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Ceremonia Muru

Relato Pulp del autor Dan Aragonz, sobre rituales y ceremonias

Ceremonia Muru

Un deteriorado poste de luz grisácea iluminaba a un grupo de jóvenes rostros demacrados, consumidos, en estado de narcosis extremo, y adheridos al muro de un edificio que se desmoronaba lentamente. El ruido del cableado contrastaba con sus inexpresivas caras famélicas. Lita era la única del grupo que no tenía marcas de agujas recientes en sus brazos. Esperaba que apareciera alguien, para ganarse un par de dólares por sus habilidades. Ella era alta, tosca, curvilínea, tenía cabello corto y negro. Necesitaba cuanto antes dinero, para contactar al padre de su hijo, que se había marchado sin avisar.

Un automóvil se acercaba despacio por la calle.

Cuando llegaba la policía, el grupo desaparecía en el acto, ya que olfateaban a kilómetros los chalecos antibalas. Pero esta vez, sus impávidos rostros no se percataron que el automóvil se estacionó junto a ellos. Lita, curiosa, se acercó al vehículo visitante mientras la luz del poste parpadeaba. Su rostro se reflejó impaciente en el vidrio. Sólo alguien en busca de diversión podría visitar a esas horas la ciudad de Vitali. La ventanilla se abrió lentamente. Un hipnótico brillo la engatusó.

De la oscuridad, aparecieron unas enormes manos robóticas que casi agarraron a Lita por el cuello, de no ser por uno del grupo, que reaccionó al reconocer el brillo dorado e hipnótico que emitía una gran medalla militar. Aquella bestia mitad hombre, mitad máquina, era un modelo Revivor de las fuerzas militares —soldados caídos en batalla, que eran devueltos a la vida, para limpiar la ciudad de escoria humana, poco o nada productiva.

Lita fue la única que sobrevivió a la balacera del arma que empuñaba el gigante. Éste disfrutaba a carcajadas del baño de sangre. Ella se abalanzó ágilmente sobre su espalda de un gran salto, aquietándole con un leve susurro al oído. Aún quedaba algo humano en la enorme mole de metal. Ella ágilmente antes de insinuarse se introdujo dentro del automóvil, como solía hacerlo con algunos clientes.

La bestia arrancó la puerta trasera del vehículo con sus manos mecánicas. Acepto la invitación lasciva que ella silenciosamente le dio, para conseguir algo de dinero. Se abalanzó sobre la mujer. Ella con su dulce voz, lo domesticó mientras se acomodaba en los suaves asientos traseros del automóvil.

—Necesito saber porque se fue sin decir nada —dijo ella.

—¿De qué demonios hablas? —replicó la monstruosa voz.

—Para eso necesito el dinero, o algo que lo valga, para contactarme con él. No me hagas perder mi tiempo —añadió Lita.

Él la tomó del cuello, olfateándola a continuación, como un cerdo que se siente a gusto en su chiquero, mientras ella acariciaba su brillante medalla, aguardando una respuesta.

—No necesito dinero y nunca pensé en dártelo, puedo conseguir lo que quiera maldita perra.

—Esto me servirá —dijo Lita.

Le arrancó de un tirón la insignia dorada al Sargento, que lanzó siniestras carcajadas burlescas por la ridícula osadía de la chica. Estas fueron cortadas de golpe con el filo dorado que rebanó el cuello del monstruo, derramando un torrente de sangre verde y fluidos aceitosos que inundaron el automóvil. Ella escapó por la ventanilla, que había dejado abierta segundos antes.

Corrió por un callejón abandonado.

En su mano ensangrentada portaba lo que había conseguido como ofrenda para la ceremonia Muru, lo que le permitirá contactar a su esposo muerto.

Un gran número de personas se hallan reunidas en lo que parece ser un antiguo supermercado abandonado, lleno de afiches y letreros. Hay un hombre que viste una túnica amarilla y es el encargado de celebrar la santa ceremonia Muru. A su lado está un joven que parece ser su discípulo. Viste una túnica similar de color verde.

Con canticos y versos en extrañas lenguas invocan a los muertos. Todos esperan su turno para entregar sus peticiones al pastor. El encargado de recoger las ofrendas es Bron. Un joven adolecente delgado y alto que sueña con adquirir la habilidad de su maestro algún día. Entre la muchedumbre, Lita limpia con su vestido la medalla ensangrentada y la deposita dentro del carro que transporta el aprendiz recolectando ofrendas.  Bron recaudó  muchas cosas valiosas: sortijas, anillos, pulseras, dinero y brillantes. Se acercó a su mentor y este le sobó la cabellera, por el buen trabajo que había realizado.

Lita quería saber cuánto antes que llevó a su marido a quitarse la vida, mientras sacaba de su bolsillo una carta que había escrito minutos antes de que la ceremonia comenzase. Cada uno de los presentes tenía una pregunta o petición de la cual querían recibir respuesta cuanto antes, desde el mundo de los muertos.

Bron arrojó en una vieja maleta de madera las ofrendas, mientras miraba hipnotizado la brillante medalla de oro. Un estruendo rompió la tranquilidad de la sala. Un grupo de encapuchados con máscaras de gas y armados por completo, irrumpió disparando en todas direcciones. El ruido desató el caos, todos trataban de huir. Bron tomó la maleta, y escapó hasta el fondo de la sala, perdiéndose en unos pasillos. Lita se lanzó dentro de un congelador en mal estado que estaba cerca. Antes de esconderse, el brillo de su mirada reflejó venganza absoluta. La sala quedó llena de humo tras la balacera. El maestro salió detrás de un pilar que lo cubrió de la balacera, e hizo frente a sus adversarios con un revólver que sacó del tobillo.

—¿Qué diablos quieren? —gritó.

Del centro de la nube de polvo que se desvanecía, apareció un personaje cubierto por un manto negro que llevaba una máscara de gas, y que se quitó tras pararse delante de su ejército. Su rostro estaba quemado, sus ojos reflejaban lo que es vivir entre las sombras.

—¿No me reconoces buen Pastor?

Eran los Hombres Hormiga, exiliados a vivir bajo tierra por una banda de criminales llamados “Colmillo de Dragón”, unos tipos que profesaban tener contacto divino, engañando a sus víctimas, y llenándose los bolsillos de dinero. Llevaban un colmillo tatuado en su cuello.

—Tu vida aquí es beneficiosa, engañando a todos estos idiotas —dijo el líder hormiga, mientras apuntaba con su arma al pastor. Luego añadió—: Te dejaría vivir si me explicases cómo funciona el negocio, pero sé que no lo harás.

A continuación, una certera bala entró por la frente del pastor, saliendo al instante por la nuca, y dejando tras de sí un reguero de masa encefálica.  El asesino se acercó, y pateó el cuerpo, que aún tenía convulsiones por el impacto. Después caminó y lo arrastró hasta el fondo de la sala, mientras las hormigas se dispersaban por el perímetro tras la orden que había dado el jefe.

—¡Quieres ser como tu maestro! —Sentenció el líder.

Bron corrió desesperado. Trató de escabullirse entre los pasillos, pero las miras laser apuntaban directamente a su nuca; a su tatuaje. En su mano llevaba la maleta de ofrendas, pero a causa del pánico, todo acabo por los suelos. Se arrodilló para entregarse.

—¡No me maten por favor! —Suplicó.

Bron cerró los ojos, tapó sus oídos firmemente y se dejó caer al piso. El líder miró al joven que temblaba de nervios.

—Llévenselo y recojan esa maleta.

Un hombre hormiga levantó al prisionero, para llevárselo a punta de pistola.

—¿Dónde me llevan? —preguntó Bron.

—Busco a un tipo que se hace llamar Bricho

—No lo conozco, lo juro. Pero si me perdonas la vida puedo llevarles con quien hace el contacto.

—Tu sabes… ¿Cómo funciona?, ¿verdad? —Dijo el jefe.

—No sé cómo contactan con los muertos, pero sí sé quién entrega los mensajes del otro mundo —explicó Bron temblando de miedo.

El grupo de hombres se retiró del lugar tras la señal de su líder.

Una hora más tarde Bron caminaba lentamente por uno de los callejones sucios y malolientes de la ciudad. Llevaba en sus manos la maleta para la transacción. Se detuvo un momento, miró hacia atrás y vio el automóvil negro que lo vigilaba desde su llegada. El joven, temeroso por su vida, retomó el camino mientras un frio viento que pasó por su espalda le recordó que una bala podría reventarle la cabeza si se negaba a cooperar. Sabía que cuando el proveedor apareciera, ya no les seria de utilidad, por lo que debería huir como le fuera posible.

Se detuvo en la misma esquina donde negociaba cada mes. El jefe hormiga estaba inquieto dentro del automóvil esperando que apareciera quien le haría millonario. Sus planes pasaban por ampliar el mercado que el pastor no supo aprovechar,  y lo extendería por todos los rincones de la vieja ciudad de Vitali.

Bron de pronto escuchó el mismo sonido de todos los meses. Unos zapatos de goma que hacían un extraño ruido al pisar las pozas de agua podrida que había en el callejón. El sonido cesó de golpe. Unos segundos después, apareció un tipo alto, calvo y con barba de candado. Vestía una chaqueta larga, roñosa, junto con un maletín pequeño de metal.

—¿Por qué has tardado Lu?—Dijo Bron.

—Tenía un mal presentimiento.

—¿Trajiste los audios? —Dijo Bron.

—¿Y a qué más piensas que vendría a este horrible sitio? Está toda la mercancía,
  ¿tienes mi dinero? —Preguntó Lu.

Lu lanzó el maletín de metal a los pies de Bron, encendió un cigarro y le dio una bocanada. Luego miró su reloj de oro puro, que se había fabricado con lo que recortaba de las ofrendas, al momento de entregárselas a Bricho —ofrendas que recibía de Bron mediante intercambios como éste, y que provenían de quienes anhelaban escuchar la voz de sus seres queridos, ya fallecidos—. Mientras se producía el intercambio de maletines, Lu soltó el humo que se expandió por el aire, y entonces vio algo que lo volvió paranoico por completo.

—¿Qué fue eso? –Dijo Lu, inmóvil, y mirando de reojo hacia la esquina de la calle.

—¿De qué hablas?

Lu apuró con suma desconfianza la última bocanada, y retrocedió unos pasos. El miedo se había apoderado de él.

—¡Te han seguido! ¡No te muevas! —exclamó, con el rostro desencajado.

Lu pudo advertir entre las volutas de humo la vista laser con la que apuntaban directamente a su cabeza y a la de Bron. En un acto veloz de escape evitó una bala que llevaba su nombre, y se escondió tras un contenedor oxidado, mientras el cuerpo de Bron se azotaba contra el duro pavimento húmedo, tras el impacto en su frente.

El grupo de hormigas se adentró en el callejón a toda velocidad, a la cacería del proveedor que no se podía escapar por ningún motivo, ya que ahí había un negocio muy rentable. Una enorme camioneta apareció de la nada, impactando de golpe al vehículo de las hormigas, haciendo que se estrellase contra un muro. Lita abrió la puerta  e hizo señas a Lu para que escapara con ella, mientras miraba a los captores. quienes desde la camioneta volcada se erguían ensangrentados, disparando con todo. Lu subió a la camioneta mientras ella aceleró sin mirar atrás. Con una mano conducía, y con la otra de forma certera apuntaba la sien su prisionero.

—Llévame con Bricho, ahora —ordenó Lita.

El vehículo desapareció al final de la calle.

En un departamento de la ciudad, Apola estaba sumergida en una tina de baño. Se levantó, se secó su curvilíneo cuerpo y salió rápido hasta la sala, con algo de ropa y los pies descalzos. Tenía el cabello largo y rubio hasta la cintura. Fue a la cocina a buscar algo que comer, y encontró unas tostadas duras, que igual engañarían su estómago, junto con una taza caliente de té.

La puerta de entrada casi se vino abajo tras un disparo en la chapa. Luego una fuerte patada la abrió de golpe. Apola miraba paralizada como Lita le apuntaba con el arma, mientras ella recogía los trozos de porcelana, que había derramado la taza, después de caerse al suelo. Lita traía amarrado a Lu con una mordaza en la boca y lo lanzó justo en medio de la estancia, sobre una vieja alfombra.

—¿Dónde está Bricho? —Inquirió Lita,  apuntando a Apola.

Apola se levantó lentamente, y señaló en silencio uno de los muros de la sala. Lu murmuraba desesperado y trataba de zafarse de las amarras. Lita miró atenta la ubicación de una enorme cortina que cubría algo que colgaba del muro. Se acercó hasta Lu y le sacó la mordaza.

—¿Detrás de esa cortina se encuentra Bricho?

—¿No te das cuenta que esto es una farsa?, todas estas personas que creen que les damos comunicación con sus muertos, no son más que engaños, trucos tecnológicos. Bricho crea los audios, modifica las voces grabadas que él mismo diseña para que todos crean que sus muertos aún se encuentran en algún plano dimensional. Todo para conseguir dinero. Dijo Lu que se reía a carcajadas.

Lita de golpe arrancó la tela que cubría una gran pantalla que colgaba del muro. Este aparato  emitía una señal de estática, que no paraba de chicharrear. Lita se acercó a Lu.

—Si no me contactas con mi esposo ahora, te vuelo la tapa de los sesos. —Dijo Lita, enfurecida, propinándole una patada en el mentón.

—Todos estos idiotas creen que después de la muerte existe algo más, que ilusos— Añadió Lu, que respiraba dificultosamente tras el golpe.

—Quieres decir que nos han engañado todo este tiempo. ¿Quién diablos es Bricho?

—Bricho no existe, es un programa de computadora, ni siquiera sé si es humano. Yo sólo soy el intermediario. Busco los audios en donde él me dica, pero nunca es el mismo lugar. —Dijo Lu, tirado en el piso.

Lita se acercó al maletín y lo abrió.  Entre las ofrendas, tomó la medalla que le había quitado al militar.

—Esto me pertenece… ¿Qué es ese ruido? —Dijo Lita.

Hurgando entre la mercancía, encontró un artefacto con una luz roja que no dejaba de parpadear. La tomo en sus manos.

—¡Es una bomba! —grito Lu.

—Es demasiado tarde, nos han encontrado. —Replicó Apola.

—¡Te rastrearon idiota! —Dijo Lita que sacaba otra arma que llevaba detrás de su pantalón mientras le lanzaba la suya a Apola.

El sonido del rastreador se intensificó hasta ser un pitido que no cesó, hasta que Lita lo destrozó de un disparo. Apola se asomó por la ventana de la sala que daba hacia la calle. Un grupo de hormigas  bajaba en fila de los vehículos y se aproximaban a la entrada del edificio. Era cosa de segundos que entrasen y matasen a todos. Desde la pantalla gigante del muro la señal se conectó y una enorme cara compuesta por una serie de polígonos movía lo que parecía ser su boca, hasta tomar forma de una cara humana, que parecía ser un viejo de barba larga y negra.

—Soy Bricho, la conexión con el otro mundo. —Dijo la imagen.

—Basta de estupideces.  —Lita disparó a la imagen, dejando la mitad del artefacto destruido, pero aun funcionando.

—¿Quieres contactar con Dan? ¿Verdad? —Dijo la imagen que parpadeaba como si fuera a desaparecer en cualquier momento.

—¿Cómo sabes su nombre? —Dijo Lita que bajó el arma, instantáneamente después de escuchar el nombre de su esposo muerto.

—Él habita nuestro mundo. Si quieres verle deberás desear con todas tus fuerzas encontrarle al entrar aquí  y después quitarte la vida.

—¿Pero qué mierda es esta? —Dijo Lita que giró su cabeza al sentir muy cerca la presencia de las hormigas que se sentían llegar por los pasillos cercanos al departamento.

 —Debes transformar tu vida a un avatar virtual. Así es como se puede seguir existiendo. Así funciona —Dijo la imagen que perdía por completo la señal.

Lita miró a su alrededor como los hombres hormigas, entraban  destrozando la puerta y disparando a todo lo que había en la sala. Miró su arma y no dudo en encontrar a su esposo que se encontraba en algún lugar del otro mundo.

Autor: Facebook Dan Aragonz

Rituales y Ceremonias Pulp

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