Clásicos

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Las Cucharas de Mono. Mary Elizabeth Counselman (1950)

«The Monkey Spoons» por Mary Elizabeth Counselman. Weird Tales (May. 1950)

Con este relato inauguramos oficialmente la lista de seleccionados para «Maestros del Pulp 3» y, la verdad, me extraña muchísimo que haya permanecido inédito en español hasta el día de hoy, lo cual me llena de satisfacción, por descubrirlo, pero también me inquieta. Tiene que existir alguna traducción previa, solo que yo no la habré encontrado, porque el relato es muy bueno. Bien, ¿y qué tenemos aquí? Pues nada menos que una excelente escritora y sin duda uno de los pesos pesados dentro de la división femenina de Weird Tales: C. L. Moore, Leigh Brackett, Margaret St. Clair, Allison V. Harding, G.G. Pendarves, Greye La Spina, y, como decimos, Mary Elizabeth Counselman; escritora estadounidense que se hizo muy famosa con uno de sus cuentos: «The Three Marked Pennies (1934)», que podemos encontrar traducido en multitud de antologías, sin embargo la autora escribió muchos más. «The Monkey Spoons», que traducimos como «Las cucharas de mono» es un relato rápido, sin adornos superfluos que puedan aburrir al lector. Los ingredientes son característicos, un anticuario, unos jóvenes despistados, y un extraño objeto sobre el que recae todo el peso de la trama. Un tópico que habremos visto cientos de veces, pero siempre hay sitio para una más, sobre todo cuando la historia está bien contada —el comienzo me ha recordado a La Historia Interminable, de Michael Ende; y, como no, a cualquier episodio de Historias de la Cripta—. Debo decir que, de entrada, eso de las «cucharas» me cogió un poco con el pie cambiado, pues no tenía ni idea de a qué demonios se referían. Lo cierto es que se trata de un objeto funerario conmemorativo que solían utilizar los colonos holandeses afincados en Estados Unidos, cuya forma recordaba un poco a la de un mono. Más información aquí: SpoonPlanet. Nunca te acostarás, sin aprender una cosa más; ¿verdad? Espero que disfrutéis el cuento, porque está muy bien. NOTA IMPORTANTE: Obra traducida por EMILIO JOSÉ IGLESIAS FERNÁNDEZ ©, sujeta a derechos de traducción (Todos los derechos reservados); y que será incluida en el próximo número impreso de «Maestros del Pulp». Nota: Si alguien sabe de alguna traducción previa a la nuestra, por favor, decídnoslo; y si la estás leyendo en otro sitio, que no sea este, o en nuestras publicaciones, también.

LAS CUCHARAS DE MONO. Mary Elizabeth Counselman (Weird Tales, 1950)

LA PEQUEÑA TIENDA parecía haber adquirido para sí la esencia mohosa y carcomida de todos los muebles y reliquias que tenía en venta. Había un olor omnipresente de moho y madera en descomposición. Las motas de polvo se agitaban dentro de un rayo de luz cada vez que la puerta de la calle se abría, junto al tímido tintineo de una campanilla sobre la cual, con suaves letras doradas, podía leerse: «ANTIGÜEDADES JONATHAN SPROULL».

Los tres jóvenes que entraron, cogidos por el brazo, semejaban tan fuera de lugar en la tienda como lo estarían tres críos en una junta de negocios. La chica, una morena vivaz con un gran solitario de diamantes en la mano izquierda, entrelazaba los dos muchachos que iban con ella: uno era muy alto, con un aspecto rubio estilo nórdico y de apariencia tranquila; el otro, en cambio, era bajito, delgado, inquieto, moreno y con rasgos ligeramente afeminados. Se detuvieron por un momento, riendo y charlando juntos, pero en tono bajo, como si estuviesen subyugados por la atmósfera de aquella vieja tienda.

—No, no; tres anillos no, Bob. Los anillos son demasiado vulgares —protestó la chica—. Hemos venido a buscar algo original, ¿eh, Alan? Algo muy especial que nos una a los tres para siempre; como a Los Tres Mosqueteros, en un recuerdo eterno…

Sus palabras se interrumpieron de repente, seguidas de un grito ahogado. Fue entonces cuando apareció en escena un extraño personaje; un pequeño hombrecillo, una especie de gnomo, viejo, encorvado, giboso y lleno de arrugas, que en ese momento había abandonado el agujero sombrío en el que se ocultaba, en la parte trasera de la tienda. Su aspecto, en un primer momento, resultaba muy similar al de una araña, hasta que sonrió. Sus ojos, grandes y marrones, brillaban con alegría.

—Escuché, por casualidad —dijo él, con voz suave y amistosa—, que estáis buscando un pequeño recuerdo, ¿verdad? —Y, en ese momento, sus ojos se fijaron de forma penetrante en la chica, aventurándose—: Pronto será el día de tu boda, ¿sí?

»Entonces, tú, y tu…, ¿tu hermano? —apostilló, continuando con sus conjeturas—, y tu prometido… ¿deseáis comprar algún objeto antiguo, por triplicado? ¿Quizás un vínculo para recordar vuestro amor?

Los tres muchachos se miraron los unos a los otros, boquiabiertos.

—¿Cómo? ¡Sí! —la chica sonrió—. ¡Debes de ser adivino!

—Observación; meramente observación y deducción —el viejo propietario de la tienda se rio con amabilidad—. ¡Tengo poco trabajo por aquí, peor suerte y mucho tiempo para meditar! Ahora… ¿Qué tenéis en mente? ¿Tres cajitas decorativas idénticas, tal vez? ¿Siglo XVII? O…, ¿por qué no unos medallones del Renacimiento italiano, con vuestras fotos? Dispongo de algunos que se abren en tres secciones.  Dos de ellos podrían llevarse como relojes de bolsillo, por supuesto —sonrió a los muchachos, tan diferentes entre sí, pero que congeniaban a la perfección.

Le devolvieron la sonrisa, vagando, curioseando entre mesas atiborradas de muestrarios y un sinfín de objetos de todo tipo, tales como ruecas antiguas o morillos de bronce, y otros muchos; todos ellos recuerdos, vestigios de tiempos y generaciones pasadas. Ociosamente, se dirigieron a una vitrina de cubiertos de plata antigua: pinzas para el azúcar en forma de concha con adornos de oro y plata, tenedores de salmuera con pequeños demonios grabados en el mango, cucharillas de sal y elegantes cuchillos de mantequilla en forma de kris. La chica, sumida en una profunda fascinación, se alejó por su cuenta, curioseando aquí y allá, en absoluto silencio.

En ese momento, sus ojos se posaron sobre un pequeño y deteriorado estuche de terciopelo negro que se encontraba parcialmente visible, en un estante. Ella se acercó para abrirlo, y entonces gritó con entusiasmo:

 —¡Mira! Oh, Alan… ¡Bob, mira! ¡Encontré algunas cucharas de mono! —Llamó a su hermano y a su prometido, luego sonrió a través de la tienda al viejo propietario, sin advertir su repentina mirada de agitación—. Estas son cucharas de mono, ¿no es así, señor Sproull? Nunca he visto una con un mono bebiendo sobre el pomo; siempre suele ser algo más estilizado, un fauno o una calavera. Seguro que son muy antiguas.

Los dos muchachos fueron junto a ella, emocionados, atraídos por un divertido éxtasis fácilmente contagiable. Bob, el chico rubio miró a Alan, el moreno, y extendió sus manos de forma cómica, preguntándole:

—¿Qué demonios son las cucharas de mono? Alan, si vamos a montar nuestra propia tienda de antigüedades, necesitaré de tus conocimientos y los de Marcia, así que ya podéis informarme sobre esto…

AMBOS HERMANOS COMENZARON A EXPLICAR, a la vez, interrumpiéndose el uno al otro hasta que, entre risas, se dieron por vencidos. Entonces, de repente, el señor Sproull dio un paso adelante, moviéndose discretamente entre los tres jóvenes y la caja de terciopelo negro.

—Las «cucharas de mono» —explicó él tímidamente—, se ofrecían como regalos por parte de aquellos holandeses que, en tiempos pasados, las utilizaban para homenajear sus invitados más ilustres, o para conmemorar fechas señaladas respecto a sus parientes más cercanos, como parte de una tradición que se extendió hasta el siglo XVII. Fueron recuerdos de algún evento; un funeral, la mayoría de las veces, tal y cómo se puede apreciar en estos ejemplares tan exquisitos —dijo, al tiempo que, con suma habilidad, dirigió al trio hacia otro escaparate, cerrando el estuche de terciopelo negro tras él con un gesto furtivo—. Estas —señaló un juego de cinco unidades—, son típicas. Nótese el ancho, poco profundo, del cuenco estriado que forma la cuchara, de fina plata, con su imagen funeraria esculpida; observad ese hombre a caballo entregando las invitaciones con el cementerio al fondo. Y esta otra, la figura se parece a San Miguel, pesador de almas el Día del Juicio; y esta, tiene la imagen de un pobre afligido llorando sobre la urna cineraria…

 —¡Bah!, simples baratijas, ¿verdad? —Bob se echó a reír, apoyando una mano en el hombro de Alan y deslizando el otro brazo por la cintura de su novia—. ¿Quiere decir que se repartían estas cosas en los funerales, como flores en una fiesta?

—No exactamente —El señor Sproull sonrió—. Se colgaban alrededor del borde de la ponchera para festejar el «Dood Feest», o «Dia de los Muertos». Los irlandeses hacen algo parecido en sus velatorios, donde también comen y beben. Las cucharas llevan un sello de plata que solía colocarse en el centro del mango con el nombre del difunto, así como sus fechas de nacimiento y defunción. El mango suele ser delgado, ¿veis? El extremo final siempre es curvo, doblándose hacia atrás, parecido a cómo se rematan los violines. Y, sobre esta especie de gancho, es donde siempre se monta una figura de plata; unas veces un fauno, otras una calavera, o…

—O, ¿un mono? —preguntó la muchacha con entusiasmo—. ¿Por qué «cucharas de mono»?, señor Sproull —volvió a dirigirse a la caja negra y tomó una cuchara—. Siempre me he preguntado por qué se llaman así.

—Eso —el viejo comerciante se encogió de hombros—, es un enigma entre los expertos de antigüedades. Una teoría es que el mono era simplemente una invitación simbólica para participar de forma alegre y simbólica en el «Dood Feest»; es decir «comer, beber y divertirse», ya sabes… «emborracharse». Para esto los holandeses tenían una antigua expresión: «Zuiging der monkey».

—¡Ugh! —La delicada nariz de Marcia se arrugó mostrando su desagrado—. ¡Sin duda no querría que todo el mundo se emborrachase en mi funeral! ¡Basta con que se sienten alrededor y lloren sus penas con sobriedad, o de lo contrario no les daría sus cucharas de mono! ¡Recuérdalo, Bob! —Ella se rio y le dio un beso en la mejilla a su prometido.

—¡Silencio! —Su hermano, el más sensible de los dos muchachos, se estremeció visiblemente—. Marcia, ¡no seas tan morbosa! La gente no debería bromear sobre…

—¿Quién es morboso? —La niña se rio más alegremente, guiñándole un ojo a Bob—. ¡Oh, Alan, eres una nenaza! Ven y mira estas adorables cucharas de mono. Estas con los monos bebiendo son muy raras, ¿verdad Mr. Sproull? Solo hay estas tres…

Su rostro se iluminó, y se giró ante una idea repentina.

—¡Oh! ¿Por qué no elegimos estos objetos para nuestros recuerdos? Podría hacer que el mío se convierta en un pin para la bufanda, Bob. ¡El tuyo y el de Alan podrían ser como relojes de bolsillo, o quizás podríais soldarlos a una cajita de plata para cigarrillos! ¡Oh, las cucharas funerarias del viejo holandés! ¿No sería eso demasiado astuto y macabro? Y —añadió ella emocionada—, así podríamos llamar a nuestra tienda de antigüedades «Las Tres Cucharas…», ¡y la gente entraría solo para preguntarnos por qué ese nombre! Bob, cariño… ¡por favor, cómpralas!

Su prometido le sonrió cariñosamente, le guiñó un ojo al hermano de esta, y buscó su cartera con un ligero encogimiento de hombros.

—¡De acuerdo, preciosa, de acuerdo! Cualquier cosa que tu pequeño y alocado corazoncito desee… Pero, ¡cucharas funerarias! —Él rugió con diversión—. ¡Vaya regalo del novio a la novia! Sr. Sproull, ¿cuánto cuestan…?

Sus palabras quedaron interrumpidas ante la expresión repentina que se había dibujado en el rostro del anticuario con joroba. El señor Sproull parecía asustado; no había duda de ello, pues el temblor de su boca o la agitación de sus ojos, tan amables como viejos, así lo evidenciaban.

—Yo…, yo… ¿No preferirías algo menos costoso? —espetó—. Esas cucharas en particular son…, casi un artículo de coleccionista. Además —agregó en un tono extrañamente fuerte—, en realidad no son mías; no podría venderlas. ¡No son mías!

Hizo hincapié en tales palabras de forma extraña, y miró hacia la parte trasera de la tienda, como si entre la oscuridad de aquel rincón hubiese alguien escondido cuyos intereses debiese tener en cuenta.

—El antiguo propietario —volvió a bajar la voz a modo de disculpa—, fue la señora Haversham, una viuda anciana. Sus herederos aún no han sido localizados. Ella…, ella murió intestada hace aproximadamente un mes, poco después de comprar el set de cuatro cucharas de mono en una subasta. Ella se quedó con una, y me confió las otras tres para que las vendiese y obtuviese algún beneficio por ellas; tan solo como su agente —enfatizó, con cierta brusquedad, dirigiendo de nuevo la mirada hacia un rincón especialmente oscuro—. Ella conservó la cuarta cuchara…, que no debía haberse separado de la colección. Ella…, ella murió asfixiada en su garaje —añadió, sin darle demasiada importancia al hecho—.  Monóxido de carbono de su vehículo. ¡Una muerte accidental, por supuesto! —se apresuró a matizar, otra vez con esa mirada nerviosa perdida entre las sombras.

MARCIA, su prometido Bob y su hermano Alan se miraron de forma significativa. El viejo jorobado era en efecto peculiar; eso como mínimo. Puede que ligeramente trastornado, según lo que parecían sugerir las cejas enarcadas de Bob, quien, advirtiendo el gesto decepcionado de su prometida, adoptó entonces un papel más enérgico y profesional.

—Bien, la verdad es que estás en tu derecho legal de vender las cucharas; y cobrar tu comisión —advirtió con astucia—. ¿Cuál es el precio?

—Ah…, quinientos dólares —murmuró el Sr. Sproull, y luego añadió en tono de súplica—: Es una cantidad exorbitante, desde luego; ¡y puedo encontrarte algo mucho más atractivo por ese precio!

—Exorbitante, ¡puedes repetirlo! ¿Por tres cucharitas? —El joven rubio silbó con buen humor, pero destapó su pluma estilográfica.

—Eh…, son quinientos dólares cada una —Se apresuró a decir el señor Sproull—. Por cada cuchara… Ahora, estoy seguro de que no te importaría pagar tanto por un... ¡capricho! Permíteme que te enseñe…

Bob apretó la mandíbula con tozudez, deparándole una mirada de soslayo al viejo comerciante.

—Sr. Sproull, ¿no quiere realizar esta venta? Mire. Si está tratando de subir el precio —dijo bruscamente—, solo porque mi novia se ha tomado el lujo de… —hizo una pausa, forzó la sonrisa y extendió sus manos admitiendo la derrota—. ¡De acuerdo, viejo pirata! ¡Mil quinientos, entonces! —Le sonrió con indulgencia a su compañera, la cual permanecía junto a él, sacudiendo la cabeza de forma violenta—. Si es algo que realmente quieres, cariño, lo tendrás.

El viejo señor Sproull suspiró profundamente, con un tono de resignación en lugar de satisfacción.

—El precio —concedió apesadumbrado—, son quinientos dólares por el set, si insistes en comprarlo… Pero debo decirte una cosa, aunque estoy seguro de que os reiréis de mí, o quizás…, os quedéis más intrigados todavía. ¡Estas cucharas son diabólicas! Creedme… —El señor Sproull tragó saliva—. Es decir, se cree que están malditas.

Los dos muchachos se rieron, pero la cara de la chica, en cambio, se iluminó. De hecho, aplaudió tan contenta como lo haría una niña con su primera jack-o’-lantern.

—¡Oh, una maldición! ¡Qué maravilloso! ¿Por qué no nos lo dijiste antes? ¡Ahora sí que las quiero!

El viejo jorobado asintió y se encogió de hombros.

—Como predije —murmuró, luego añadió, con cierta obstinación—: Las cucharas son recuerdos del funeral de un viejo terrateniente holandés: Schuyler Van Grooten; veréis su nombre en los sellos. Él fue propietario de casi la mitad del Valle de Connecticut en el siglo XVII, trabajando sus tierras. La Sra. Haversham poseía un viejo diario holandés escrito por uno de sus antepasados; solo pude traducir unas pocas páginas cuando la visité en su casa, pero… Parece que originalmente había trece cucharas; un número significativamente desafortunado, ya que el terrateniente fue asesinado en secreto por amigos y familiares que heredarían su patrimonio. Uno por uno, según cuenta la historia, seis de los culpables murieron de la misma forma que él, y los restantes, asustados, se deshicieron de las cucharas librándose así de su venganza. Pero…

—Pero, ¿cualquiera que sea dueño de estas cucharas hereda su maldición? ¿Es eso? — Marcia gritó encantada—. Alan, ¿no es emocionante? Oh, Bob, dale un cheque al señor Sproull antes de que alguien entre y compre nuestras cucharas embrujadas justo delante de nuestras narices.

El anticuario la miró y suspiró. Vio al hermano de la niña morderse los labios, frunciendo el ceño. Pero el joven rubio sonrió a su novia y extendió un cheque por las tres cucharas de mono. Tras abrir la cajita de terciopelo negro, le presentó la primera de las cucharas a Marcia, junto con una reverencia exagerada. La segunda se la dio a Alan, ofreciéndosela como quien da un estoque, y la tercera, la introdujo descuidadamente en el bolsillo de su compañero, que vestía un abrigo de tweed.

Luego, haciendo burla de la situación, Marcia ofreció un brazo a cada uno de los dos jóvenes, y salieron juntos, silbando en armonía hacia la calle que en ese momento brillaba bajo la luz del sol.

Tras ellos, el viejo Sr. Sproull, aunque no era un católico muy devoto, se persignó. Se pasó un dedo por debajo del cuello e inhaló ruidosamente, como si el aire fluyese con dificultad en una tienda tan congestionada como la suya. «Demasiado comprimida, en el día de hoy», pensó; «casi sofocante». A continuación, se dirigió raudo hacia una de las ventanas y la abrió, tragando a bocanadas el fresco aire de otoño…, como si por alguna extraña razón le resultase terriblemente difícil respirar.

CASI ERA LA HORA DE ECHAR EL CIERRE, aproximadamente una semana después, cuando la campanilla sobre la puerta sonó de nuevo, y entonces dos de los muchachos de aquel atractivo trio, volvieron a entrar en la tienda. El señor Sproull se adelantó para encontrarse con ellos, sonriendo al reconocerles. Pero su sonrisa se desvaneció al ver la expresión sombría en el rostro del chico rubio, y la mirada aturdida entorno a los ojos hinchados de la preciosa muchacha. Ella había estado llorando; puedo observar el viejo comerciante, y Bob, su prometido, apretaba sus labios con fuerza, sobrecogido por la ira.

—¿Sí? —El señor Sproull murmuró vacilante—. ¿Ustedes…, no están satisfechos con su compra? —Una extraña mirada de esperanza saltó a sus ojos— ¿Desean devolver las cucharas, tal vez? Por supuesto, estaré encantado de reembolsarles…

Como respuesta, el joven rubio realizó un gesto brusco, colocando una de las delicadas cucharitas justo bajo la nariz del comerciante, para que la cogiese, señalándole el diminuto sello de plata que se hallaba soldado en el centro del mango.

—¿Es esta tu idea de una broma? —Le espetó. El anticuario parpadeó y, poniéndose un vetusto par de gafas cuadradas, observó la cuchara. La sangre descendió lentamente de su rostro.

—Yo…, no entiendo —tartamudeó—. Cuando te las vendí, las inscripciones decían: Schuyler Van Grooten, nacido el 3 de agosto de 1586, fallecido el 8 de junio de 1631. Pero ahora…, ahora se lee Alan Fentress, nacido el 14 de septiembre de 1924; fallecido el 3 de noviembre, 1949… ¿Por qué? —hizo una pausa—, ¡eso fue ayer!

La chica rompió a llorar y hundió la cara en el hombro de su prometido. Bob miró al señor Sproull.

—¡Sí! —concedió de forma ruda—. ¡Y Alan se ahogó ayer, 3 de noviembre de 1949! La fecha de muerte grabada en esa condenada… ¿Cómo diablos te apoderaste de la cuchara de Alan? —Se elevó de forma amenazadora sobre el anciano desvalido—. ¡Tú…, viejo sádico! Cambiaste los sellos, ¿verdad? Y soldaste el nuevo, solo para…, para despertar un poco de interés sobre tu desastrosa y caótica tienda; ¡un horrible truco de publicidad! Pero Alan —dijo, y apretó los dientes con fuerza—, ¿Por qué tuviste que elegir a Alan? ¿Porque sabías que él era temperamental y susceptible a la sugestión? Tú sabías que él se comería la cabeza con este engaño; no dijiste nada y te aprovechaste. Sus pinturas no iban nada bien últimamente…, ¡así que tú pensaste que sería muy fácil empujarlo al suicidio! Ayer, en el lago, él…, simplemente dejó de nadar, y se hundió. Cuando saqué su ropa del vestuario, ¡encontré esta maldita cuchara que tú has cambiado! Como si fuese una sentencia de muerte…

El señor Sproull se quedó sin aliento, mirando primero al enojado amigo del joven que había muerto y luego a su afligida hermana.

—¡Oh! ¡Oh no! —protestó él—. Mis queridos jóvenes, ¿no me estarán acusando de…? Sé que están molestos, solo eso. ¿Quién no lo estaría? Es la maldición —dijo en voz baja—. Recuerda, hice todo lo posible para advertirte que…

—¡Para crear tu historia, te refieres! —el joven gruñó y, mirándolo furioso, condujo a la chica hacia la puerta—. Vamos, cariño. Deberíamos haber sabido que sería inútil; este viejo demonio de sangre fría… Pero déjame decirte una cosa —se volvió con furia hacia atrás, sobre el anticuario—, cuando localice al grabador que cambió la inscripción, o descubra cómo averiguaste la fecha de nacimiento de Alan… ¡Volveré aquí y te mataré!

La puerta se cerró con el agitado tintineo de la pequeña campana. El señor Sproull se detuvo por un momento, retorciéndose las manos apesadumbrado. Aquellos tres jóvenes, puros de corazón, le habían caído bien, y por nada en el mundo él les habría deseado mal alguno. Pero…, ¡había fuerzas en juego que un hombre anciano como él no podía combatir! Fuerzas más antiguas que cualquiera de los artículos que se apilaban su tienda rodeados de moho. Más antiguas que la lógica, y más antiguas que el tiempo…

 —¡Oh, Dios mío! —el jorobado gimió: ¿Por qué no les dije que debían deshacerse de esas otras dos cucharas? Fundirlas, enterrarlas… ¡lo que sea! Si al menos ese diario hubiese desvelado cómo murió Van Grooten, tal vez podría haberles advertido que evitasen… ¡Pero no había más que indicios! Quien lo escribió dejó muchas cosas en el aire. Pero ese joven es inteligente. Tal vez podría llegar a alguna conclusión…

Se volvió y buscó el listín telefónico. Lo hojeó frenéticamente para encontrar los nombres de Fentress o Milam, con los que el joven había firmado su cheque. Durante una hora se aferró al teléfono, llamando a todos los Fentress y Milam que habían aparecido en la agenda; pero no encontró ningún «Robert» Milam. A continuación, el Sr. Sproull probó suerte con los hoteles, y después con las funerarias, tratando de rastrear al hermano que había fallecido, Alan. Finalmente colgó, derrotado, concluyendo que todos eran de fuera de la ciudad. Luego se quedó mirando el teléfono, retorciéndose las manos arrugadas, atenazado por la angustia indefensa de quien solo puede esperar..., esperar a que suceda el desastre.

Pero el período de espera no fue largo.

TRES DÍAS DESPUÉS, justo al mediodía, la campanilla de la puerta sonó de nuevo. El señor Sproull levantó la vista por encima de un candelabro de seis brazos que estaba puliendo, y lo que vio fue un cuerpo desaliñado que se balanceaba de un lado para otro a pocos metros de él. Era Bob Milam, con el rostro exhausto y cubierto de barba, los ojos inyectados en sangre e hinchados a causa de la bebida. En su mano sostenía una horrible y pequeña pistola automática.

El señor Sproull contuvo el aliento y permaneció inmóvil. Entonces, a pesar del miedo que le podía, estalló:

—¡Oh, mi pobre y joven amigo! ¿La…,  la segunda cuchara? ¿Tu…, novia?

La boca del muchacho rubio se retorció por el dolor y la amargura. En respuesta, arrojó una de las cucharas de mono a los pies del viejo comerciante. El señor Sproull se agachó para recogerla, y al instante su rostro se tornó pálido, y asintió. En el mango de la cuchara había un pequeño sello en forma de óvalo, con la siguiente inscripción:

Marcia fentress

Nacida el 17 de abril de 1927.

Murió el 6 de noviembre de 1949.

Al asentir el anciano, los ojos de Bob se achicaron. No dijo ni una palabra, pero el nefasto chasquido del arma al quitar el seguro fue lo suficientemente elocuente. Sin embargo, la sensación que se había dibujado en el rostro del señor Sproull no era tanto de terror, sino más bien de lástima.

—¡Ohh…! —Fue un murmullo de solidaridad, de sincero pésame—. ¿Co…, cómo sucedió?

—Mi prometida —explicó el joven con amargura—, se sintió terriblemente afligida por la muerte de su hermano. Usted también pensó en ello, ¿verdad? ¡Está loco, enfermo…! —Su voz se quebró en un sollozo de rabia impotente—. Alan y Marcia eran inseparables; los tres lo éramos, de hecho. Marcia no podía conciliar el sueño, así que anoche tomó una gran dosis de pastillas para dormir. Mientras…, —tragó saliva, luego se derrumbó—, mientras estaba drogada, una…, una almohada, una de esas muy bonitas, de alguna manera que no puedo explicar, cayó sobre su rostro, impidiendo que respirase. Ella…, no, no fueron las pastillas para dormir; ¡ella murió asfixiada! El forense determinó que fue un accidente, sin más. ¡Pero yo digo que fue un asesinato! Y tú mataste a Alan, también. No puedo probarlo, pero sin duda en el infierno encontraremos las respuestas…

Tras un leve sollozo, apuntó su arma al corazón del viejo anticuario, conteniendo entre sus dientes una bocanada de dolor y odio, de la que deseaba liberarse. Sin embargo, cuando el viejo señor Sproull observó el rostro torturado de aquel joven muchacho, se frotó los ojos, ajeno a la situación de peligro en la que se hallaba.

—¡Mi pobre y desafortunado joven amigo! —murmuró con lástima—. ¿Cómo puedes creer que yo sería capaz de causar tal tragedia, solo por unos pocos míseros dólares? No cambié los sellos; y no puedo obligarte a creer en cosas sobrenaturales, pero es la verdad. El diario así lo narraba; en él se podía leer como cada vez que alguien moría a causa de la maldición de Van Grooten, las cucharas cambiaban. El sello que tenía la cuchara de la señora Haversham también quedó modificado; su abogado lo encontró días más tarde, entre sus efectos personales, pero creyó que se trataba de una broma, quizás a cargo de algún sirviente desavenido…

Bob Milam resopló a modo de burla. Entonces la ira asesina en sus ojos disminuyó lentamente, y la pistola en su mano ya no se mostraba tan firme.

—Estás loco —clamó, con fuerza—. Tal vez ni siquiera seas consciente de que tú has hecho esos cambios; tal vez tu mente retorcida se crea todas esas tonterías sobre..., un viejo holandés que…

Sus hombros cayeron de golpe. Se balanceó, pasando una mano sobre sus ojos nublados. La pistola en su otra mano cayó al suelo. De repente, le quitó la cuchara al viejo, y la arrojó por la rejilla de la caldera.

—¡Chiflado! —murmuró—. Yo…, no puedo dispararle a un loco; a un viejo indefenso a sangre fría.  Pero…, ¡oh!, dime, ¿por qué lo hiciste? —gimió, mirando al jorobado—. ¿Por qué, señor Sproull? ¿Por qué? ¿Mi mejor amigo y luego mi novia? ¡Con mucho gusto le habría firmado por todo lo que tengo en el banco! Si esto fue por dinero…

—¡Oh por favor! —El anticuario gritó desesperado—. Debes creer que yo no he tomado parte en esto. ¡Traté de llamarte, de advertirte! Intenté averiguar la forma en la que se produciría la muerte para que pudieras evitarla… ¡Pero todos murieron de formas muy distintas! La señora Haversham, asfixiado; tu amigo, ahogado; y tu encantadora prometida… —Los ojos del anciano se abrieron de repente—. ¡Ah! ¡Ahora lo entiendo! ¡Es verdad! Todo está relacionado… ¡Escúchame!

Bob Milam se dirigía hacia la puerta de salida, tambaleándose, pero el señor Sproull fue tras él, moviéndose como un pequeño y persistente cangrejo, y lo agarró por el brazo.

—¡No, no! ¡Espera! ¡Debes escuchar! —jadeó—. El diario mencionó que Schuyler Van Grooten padecía «ataques de sueño», ¡era cataléptico! Sus amigos íntimos y familiares seguro que lo sabían, pero…, pero…, ¡aguarda! —le rogó—. Tu cuchara de mono, ¿dónde está? ¡Debes regalarla! ¡Inmediatamente! —el viejo comerciante insistió con entusiasmo—. Dásela a una organización impersonal, sin un titular determinado… Sí, a la «Scrap Metal Drive»; ¡sí, eso es! Deshazte de ella, o tú también… ¡Tanto odio, tanta hambre de venganza se cierne sobre ellas…!

Pero en ese momento, el muchacho rubio soltó su brazo y se lanzó a la calle, deseando alejarse de este viejo loco que le había causado tanto dolor en el espacio de unos pocos días. El señor Sproull lo siguió, pidiéndole con entusiasmo que esperara. Pero cuando llegó a la curva, Bob Milam había silbado a un taxi que pasaba por allí, y subió dentro. El viejo jorobado se apresuró hacia el bordillo y se esforzó por interceptarlos. Pero el joven no le hizo caso y, con voz cansada, se limitó a darle las instrucciones al conductor:

—Conduce, solo conduce. Vete a dónde sea, no me importa.

Los brazos del anticuario se abatieron, derrotados. Observó cómo el taxi tomaba velocidad y se perdía más allá de dónde le alcanzaba la vista. Luego se giró, y caminó de vuelta a la tienda, despacio, pensativo.

EL PERIÓDICO DE LA TARDE, que como de costumbre se deslizaba por debajo de su puerta, traía la noticia. Un taxi deambulaba por la calle 187, donde los artificieros trabajaban para demoler un viejo almacén. De alguna manera, la carga de dinamita hizo explosión antes de lo previsto…, y un muro de ladrillos se derrumbó justo sobre el vehículo, que en ese momento pasaba por allí. El taxista logró liberarse, pero el único pasajero, un joven ebrio identificado como Robert Millan de Nueva Jersey, no pudo ser excarcelado entre los restos hasta una hora después. Ya estaba muerto cuando los operarios de rescate pudieron acceder a su cuerpo, pero no había fallecido por aplastamiento, sino por haberse quedado sin aire en el asiento trasero del taxi.

Y en su bolsillo, la policía encontró una cuchara de aspecto peculiar, inscrita con su nombre, la fecha de su nacimiento y la fecha de su muerte.

El señor Sproull terminó de leer, luego se quitó las gafas de lentes cuadradas y las pulió con una mano temblorosa. No había nada, reflexionó filosóficamente, en realidad nada que pudiera haber hecho para salvar a esos tres simpáticos jóvenes, quienes habían muerto todos de la misma manera: luchando por respirar; asfixiados hasta la muerte por un medio u otro. Justo exactamente como la señora Haversham había muerto; en su garaje lleno de gases de escape de su vehículo.

Y así como, hace siglos, un viejo terrateniente holandés, un tal Schuyler Van Grooten, había muerto arañando, gritando y jadeando en su ataúd, tras despertarse de uno de sus trances catalépticos, descubriendo que sus codiciosos herederos lo habían enterrado vivo deliberadamente…

FIN

NOTA IMPORTANTE: «Las cucharas de mono», publicada por primera ven en inglés bajo el título «The Monkey Spoons, by Mary Elizabeth Counselman», en la revista Weird Tales (May, 1950), es una obra traducida por Emilio José Iglesias Fernández. Derechos de traducción: Todos los derechos reservados ©. Obra traducida para Relatos Pulp Ediciones y que será incluida en la versión impresa de la publicación «Maestros del Pulp, 3», incluyendo una reproducción de todas las ilustraciones originales. Mientras tanto, puedes adquirir los números anteriores, ya publicados, aquí: Maestros del Pulp - SERIE MASTER (número 2, en camino) RECUERDA: Si te gusta lo que hacemos, y quieres que lo sigamos haciendo, la mejor forma de apoyarnos es ¡comprando nuestras publicaciones!

Arriba: Portada número Weird Tales May 1950, donde fue publicado por primera vez el relato The Monkey Spoons, by Mary Elizabeth Counselman.

Sobre el Autor

Emilio Iglesias

Emilio Iglesias

Escritor empedernido, capitán de ésta y otras aventuras, dirige como puede RelatosPulp.com
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Impresionante relato, otra joya que no conocía, traducida al español. Gracias por este relato, mi es...
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