Clásicos

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Los Bailarines del Gólgota. Manly Wade Wellman

Los bailarines del  gólgota. Weird Tales 1937LOS BAILARINES DEL GÓLGOTA (Weird Tales, 1937). Obra del autor Manly Wade Wellman, traducida por Irene A. Míguez Valero

The Golgotha Dancers (Los Bailarines del Gólgota), Weird Tales, octubre de 1937. Manly Wade Wellman (Mayo 21, 1903 – Abril 5, 1986) fue un escritor americano de Pulp Fiction que trabajó todos los géneros posibles, aunque el horror fantástico era su especialidad. Incluso se le considera como el decano de los escritores de fantasía, tanto por su extensa obra, como por la calidad de la misma. Fue uno de los asiduos de la revista pulp Weird Tales y, entre otras cosas, destaca por su incursión en el terreno de los detectives de lo paranormal, creando no uno, sino dos personajes, a los que daría vida en un buen número de episodios. Uno, John Thunstone, dandy acaudalado y estudioso de lo oculto, con especial tendencia al mundo de la licantropía, aunque con frecuencia, el autor suele recurrir a diabólicas criaturas inventadas por él, como los Shonokins. El otro personaje, es el Juez Pursuivant, un juez retirado que se dedica al estudio de los fenómenos paranormales, pero a diferencia de lo acostumbrado dentro del género, él nunca se ensucia las manos, dejando la acción física para otros personajes que suelen acompañarle. Además de los detectives de lo oculto, John Thunstone y el Juez Pursuivant, otro de los personajes de gran éxito para el autor, fue Silver John (John the Balladeer), un trovador que viaja por los Montes Apalaches, acompañado por su guitarra de cuerdas de plata, y enfrentándose a toda criatura diabólica que se oculta en las montañas. Más info: Wikipedia Manly Wade Wellman. El relato que os ofrecemos a continuación, Los Bailarines del Gólgota, «Una curiosa y terrorífica historia sobre un artista que vendió su alma para poder pintar un cuadro viviente», es uno de los muchos relatos cortos que ha escrito, al margen de los personajes que lo hicieron famoso, y que hemos creído conveniente traducir para la ocasión. Nota: Este relato forma parte de la edición Amanecer Pulp 2014 y, hasta la fecha, permanecía inédito en español.

Los Bailarines del Gólgota. Manly Wade Wellman

Había ido al Museo de Arte para ver la exposición de los cuadros de Goya pero esa galería en particular estaba tan abarrotada de gente que casi no pude entrar y mucho menos ver o disfrutar algo; por lo que volví a salir de allí. Vagué por las otras alas con sus filas y filas de óleos, sus esculturas griegas y romanas, sus austeras colecciones de armaduras medievales, sus porcelanas orientales, sus dioses egipcios. Finalmente, por casualidad y no por designio, llegué al comienzo de una de las escaleras traseras. Otros habituales del museo sabrán a cuál me refiero si les recuerdo que La isla de los muertos* de Arnold Böcklin está expuesta en la pared del rellano.

Comencé a bajar saboreando de antemano la impresión que la pintura de Böcklin me causaría con sus altas rocas marrones y sus negros álamos, su cielo de medianoche y el sombrío velo como mar y la solitaria figura blanca erguida en la proa del esquife acercándose a la playa. Pero mientras descendía observé que La isla de los muertos no estaba colgada en su lugar habitual de la pared. En ese espacio, llamativo pese a la pobre luz y la vista desde un ángulo picado, había una pintura colgada con marco dorado que nunca había visto ni de la que nunca había oído hablar en todos mis inolvidables años en el museo.
Como se pueden imaginar, la observé fijamente todo el rato hasta que llegué al rellano. Entonces pude estudiarla en detalle y evaluarla justo en el borde del último escalón antes de pisar el descansillo. Hasta donde pude investigar (y se puede decir que he sido muy diligente en mi investigación), la pieza en cuestión es desconocida incluso para los expertos en arte mejor informados. Quizás sea mejor que lo describa con detalle:
Representaba una acción sobre un pequeño altiplano o meseta rocosa, apagada y desnuda, con el cielo crepuscular avanzando hacia una noche sin estrellas. Sin embargo, el escenario trabajado con cierta reserva en tonos grises y negros azulados no era lo primero que llamaba la atención. La parte delantera de la pintura estaba llena de vivaces criaturas bailando; tan rosadas, rechonchas y desnudas como los querubines y tan patentemente diabólicas como los pensamientos de Satán en sus escasos momentos de ocio.
Conté aquellos bailarines. Doce de ellos estaban alineados en un semicírculo. Brincaban en claro júbilo alrededor de un objeto central: una cruz boca abajo que parecía estar hecha de dos gruesos troncos con trozos de corteza aún cubriéndolos. Otras dos figuras rosadas (con ellas ya suman catorce) empuñaban robustos martillos o mazos y, arrodilladas en torno a la cruz, clavaban una figura humana en ella.
Reservo el adjetivo humano para describir a esa figura pero no a los bailarines y sus amigos «blandemartillos». Hay una razón. La víctima en posición supina sobre la cruz era un cuerpo masculino maravillosamente representado, tan nítido y anatómicamente correcto como una ilustración sacada de un atlas de anatomía. La cabeza estaba retorcida como de dolor y no se podía ver su cara o su expresión. Pero la agonía se hacía evidente tanto en la tensión de sus músculos torturados como en las manchas dentadas de sangre que se apreciaban sobre el blanco pizarroso de su piel. Casi podía apreciar cómo los miembros pintados se retorcían entre los clavos que los traspasaban.
De la misma manera, los bailarines y los «amartilladores» tenían un acabado tan dinámico que parecía que se estuvieran casi moviendo delante de mis ojos. Hasta aquí el magnífico talento del pintor, pues si el prisionero crucificado era nitidez, estos otros eran niebla. No había líneas ni ángulos, tampoco músculos… Sus rasgos no podían ser vistos o percibidos. Ni siquiera estaba seguro de si tenían pelo o no. Era como si cada uno estuviera resaltado por un rayo de luz en la oscuridad circundante, pero a la vez brillando de forma difuminada. La luz tampoco era agradable ni proporcionaba consuelo alguno.

***

—¡No se mueva! —alguien me dio el alto desde las escaleras que subían al lugar en el que me encontraba—. ¿Qué está haciendo? ¿Y qué hace ahí esa pintura?
Me sobresalté tanto que casi pierdo el equilibrio y caigo sobre mi interlocutor… uno de los guardias del museo. Era un tipo delgado, entrado en años y de pelo fino y gris. Sin embargo, me acometió con todo el coraje de un robusto policía. Su actitud me sorprendió y a la vez me molestó.
—Precisamente quería hacerle a alguien la misma pregunta —le dije tan seco como me fue posible—. ¿Qué hace aquí esta pintura? Creía que había un Böcklin aquí colgado.
El guardia relajó su amenazante actitud en cuanto oyó mi voz:
—Oh, perdóneme, señor. Le he confundido con otra persona… El hombre que trajo esa cosa. —Señaló la pintura con la cabeza y un toque de agresividad volvió a su mirada—. Primero habló conmigo, luego con el comisario de la exposición. Dijo que era arte, gran arte, y que el museo debía tenerlo —alzó sus hombros en un gesto de resignación o escalofrío—. Yo creo que es horrible.
Y así era, me di cuenta cuando volví a mirarlo.
—¿Y el museo lo ha aceptado al final? —apunté.
El guardia sacudió la cabeza.
—Oh, no, señor. Hace una hora ese hombre se presentó en la puerta trasera con ese desagradable pintarrajo bajo el brazo. Oí una parte de la discusión. Se puso ofensivo y se le dijo que se largara y que se llevase la pintura con él. Pero se las debe de haber ingeniado para entrar aquí de alguna manera y colgarlo él mismo —acercándose al cuadro con tanto cuidado como si temiera que los bailarines rosados fueran a tirársele encima, señaló la parte inferior del marco—. Si fuera una obra del museo tendría una placa justo aquí con el nombre del pintor y el título.
Yo también me acerqué. No había ninguna placa, tal y como el guardia había dicho. Pero en la esquina inferior izquierda del lienzo se extendía la palabra GÓLGOTA pintada en pálidas mayúsculas. Encima de ésta en pequeño y casi ilegible se adivinaba el texto:
Vendí mi alma para poder pintar un cuadro vivo.
No había firma u otra pista sobre la identidad del artista.
El guardia había descubierto un enorme marco apoyado contra la pared.
—Aquí está el cuadro que quitó —me informó extremadamente aliviado—. Ayúdeme a colocarlo de nuevo, por favor, señor. ¿Piensa usted que podríamos librarnos de esta otra cosa antes de que alguien se entere de que se me ha colado ese chiflado? —dijo sin poder disimular su más profundo deseo de que le ayudara.
Agarré un lateral de La isla de los muertos y lo levanté para ayudarle a que lo volviera a colgar.
—Le diré una cosa —dije a modo de oferta en un repentino impulso—. Me llevaré este Gólgota, si quiere.
—¿Estaría dispuesto a hacer eso? —respondió a mi sugerencia casi gritando de alegría—. ¿Lo haría para hacerme un favor?
—Para hacerme un favor a mí mismo —respondí—. Necesito otro cuadro en mi casa.
El resultado de todo aquello fue que el guardia nos sacó al cuadro y a mí fuera del museo sin que nadie se diera cuenta. No importa cómo. Ya había hecho demasiado para comprometer su trabajo y mi futura bienvenida en el museo.

***

No fue hasta que hube pagado el taxi y cargado con el poco manejable rectángulo de lienzo y madera hasta mi apartamento de soltero que me molesté en pensar si tendría algún valor. Nunca lo llegué a averiguar pero me impresionó desde el primer momento.
Colgado sobre mi chimenea parecía tan grande y vivo como una escena vislumbrada a través de una ventana o quizás en el escenario de un teatro. Los traviesos cuerpos rosados tomaban otro cariz a la luz de mi lámpara. La luz les hacía brillar e intensificaba sus formas y color pero no revelaba ningún nuevo detalle. Escudriñé cuidadosamente la críptica leyenda una vez más: Vendí mi alma para poder pintar un cuadro vivo.
Un cuadro vivo… ¿Qué era eso? No sabía la respuesta. Pues pese a mi humilde deleite en este tipo de cosas, no podría definirme como un experto en arte. ¿Me gustaba siquiera el cuadro del Gólgota? No estaba seguro de ello tampoco. Además, el resto de la inscripción sobre vender un alma me tenía bastante intrigado, lo cual me llevó a divagar sobre el tema de complejos satánicos y caprichos de pintores medio locos. Aquella tarde la pasé levantando la vista de mi libro a cada poco para observar mi nueva posesión. A veces parecía ridícula, otras siniestra. Poco antes de la medianoche me levanté, volví a mirar el cuadro y apagué la luz del salón. Durante lo que pareció un momento pude ver las rosadas y borrosas siluetas de aquellos bailarines en la oscuridad. Me fui a la cocina a por un poco de whisky con agua y de ahí a mi habitación.
Tuve sueños. En ellos volvía a ser un chaval y mi madre y mi hermana estaban yéndose al teatro donde (¡Imagínense!) Richard Mansfield iba a representar El Bello Brummell. Yo, por ser el más joven, me tuve que quedar en casa ocupándome de la problemática caldera. Lloré copiosamente en mi desilusionada soledad y entonces apareció el mismísimo Mansfield con la ropa de gala de Brummell. Se rió elegantemente y tendió su mano en señal de cálido saludo. Yo, el chaval de mis sueños, extendí mi mano pero me asusté cuando noté que no aflojaba el apretón. Tiré de mi mano y volvió a reírse. Lo que había sido refinado en su risa se volvió de repente duro, frío. Tiré con todas mis fuerzas y me desperté.

***

Algo me estaba agarrando fuertemente de la muñeca.

***

Desde el momento en que me desvelé supe que los bailarines rosados del cuadro se encontraban en mi habitación y que se movían ágilmente en una actitud mezcla de ferocidad y alegría. También eran casi de tamaño natural, visibles en la oscuridad con el tenue fulgor del fuego fatuo. A la escala de la pintura no parecían más que bebés rollizos, ahora eran como repugnantes sapos erguidos. Y para cuando me hube despertado por completo estaban cercándome de manera amenazante alrededor de mi cama. Uno estaba a mi derecha y su agarre como el de un mono, torpe y duro pero a la vez gomoso, estaba apretando mi brazo.

***

Vi y sentí todo, como he dicho, en un instante. Al sentir todo esto me sobrevino una sensación de peligro tan grande, que no me sorprendí por la presencia de mis visitantes. Traté frenéticamente de zafarme de su agarre. No lo conseguí y cuando empecé a dar vueltas por la cama, otro bailarín irrumpió por la izquierda. Más que oír, sentí una suave ola de silencioso júbilo que provenía de todos ellos. Mi corazón y mis nervios empezaron a fallar y me quedé quieto momentáneamente aturdido por el horror y sujetado en forma de una especie de crucifijo entre mis dos captores.
¿Era un martillo eso que se alzaba sobre mí mientras estaba tumbado?
La súbita fuerza que a veces acompaña a la desesperación creció en mí de golpe. Grité como una criatura salvaje capturada en una trampa, rodé cómo pude fuera de la cama y me puse de pie. Me sacudí a uno de los seres y al otro lo tiré contra el escritorio. Liberado, me precipité hacia la puerta del dormitorio y luego a la entrada de la casa tropezando y tambaleándome con mis piernas debilitadas por el miedo.
Una de las cosas rosadas me cortó el paso en el umbral y los otros empezaron a rodearme por detrás. Lancé mi puño derecho con toda mi fuerza. El ser esquivó pasivamente mi golpe como si fuera un juguete de goma flotando en el agua. Me lancé hacia la puerta de la habitación, alcancé la entrada y llegué a trompicones al pomo de la puerta de la calle.
En ese momento ya se me habían echado encima con sus palmas gomosas manoseando mis hombros, mis codos, la chaqueta de mi pijama… Me habrían arrastrado antes de que hubiera intentado abrir la cerradura. Un escalofrío angustiante me sobrevino y eso los hizo apartarse. Entonces me tropecé con un paragüero y por pura suerte mi mano cayó sobre un bastón de bambú. Volví a gritar en una ferocidad completamente histérica y les ataqué con el bastón como si de una fusta se tratara. Mis ataques herían poco o nada a mis fantasmales agresores, pero éstos retrocedían balanceándose y bailando desde una distancia segura. Volví a tener la sensación de que se reían, burlones. Había conseguido repelerlos por el momento, pero al final me acorralaron de manera que me era imposible escapar. Justo en ese momento mi mano libre empezó a tantear en la pared y presionó un interruptor. La entrada se iluminó.
Un instante después habían desaparecido.

***

Alguien estaba llamando a la puerta desde el exterior y con dedos temblorosos giré el pomo de la puerta. Una joven alta y delgada irrumpió en la casa ataviada con una bata azul de andar por casa que parecía que se había atado aprisa. Su brillante pelo estaba desordenado como si se acabara de levantar de la cama.
—¿Hay alguien enfermo? —preguntó sin aliento—. Vivo al otro lado del pasillo… y he oído los gritos —sus redondos ojos azules estudiaban mi cara, la cual debía de estar pálida como la de un cadáver—. Verá, soy una enfermera cualificada y quizá…
—¡Gracias a Dios que ha venido! —la interrumpí brusca pero justamente y me adelanté a ella para encender todas las luces del salón.
Fue ella misma la que, sin decirle yo nada, fue a buscar la botella de whisky y un sifón y me mezcló un whisky con soda generosamente cargado. Mis dientes tintineaban nerviosamente en el borde del vaso mientras tragaba. Después de eso fui a por mi bata (una muy favorecedora con entretelas de satén) y me senté con ella en el diván para contarle mi aventura. Cuando hube terminado, ella se quedó observando la pintura de los bailarines un buen rato y después me miró a mí. Sus ojos, como dos estrellas en el cielo de abril, mostraban preocupación mientras se mordía el labio inferior. Pensé que era preciosa.
—¡Menuda pesadilla tan terrible! —exclamó.
—No fue una pesadilla —protesté.
Sonrió y argumentó sobre el tema diciéndome todo tipo de cosas agradables sobre asociaciones mentales y sus reflejos en sueños que parecen reales.
Para cerrar su argumentación se volvió hacia el cuadro.
—Esta línea sobre el «cuadro vivo» es el punto de apoyo con el que su mente en duermevela ha justificado todo el entramado —sugirió ella mientras tocaba con la delgada punta de su dedo el garabato pintado—. Su subconsciente parece ser muy literal y seguramente no entendió que el artista solo quería decir que su pintura viviría figuradamente.
—¿Está segura de que eso es lo que el artista quería decir? —pregunté. Pero al final dejé que me convenciera. Se pueden imaginar cuánto quería dejarme convencer.
Mezcló otro whisky con soda para mí y uno corto para ella. Tomándolos me dijo su nombre (señorita Dolby) y finalmente me dejó con una última promesa tranquilizadora.  Sin embargo, pesadilla o no, no volví a coger el sueño aquella noche. Me senté en el salón protegiéndome entre las lámparas, fumando y sumergiéndome en la lectura de un libro tras otro. Perdí la cuenta de todas las veces que sentí mi mirada levantarse hacia la pintura encima de la chimenea con la cruz, el desgraciado clavado en ella y los relucientes bailarines rosados.
Después de que el sol inundara el apartamento con su luz y su consuelo me sentí mucho más calmado. Dormí toda la mañana y por la tarde me decidí a reconocerle a la señorita Dolby que todo aquello había sido un mal sueño y nada más. Ya vestido caminé por el pasillo, llamé a su puerta y la invité a cenar conmigo.
Fue una bonita cena. Después fuimos a ver una película muy entretenida con Charles Butterworth, si no recuerdo mal. Tras darle las buenas noches me fui a mi casa. Ya cambiado y en la cama, no podía dormir. Mi cabezada de última hora por la mañana no fue suficiente para evitar que se me fueran cerrando los ojos poco a poco. Fue así como oí el débil arrastre de pies y vi de nuevo a las brillantes siluetas de los bailarines del Gólgota acomodándose en mis cojines.
Esta vez no dudé ni se me encogió el ánimo. Salté de la cama, tenso y desafiante.
—¡No, ni se os ocurra! —les grité. Como pareció que dudaban ante el impacto de mi furiosa voz, cargué contra ellos frenéticamente. Por un momento conseguí dispersarles y atravesé la puerta del dormitorio como en la noche anterior pero ahora había otro camorrista en la entrada. Esta vez consiguieron agarrarme entre todos y me empujaron contra la pared. Me retuerzo aún hoy cuando pienso en la rigidez sobrenatural con que me sujetaban sus pequeñas garras. Tenía dos criaturas en cada brazo que me estaban extendiendo los brazos y piernas en cruz contra el enlucido de la pared. ¡La posición cruciforme otra vez!
Maldije, grité y pateé. Uno de ellos estaba a mis pies. Flotó hacia atrás sin un rasguño. Esa era su horrible fortaleza… su capacidad de sumisión para no inmutarse ante las acometidas, gracias a su flacidez que absorbía los golpes. Algo acarició mi brazo, más bien lo pinchó. La punta de una lanza…
—¡Señorita Dolby! —chillé como un niño llamaría a su madre—. ¡Ayuda! ¡Señorita D…!
La puerta se abrió de golpe, no debía de haberla cerrado.
—Aquí estoy —clamó su voz impertérrita.
Su figura estaba iluminada por el rectángulo de luz proveniente del pasillo. Mis asaltantes me soltaron para avanzar bailando en dirección hacia ella. Dio un respingo pero no gritó. Me tambaleé apoyado en la pared hasta pulsar un interruptor y de repente el salón apareció delante de nosotros. Tanto la señorita Dolby como yo nos apresuramos hacia la lámpara, congregándonos como lo habrían hecho en sus hogueras las tribus de la edad de piedra enfrentando los monstruos de la noche. La miré, aún estaba con la ropa de calle, tal y como la había dejado, al parecer no se había acostado aún. El colorete en sus mejillas parecía parchear el pálido de su piel pero sus ojos estaban a la misma altura que los míos.

***

Esta vez los bailarines ni retrocedieron ni desaparecieron. Se quedaron acechando en la relativa penumbra de la entrada, dando saltitos y temblando como si estuvieran reuniendo todas sus fuerzas y armándose de valor para volver a atacarnos.
—¿Ve? —le espeté—. No era una pesadilla.
Ella habló, no para contestarme sino como hablando consigo misma.
—No tienen cara —susurró—. ¡No tienen cara!
A la media luz de la lámpara que se difuminaba sobre ellos presentaban la uniformidad de hombres de jengibre cubiertos de glaseado rosa. Uno de ellos parecía ser una especie de líder y les empujaba hacia el círculo donde daba la luz. Ésta le acobardaba un poco. Dudaba pero no retrocedía.
La señorita Dolby había cogido un brillante cortapapeles de la mesa del salón. Lo asió con la elegancia y seguridad de alguien que sabe cómo manejar instrumentos cortantes.
—Cuando vengan —dijo con firmeza—, mantengámonos juntos. De esa manera será más difícil que nos arrastren.
Quise gritarle cuánto admiraba cómo plantaba cara a esos seres espantosos y expresarle mi gratitud por su pronta aparición en respuesta a mi llamada de auxilio. Todo lo que pude balbucear fue:
—Es usted tremendamente valiente.
Se volvió un momento para mirar la pintura encima del fuego casi extinto. Mis ojos siguieron los suyos. Creo que esperaba encontrar un lienzo vacío… Ver que los bailarines pintados se habían desvanecido del cuadro y se habían convertido en las criaturas vivientes que eran. Pero aún se encontraban en la pintura junto con la cruz y la víctima. La señorita Dolby leyó la inscripción en alto:
Un cuadro vivo… El artista sabía de qué hablaba después de todo.
—¿No se puede matar un cuadro vivo? —me pregunté.
Parecía algo incierto, como una objeción de poca monta, pero, como si acabara de tener un golpe de inspiración, la señorita Dolby exclamó triunfalmente:
—¿Matar? ¡Claro! —gritó—. Se abalanzó sobre el cuadro y empezó a rasgarlo con la cuchilla. La punta desgarró una de las figuras centrales bailando en el semicírculo. Todos ellos parecieron vibrar al unísono como protestando espantados. Con el corazón sobresaltado, me moví para enfrentarles de nuevo. ¿Qué había pasado? Me di cuenta de que algo había cambiado. El intrépido líder había desaparecido. No, no se había escondido en el grupo. Se había desvanecido.
La señorita Dolby también lo había visto. Volvió a acuchillar la representación pictórica de otro bailarín. Esta vez el desvanecimiento ocurrió delante de mis ojos. Una de las criaturas a la cola del grupo dejó de repente de existir como si se acabara de extinguir una luz.
Los otros, guiados por el miedo, empezaron a corretear.
Les planté cara intentando abarcarlos a todos a la vez y me eché encima de ellos. Golpeé, retorcí y desgarré. Creo que incluso mordí algo horrible y sin sangre, como tejido «fungoide», pero me niego a intentar recordarlo con más detalle. Una o dos de las criaturas consiguieron abrirse paso y forcejearon con la señorita Dolby. Como no tenía muchos pululando a mi alrededor en ese momento, logré ponerme de pie y se los quité de encima. Luché con todas mis fuerzas antes de que volvieran a tirarme. Mientras tanto la señorita Dolby seguía desgarrando y acuchillando el lienzo… una y otra vez. Los agarres iban desapareciendo de mi garganta y mis brazos. Solo quedaban dos bailarines. Los aparté de un golpe y me levanté. Luego sólo quedaba uno. Acto seguido, ninguno.
Habían desaparecido, se habían desvanecido.
—Se acabó —dijo la señorita Dolby jadeando.
Agarró el cuadro y lo bajó. De él ya solo quedaba el marco con jirones de lienzo colgando.
Se lo arrebaté de las manos y lo tiré sobre las ascuas del fuego.
—Mire —la urgí con alegría—. ¡Se está quemando! Es el fin. ¿Lo ve?
—Sí, lo veo —respondió tranquilamente—. Algún artista guiado por el demonio… Su genio diabólico le dio vida.
—Entonces, ¿la inscripción era literal? —pregunté.
—Ya no —se inclinó para ver el fuego—. Al destruir las figuras pintadas sus encarnaciones se desvanecieron.
No dijimos nada más. Nos limitamos a observar sentados cómo las llamas devoraban la última fibra del tejido, hasta la última astilla de la madera. Finalmente volvimos a alzar la vista y nos miramos el uno al otro.
De repente supe que la amaba.

FIN

*NOTA: Arriba: Pintura «La Isla de los Muertos», data del año 1880 y es obra del pintor suizo Arnold Böcklin

NOTA: LOS BAILARINES DEL GÓLGOTA, por Manly Wade Wellman, ha sido traducido al español por Irene A. Míguez Valero (©). Obra sujeta a derechos de traducción. Esta obra se publicó por primera vez en español en la edición Amanecer Pulp 2014. Ahora también disponible en edición impresa: Maestros del Pulp 1

Sobre el Autor

Irene A. Míguez Valero

Filóloga, traductora y correctora.

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