de la seguridad –dijo el profesor comenzando a colocar sus viejas revistas en las estanterías correspondientes.

–¿Quiere que le ayude? –pregunté mientras recogía del suelo una publicación de papel amarillento cuya portada reflejaba la cabeza de un vampiro sobre un amanecer esplendoroso–. «Amanecer P…» –comencé a leer.

–¡Deje eso! –a Quaterson casi le entró un infarto mientras me quitaba la revista de las manos–. Es un clásico, algo que un miembro de su generación no entendería.

Mientras el viejo andaba de acá para allá intentando poner todo en orden, me fijé en que la ventana estaba abierta. No había ningún cristal roto, aunque de todas formas el despacho estaba en el último piso del edificio, y el hueco de la ventana se encontraba protegido por una reja que dejaba unos espacios demasiado estrechos para que un hombre de tamaño normal se hubiese colado por allí.

–¿No ha llamado a la policía? –inquirí, mirando al profesor.

–Señor Jones, el día en que la institución de esta ciudad que usted acaba de mencionar consiga tener éxito en alguna de las tareas que los habitantes de Hollow City tienen a bien de encomendarle, será entonces cuando ésta recabe mi atención –contestó Quaterson, con ese lenguaje rimbombante tan característico suyo.

–Lo que quiere decir es que son unos inútiles, ¿verdad?

–Bravo, señor Jones, parece que después de todo hay esperanza para usted. ¿Me alcanza a Robby, por favor?

–¿Se refiere a esto? –dije mientras levantaba un extraño juguete con aspecto de robot con cabeza ahuevada y que guardaba gran semejanza con un muñeco Michelín–. ¿No es usted mayor para jugar con estas cosas?

Quaterson iba a lanzar alguna de sus réplicas ingeniosas cuando de repente se quedó observando fijamente el muñeco. Tras examinarlo una y otra vez, dándole la vuelta por todos lados, me lo mostró sujetándolo a pocos centímetros de mi cara.

–¿Qué cree usted que es esta marca?

Me quedé de piedra al ver que el muñeco Robby tenía tres marcas redondeas simultáneas, de un tamaño y forma que me recordaron automáticamente a las mismas señales marcadas en la piel de la señora Broket.

–Profesor Quaterson, me parece que deberíamos sentarnos y hablar un rato. Creo que lo que voy a decirle le resultará al menos interesante.

Le conté al viejo la excursión nocturna a Wood Lake, y luego lo que había ocurrido en la habitación del hospital con el padre de Jim Broket. Me observó todo el rato escuchando en silencio mi narración, demostrando un gran interés en el asunto.

–¿Y dice usted que las marcas de la señora Broket y las que presenta el muñeco Robby son las mismas? –preguntó Quaterson cuando terminé de hablar.

–En efecto profesor. ¿Qué puede haber causado esas marcas, y que querría el ladrón?

–Tal vez fuese algún tipo de herramienta, y la persona que entró en mi despacho la usó para golpear a la señora Broket. En cuanto al motivo que haya podido tener el supuesto ladrón para entrar aquí, no lo sabré hasta que haya examinado mejor todo esto y averigüe si falta alguna cosa.

–Profesor Quaterson, si logro ayudarle a revelar este misterio, ¿me aprobará su asignatura? –pregunté esperanzado.

–Señor Jones, si se diese tal caso, cosa que dudo, aceptaría reconsiderar mi calificación, aunque no le prometo nada.

–Gracias, profesor. Me contentaré con ello.

***

Abandoné el despacho del profesor Quaterson con una impresión sobre el viejo muy distinta de la que siempre había tenido, y además con la sensación de que había sido algo recíproco. Mientras conducía la furgoneta en dirección al Hospital General, para recoger a Marianne y Jim Broket, me entretuve repasando toda la conversación que habíamos mantenido, aunque decidí guardármelo todo para la reunión de la tarde en la Guarida con el resto de Buscadores.

Cuando llegué al hospital vi que mis amigos estaban esperándome, así que no tuve que buscar una plaza de aparcamiento en el abarrotado parking. No pude evitar fijarme en que la cosa estaba bastante animada, con un par de coches patrulla, ambulancias y mucha gente alterada. Algo malo estaba pasando en la ciudad y comenzaba a notarse en el ambiente.

–¡Hola Billy! –saludó Marianne que para mi fastidio se sentó junto a Jim en la parte de atrás, y no a mi lado como yo hubiese preferido.

Observé que Jim estaba silencioso y con cara de preocupación, y no pude ni imaginar lo mal que lo estaba pasando en aquellos momentos. Primero su padre enfermaba extrañamente, luego desaparecía misteriosamente del hospital, y ahora su madre estaba ocupando una de las camas vacías del mismo edificio.

–¿Dónde vamos? –pregunté.

–A casa de Jim, para que se dé una buena ducha y recoja algo de ropa antes volver al hospital –contestó Marianne.

No me hacía ni pizca de gracia tener que volver a Wood Lake después de lo que había ocurrido la noche anterior, pero ahora Jim se había quedado sin nadie y solo estábamos nosotros para ayudarle. Intenté consolarme diciéndome que al menos estaríamos a plena luz del día y que no íbamos a entrar en el bosque, pero aun así continué sintiendo cierta inquietud. Para distraerme mientras conducía pregunté a mis compañeros por Fat Boy, alegrándome al saber que se encontraba mucho mejor y que le iban a dar el alta antes de finalizar el día.

–Mientras sus padres divorciados no paraban de culparse uno a otro, aproveché que el médico estaba distraído evitando que la cosa terminase en tragedia para echarle un vistazo a su cuaderno de notas –dijo Marianne guiñando un ojo.

–¿Le birlaste los análisis al doctor? ¡Tía, eres alucinante! –exclamé sorprendido por el atrevimiento de la chica.

–Bueno, solamente lo tomé prestado un momento. Además, el informe médico era un galimatías de números y tecnicismos, solo entendí que Fat Boy fue afectado por una sustancia tóxica no identificada, pero muy similar a la Saxitoxina.

–Se te olvida que lo mío es la Tecnología, no la Biología –respondí entrecerrando los ojos.

–Vale, genio, no te enfades. La saxitoxina es una sustancia que producen algunas especies de microalgas, las llamadas dinoflageladas, que son organismos que viven en el agua y que pueden reproducirse de forma muy rápida. Esta misma toxina la tienen también algunos moluscos, por lo que una de las cosas que preguntó el doctor a los padres de Fat Boy era si había cenado marisco. ¿Verdad que es gracioso, Billy? –preguntó Marianne tan extrovertida como siempre.

Pero a mí no me parecía nada gracioso. Nosotros sabíamos perfectamente que algo atacó en el bosque a nuestro amigo, y desde luego no había sido un organismo microcelular. Era algo grande y peligroso, y tal vez aún estuviese allí, cerca del lago…

Llegamos a casa de Jim sin problemas, y mientras mi amigo subía a asearse Marianne y yo nos dedicamos a explorar su casa. La gran estructura de madera presentaba una fachada exterior pintada totalmente de verde, aunque en el interior reinaba el clásico color blanco. El salón principal estaba iluminado por la claridad diurna que atravesaba las ventanas, por lo que era obvio que allí no había nadie en aquel momento.

Y sin embargo, un momento después vimos la figura.

Marianne fue la primera que lo vio, alertándome con su grito de susto. Al volverme lo vi, una figura alta vestida con un bata azul de las que dan a los pacientes de los hospitales. Sus brazos y piernas quedaban al aire libre, por lo que se apreciaba claramente el tatuaje del hombro del escudo de los Hollows Riders y el año en que el equipo local de futbol americano había conseguido su primer campeonato. Jim Broket siempre alardeaba de cuanto le gustaba el deporte a su padre, y de que cuando terminase la carrera él se haría uno parecido.

Y sin embargo, aquello que teníamos delante no podía ser el padre de Jim.

Porque aunque de cuello para abajo era completamente normal, de la cabeza no quedaba rastro humano alguno. Una horrible masa de color púrpura ocupaba el lugar del rostro, de la que partían ocho tentáculos sinuosos que agitaban en el aire sus ventosas de forma abominable. En el centro de la masa refulgían diabólicamente dos pequeños y amarillentos ojos inhumanos, mientras que en la parte inferior una oquedad baboseante se mostraba a forma de boca infame.

Aquella criatura monstruosa se acercó a nosotros con los puños apretados y en actitud claramente amenazante, soltando por la boca unos sonidos viscosos que no podían traducirse como palabras comprensibles. Empujé a Marianne a un lado justo cuando uno de los tentáculos de aquel ser se agitó con rapidez mientras se expandía más allá de su tamaño normal, de forma ridículamente similar al superhéroe que anunciaba los chicles de la televisión. Asustado, cogí uno de los cuadros que adornaban la pared del salón y se lo lancé a aquella cabeza de pulpo, pero varios de los tentáculos se anticiparon y lo hicieron pedazos. Aquellos apéndices no solamente eran elásticos, sino también poderosos, como bien pude comprobar cuando uno de ellos me derribó al suelo de un latigazo.

A pesar de que Marianne aún gritaba aterrorizada, al ver que la criatura se disponía a atacarme tomó la iniciativa y se armó con una silla de madera, dispuesta a golpear con ella la cabeza pulposa. Pero los tentáculos se dispararon velozmente hacia la chica, partiendo en dos la silla y aprisionándola luego a ella. Yo intenté levantarme, pero mi ración de tentáculos me mantenía también bien sujeto, así que ambos nos quedamos inmovilizados mientras la criatura nos observaba con aquellos terroríficos ojos. Gritamos de dolor al sentir como la infernal presa de los apéndices se cernía sobre nuestros cuerpos, constriñéndonos como serpientes con una fuerza brutal.

De repente escuchamos un intenso estampido que llenó la estancia, y el dolor cesó completamente. Noté que algo húmedo cubría gran parte de mi cuerpo, y tuve que mirar fijamente mis manos para darme cuenta de que era algo viscoso de color azulado, parecido al gel de baño pero con un olor mucho más asqueroso. Luego vi a Jim Broket, de pie justo al lado de la escalera, de cuyas manos resbalaba al suelo como a cámara lenta la escopeta de su padre. Jim tenía la vista clavada en un punto fijo del cuerpo de la criatura, sin pestañear ni un solo segundo, como si fuese uno de esos estúpidos zombis de las películas.

–¿Marianne, estás bien? –pregunté a mi amiga mientras la abrazaba y retiraba de su cuerpo algunos restos de los tentáculos destrozados.

–¡Oh, Billy, es horrible! ¿Qué diablos era esa cosa? –dijo mientras se ponía a llorar sobre mi hombro.

No supe que decirle, aunque intuí que a Jim tampoco había que darle una respuesta. Porque el punto donde miraba tan fijamente no era otro que el tatuaje de su padre.

Sobre el Autor

Vicente Ruiz Calpe

Vicente Ruiz Calpe

«Bienvenido a mi morada. Entre libremente, por su propia voluntad, y deje parte de la felicidad que trae». Drácula Biografía: Vicente Ruiz Calpe, alias Eihir. Amante de la literatura, cine, cómics, bandas sonoras y todo lo que se tercie, apasionado del mundo pulp y escritor aficionado. Colabor...

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