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El Cristal de Sangre

Relato de José Luis Castaño Restrepo incluido en Amanecer Pulp 2013

El Cristal de Sangre

«Después de abandonar las tierras orientales, el portador del Hacha Negra bordeó las costas del Mar de Quad y se adentró en el continente sureño, una tierra plagada de peligros y espeluznantes leyendas. Un territorio que alguna vez albergó a poderosas naciones que esclavizaron al mundo con el terror de la nigromancia».

Anales de la frontera, libro XXX

I

EL CALOR REPTABA POR LOS MUROS de barro cocido y se concentraba sobre la multitud que se congregaba en la plaza de la fortaleza. La mayoría eran viajeros que buscaban aprovisionarse de agua y vituallas antes de adentrarse en el siniestro Desierto Blanco. Un erial que abarcaba la tercera parte de la extensa superficie del continente meridional. Algunos afirmaban que alguna vez aquel yermo calcinado había sido un verdadero edén, un fértil paraje bendecido por los dioses en una era de dorado esplendor. No obstante, de aquellos días no quedaba otra cosa que ruinas devoradas por las arenas. Un macabro recordatorio del destino que le esperaba a los grandes imperios con el inexorable paso del tiempo.

En medio de la algarabía de los camelleros y los tratantes de esclavos, cuatro fornidos porteadores se abrían paso con dificultad. Los transeúntes se apartaban de mala gana, pero guardaban silencio al advertir las dagas afiladas que refulgían en las faldillas de lino que cubrían aquellos cuerpos nervudos, tostados por el sol. Cargaban una silla sobre los hombros en la que se bamboleaba un sujeto de edad mediana, ataviado con una llamativa túnica de seda carmesí con filigrana de oro. Se cubría la cabeza con un turbante negro y sus rasgos aguileños y la espesa barba aceitada daban fe de sus orígenes australes. Cruzaron la explanada abarrotada de vendedores y curiosos, alejándose del implacable castigo del astro rey. Después de desviarse por una amplia calleja, desembocaron en una plazoleta rodeada de casas de ladrillo de una y dos plantas. El individuo sobre la litera levantó una mano regordeta plagada de anillos, y los porteadores se detuvieron enfrente de una casucha de mal aspecto. Un mendigo se acercó con un cuenco pero uno de los mozos le alejó de un violento empellón. Del interior del recinto emanaba un fuerte efluvio de comida sazonada y sudor. Después de traspasar el umbral, el mercader le echó un vistazo a los pocos clientes repartidos entre las vetustas mesas. En su mayoría se trataba de gente humilde y de algunos guardianes de la muralla que destacaban por sus cotas deslustradas. Arrugó la nariz y evadió una desagradable mancha marrón en medio del enlosado. Un sujeto de rasgos aceitunados se acercó con un gesto servil, estiró la mano pero la retiró de inmediato al captar la expresión desdeñosa del recién llegado.

—¿Dónde está? —inquirió con sequedad el sujeto de barba aceitada.

El aludido respiró hondo y pasó las manos por el delantal mugriento anudado a su cintura.

—Arriba, en la primera habitación —susurró con inquietud, mordisqueándose los labios.

El mercader esgrimió una leve sonrisa y enfiló hacia las estrechas escaleras que conducían hasta la segunda planta.

A pesar de ser casi mediodía, dos antorchas alumbraban el lúgubre corredor del piso superior. El mercader se detuvo y estudió la espesa penumbra que le rodeaba. Un súbito arrebato le revolvió las entrañas. Percibía la presencia del peligro como un venado advierte la cercanía del león entre el follaje. Retrocedió y le ordenó a uno de sus sirvientes que encabezara la marcha. Al captar el malestar de su amo, el fornido porteador no dudó en echar mano de la faca que cargaba consigo.

Las sandalias hicieron crujir la madera bajo sus pies al avanzar con cautela. De pronto, la tea más cercana parpadeó y apenas pudo ver a la ágil figura que se le arrojaba encima. Intentó reaccionar, pero se vio sofocado por unos brazos de acero que le dominaron como a un alfeñique. Se revolvió con furia pero quedó petrificado al sentir el beso gélido del acero sobre la garganta. Su terror se multiplicó al descubrir la frialdad que emanaba de los grises orbes de su captor.

—¡Deteneos! —La voz angustiada de su patrón rompió el hechizo de espanto que le consumía.

Los demás sirvientes habían esgrimido sus dagas también, pero a una orden del mercader las enfundaron con recelo.

Todos fijaron la vista sobre el salvaje que sostenía el cuchillo sobre el gaznate de su compañero. A pesar de la penumbra, el fulgor palpitante de las antorchas definía el cuerpo nervudo que se insinuaba bajo la túnica de lino que portaba. Tenía un rostro de mandíbula firme con rasgos rocosos, coronado por una espesa mata de cabello oscuro. No obstante, eran los ojos de hielo ardiente los que llamaron la atención de los recién llegados.

—¿Quiénes sois y qué queréis conmigo? —espetó en un tono cavernoso que parecía brotar del fondo del pecho.

—Disculpad mi atrevimiento —replicó el comerciante, abriendo los brazos en gesto conciliador—. No pretendo otra cosa que compartir unas palabras con vos.

—Los que buscan charlar no se acercan con el sigilo de un asesino, portando dagas en la mano.

El hombre de rasgos sureños agitó la cabeza y soltó un largo suspiro.

—Me parece que hemos empezado con el pie izquierdo —dijo con un hilo de voz—. Mi nombre es Ebrahim y os quiero ofrecer un trato que os podría interesar.

El forastero frunció el ceño y contempló el rostro aterrado que le miraba desde el suelo. Podía sentir el hedor de los esfínteres de aquel desgraciado esparciéndose por el corredor.

—Muy bien, entonces hablaremos —convino después de unos latidos de vacilación.

El mercader esbozó un gesto de alivio y les ordenó a los demás que atendieran a su camarada.

Al verles, el mesonero preparó un lugar en un rincón alejado donde había dejado un cántaro de vino y dos orzas de barro.

Los dos hombres tomaron asiento mientras los porteadores se situaban a cierta distancia, cuidando de que nadie les importunase.

Ebrahim se estremeció al notar los cortes blancuzcos que destacaban sobre la piel del forastero. Algunas de las cicatrices conformaban nudos sobre aquella carne tostada. Todo en aquel individuo exudaba peligrosidad y cautela. El mercader estaba seguro de que podría destripar a un hombre con la misma facilidad con la cual un sujeto corriente aplastaba una alimaña bajo sus sandalias. Sonrió. Era lo que necesitaba en esos momentos.

Sirvió un poco de vino y lo bebió de un tirón. El caldo agridulce le bajó por el gaznate, aliviando la ansiedad que latía en su pecho.

—Hablad —le urgió el guerrero con recelo, apartando el vaso que le ofrecía.

Ebrahim se aclaró la garganta y miró alrededor. Lo último que quería era unos oídos furtivos escuchando lo que tenía que decir.

Entrecruzó los dedos sobre la mesa y los anillos cobraron vida al ser acariciados por la intensa luz que se filtraban por las troneras.

—Estoy reclutando hombres para una expedición —murmuró, sin apartar la vista de los orbes helados del forastero—. La paga es buena y creo que la necesitáis con urgencia —prosiguió, paseando la mirada por aquel hostal de mala muerte.

El portador del Hacha Negra se pasó la lengua por los labios. Después de vagar por aquel yermo por casi dos cuentas, su bolsa estaba cada vez más delgada. Sin duda, aquella proposición llegaba en el momento adecuado.

—¿Cómo supisteis dónde encontrarme? —inquirió con suspicacia.

El rostro de Ebrahim dibujó un gesto de picardía.

—Ah, tengo ojos y oídos en todo este lugar —confesó, enarcando una ceja—. Además, un hombre de vuestro talento destaca con facilidad en esta pocilga de pordioseros y perdedores.

El guerrero esbozó una pálida sonrisa y bebió la orza de vino. Estaba tibio y sabía a mil demonios, pero en ese instante le pareció igual de oportuno que la misteriosa oferta de aquel sujeto de barba aceitada.

—Podéis contar conmigo, entonces —respondió, dejando el recipiente vacío sobre la mesa.

Un brillo triunfal iluminó el rostro cetrino del mercader.

—¿No vais a preguntarme el valor de vuestra paga? —inquirió sorprendido.

El forastero agitó la cabeza y sus duros rasgos se suavizaron.

—Por los anillos y los atavíos que portáis —contestó—, veo que sois un hombre acaudalado que no dudará en remunerarme de la manera apropiada.

Sin pasar por alto el tono amenazante de aquellas palabras, Ebrahim asintió.

—Entonces os espero al amanecer en la puerta norte —apostilló, apartando de la mente aquella inquietante reflexión.

—Allí estaré —contestó el guerrero, poniéndose en pie.

—¡Esperad! —exclamó Ebrahim antes de que su nuevo empleado desapareciera por las escaleras—. No me habéis dicho vuestro nombre.

El forastero se volvió. Torció el gesto y respondió casi con un susurro.

—Argoth —aseguró en tono sombrío—. Podéis llamarme Argoth.

II

EL SOL YA COMENZABA A ENTIBIAR los muros del fortín, prometiendo un día más de desesperante sofoco. Afuera, los caravaneros iniciaban su labor en medio de las protestas de las bestias y el lento traqueteo de los carromatos.

Sin embargo en medio de aquella fervorosa actividad, pocos pasaron por alto a la figura nervuda que se abría paso entre ellos. Argoth portaba una cota de cuero endurecido reforzada con anillas de bronce. Brazales y grebas de hierro repujado completaban su indumentaria, además de las dos dagas curvas que se insinuaban bajo la capa marrón que le cubría. No obstante, la pieza más llamativa era una segur de grueso mango que pendía de su espalda. La cabeza de aquella impresionante arma se encontraba cubierta por una capucha de piel que ocultaba los intrincados relieves que recorrían aquel acero oscuro.

No tardó mucho en dar con la comitiva del mercader. Cuatro carromatos rodeados por una veintena de hombres entre los que destacaban varios mercenarios. Al verles, comprendió que aquella no sería una travesía ordinaria.

Al acercarse, captó la inquisitiva mirada de un sujeto grande y de aspecto sombrío. Una fea cicatriz le cruzaba medio rostro. Argoth imaginó que se trataba del zarpazo de alguna bestia salvaje.

—¿Qué asunto os trae por aquí, forastero? —espetó el hombretón en tono amenazador, cerrándole el paso.

Los ojos del hachero le examinaron con detenimiento.

—No tengo ningún asunto que tratar con vos —respondió con calculada serenidad, dispuesto a continuar hasta la tienda del comerciante.

Aquello no pareció agradarle mucho al bravucón. Sin duda imaginaba que perdería cara con el resto de los compañeros que se habían arremolinado alrededor. Cerró los dedos sobre el hombro del recién llegado, dispuesto a enseñarle quién mandaba en aquel lugar.

Había besado la arena caliente antes de darse cuenta de lo ocurrido. Las risas llenaban el lugar y retumbaban con furia en su cabeza. Pensó en echar mano de la faca que ocultaba en la bota izquierda, pero la sangre se le congeló en las venas al vislumbrar el fulgor nocivo que emanaba del hacha que enarbolaba el forastero. Un miedo cerval le invadió al advertir las inquietantes runas que llenaban aquel amenazante filo.

Argoth comprendió que aquel sujeto era un asesino a sangre fría. Tal vez no tan diestro como él, pero no pensaba darle la oportunidad de probarlo.

Las risas se acallaron y una tensión invisible se apoderó de los presentes.

—¿Qué ocurre aquí? —La voz del mercader consiguió romper el manto de peligroso silencio que les embargaba.

El individuo que yacía sobre la arena le contemplaba con ojos aterrados, sin saber qué hacer.

Argoth suspiró y comprendió que tal vez se había extralimitado con aquel imbécil. Apartó el arma y captó el recelo en los semblantes que le rodeaban. Incluso Ebrahim tenía la faz cenicienta y no apartaba los ojos del hacha.

—Vamos, Emut —dijo con un hilo de voz, volviendo la vista hacia el hombre de rasgos cicatrizados—. Aún hay mucho por hacer antes de partir.

El sujeto miró a Argoth y luego a su amo. El miedo le tenía paralizado.

—Sí, mi señor —contestó con voz quebrada al tiempo que el recién llegado se echaba el arma por encima del hombro. Sin dudarlo se irguió y desapareció entre los carros con rapidez.

—Es un arma impresionante —musitó el tratante, hipnotizado por los grabados de la hoja. Por un breve latido le pareció que los caracteres flotaban sobre el acero negro y un escalofrío le besó la nuca.

—Si qué lo es —replicó el guerrero con extraña melancolía.

—No es fácil asustar a Emut de esa manera —prosiguió Ebrahim con suspicacia—. Sois el primero que consigue hacerle morder el polvo.

El guerrero se alzó de hombros, restándole importancia al asunto.

—¿Cuándo partiremos? —inquirió, tratando de encauzar la conversación por otros derroteros.

Ebrahim torció el gesto. Comprendió que aquel sujeto trataba de evadir la conversación, pero aquello le alegró. Al poner en su sitio a Emut, había demostrado tener las capacidades necesarias para formar parte de aquella expedición.

—En al menos media clepsidra —contestó con serenidad antes de alejarse a repartir órdenes.

La primera impresión de sus nuevos camaradas no había sido muy positiva, o al menos eso imaginó Argoth al captar las miradas evasivas y recelosas que le acompañaron durante aquel día. Sin duda el tal Emut había sido el pez gordo hasta su llegada, y la manera en que le había doblegado había causado cierta impresión entre los demás. No obstante, esto no le afectaba. Siempre había sido un lobo solitario y la necesidad de compañía humana no era una de sus prioridades. Se limitó a cubrir los flancos de la caravana y a prestar atención a cualquier tipo de amenaza que pudiera rondar en las proximidades.

Al caer la noche, acamparon en las ruinas de una aldea en compañía de otros grupos que se adentraban en el Desierto Blanco. Hasta ahora habían seguido las rutas comerciales, pero el portador del hacha sospechaba que esto no duraría mucho tiempo. Su afilado instinto le advertía que el peligro acechaba más allá de las incontables dunas que dibujaba la luna en la distancia. Desde su posición escuchaba los murmullos y las carcajadas de los hombres reunidos en torno al fuego. Un ligero viento atraía el leve chisporroteo de la leña y el aroma del cabrito que ardía en el espetón. A pesar de verse rodeado por decenas de personas, experimentaba una sosegada paz. Por alguna extraña razón, solía sentirse mejor al estar alejado del contacto humano. Volvió la cabeza hacia el extremo del vivaque y centró la atención en el carromato que utilizaba Ebrahim. Sin quererlo, advirtió la figura que se dibujaba a contraluz sobre la lona. Creyó ver los pezones bien formados y la silueta sinuosa de una joven mujer. Intrigado, se preguntó si aquel viejo sin vergüenza cargaría con alguna joven cortesana.

—Guerrero. —Aquellas palabras le obligaron a volverse. La faz de Emut se asemejaba a una máscara grotesca bajo el fulgor nocturno. De manera instintiva acarició la daga que descansaba sobre las piernas.

—Tenemos vino y carne cerca de la hoguera —continuó el hombretón en tono condescendiente. Al notar que el hachero no se movía respiró con fuerza.

—Debo agradeceros por demostrarme que no soy invencible —confesó con sinceridad—.Tal vez el ser más precavido me salve la vida alguna vez.

Argoth parpadeó, suavizando la expresión.

Al erguirse, el filo azulado de la segur cobró vida y Emut retrocedió de manera instintiva. Algo maligno se encerraba tras aquel metal oscuro, estaba seguro de ello.

—No os preocupéis —comentó el guerrero—. No os morderá.

El aludido dibujó un gesto de alivio que sus ojos desmentían.

—No tengo querella alguna con vos —continuó el hachero—. Espero que estéis de acuerdo conmigo.

El gigantón contempló aquella estampa severa y se preguntó cómo había cometido la estupidez de agredirle. Un aura letal y salvaje rodeaba a aquel extraño individuo.

—Lo estoy —respondió, apretando el grueso antebrazo del guerrero en señal de reconciliación.

En la siguiente jornada abandonaron el camino principal y se adentraron por un tortuoso sendero castigado de manera implacable por el sol. El peso de las corazas, los yelmos y las espadas se multiplicaba en medio de aquel sofoco infernal. Para empeorar las cosas, aquel abrupto paraje había conseguido averiar las ruedas de uno de los carros, y tardaron casi medio día en repararlas. Mientras tanto, Argoth y los demás se habían aventurado en las proximidades, tratando de hallar una senda que les permitiera continuar a través de aquel estrecho valle.

—No puedo más —gimió un sujeto enjuto y de piel cobriza que portaba una lanza de moharra amplia.

Emut se detuvo a su lado, respirando con dificultad. El sudor le perlaba la cabeza calva y le escocía los ojos. Portaba una espada corta y un recuadro de bronce le protegía el torso desnudo.

—¡Tarus, parecéis una perra embarazada! —protestó con aire burlón, mirando al viejo con cariño.

El aludido soltó un escupitajo y renegó en voz baja.

—¡Que los maldito vástagos del Torgart os devoren las entrañas! —replicó, bebiendo un sorbo de la pelliza que cargaba consigo. Se limpió los labios y una expresión de alivio apareció en su ajado semblante

Entonces ambos guardaron silencio al escuchar el eco de las piedrecillas que rodaban por encima de sus cabezas.

La estampa de Argoth se deslizó por el terraplén con agilidad felina. La cabeza del hacha destellaba a sus espaldas.

—He encontrado un camino —aseguró con un hilo de voz. El sudor se deslizaba sobre sus mejillas y los ojos grises ardían como pozos ardientes—. A menos de media legua, me topé con un lecho reseco. —Señaló hacia el poniente—. Creo que será apropiado para los carromatos.

—Ojalá que no lo hubieseis encontrado —protestó Tarus con voz quebrada—. Así regresaríamos y el viejo olvidaría toda esta locura.

Algo se estremeció en el pecho del hachero.

—¿De qué estáis hablando? —inquirió, mirándole con curiosidad.

—¿No le habéis dicho nada? —continuó el veterano, volviéndose hacia Emut.

Los ojos de portador del Hacha Negra viraron hacia el guerrero de rasgos marcados.

—¿Qué es lo que no me habéis dicho? —le interrogó con inquietud.

El hombretón se pasó la mano por la frente sudorosa y suspiró con vigor.

—Tonterías, sólo eso —protestó, pasándose la lengua por los labios resecos.

Tarus gruñó. Argoth pudo ver el tatuaje que se insinuaba en su brazo derecho. Imaginó que se trataba de algún símbolo tribal.

—¡¿Tonterías decís?! —escupió con sorna, volviendo la vista hacia el hachero—. He sido caravanero por muchos años, más de los que pueda recordar. —Por unos latidos hurgó a través de los senderos de su memoria—. He servido con Ebrahim la mayor parte de ellos y nunca le había visto actuar de esta manera. —Una sombra cruzó aquel rostro cobrizo—. Esa maldita bruja nos arrastra a todos a la perdición.

Argoth sintió una punzada en el pecho. Recordó a la figura femenina que había visto la noche anterior.

—¿De quién habláis? —le interrogó con recelo.

—La esposa del amo —contestó Emut, agitando la cabeza con lentitud—. Estos necios han tejido un halo de misterio en torno ella.

—Vamos Emut —renegó el viejo, arrugando la frente—. Desde que el amo se desposó con ella, están sucediendo cosas muy extrañas.

—¿Qué clase de cosas? —terció Argoth. Algo en su fuero interno palpitaba con oscura intensidad.

El hombrecillo respiró el aire caliente y torció el gesto.

—Ebrahim ha vendido sus posesiones para cumplir todos los caprichos de esa condenada mujer. Nunca había hecho algo así. Nunca.

—¡Por todos los dioses! —le interrumpió Emut con un bufido —. Cualquier hombre maduro haría lo que fuese para mantener a esa moza su lado. —Miró a Argoth con intensidad y se alzó de hombros—. Está enamorado. No lo podéis culpar.

—¿No me digáis que también habéis sido hechizado por esa ramera? — insistió Tarus con acritud—. ¿Es que soy el único que advierte el peligro que nos acecha?

Los rasgos del hachero se contrajeron. Las palabras del caravanero confirmaban la emoción que le embargaba desde que abandonaron el camino principal.

—Tarus, sois un bastardo ignorante —aseguró el gigantón con desdén—. Mirad a vuestro alrededor. Tan sólo desolación y alimañas nos esperan en este patético yermo. Guardad vuestros temores para los bosques y las planicies repletas de forajidos.

—Existen horrores que van más allá de la comprensión humana. —La risa se esfumó de la faz de Emut. Volvió la vista hacia Argoth y se estremeció con la expresión pétrea que inundaba aquel rostro severo. Las palabras del hachero quedaron flotando en el aire por unos momentos.

Tarus parpadeó, el miedo asomaba en su mirada. Se aclaró la garganta y retomó la palabra.

—Este erial fue alguna vez el territorio de Ulgthur-Khan —aseguró con un leve susurro, como si temiera que algo pudiera escucharle—. El nigromante que servía al Dios Lobo. —Los hombres que le rodeaban le escuchaban con atención—. Se dice que su capital se encuentra en medio del Desierto Blanco. Un sitio impío llamado Marj-Khabev. Algunos afirman que allí yace aún la fuente de su poder. Una gema maldita conocida como el Cristal de Sangre.

Argoth quedó mudo, un dedo helado le recorría la espina dorsal. La sola mención de aquella ciudad aceleraba el ritmo de su respiración.

—Si ya habéis terminado con las historias de críos, debemos regresar al convoy —exclamó Emut con una mueca burlona. No obstante, el hachero captó la incertidumbre que asomaba en su mirada.

III

POR DOS INTERMINABLES jornadas, avanzaron a través del lecho reseco. A medida que se sumergían en aquel inquietante yermo, los miembros de la expedición se tornaban cada vez más taciturnos. Las canciones y las risas de los primeros días habían dado paso a un desasosegante mutismo. El único sonido que les acompañaba era el traqueteo de los carromatos y el lamento de las bestias. Argoth experimentaba un intenso sopor que drenaba sus energías como un parásito insaciable. Además, las palabras de Tarus retornaban a su mente al vislumbrar los parajes que le rodeaban. Leguas y leguas de impresionante desolación, castigadas por un viento hostil que se empeñaba en retrasar su avance. Imaginó que tan sólo la maldad podría medrar en aquel erial que amenazaba con devorarlos.

Dejaron atrás la extensa cañada y se encontraron con un valle plagado de florecimientos rocosos. Formas inquietantes que se alzaban por encima de sus cabezas como monstruos congelados en piedra. Al fondo de la explanada, se elevaba un altozano que rivalizaba con el desierto que dominaba el paisaje. Había algo antinatural acerca de aquel lugar. Argoth experimentó un curioso hormigueo al contemplar aquel cerro en medio de la nada. Al parecer, no era el único que se veía invadido por la incertidumbre, ya que varios miembros de la expedición intercambiaban miradas de preocupación.

De manera inconsciente, fijó la vista en el carromato que transportaba a Ebrahim. El mercader había saltado del pescante para repartir órdenes y preparar el campamento. Se mesaba la barba con ansiedad sin apartar la vista de la colina. Los ojos del hachero se posaron entonces en la carreta. Intentaba vislumbrar alguna señal de la misteriosa mujer que les acompañaba.

Las sombras comenzaron a reptar sobre el valle. Argoth se arropó en la capa y se estremeció al percibir el gemido lastimero arrastrado por el cierzo. El espeluznante silbido se multiplicaba en su cabeza como una advertencia sobrenatural. Un profundo desasosiego le atenazó. Algo macabro infectaba aquel lugar, podía sentirlo en cada fibra de su cuerpo. Echó mano de la segur y el contacto con el acero labrado consiguió aliviar la zozobra que comenzaba a cobrar fuerza en su pecho.

Después de aquello, la noche transcurrió lenta y agobiante. El silencio se apoderó de los hombres concentrados en las hogueras, mientras cenaban con desgana y volvían la vista hacia la densa oscuridad que les envolvía, rogando la protección de los dioses. Emut organizó una doble guardia en los extremos del vivaque. Sabía que aquello aliviaría el desasosiego que abrumaba a los miembros de la expedición. Estaba seguro de que al amanecer todo regresaría a la normalidad y continuarían el camino sin problema.

El hachero despertó cuando faltaban al menos tres clepsidras para el alba. Una sensación gélida le erizó los vellos al constatar el agobiante mutismo que le rodeaba. Aferró el hacha y aseguró los cuchillos al cinto. Percibía el aura siniestra que se extendía por doquier, como una garra invisible apretándole la garganta. Con esfuerzo, consiguió controlar el temor que le revolvía las entrañas. Permaneció en silencio e intentando captar algo en medio de las tinieblas, para luego arrastrarse con el sigilo de una serpiente en dirección a los carromatos. Volvió la vista y captó con el rabillo del ojo el candil que ardía en el carro de Ebrahim. Respiró hondo y decidió echar un vistazo a su interior. Estaba seguro de que allí desentrañaría el enigma de aquella expedición.

Un olor a incienso atacó sus fosas nasales al poner pie en el pescante. Descorrió la lona y notó dos grandes arcones de cedro arrumados en un rincón. El brillo amarillento de una lámpara de aceite se insinuaba detrás de una cortina de seda. Sintió un escalofrío al captar el cuerpo postrado sobre el jergón. Se acercó con lentitud y quedó paralizado al advertir el rostro ceniciento de Ebrahim. Percibió de inmediato el olor almendrado del veneno flotando en el aire. El mercader le miraba con un gesto de espanto desde unos orbes apagados. Argoth rozó la piel fría y comprendió que nada podría hacer por aquel miserable. Entonces reparó en el trozo de pergamino que yacía a sus pies. Lo acercó al candil y estudió los extraños caracteres que llenaban el mapa. Se sobresaltó al descubrir que aquella caligrafía curva se asemejaba a las runas talladas en la hoja del hacha. Sin embargo, apartó aquella inquietante revelación al captar la nota escrita en lengua común sobre la parte superior de la vitela. La palabra Marj- Khabev destacaba en tinta negra. La sangre se enfrío en sus venas al recordar el relato que había escuchado de labios de Tarus. Arrugó el trozo de piel y maldijo al sureño por haberle arrastrado hasta aquella madriguera. Presa de la ira, decidió salir de allí y abandonar a aquellos necios a su suerte.

Saltó de la carreta y examinó la explanada bañada por el espejismo lunar. El brillo de la noche dotaba de un aire macabro a las formaciones rocosas que pululaban a lo largo del valle. Resolvió entonces hacerse con víveres y agua para el largo camino de regreso a la fortaleza. Mientras contemplaba la posibilidad de desenganchar uno de los caballos para facilitar la huida, una sombra casi imperceptible cruzó cerca de allí. Tan sólo sus instintos felinos le permitieron cubrirse antes de ser visto. Otra figura embozada pasó a menos de tres pasos de su escondrijo, y a continuación una más le siguió de cerca. El pálido fulgor de las hojas asomaba bajo sus capas oscuras. La sombra de la traición aceleró los latidos del hachero. Comprendió entonces que el único escape sería abriendo un sendero de muerte con su acero.

El silencio del amanecer se vio interrumpido por el rumor de las hojas abandonando las vainas y los gemidos de los primeros caravaneros asesinados. Argoth se dejó arrastrar por la tormenta de adrenalina desbordada que comenzaba a caldearle las venas.

Volvió la vista hacia el valle y descubrió decenas de antorchas desperdigadas en las proximidades. Sin duda se trataba de una trampa orquestada por la mujer del mercader.

El silbido de una daga cruzó a pocos dedos de su mejilla. Reculó al tiempo que aferraba el cuchillo y evadía otra acometida del inesperado atacante. Fintó a la derecha y lanzó un tajo que tomó por sorpresa a su rival, rasgándole la túnica. Argoth fijó la atención en el rostro cetrino que tenía enfrente. Bajo la luz de la luna podía apreciar unos rasgos crueles y decididos. Sin embargo se necesitaba más que valor para doblegar al portador del Hacha Negra. El sujeto embozado lanzó un grito y arremetió con todas sus fuerzas. Argoth leyó el movimiento con antelación, y después de evadirle con maestría, hundió la hoja en la ingle de aquel miserable. El olor metálico de la sangre inundó los pulmones del guerrero, despertando los instintos más primarios. Elevó la daga con furia y vació las entrañas del agresor. Por un breve latido contempló el horror de la extinción en aquellos ojos abiertos de par en par. Se desentendió del moribundo y aferró la segur que yacía a pocos pasos de allí. La hoja parecía llamarle a gritos con un hipnótico fulgor azulado. Contempló los nudos de hombres que luchaban con angustia en contra de un enemigo que les superaba en número. Algunos caían de rodillas pidiendo misericordia, al tiempo que otros combatían como bestias acorraladas, dispuestos a vender cara su existencia. Los lamentos de dolor y furia llenaban el ambiente

El hachero volvió la vista hacia los carromatos que comenzaban a arder a su derecha. Descubrió la titánica estampa de Emut repartiendo golpes sobre dos sujetos que le acosaban sin misericordia. El hombretón combatía con bravura a pesar de la sangre oscura que le manchaba el hombro izquierdo. Admirando aquel coraje, Argoth corrió en su auxilio, haciendo girar el hacha por encima de la cabeza. Un forajido intentó cerrarle el paso, pero la hoja afilada le astilló las costillas y no se detuvo hasta anclarse en la pelvis. Un aullido de intenso sufrimiento emanó de los labios de aquel infortunado. La hoja pareció cobrar vida al elevarse de nuevo, arrastrando consigo hilachas de carne y tela desgarrada.

Emut penetró el pecho de uno de sus rivales pero fue incapaz de evadir la pica que le rasgó el muslo izquierdo. Intentó contragolpear, pero las piernas no le respondieron. Desesperado, sintió el aliento gélido de la parca lamiendo sus espaldas. Levantó la vista para enfrentar la muerte con entereza. De pronto, un haz azulado surgió de las sombras y uno de los forajidos se deshizo ante sus ojos, mutilado por la hoja infernal que Argoth esgrimía con pavorosa maestría. El tronco se revolvió de forma aterradora, descargando vísceras y sangre por doquier. Los ojos del hachero ardían con furia primigenia y sus rasgos se transformaron en una máscara de gelidez. El mismo Emut se estremeció al sentir el poder de aquella implacable mirada.

—¿Estáis bien? —jadeó el hachero con dificultad. Sus botas de ante manchadas con la sangre y los restos del miserable que acababa de eliminar—. Debemos salir de aquí cuanto antes. —Recorrió con la vista la dantesca exhibición que les rodeaba—. Todo está perdido.

Emut se irguió con esfuerzo, rasgó un trozo de tela de uno de los cadáveres y la anudó con vigor sobre el muslo para restañar la herida.

En ese momento los últimos focos de resistencia eran aplastados por los asaltantes, a la vez los prisioneros eran arrastrados hasta el otro lado de la explanada.

—Nos han destrozado —musitó el mercenario con furia y lágrimas en los ojos.

Argoth le aferró el antebrazo y le indicó que le siguiera hasta un roquedal cercano. Sus orbes grises fulguraban con urgencia.

—Debemos ocultarnos—aseguró con apremio.

Los primeros jirones de la aurora rompieron la densa oscuridad que les rodeaba. Aún se escuchaba el eco de las voces de los asaltantes que se alejaban del vivaque. El hedor de la muerte y la madera quemada permanecía como una impronta sobre el aire fresco del nuevo día. Argoth contempló el firmamento y pensó que el destello rojizo que invadía el horizonte no podría ser más adecuado para la masacre que acababa de ocurrir.

Volteó la cabeza y contempló los rasgos sombríos de su compañero. Una intensa aflicción asomaba en aquellos ojos oscuros tras vislumbrar el resultado de la hecatombe.

—Conocía a la mayoría de esos sujetos —comentó con un hilo de voz, tratando de ocultar la pesadumbre que le hundía el alma—. Eran buenos hombres. No merecían una muerte así.

El hachero asintió. Después de haber sido testigo de innumerables horrores había aprendido a encerrar aquellas emociones en el rincón más oscuro de su corazón.

—Parece que se dirigen hacia la colina —dijo, señalando la cima del altozano en un intento por alejar al gigantón de aquellas inútiles reflexiones.

Emut elevó la cabeza y siguió al grupo de incursores con la mirada.

—¿A dónde se dirigen ? —comentó en voz baja, mordiéndose los labios al sentir una oleada de dolor en el muslo.

—Marj-Khabev —contestó Argoth con inquietud.

Los rasgos de su interlocutor se congelaron en una mueca de estupor. Miró al hachero con ojos expectantes.

—¿No estaréis hablando en serio? —exclamó sorprendido. El miedo comenzaba a mancharle las facciones sudorosas. Hasta el momento aquel nombre no había sido más que una leyenda, un cuento de horror para asustar a los críos en una noche tormentosa. Las implicaciones de aquella revelación eran espantosas.

Argoth respiró con lentitud y limpió la sangre y el sudor que le cubrían el rostro. Advertía el desasosiego en la faz de Emut.

—Al parecer Tarus tenía razón —aseguró con resignación—. Antes del ataque, encontré el cuerpo de Ebrahim. A su lado, yacía una vitela con el nombre de este lugar grabado en tinta.

Emut se pasó la mano por el rostro y aspiró una bocanada de aire matutino. El temor primitivo que latía en sus entrañas le impulsaba a alejarse de allí cuanto antes. En medio de aquella conmoción recordó a la esposa del tratante.

—Y la mujer… ¿Visteis a la moza? —inquirió con franca preocupación.

—Creo que esa endemoniada criatura está detrás de todo este asunto—. Replicó su interlocutor con amargura—. Envenenó al viejo y luego se reunió con los bastardos que nos atacaron. Sin duda nos venían siguiendo los pasos desde el inicio de la expedición.

Emut le miró estremecido. Todo aquello encajaba como las piezas de un rompecabezas. Se maldijo por no haber tomado en serio las advertencias de Tarus. Ahora muchos yacían sin vida por culpa de aquella estupidez.

—Debemos salir de aquí. —La intervención del hachero le trajo de vuelta a la realidad—. No queda más que volver al fuerte y dar aviso acerca de la existencia de este lugar.

El guerrero apretó los labios y asintió. Si en realidad la legendaria capital de Ulgthur- Khan se hallaba en aquel erial, lo mejor sería largarse de allí ahora mismo.

Los asaltantes habían tomado cualquier cosa de valor que pudieron encontrar, incluyendo los caballos, el agua y los alimentos. No obstante, Argoth pudo hacerse con algunas pellizas del preciado líquido y de restos de granos y carne seca que los forajidos habían pasado por alto en medio de la oscuridad. El hachero hizo un recuento del botín mientras el calor se incrementaba y empeoraba el hedor de los cuerpos destrozados que yacían por doquier. En el cielo, los primeros carroñeros hacían su aparición atraídos por aquella podredumbre.

—¡Argoth! —El apremio en el tono de Emut le alertó de inmediato. Abandonó lo que cargaba consigo y corrió hasta el extremo del derruido campamento.

Vislumbró la testa del hombretón y quedó paralizado al advertir el cuerpo que cargaba sobre los hombros.

Tarus emitió un quejido sordo cuando Emut lo descargó a la sombra de un cascajar. Los ojos del caravanero se hundían sobre las cuencas como un barco a punto de naufragar. Una mancha oscura asomaba por encima de su túnica deslavada, y un fuerte olor a sangre y heces anunciaba un serio corte en el abdomen. Argoth intercambió una mirada con su compañero. Tarus estaba muriendo y no había nada que pudieran hacer para evitarlo.

A pesar del lamentable estado, aquellos rasgos huesudos y pálidos dibujaron un remedo de sonrisa. Un gesto terrible que dejó sin aliento a Emut.

—No sufráis por mí, viejo amigo —jadeó con voz cavernosa, apretando la mano del guerrero—. Mis días han llegado a su fin. —Se vio interrumpido por un ataque de tos sanguinolenta, que Argoth apaciguó con un sorbo de agua.

Tarus suspiró y sonrió de nuevo. La vida se apagaba con lentitud tras aquellas pupilas oscuras.

—Al menos he acabado con uno de esos bastardos antes de caer—jadeó con esfuerzo. El pecho del moribundo subía y bajaba como el fuelle de un herrero.

—Si os hubiésemos escuchado, nada de esto hubiera acontecido —confesó Emut con tristeza—. Teníais razón en todo.

La faz de Tarus se tornó aún más pálida al comprender lo sucedido.

—La bruja… —musitó, respirando con empeño. Por un fugaz latido sus ojos recobraron la vitalidad—. Entonces… la urbe maldita está próxima...

—Marj-Khabev está cerca, o al menos eso imaginamos —le interrumpió Argoth, quien hasta el momento se había mantenido al margen de la conversación. El corazón del hachero se conmovió al notar la terrible angustia que aquejaba al moribundo al escucharle.

—Debéis evitar que consigan el Cristal —jadeó Tarus con el rostro desfigurado en una mueca de sufrimiento—. No permitáis que la oscuridad se cierna sobre el mundo nuevamente.

—¿Cristal? —musitó Emut con temeroso recelo—¿Estáis delirando?

—¡No! —clamó el agónico caravanero con inusitada energía, aferrando la mano del hachero—. La leyenda… el Cristal de Sangre guarda las almas de los miserables sacrificados en el altar del lobo. —Argoth le contemplaba con ansiedad, tratando de digerir aquellas palabras—. Con esa gema, podrían despertar la maldad que azotó estas tierras siglos atrás… Nada estaría a salvo. Nada…

Al mismo tiempo que la luz se extinguía en sus pupilas, los dedos de Tarus se cerraron como garras alrededor del antebrazo del hachero.

Por un momento contemplaron con inquietud el despojo del caravanero. La idea de aquella amenaza les dejaba mudos.

—Es una locura —musitó Emut con un hilo de voz—. Sin duda perdió la cabeza antes de morir.

Los ojos de Argoth brillaron como ascuas infernales al tiempo que su mente trabajaba febrilmente.

—No estaba loco cuando nos previno acerca de los peligros que nos aguardaban —aseguró con gravedad. —Emut agitó la cabeza y guardó silencio, aún no asimilaba aquella revelación—. Si habló con la verdad —continuó el guerrero—, ni siquiera la fortaleza podría contener la maldad que pervive en esa condenada ciudad. —El rostro de Emut se convirtió en una máscara de alabastro. Confrontar aquella aterradora posibilidad era algo que su cerebro se negaba a aceptar.

—Debemos regresar —exclamó después de unos latidos de angustioso silencio—. Advertir a las tropas del fortín es nuestra mejor opción.

Argoth se irguió, pensativo. La hoja del hacha refulgía a sus pies y Emut creyó ver que aquel acero se revolvía como fuego liquido sobre las runas talladas. Parpadeó y alejó esta desconcertante visión.

—¡No! —exclamó el guerrero sin apartar la vista de la colina. Se volvió y una profunda determinación enmarcaba sus rasgos rocosos—. Tal vez sea demasiado tarde para cuando alertemos al fuerte.

Emut parpadeó, un pánico primigenio comenzaba a reptar en sus entrañas.

Se irguió, y pasmado, contempló al hombre que tenía enfrente.

— ¿No estaréis sugiriendo que nos adentremos en esa madriguera? — balbuceó con una mueca que apretó la cicatriz en su rostro.

Los orbes de Argoth se convirtieron en pozos insondables. Sostuvo la mirada de su compañero y se alzó de hombros, restándole importancia a lo que acababa de escuchar.

—No espero que vengáis conmigo —confesó con un tinte de reproche—. Por el Señor de la Forja que desconozco los horrores que se ocultan tras esa colina, pero se lo debo a Tarus, Ebrahim y a todos los desdichados que pronto serán pasto de los buitres. —Recorrió con la vista el desastre que le rodeaba y se giró de nuevo hacia su interlocutor—. Los dioses me han arrastrado hasta este erial, y ahora comprendo que el destino me espera en esa dirección. —Señaló el altozano con el mentón.

—Puedo ver que el calor os ha hecho enloquecer —musitó su compañero, apretando los rasgos con severidad.

Un extraño gesto iluminó la faz del hachero.

—Si no os vuelvo a ver —exclamó con una sonrisa melancólica—, os deseo una larga existencia.

—Los dioses favorecen a los dementes —le reprochó el mercenario con amargura—. Espero que reconsideréis vuestra decisión y retornéis conmigo a la fortaleza.

Argoth aseguró la segur sobre su espalda, revisó de nuevo las correas del peto y se acomodó las grebas y los brazales. Al ver la determinación impresa en los ojos de su compañero, Emut comprendió que nada le haría cambiar de parecer.

—Sois un buen luchador —aseguró el portador del hacha, aferrándole el brazo con vigor—. Ha sido un honor luchar a vuestro lado.

Emut tragó saliva y asintió. Se sorprendió al sentir la fuerza de hierro que palpitaba bajo aquellos músculos curtidos por el sol.

Entonces, sin mirar atrás, Argoth el errante enfiló por el árido sendero que conducía hacia la montaña. Emut le siguió con la vista hasta que desapareció entre los florecimientos rocosos que llenaban el valle, dejándole una dolorosa punzada en la boca del estómago.

IV

EL GUERRERO UTILIZÓ EL ABRIGO de los roquedales para alcanzar las escarpadas faldas de la colina. Se agazapó en la sombra y estudió con detenimiento el paraje que tenía enfrente. Después de un buen rato, descubrió un tortuoso sendero que se insinuaba entre los peñascos que descollaban a orillas del risco. Al acercarse, advirtió que aquellas rocas eran los remanentes de lo que alguna vez fueron las efigies de los guardianes de Marj-Khabev. A pesar del paso de los eones aún conservaban un aire macabro que consiguió apretarle el corazón. Se desentendió de aquellas espeluznantes moles y fijó la atención en los desgastados escalones que conducían hasta la cima. Respiró hondo y rogó la protección del Señor de la Forja antes de poner pie en aquel lugar impío.

Después de media clepsidra, alcanzó su meta. Se dejó caer sobre el firme y agradeció la súbita corriente que apaciguaba el sofoco que le embargaba. Desplazarse en aquel calor infernal había multiplicado sus esfuerzos. Bebió un largo sorbo de agua y admiró el paisaje que se abría ante sus ojos. Leguas de blancas arenas dominaban aquel yermo hasta donde alcanzaba la vista. Sin embargo fue el espectáculo que le esperaba al otro lado del cerro el que le dejó mudo. Enraizada sobre un extenso terraplén, se encontraban los restos de una muralla, y tras ella, sobresalían decenas de agujas de piedra negra que se erguían orgullosas por encima de las cúpulas y los edificios devorados por las arenas. Aquí y allá, asomaban minaretes y torres derruidas que aún conservaban las cicatrices de la milenaria guerra que había puesto fin al tiránico reinado de Ulgthur-Khan. Argoth estaba impresionado. Durante su constante deambular no había visto nunca una urbe de tales características. Hasta las capitales imperiales del oeste palidecían ante la grandeza de aquella metrópoli pérdida. Pero todo aquello pasaba a un segundo plano al percibir el aura de malignidad que parecía tejerse a través de los muros y atalayas abandonadas, como una red de invisible oscuridad.

El hachero avanzó con cautela, consciente de que cualquier cosa podría suceder desde aquel momento. Un creciente desasosiego le apretaba el corazón a medida que se adentraba en aquellos vestigios. Sus propias pisadas resonaban como tambores de guerra en medio de aquel agobiante silencio. Tras dejar atrás un grupo de sinuosas callejuelas, se encontró en medio de una plazoleta circular, adornada con estatuas de bronce. Un temor primigenio le revolvió las entrañas al contemplar aquellas formas monstruosas inmortalizadas en metal. Alejó la atención de aquellas herejías y buscó una vía que le condujera hasta centro de la urbe, utilizando como guía las imponentes agujas negras que sobresalían por encima de las ruinas. Algo le aseguraba que allí hallaría lo que buscaba. Después de un buen rato, sus esfuerzos se vieron recompensados con las huellas frescas que encontró sobre la arena. Sin perder de vista aquel rastro, se deslizó como un lince a través de los rincones oscuros que le ofrecían los edificios abandonados. Se pegó a un muro repleto de frescos. Estudió aquella pintura pálida y desconchada, y se agitó ante las escenas de espantosa mutilación que representaban. Entonces sus aguzados instintos se dispararon al advertir una presencia cercana. El inconfundible efluvio de los cuerpos humanos llegó hasta sus fosas nasales. Se agazapó tras un soportal y siguió con la mirada a los sujetos que doblaban la esquina. La ira le caldeó el corazón al reconocer las túnicas y los turbantes de los asesinos de sus camaradas. Apretó la empuñadura de la daga y esperó a que desaparecieran por una calleja que conducía hasta el centro de la urbe.

El grupo dejó atrás la vía adoquinada y se adentró en una inmensa explanada, circundada por media docena de minaretes profusamente tallados. En medio de aquella plaza, se elevaban las imponentes agujas que dominaban la ciudad. Argoth aguantó el aliento al advertir el horror silencioso que palpitaba en aquellas macabras construcciones. De inmediato comprendió que el aura perversa que cobijaba a Marj-Khabev provenía de aquel lugar. Algo se revolvió en su interior al contemplar la posibilidad de ingresar allí. Encajó la mandíbula y se maldijo por aquel ataque de debilidad.

Su atención se centró entonces en los sujetos que aparecían por el lado opuesto de la explanada, arrastrando consigo a los supervivientes de la caravana. Una oleada de indignación le abrumó. De manera inconsciente aquel ardor consiguió doblegar el temor que le roía las entrañas. Se vio poseído de nuevo por una frialdad guerrera, y comprendió que debería encontrar la manera de ingresar al santuario a como diera lugar.

Después de una clepsidra, descubrió con frustración que las hojas se hallaban resguardadas por un nutrido grupo de bandidos. Las puertas no contaban con portones auxiliares, y en sus muros tallados no se apreciaban ventanales o troneras que pudieran usarse para acceder al interior. Sin saberlo, la fortuna le ofreció la solución a aquel dilema. Un gesto lobuno enmarcó sus facciones al percibir el eco cercano de unas pisadas.

Aquel miserable no tuvo oportunidad. Argoth brotó de la penumbra y le hundió la cabeza con un gran trozo de piedra. Apartó el despojo y se atavió con los harapos oscuros que portaba.

Ahora tendría que esperar la protección de las tinieblas para llevar a cabo su plan. Sospechaba que cualquier cosa que tramaran aquellos bastardos no llegaría a suceder hasta que cayera la noche, el momento propicio para ofrecer libaciones a los amos del inframundo.

Despertó con los jirones del atardecer enrojeciendo los muros de su improvisado escondrijo. El peso de la penumbra le aceleró la respiración. Se trataba de una lobreguez densa y nociva que le lamía los pies como una serpiente venenosa. El mutismo que reinaba por doquier aumentaba aquella aplastante sensación. Sin pensarlo, aferró la segur y perdió la mirada en los visos azulados y en las runas que parecían girar sobre el acero como diminutos microcosmos. Recordó la caligrafía impresa en el pergamino de Ebrahim, e intuyó que el metal que sostenía estaba ligado de algún modo con aquella ciudad maldita. Por alguna extraña razón, esta conclusión consiguió tranquilizar el desasosiego que le embargaba.

Era noche cerrada y el fulgor palpitante de las teas le devolvió la vida a las desoladas calles de Merj-Khabev. Los trémulos resplandores fueron apareciendo de todos los rincones hasta confluir en la inmensa plaza que coronaban las agujas negras. Las hojas de hierro labrado de la torre principal se abrieron de par en par, permitiendo el ingreso de la inquietante procesión.

Oculto en la penumbra, el hachero siguió con atención el recorrido de las figuras embozadas. Su mente trató de imaginar la magnitud de los ritos que se llevaban a cabo en aquel sitio durante los días de oscuro esplendor. Se agitó al pensar en los miles de desdichados que fueron inmolados en los sacrílegos altares de Etzahel. Sin duda aquellas hojas tachonadas fueron una de sus últimas visiones. Alejó estos pensamientos y esperó el momento adecuado para unirse a la siniestra romería.

Cubierto bajo el embozo, consiguió librar a los sujetos que custodiaban las puertas y adentrarse en la nave principal de la catedral. Sus ojos se toparon de inmediato con los paneles de mármol negro que llenaban los muros. Las teas y los braseros creaban inquietantes sombras en los soportales tallados. La sangre se congeló en sus venas al vislumbrar la titánica efigie del Dios Lobo, anclada sobre un nicho en la pared. La imponente representación de Etzahel estaba tallada en granito y portaba grebas, brazales y escudo de oro. En la diestra portaba un alfanje de metal oscuro que le recordó el hacha que pendía de su espalda. El guerrero sintió un escalofrío al advertir los ópalos que ardían sobre la testa lobuna de la deidad. Por un momento creyó ver en ellos un resplandor de vitalidad.

Se desentendió de aquella turbadora imagen y se dejó llevar por el rebaño que le arrastraba hasta el fondo del recinto. Giró la cabeza y contempló con horror el altar que se levantaba a los pies de la estatua. Aún conservaba trazas oscuras de la sangre vertida tiempo atrás. Continuó avanzando hasta que los adoradores del mal se esparcieron entre las gradas que rodeaban el ara. Una piscina de brea ardiente les separaba de las macabras ceremonias que allí se desarrollaban.

Argoth se despegó del grupo principal y recorrió los extensos pasillos que le rodeaban. Estaba seguro de que el acceso a las cámaras internas del templo se hallaría muy cerca de allí. Entonces, sus instintos le obligaron a volver los ojos hacia los sujetos que se acercaban con un arcón de cedro. Su corazón dio un vuelco, se trataba de mismo cofre que había visto en el carromato de Ebrahim. Enfiló en aquella dirección sin dudarlo.

Los porteadores se adentraron por un pasillo disimulado entre los braseros, para luego doblar un recodo e internarse por una vasta galería. El hachero les siguió los pasos. Al adentrarse en aquel pasaje, se vio asaltado por una podredumbre añeja que le provocó una arcada y dejó el sabor de la bilis en su boca. Se detuvo al captar el latido de las teas situadas al otro lado del recodo. Escuchó un leve murmullo y el crujido de una pesada puerta. Sonrió con fiereza, sin duda se trataba de lo que estaba buscando. Un centinela ataviado con una cota de cuero custodiaba el pasillo. Apretó los labios y avanzó con decisión. Al verle, el guardián frunció el ceño y le cerró el paso con actitud amenazante.

—Regresad por dónde habéis venido antes de que me enfade —gruñó con cara de pocos amigos, blandiendo una pica—. Este pasaje está reservado para los sacerdotes.

Argoth asintió y continuó caminando.

—¡No me habéis escuchado, imbécil! —Fueron las últimas palabras que salieron de su boca antes de que el acero le cercenara la garganta. El guerrero saltó como un tigre y le redujo antes de que pudiese reaccionar. Ocultó el cadáver en un pasaje adyacente y apagó la tea para que nadie descubriera el rastro sangriento que ensuciaba el corredor.

Tras la puerta, se abría una estrecha escalinata cubierta de verdín. El olor mohoso infectaba el aire haciéndole casi irrespirable. Argoth se deslizó con cuidado, midiendo cada movimiento, consciente de que se encontraba en las entrañas del cubil maldito. Si era descubierto, no tendría la menor oportunidad de blandir el hacha y se encontraría en graves problemas. Con esta inquietud, alcanzó el rellano de las escaleras. Enfrente se hallaba otro pasillo. Un lugar amenazador, iluminado por el fantasmagórico resplandor nocturno que se filtraba por la parte superior. Aquí, la maldad que pervivía en la torre se sentía con más fuerza. Pero Argoth no se inmutó, sus sentidos le habían convertido en un depredador y las emociones humanas apenas podían tocarle. El poder que le otorgaba el Hacha había tomado el control y le hacía sentir invencible.

Avanzó pegado al muro, evadiendo la tenue caricia lunar. El súbito roce del acero contra la tela le obligó a buscar el cobijo de la oscuridad. Se deslizó por una tenebrosa tronera y captó las siluetas de los sujetos que habían traído el arcón. Imaginó con horror que regresarían por el mismo camino y darían la alarma al no encontrar al centinela. No obstante, la fortuna le sonrió de nuevo al ver cómo desaparecían por un pasaje contiguo a las escaleras. Se disponía a abandonar el escondite cuando un leve susurro llegó a sus oídos. Aguzó los sentidos y captó la suave cadencia de una voz femenina. Respiró hondo y se internó aún más en aquella claustrofóbica abertura. Después de unos latidos se topó con un débil fulgor proveniente de la pared. Se trataba de un diminuto ventanuco desde el cual se podía apreciar una habitación alumbrada por dos braseros. El penetrante aroma de la mirra llenó las fosas nasales del hachero. Sus músculos se tensaron al descubrir las dos figuras que se abrazaban con pasión en el centro de la estancia.

—Ya basta —protestó la mujer, alejándose del hombre de piel cetrina que se resistía a soltarla. Un sujeto joven con rostro de halcón y ojos crueles. Sin duda, el mismo que había organizado el asalto a la caravana. El aludido soltó una carcajada y al fin dejó escapar a su deliciosa presa.

—Nunca bastará, Zalema —replicó con un pesado acento oriental—. Después de obtener el Cristal seréis mía para siempre. No sabéis la agonía que me aquejaba en las noches al imaginar que yacíais con ese viejo asqueroso. No sé por qué me habéis arrebatado el placer de cortarle los genitales y quemarlo vivo.

Una sonrisa gélida se materializó en los atractivos rasgos de la fémina. Con un gesto lujurioso se arrojó sobre aquel sujeto y le besó con pasión.

—Era necesario, Nazum —replicó, apretándose contra la cota escamada y rodeando el cuello de su amante—. Ebrahim poseía el mapa verdadero. Tuve que yacer con él para ganar su confianza.

Argoth trataba de controlar la ira que le impulsaba a romper la pared y arrojarse sobre aquellos mal nacidos.

Entonces la mujer volvió la vista hacia el paredón y el hachero se estremeció al advertir el magnetismo que expedía aquella mirada. Por un momento imaginó que podría traspasar la piedra y descubrirle.

—¿Qué os sucede? —inquirió Nazum, atrayéndola con firmeza.

La mujer se alejó con brusquedad, la tensión asomaba en las delicadas líneas de su rostro.

—La ansiedad —confesó con un suspiro, encarando de nuevo a su amante—. Esta noche haremos realidad los designios de nuestros antepasados.

El sujeto de piel cetrina enarcó los labios con altivez.

—El mundo volverá a temer el nombre de Merj-Khabev y a los descendientes de los sacerdotes —exclamó con orgullo—. El imperio renacerá de sus cenizas.

—Para ello necesitamos el poder del Cristal de Sangre —replicó Zalema con inquietud—. Sin la gema nuestro sueño habrá terminado antes de iniciar.

—¿Aún le teméis al Guardián? —Nazum arrugó la frente, sus rasgos se contrajeron en una mueca mordaz—. No es más que un sirviente de nuestros predecesores —protestó—, no tiene el poder para negarnos lo que por derecho nos pertenece. —Acarició la empuñadura del alfanje con ira contenida—. En caso contrario, le ofreceré la sangre de mis propios hombres si es necesario.

La mujer esbozó un gesto enigmático y se volvió hacia el arcón que contenía el tocado sacerdotal.

—Espero que el sacrificio de los prisioneros sea suficiente para saciar la sed del protector de la gema —aseguró con frialdad. Nazum permanecía en silencio, admirando las libidinosas formas de su amante al ser acariciadas por el suave resplandor de los braseros.

—La hora ha llegado. —El duro tono de Zalema le arrancó de aquella ensoñación—. Preparad la ceremonia —continuó sin volverse.

El guerrero asintió y abandonó la estancia sin pronunciar palabra.

Argoth escuchó los pasos alejándose por el corredor. Miró a la mujer y una punzada gélida en la boca de estómago le advirtió que la muerte camparía a sus anchas aquella infame noche.

V

EL HACHERO EMERGIÓ EN EL PASILLO y siguió con cautela los pasos de la fémina. Sin perder de vista la estela de las antorchas, se introdujo en una apretada escalinata que desembocaba en un amplio portal, tallado con escenas dantescas. La tea que ardía sobre el muro dotaba de un aura espectral aquellos inquietantes grabados, plagados de figuras demoníacas. Los ojos del guerrero se clavaron entonces sobre la mujer y su comitiva mientras desaparecían a través del umbral. Al verles aparecer por encima de la tribuna, un clamor colérico brotó de los encapuchados que colmaban el templo. Con un estremecimiento, Argoth comprendió que aquel rito impío estaba a punto de iniciar. Se arrastró hasta el acceso y contempló con asombro el espectáculo que se abría ante sus ojos.

El altar se encontraba al menos ocho codos por encima de las graderías, y era separado de éstas por la piscina de brea ardiente. En medio del ara, se encontraba una abertura circular de la cual sobresalía una pesada cadena de bronce que pendía del techo. Un viejo puente de madera comunicaba el portal con la tribuna del altar. Abajo, la brea chisporreteaba enfurecida y amenazaba con devorar la estructura del vetusto pontón.

La algarabía impulsó a Argoth a volver la mirada hacia los miserables que eran arrastrados hasta el altar. Apretó los dientes al reconocer a los supervivientes de la caravana. Algunos apenas podían caminar y eran azotados sin misericordia por unos sujetos ataviados con pieles de lobo. Fueron izados hasta la plataforma a través una escalerilla que emergía de las gradas.

Entonces un crujido espeluznante retumbó en los muros y aceleró la respiración del hachero. Se trataba de un traqueteo lento y pesado que parecía surgir de las mismas entrañas del averno. Los eslabones de bronce se movieron por primera vez en siglos, y desde el fondo del estanque, surgió una roca que palpitaba como un gigantesco corazón.

Argoth sintió una punzada y percibió el calor que emanaba la hoja que aferraba entre los dedos, señal inequívoca de la macabra corrupción que latía en el desconcertante objeto que emergía de las flamas.

El pedrusco encajó en la abertura con un crujido seco y una luz cobró vida en su interior. De inmediato una iridiscencia sangrienta bañó los muros del edificio, sumiendo a los presentes en un silencio sepulcral. El fulgor maligno del Cristal de Sangre despertaba después de miles de años. Hipnotizados por el poder de la joya, los adoradores de Etzahel cayeron de rodillas y clamaron los obscenos nombres de los señores de las catacumbas.

Argoth sintió el poder electrizante del Hacha Negra recorriendo cada fibra de su cuerpo. Contempló con turbación el resplandor enloquecido de las runas, e imaginó que la hoja se resistía a su dominio, influenciada por el poder de aquella alhaja infernal. Aferró el mango, aguantando las oleadas de dolorosa energía que le mordían la piel, hasta que consiguió doblegar toda resistencia. De nuevo, era uno con aquel metal oscuro, una comunión forzosa que tan sólo los dioses podían entender.

En ese instante la mujer se libró de la capa escarlata y develó su cuerpo desnudo. Los ojos del hachero recorrieron aquellas formas sinuosas. Se detuvieron en los senos turgentes y las nalgas firmes sobre las que se derramaba una cascada de cabello oscuro y brillante. Una escena irreal en medio de la podredumbre que reptaba aquellos muros malditos. Fascinado por esta mezcla de belleza y perversidad, contempló los caracteres curvilíneos que cubrían la figura sudorosa de la sacerdotisa. Parecían moverse como una serpiente oscura a través de su piel dorada, mientras iniciaba una extravagante danza alrededor del sujeto que había sido atado a la cadena, con la loza refulgiendo bajo sus pies. Hipnotizado por el inquietante cántico que brotaba de las graderías, el cautivo seguía los frenéticos movimientos de la mujer con una mezcla de horror e impotencia. La sacerdotisa se desplaza de un lado para otro en medio de un lascivo bailoteo, al tiempo que la monserga de sus seguidores hacia eco en las paredes de piedra, cobrando cada vez más fuerza. De pronto, sin previo aviso, el cántico se detuvo en su punto más álgido y la mujer cayó rendida ante el prisionero.

Argoth apretó los dientes al ver cómo uno de los sujetos ataviado con pieles rebanaba el cuello del pobre diablo. El cuerpo de aquel desdichado se revolvió de manera grotesca al tiempo que la sangre bañaba la loza que soportaba su peso. Por unos momentos le pareció que aquella endemoniada piedra resplandecía con intensidad al contacto con la linfa enrojecida. Horrorizado, vio a otro de los cautivos siendo arrastrado hacia el Cristal, a la vez que el despojo de su compañero era arrojado sin miramientos a la alberca de brea.

Algo en el interior del hachero se revolvió con vigor. Era consciente de que estaba en franca desventaja, pero no podía permitir que aquellos inocentes fuesen sacrificados con tal vileza. Contempló los rostros aterrados de los que aún seguían con vida y comprendió que había llegado el momento de actuar.

Aferró el Hacha Negra y respiró el aire enrarecido por el alquitrán ardiente. Elevó una plegaria al Señor de la Forja y se arrojó sobre la endeble plataforma que le separaba del altar, sin medir las consecuencias.

La sacerdotisa ya se preparaba para iniciar el macabro rito nuevamente, cuando el crepitar del maderamen le obligó a girar la cabeza. El corazón le dio un vuelco al vislumbrar al impresionante guerrero que arremetía sobre ellos como un león enfurecido. El miedo le atenazó las entrañas al advertir el fulgor sobrenatural de la hoja que apretaba entre los dedos. Por un latido creyó reconocer los salmos oscuros impresos en aquel acero negro y brillante. Quiso gritar, advertir a los suyos, pero la voz se negaba a salir de su aterrado pecho. Con el rabillo del ojo vio cómo sus secuaces se adelantaban para enfrentar aquella inesperada amenaza. Cubiertos con pellejos lupinos, saltaron blandiendo sus espadas cortas. Argoth evadió el primer embate y soltó el peso del arma sobre la cabeza del segundo atacante. El cráneo desapareció en medio de una explosión de sangre y sesos. Se volvió con presteza y segó las piernas del primer rival. El sujeto rodó convertido en una masa sanguinolenta, aullando de dolor. El hachero no tuvo compasión y le empujó hacia las llamas que le esperaban con ansiedad en el fondo del estanque. Mientras tanto, la muchedumbre que colmaba las gradas rugía enloquecida y trataba sin éxito de alcanzar la tribuna del altar.

Con la ira mordiendo sus sienes, volvió la vista hacia la estupefacta sacerdotisa. Sintió un macabro placer al verle allí, completamente indefensa y destilando odio en su mirada. Entonces escuchó los gritos que colmaban el pasillo que había utilizado para acceder al altar. Sin perder tiempo, corrió hasta la plataforma de madera y advirtió los rostros enloquecidos que asomaban a través del umbral. Reconoció al guerrero con rostro de halcón dirigiendo aquella turba sedienta de sangre. Dejó caer la segur sobre la endeble estructura y vislumbró el espanto en los atacantes que se disponían a cruzarla. Una intensa agonía le arrebató el aliento al sentir el filo que se sumergía en su hombro izquierdo. Estremecido, apretó los dientes para encajar el grito que palpitaba en sus entrañas. Al volverse se enfrentó con los rasgos apretados de Zalema. La locura ardía en aquellos ojos oscuros al blandir con agilidad un estilete enrojecido. Argoth evadió otra acometida que por poco le alcanza los genitales. Exasperado, captó los movimientos del enemigo mientras la mujer le obligaba a hacerle frente. La sangre manaba desbordada a través de la herida y el dolor aumentaba la furia que ardía en su interior. La fémina arremetió con desesperación, animada por el arribo de sus camaradas a través del pontón. El guerrero fintó hacia la derecha y sus dedos de hierro se cerraron con furia sobre el brazo que portaba la daga. Los ojos de la mujer se abrieron como platos al salir volando sobre el altar y estrellarse contra la cadena, como si se tratara de un muñeco de trapo.

El hachero se desentendió de la sacerdotisa y se volvió para enfrentar un peligro más acuciante. Su semblante palideció al ver cómo un sujeto se le echaba encima, enarbolando una cimitarra. Rodó hacia el frente y evadió un tajo que le hubiera destrozado la cabeza. Entonces, los rasgos de su atacante se deformaron en un rictus agónico al tiempo que se desvanecía con el asta de una flecha asomando por la espalda. Estupefacto, giró la mirada en busca del arquero que le había salvado la vida. Otro proyectil brotó de la sombras y se hincó en el pecho del encapuchado que pretendía cruzar la plataforma. El miserable se precipitó a las llamas en medio de un clamor desgarrador.

—¡Emut, bendito bastardo! —rugió Argoth con gesto fiero. Afianzó la segur y gritó enloquecido mientras hacía trizas las bases del pontón. Sus músculos se tensaban como cuerdas de acero y se teñían con el fulgor corrupto de la gema roja. La madera gimió y se sumergió en la poza ardiente, arrastrando consigo a media docena de miserables que no pudieron recular hasta la escalinata. Por un momento, sus ojos de hielo se encontraron con los rasgos descompuestos del amante de Zalema. El odio y el desconcierto asomaban en el rostro de Nazum.

Argoth encajó la mandíbula y corrió a auxiliar a los caravaneros que intentaban librarse de sus ataduras con desesperación. Los seguidores de la oscuridad se arremolinaban enfrente de la improvisada escalera que emergía de la gradas, pero las saetas del misterioso arquero cobraban un alto tributo a todo aquel que intentaba poner pie en la tribuna.

—¡Daos prisa! —les urgió el hachero a los aterrorizados supervivientes—. Las flechas de Emut no durarán para siempre. —Se volvió, buscando con urgencia la manera de abandonar aquel condenado lugar. De lo contrario tendría que abrirse paso entre la muchedumbre enloquecida que se agolpaba al borde del pozo, decidida a destrozarle con sus propias manos.

Entonces su corazón dio un vuelco al sentir un fuerte temblor bajo sus pies. El griterío de los encapuchados cesó y un manto de horror sobrenatural apagó su pasión asesina. Argoth sintió un nudo en la garganta al advertir el resplandor que manaba de los ópalos de la efigie del Dios Lobo. La figura de granito se cuarteó, y de manera imposible, las extremidades de piedra comenzaron a moverse con un espeluznante crujido. Los testigos de aquel prodigio retrocedieron, sin apartar la vista del espantoso espectáculo.

—¡El Guardián…habéis despertado la ira del Guardián! —jadeó Zalema con pánico primigenio.

Argoth amasó todo el valor que pudo reunir y afianzó con vigor la segur. Las runas se revolvían enloquecidas sobre aquel mar de acero, mientras la adrenalina amenazaba con hacerle estallar las venas.

La horrenda testa lobuna se agitó y dejó escapar un potente rugido que hizo cimbrar las paredes del templo. Esto fue suficiente para disparar el pánico entre la muchedumbre que se agolpaba en las tribunas. Los gritos retumbaron por doquier y la estampida humana enfiló hacia las hojas, en un intento angustioso por abandonar la catedral.

La abominación abandonó el nicho y aterrizó en medio de la aterrada multitud. El crujido de los huesos reventados se mezclaba con los aullidos de pánico y sufrimiento, produciendo un eco espeluznante que se multiplicaba en los muros. El ente blandió el alfanje que portaba y deshizo sin misericordia los cuerpos que se apretujaban ante las puertas. Una y otra vez dejó caer aquella hoja impía, hasta que no quedaron más que retazos irreconocibles de lo que alguna vez fueron seres humanos.

Argoth contemplaba aquel horror desde lo alto del altar. Apenas podía asimilar el caos que se desencadenaba alrededor. Un escalofrío lamió su espina dorsal al ver cómo el engendro volvía la atención hacia ellos. No eran más que insectos ante aquella aberración. La efigie abrió un sendero de muerte entre los desdichados que intentaban escapar. A continuación destrozó el muro del estanque y desbordó el líquido ardiente sobre las tribunas, acabando así con los que insistían en seguir viviendo.

Paralizado por el miedo, Argoth apenas pudo reaccionar ante la brutal acometida de la granítica bestia. Ésta dejó caer el puño sobre la tribuna y un gran trozo se desplomó sobre las graderías, aplastando a un par de infortunados caravaneros.

Impotente ante el aterrador poder de aquella cosa, el guerrero reculó sin saber qué hacer. Giró la vista y descubrió a Zalema arrastrándose hacia el borde que lindaba con el pontón destruido. Más allá, se hallaba la seguridad de las escalinatas. Pero sin el puente, sería imposible librar la distancia que les separaba de ellas. El guerrero aferró a la mujer y le obligó a ponerse de pie. Una mezcla de desolación, odio y orgullo brillaba con intensidad en sus pupilas.

—¡Mi único consuelo es que os arrastraré conmigo hasta los infiernos! —le desafió la sacerdotisa con altivez.

Argoth apretó los dientes y se pasó la mano por el rostro sudoroso. Hizo caso omiso de dolor que palpitaba en su hombro y fijó la atención en la criatura que se izaba con lentitud sobre el altar. Los ópalos que ardían en la testa de piedra refulgían con una corrupción más allá de todo entendimiento humano. Presa de la ira, apretó la garganta de Zalema y le devoró con una mirada asesina que le hizo estremecer. Ya nada le importaba, si iba a morir, acabaría primero con aquella hembra maldita.

—El Cristal… el Cristal…—balbuceó la mujer, intentando librarse de la presa de hierro que la sofocaba con calculada lentitud. Enfrentar la descarnada realidad de la muerte consiguió debilitar su resistencia.

—¡Hablad, por todos los dioses, hablad! —espetó el hachero al captar la angustiosa súplica. Algo en su fuero interno le anunciaba que aquella arpía era su única tabla de salvación.

La moza tomó una bocanada de aire enrarecido y un fulgor apremiante apareció en sus rasgos apretados.

—¡Destruid el Cristal! —exclamó con premura, aferrando el antebrazo de guerrero. —Contempló con morbosa fascinación las runas grabadas en la cabeza del hacha y añadió—: Si algo puede acabar con el corazón de Merj-Khabev, es el arma que portáis. Tan sólo un instrumento de las sombras puede acabar con el mismo poder que le ha forjado.

La estructura del altar se agitó con violencia al soportar el peso del titán rocoso. Argoth aguantó el aliento y fijó la vista en la joya que infectaba con su luz nociva el centro de la plataforma. El corazón del hachero latió con vigor al enfrentar los orbes de la abominación, el poder de la oscuridad se revolvía como un huracán en su interior. Se desentendió de aquel pensamiento y enfiló hacia la piedra. El engendro pareció adivinar sus intenciones, puesto que dejó escapar un espantoso gruñido y soltó un tajo que destrozó la pesada cadena bronce. Argoth rodó hacia adelante con agilidad, evadiendo la lluvia de gruesos eslabones que por poco le arranca las piernas.

—¡Regresad a vuestro cubil, bestia maldita! —rugió, descargando un potente golpe sobre la gema enrojecida. Hubo una explosión de luz y el hachero salió despedido por los aires. Sus músculos se contrajeron en un doloroso espasmo al sentir el inconmensurable poder que yacía en el interior de la piedra. Mientras todo alrededor se mecía como un navío a punto de naufragar, miles de rostros desfilaron por su mente en una procesión de aterradoras imágenes que le empujaron al borde de la locura. Entonces sus ojos se abrieron y el aire llenó de nuevo sus pulmones. Se irguió con esfuerzo y buscó al engendro de piedra. La efigie se movía con torpeza, lanzando tajos a diestra y siniestra y desmoronándose con lentitud. Los labios de Argoth se curvaron en un gesto lobuno, la certeza de la extinción se alejaba de su corazón. Aferró el Hacha Negra y sintió aquel poder revitalizando cada fibra de su cuerpo. Contempló el Cristal y advirtió la brecha sangrienta que asomaba en la parte superior. Aspiró con fuerza y dejó caer la segur, una y otra vez, hasta que la piedra roja se desquebrajó a sus pies y la maldad que palpitaba en su interior se extinguió para siempre, dejando tras de sí una espesa oscuridad.

El guerrero recordó a Zalema, y sus ojos la buscaron con recelo. La condenada bruja había aprovechado la confusión para escapar de sus manos. Sin embargo, algo en su fuero interno le advertía que sus caminos volverían a cruzarse alguna vez. Abrumado por un profundo vacío, contempló el dantesco espectáculo que reinaba por doquier. Su instinto le obligó a volver la atención hacia la escalinata. La inconfundible estampa de Emut asomaba en el umbral. El carcaj que colgaba de su cintura aún conservaba media docena de saetas. Sin embargo, fue la expresión cenicienta del mercenario lo que consiguió alarmarle. Giró la cabeza y quedó frío ante lo que veían sus ojos.

Enfrente de ellos se encontraban miles de seres fantasmales que flotaban sobre los cuerpos desmembrados de los seguidores del mal. Hombres, mujeres y niños que les contemplaban en un agradecimiento mudo y conmovedor.

Entonces Argoth comprendió que se trataba de las almas de los inocentes sacrificados en aquel altar impío. La destrucción del Cristal había liberado sus almas de siglos de esclavitud. Estupefactos, contemplaron en silencio aquel cortejo espectral mientras cruzaba los soportales de su milenaria prisión para regresar al mundo de los muertos.

Abandonaron las ruinas de Merj-Khavev sin volver la vista atrás, y preguntándose si alguna vez podrían borrar de sus mentes los horrores y maravillas que habían experimentado en aquel lugar maldito.

José Luis Castaño Restrepo. Relato Incluido en Amanecer Pulp 2013. Ebook Gratis

Sobre el Autor

José Luis Castaño Restrepo

José Luis Castaño Restrepo

Amante de las letras y furibundo seguidor de todo lo relacionado con la épica y la aventura pulp. Sitio Web: Argoth el errante
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