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Venganza de ultratumba

Relato de José Luis Castaño Restrepo incluido en Halloween Tales 2014

Venganza de Ultratumba

El detective Ortiz se restregó los ojos y aspiró una bocanada del aire cargado de polvo que se filtraba a través de la ventana. Maldijo el condenado calor que le perlaba la frente y el cuello a pesar de que eran cerca de las nueve de la noche. El aire acondicionado de la estación había dejado de funcionar y era, en aquellos momentos, en que la necesidad de un cigarrillo se hacía más apremiante. No obstante, Ortiz se resistía a la tentación al recordar a su hermano y al enfisema especialmente agresivo que se lo había llevado de este mundo hacía más de un año.

Sorbió el café frío que descansaba sobre la mesa y sacudió la cabeza con desagrado. Entonces sus ojos se posaron de nuevo sobre la carpeta que yacía en el extremo del escritorio. Se vio abrumado por una mezcla de frustración y rabia al contemplar las macabras fotografías que guardaba en su interior. Eran cuatro imágenes, de 13x18 en blanco y negro, que escenificaban cuerpos destrozados en posiciones grotescas e inhumanas. Al viejo policía se le revolvieron las entrañas y el sabor del café agrío se le mezcló con la bilis en la boca del estómago. Entonces, dio un respingo al escuchar el timbre agudo del teléfono que retumbaba en el escritorio de enfrente.

Frunció el ceño al notar que al moverse había tumbado las fotos junto con los restos del café. Se irguió con torpeza, pasándose las manos sobre la entrepierna humedecida por aquel líquido oscuro. Suspiró con resignación al ver cómo el café había estropeado una de las fotografías. Se rascó la calva y recogió la imagen para tratar de secar la foto y evitar un daño mayor. Tomó un trozo de servilleta usada y restregó con fuerza la instantánea. La imagen se apreciaba un poco borrosa pero al menos no se había perdido del todo. De pronto, algo le llamó la atención. Se irguió y encendió la lámpara de mesa que se encontraba en el despacho del capitán. Una sensación extraña le hizo erizar al contemplar la silueta que se superponía al cuerpo destrozado. Se trataba de un rostro, una cara ovalada con grandes ojos oscuros y rasgados. Lo que más le sorprendió fue advertir algo familiar en aquel semblante que despertaba una luz en el fondo de su cerebro. Parpadeó y agarró otra de las fotografías. Notó como sus dedos temblaban de excitación mientras manchaba la servilleta en el poso negro que permanecía en fondo de la taza y la pasaba sobre la fotografía. A pesar de que esperaba encontrar algo allí, no dejó de sorprenderse al descubrir que el mismo rostro ovalado aparecía en la nueva imagen. Una sensación aterradora le recorrió la espina dorsal al tratar de discernir el significado de todo aquello. Por un momento regresó a su infancia en Texas y a las noches alrededor de la chimenea escuchando las espantosas historias que relataba su abuelo acerca de las criaturas oscuras que rondaban las noches de aquel erial calcinado y estéril. Sin embargo, el detective Ortiz se recompuso con rapidez, permitiendo que la mente lógica que regía su trabajo tomara de nuevo el control de sus pensamientos. Aquel extraño fenómeno debería tener una explicación plausible y sabía muy bien dónde tendría que ir para averiguarlo.

Hacía un calor asfixiante cuando Ortiz encendió el aire del auto y revisó otra vez las imágenes. El técnico de la científica no supo explicar lo sucedido con las instantáneas y lo adjudicó a algún problema de exposición. Sin embargo, había algo en aquella silueta superpuesta que continuaba exprimiéndole el cerebro. Por alguna razón se le hacía familiar. Entonces, decidió regresar a la comisaria y revisar de nuevo la información acerca del caso, con la esperanza de encontrar al menos una pista para resolver aquel misterio. Aunque la cosa estaba tranquila por el momento, el ayuntamiento no tardaría en ejercer presión sobre la policía en espera de resultados. No era bueno para una pequeña ciudad como Laramie tener cuatro espeluznantes asesinatos en menos de una semana.

Dos horas más tarde y con toda la información desplegada enfrente del escritorio, Ortiz se restregaba los ojos antes de sorber los restos de la quinta taza de café. De los cuerpos, al menos dos habían sido identificados a pesar de su terrible estado. Para el detective no eran más que rostros desconocidos, pero uno de ellos encendió una chispa de reconocimiento en su cerebro. Un par de años atrás, aquel sujeto había estado relacionado con la desaparición de un joven de la reserva navajo, pero al final había sido descartado por falta de pruebas. A pesar de que todo parecía una simple coincidencia, el aguzado instinto policial de Ortiz señalaba lo contrario. Impulsado por aquella corazonada, enfiló hacia los archivos de casos no resueltos, y después de un rato rebuscando entre cajas viejas y polvorientas esparcidas por doquier, el detective esbozó un gesto triunfal al toparse casi por accidente con la información que necesitaba. La carpeta estaba sellada con una cinta blanca que rezaba: 20/10/2013. Se trataba de la última vez que alguien había ojeado el archivo.

Antes de abrir la carpeta, Ortiz respiró hondo, consciente de que tal vez había hallado una pista sólida para resolver aquellos crímenes. Lo primero que encontró fue una hoja amarillenta con la caligrafía del oficial que había realizado el reporte, indicando la fecha y el lugar del acontecimiento. Desechó aquello, además de la declaración de algunos miembros de la familia del desaparecido. No obstante, su corazón dio un vuelco al advertir una serie de fotografías familiares amontonadas bajo todo el papeleo. En la primera instantánea se apreciaba una familia sentada enfrente de una hoguera. Ortiz continuó pasando fotos sin ningún interés hasta que sus ojos se toparon con la imagen de un chico atezado de unos doce años. Sus ojos grandes y ovalados le produjeron un escalofrío. Se trataba del mismo chaval que aparecía en las imágenes de los cuerpos quebrados.

Por un momento, el detective no supo qué pensar. Se trataba de un descubrimiento tan impactante que no podía asimilarlo con claridad, no al menos con la fría lógica del trabajo detectivesco. Comparó las imágenes y comprendió que no había duda. A pesar de la oscuridad de la silueta superpuesta, se trataba del muchacho desaparecido. Dejó las fotos sobre el escritorio y se limpió las manos sudorosas con el pañuelo sucio que portaba en la chaqueta. Entonces pensó que había algo monstruoso y oscuro en aquel asunto que aún no podía comprender.

Al principio, la policía de la reserva indígena se mostró reticente a prestar ayuda a la oficina del comisario, debido a las viejas rivalidades de jurisdicción. Sin embargo, cuando el jefe Blackthorn descubrió que se trataba del caso del chico perdido, decidió acompañar a Ortiz hasta la morada de sus familiares, ya que aquel asunto se había convertido en una espina en su costado.

Avanzaban a través de un sendero polvoriento en medio de un sol de justicia mientras el detective estudiaba con detenimiento los ranchos destartalados y los rostros adustos que le devolvían la mirada. Finalmente, abandonaron el sendero y se toparon con una casa prefabricada de una planta, con un techo de zinc bastante deteriorado. Ortiz sintió una punzada en la boca del estómago al contemplar a la anciana enjuta que se mecía en una vieja silla de madera. Había algo en aquella mujer que le inquietaba. Otra cosa que le llamó la atención fue la lujosa camioneta parqueada enfrente de aquel tugurio.

Blackthorn detuvo el coche y la estudió con interés por unos segundos.

—La vieja Mae es el único familiar superviviente del rapaz. Una tía segunda o algo así ―Por el tono del navajo, Ortiz sospechó que le invitaba a tener un poco de tacto con aquella mujer―. Los padres del chico murieron en un accidente de carretera hace unos seis meses.

—Lo entiendo —contestó el detective—. Al parecer la mala suerte no deja de acechar a esta familia.

Abandonaron el vehículo y el intenso sol cayó sobre ellos sin misericordia. El nativo se adelantó e intercambió algunas palabras con ella antes de indicarle al forastero que se adelantara.

Ortiz se sentó a un lado de la mujer que no dejaba de escrutarlo con unos profundos ojos negros. Al hablar del muchacho no pareció sorprenderse, al contrario, las comisuras de sus labios se estiraron en un gesto inquietante, parecido a una sonrisa. El detective, entonces, le habló acerca de los crímenes acontecidos en Laramie y detectó un fulgor ardiente en la intensa mirada de la indígena, mientras Blackthorn se lo traducía al navajo. Algo en su interior entendió que de algún modo incomprensible, aquella vieja decrépita que hedía a polvo tenía algo que ver con todo aquello. Al mismo tiempo, Blackthorn se envaró al observar la actitud de la vieja. El detective notó que su tez olivácea y tostada se transformaba en una máscara de alabastro.

Entonces, la anciana aferró con sus dedos sarmentosos la mano de Ortiz y recitó una espeluznante plegaria en su lengua milenaria que le puso los pelos de punta. El policía se libró de un tirón de la firme presa de la vieja y ésta rompió en carcajadas histéricas, exhibiendo una dentadura negra y desgastada.

—Es hora de irnos. —Le apremió Blackthorn sin ocultar su consternación. A Ortiz le pareció que se alejaba de aquel lugar como si fuesen las mismas puertas del infierno. Detrás de ellos, la mujer se erguía y les señalaba sin dejar de gritar en su extraño dialecto.

Condujeron en un tenso silencio por un buen trecho, mientras el indígena revisaba con nerviosismo el retrovisor y contemplaba a su acompañante con el rabillo de ojo, como si fuera un completo extraño que acabara de materializarse en la camioneta. Detuvo el vehículo en una curva y se limpió el sudor que le perlaba las sienes. Tomó las instantáneas de los cadáveres y las estudió con detenimiento por un buen rato.

—Detective Ortiz —dijo con un hilo de voz, mirándole fijamente—. Sé muy bien que lo que lo voy a decir va a sonar un poco extraño, pero le ruego que deje el caso y se ocupe de otras cuestiones.

El aludido dio un respingo, sorprendido por las palabras del taciturno nativo.

—¿Pero de qué demonios está hablando usted, Blackthorn? —replicó sorprendido.

Las facciones rocosas y tostadas del navajo se fruncieron con firmeza.

—Créame si le digo que los culpables de la desaparición del muchacho han pagado por su crimen —Hizo una pausa y miró a su atónito acompañante—. Existen algunas cosas entre el cielo y la tierra que un hombre blanco jamás podría comprender.

Ortiz sintió un escalofrío a pesar del sofoco reinante. Además, había algo en el tono de aquel sujeto que le helaba la sangre en las venas a pesar de que sus palabras no tenían ningún sentido.

—¡No puedo abandonar el caso así como así! —protestó, confundido y molesto por dejarse arrastrar por la charlatanería de aquellas gentes supersticiosas—. Sería el hazmerreír de la comisaría.

Blackthorn apretó los labios y sus ojos de águila resplandecieron de manera sombría.

—Pero al menos conservaría la cordura —enfatizó el nativo con sequedad.

Ortiz parpadeó, sin saber qué contestar. Suspiró y el hormigueo en las tripas le recordó la necesidad de un condenado cigarrillo.

—Estoy en la oscuridad aquí, jefe —inquirió después de unos segundos de silenciosa tensión—. Desde que abandonamos ese maldito tugurio, siento que este lugar guarda un secreto que solo los navajos comprenden.

Blackthorn se alzó de hombros y fijó la vista en un punto distante en medio del desolado sendero.

—Existe una leyenda, una historia oscura que los ancestros solían contar en las noches alrededor de las hogueras para aterrorizar a los críos.

Ortiz sintió un nudo en la garganta. Desde que había visto las fotografías, sospechaba que había algo fuera de lugar en aquel sórdido asunto y el nativo parecía confirmarlo.

—Se dice que cualquier navajo que haya sido víctima de una injusticia o crimen que no haya sido resuelto por sus iguales, podrá acudir a los espíritus para exigir reparación.

El detective no sabía si reír o tomar en serio a aquel sujeto. ¿Cómo diablos podía este tipo hablar de aquello en pleno siglo XXI?

—Siento decirlo, jefe —le interrumpió—, pero no creo que pueda justificar este caso con un cuento de hadas como ese.

Esta vez fue Blackthorn quién lo estudió en silencio por un buen rato. Luego se alzó de hombros.

—Usted mismo ha visto los daños infligidos a las víctimas —Señaló con el mentón el sobre que contenía las instantáneas—. Las luxaciones y las fracturas parecen haber sido hechas por un oso o un gorila, es imposible que un hombre normal pueda causar un daño similar —Ortiz le miraba con atención—. Además, la imagen superpuesta del muchacho es algo fuera de lo común.

El detective estaba empezando a cansarse de tanta charlatanería y agitó la cabeza perlada de transpiración.

—Digamos entonces que tiene razón —reflexionó—, supongamos que un ente sobrenatural ha cobrado justicia y ha dado muerte a los asesinos del chico.

El indio lo miró y frunció los labios con resignación.

—Entonces diría que es obra de un Tasayay —apostilló con aire sombrío.

El rostro del policía se crispó en un gesto de sorpresa.

—¿Qué diablos es un tasa… tasayay? —preguntó.

—Un ancestro guerrero, invocado en el más allá para vengar a unos de sus descendientes.

Algo de esa afirmación estremeció al detective.

—¡Tonterías y superchería indígena! —protestó, pasándose el pañuelo por la calva sudorosa.

—Esperemos que por el bien de todos esté en lo cierto, amigo mío —contestó Blackthorn, encendiendo de nuevo la camioneta para enfilar hacia el pueblo.

Aquella noche sofocante, Ortiz terminó rindiéndose al insomnio. Se sentó enfrente del ordenador y buscó en la red todo lo que pudo encontrar acerca de las antiguas leyendas indígenas de los apaches y navajos que poblaban la zona. Cuando encontró la información concerniente a los Tasayay sintió que se le erizaba el vello del cuello. En ese momento fue consciente del extraño escozor en su mano derecha, la misma en la cual la anciana india le había clavado las garras. A simple vista se apreciaba como un simple rasguño, pero al policía le ardía como si tuviese un carbón encendido en medio de los huesos y tendones.

Agitó la cabeza y se centró en la espeluznante leyenda de los guerreros revividos. Al parecer tan solo un chamán tenía el poder para invocarlos, pero el precio era oneroso para el responsable de aquella infame hechicería. La criatura cobraba venganza en nombre de su sucesor, pero una vez conseguida, el brujo debería marcar a alguien más para guiar de nuevo al guerrero al inframundo al cual pertenecía, de lo contrario, el ente buscaría al hechicero y lo arrastraría con él hacia los infiernos.

El policía no supo qué pensar acerca de aquello. A pesar de su pensamiento lógico, las coincidencias y los hallazgos apuntaban hacia lo sobrenatural; la horrenda manera de morir de las víctimas, la espeluznante anciana de dientes podridos y las imágenes superpuestas del chico desaparecido. Todo eso se asemejaba a una película barata de aquellas que pasaban después de la medianoche.

Se irguió, dispuesto a dormir un poco antes del amanecer, cuando un dedo gélido le recorrió la nuca y le dejó paralizado. En medio de la penumbra del corredor, un rostro conocido le contemplaba con detenimiento. Era la viva imagen del rapaz desaparecido.

De manera instintiva, el detective echó mano de la pistola que guardaba en el escritorio, pero cuando alzó la cabeza de nuevo, el pasillo no era más que un juego de claroscuros. Ortiz se dejó caer desmadejado en la silla, imaginando que el dolor en el pecho y la respiración entrecortada le iban a ocasionar un infarto.

Apenas pegó el ojo y cuando llegó a la comisaria, todos le dedicaban miradas de silencioso reproche, tal vez imaginando que su aspecto desaliñado se debía a una noche de juerga. No obstante, Ortiz apenas les prestó atención, su cerebro era un hervidero de confusión. Después de arrancarle un rato de descanso al insomnio, había soñado con danzas nativas y guerreros alados batiéndose en sangrientos duelos que parecían durar eones. Allí también le atormentó el semblante mudo del chico y las carcajadas de la vieja bruja que no dejaba de señalarle con sus dedos sarmentosos y sucios.

Pero en medio de aquel pandemonio mental, había encontrado una imagen que se repetía a menudo y que en ocasiones conseguía borrar los gritos, la danza y la risa demencial de la vieja. Se trataba de una hondonada polvorienta en la cual se apreciaban una formación rocosa que el capricho del viento había moldeado, dándole la apariencia de un inmenso tótem que iba decreciendo a medida que ascendía hacia la cúspide. De alguna manera, Ortiz sospechaba que aquel sitio era real y estaba relacionado con el caso.

El resto de la mañana tuvo que soportar la primera regañina del comisario acerca de la presión que empezaba a ejercer el alcalde por la falta de resultados en lo concerniente al caso. Ortiz se limitó a asentir mientras imaginaba cómo podría explicarle a su superior que tal vez aquellos miserables habían sido fulminados por un ente venido del más allá, invocado por un brujo. Prefirió guardar silencio y soportar la reprimenda y el creciente dolor en la diestra que amenazaba con hacerle perder la cordura.

Al caer la tarde, abandonó el cuartel de policía y condujo hasta la farmacia más cercana, donde se aprovisionó de una buena cantidad de analgésicos para cortar la agonía palpitante que ya le alcanzaba el codo. Se sentó en silencio, dejándose arrastrar por el leve rumor del aire acondicionado. Después de un buen rato de darle vueltas al asunto, comprendió que aquel enrevesado caso tenía como factor común a la condenada anciana de la reserva. A pesar de las mil objeciones que le pasaban por la mente, no le quedaba otra cosa por hacer que conducir hasta aquel sitio olvidado y encarar a la vieja bruja sin importar las consecuencias.

Un accidente en la interestatal le obligó a realizar un extenso rodeo por una vía comarcal en mal estado. Para cuando alcanzó los linderos de la reserva navajo, una mancha purpúrea anunciaba la llegada del ocaso. Por un momento pensó en dar media vuelta y regresar a Laramie, pero comprendió que no podría pasar otra noche de desasosiego con aquel asunto bordeando los límites de su cordura. Debería enfrentarse a la anciana de una vez por todas, aunque sospechaba que aquello no le agradaría mucho al jefe Blackthorn.

Al alcanzar la casucha destartalada sintió una extraña aprensión en el fondo del estómago. El sitio parecía deshabitado y la penumbra había llegado con un viento frío poco común en aquel erial estéril. Decidió parquear lejos de la casa, para evitar ser visto. De manera instintiva revisó el calibre 45 que portaba en la sobaquera y tomó medio frasco de analgésicos que pasó con una gaseosa tibia que guardaba en la guantera del coche. Estudió los alrededores y se estremeció al ver cómo la mancha informe de la oscuridad se apropiaba de las colinas pedregosas como una mano invisible. Esperó a que fuera noche cerrada pero ninguna luz resplandeció en aquel cuchitril. Al fondo, el clamor de un coyote en la distancia le recordó la solitaria desolación que le rodeaba.

Ortiz se acercó a la casucha con cautela y oteó a través de una de las ventanas cubiertas con malla barata. Encendió la linterna y contempló el camastro y la mesilla repleta de abalorios que había cerca de un fogón de gas. Había algo macabro en aquellas cuentecillas de hueso y piedras brillantes. Estaba meditando acerca de eso cuando una sensación de alarma le impulsó a volver la cabeza.

A pocos pasos de allí, cerca de la cima del collado, la silueta de un muchacho se perfilaba contra el resplandor argento de la luna. El detective se estremeció y miró al rapaz, que a pesar de la distancia, le perforaba con unos ojos oscuros e intensos. De repente, el chico se dio media vuelta y corrió hacia la desolación del desierto.

Sin meditarlo siquiera, el policía corrió en pos del jovenzuelo, convencido de que podría darle caza. El muchacho parecía jugar con él. En un momento estaba a punto de alcanzarle y en otro se hallaba parado a una distancia significativa, esperándole para esfumarse de nuevo como por arte de magia apenas se le acercaba. Ortiz jadeaba con esfuerzo, pero una fuerza más allá de su voluntad le impulsaba a seguir al chaval. No sentía miedo, tan solo una emoción exaltada como si todo aquello se tratara de un reto o una carrera de obstáculos.

Entonces, después de un buen rato de vagar en medio de aquel barbecho, comprendió con horror que se hallaba perdido. Sin rastro del muchacho, al detective no le quedó otra opción que recular y tratar de hallar el camino de regreso. Sorprendido por su propia estupidez, avanzó guiándose por el débil espejismo nocturno que dotaba al desierto de un aura sobrenatural, en la cual todo parecía reptar a su alrededor como criaturas grotescas. De pronto, el aullido cercano de un coyote le heló la sangre y le obligó a acelerar el paso. Corrió con torpeza hasta que se topó con un saliente traicionero en el borde de un risco, donde rodó al menos unos cien metros por una leve pendiente hasta detenerse en una hondonada.

Maldiciendo con la boca repleta de arena, los pantalones hechos jirones y las rodillas en carne viva, se irguió con esfuerzo para descubrir que el dolor en la mano se había convertido en una agonía insoportable. No obstante, todas sus preocupaciones pasaron a un segundo plano al contemplar la curiosa estructura de piedra que se alzaba en un extremo de la hondonada. El florecimiento rocoso tenía la forma de un tótem que iba decreciendo a medida que alcanzaba la cúspide. Ortiz se dejó caer sobre el firme con la garganta reseca. Se trataba del mismo lugar que había visto en sus confusos sueños. Qué significaría todo aquello era algo que todavía tenía que descubrir.

Pero tal vez no tendría que esperar demasiado para resolverlo, ya que el jovenzuelo le miraba sin expresión desde la base del pináculo. El detective parpadeó y le pareció que los ojos del chico le traspasaban y contemplaban algo más allá de su finita comprensión terrenal. Avanzó con recelo, esperando que en cualquier momento la aparición se esfumase y empezara de nuevo el juego del gato y el ratón. Pero el chaval no se movió hasta que el viejo policía alcanzó la base de la estructura pétrea. Ortiz se estremeció y creyó haber rezado una oración aunque no estaba seguro de ello. La forma etérea del indígena parecía suspendida sobre unas piedras amontonadas, como si se tratase de una vieja imagen en blanco y negro del cine mudo.

Entonces, el instinto policial le impelió a rebuscar entre aquella masa de escombros. Retiró con dificultad las piedras más grandes, debido al intenso dolor en la diestra, y luego echó a un lado las de menor tamaño. Sus dedos palparon una especie de fibra gruesa y algo duro y reseco que le arrebató la respiración. Redobló los esfuerzos hasta que pudo arrastrar los trapos y su contenido al exterior. Se limpió el sudor que le resbalaba por el rostro y encendió la linterna para revisar el contenido. El haz de luz develó las cuencas vacías y la sonrisa macabra de un rostro momificado. El hedor a polvo y putrefacción le produjo arcadas y le obligó a volverse de manera instintiva. Después de recuperar la compostura, proyectó la luz al interior de la abertura y descubrió un alijo de cocaína y dos fusiles de asalto envueltos en bolsas plásticas. Ahora se hacía una idea de lo ocurrido con el chico. Tal vez se encontraba en sitio equivocado y los traficantes decidieron terminar con él antes de que abriera la boca acerca del escondrijo de la droga. Recordó que los cuerpos identificados tenían un prontuario por distribución de alucinógenos y lesiones personales.

Ortiz se irguió y algo le llamó la atención al fondo de la explanada. Una criatura enjuta caminaba hacia el florecimiento rocoso, el cabello ondeando de manera espeluznante bajo el viento que se filtraba a través de los filos pedregosos como un cantico infernal. Una carcajada malévola emanó de la boca de la vieja al ver cómo el detective desenfundaba la .45.

—No debiste haber venido, hombre blanco —masculló con voz rasposa—. De todos modos, estas condenado.

Ortiz sintió cómo un sudor frío le resbalaba por el surco lumbar al reconocer a la vieja Mae. Le apuntó con el arma y notó que sus dedos no dejaban de temblar.

—Sé que invocaste al Tasayay para castigar a los asesinos del muchacho —señaló con el mentón la pila de huesos cubiertos por la manta—. Las cosas pueden quedarse así, por lo que a mí concierne.

La anciana se alzó de hombros y sus ojos ardieron con inquietante intensidad.

—Se ha hecho justicia —contestó Mae con un gesto lobuno en sus rasgos resecos—, y has sido escogido para guiar al guerrero de vuelta a su fuente.

El detective quedó paralizado y lentamente su mente asimiló aquellas terribles palabras.

La anciana volvió a reír de manera demencial, señalándole con el dedo sarmentoso igual que en sus pesadillas.

—Estás marcado —graznó—, y viene a por ti.

El detective se miró la mano hinchada e inútil y comprendió lo que aquello significaba.

Entonces, algo espantoso revolvió la arena a sus pies y una masa de huesos y tendones resecos comenzó a surgir del firme en medio de un crujido atroz.

Ortiz retrocedió horrorizado al ver el titán de pesadilla que reptaba hacia él con sus dedos huesudos y afilados. El rostro era un máscara informe de cuencas y dientes podridos cubierto de tendones y músculos agostados. Sin embargo, al aferrar su pierna, sintió como si un tigre le arrastrase sin compasión. El crujido del tobillo ascendió como un latigazo en el fondo de su cerebro y sus ojos apenas podían dar crédito a lo que estaba sucediendo. Pronto dejó de luchar como un ratón bajo las garras de un gato, era imposible ofrecerle resistencia a aquella monstruosidad de ultratumba. Escuchó varias detonaciones y fue consciente de que había vaciado el cargador sobre aquel rostro inhumano sin ningún resultado.

Al fondo, la anciana seguía riendo y disfrutando de su inminente extinción. Sin embargo, algo brillante le cegó por unos latidos y la carcajada de la bruja se detuvo de golpe. Parpadeó angustiado y percibió la imagen del muchacho enfrentando a la bestia huesuda. Por alguna razón desconocida, el espíritu de rapaz luchaba por su vida.

La mole de huesos y carne podrida soltó la pierna destrozada del policía y observó a la perpleja anciana que le contemplaba en silencio. El brillo febril se había esfumado de aquel semblante marchito y un profundo terror asomaba en su mirada. La espeluznante criatura se movió con agilidad felina en medio de un crujido de tendones ajados y atrapó a la bruja como una araña a su presa. Un grito de espanto y locura emanó de los labios de Mae antes de que su espina dorsal estallara en un crujido húmedo cuando la criatura le dobló como si se tratase de un muñeco de trapo. Lo último que vio Ortiz de ella, fueron los movimientos involuntarios de sus brazos, atrapados en medio de la maraña de huesos y músculos podridos del Tasayay. Un remolino de arena surgió a los pies de la bestia y no tardó en desaparecer con el humano que le guiaría de nuevo hasta los infiernos de los que había sido invocado para cobrar venganza.

Ortiz suspiró y comprendió que debía hacer un esfuerzo para salir de allí con el tobillo fracturado. Maldijo por lo bajo y deseó con todas sus fuerzas tener un condenado cigarrillo. Entonces, una luz le obligó a volver la cabeza hacia lo alto de la hondonada. La silueta de un hombre grande se percibía en medio del espejismo lunar. Los rasgos rocosos de Blackthorn se materializaron enfrente de sus ojos. El rostro del nativo era una mezcla de sorpresa y confusión.

—Escuché las detonaciones y corrí a ver que estaba sucediendo —jadeó, sentándose a un lado de Ortiz.

El detective se recostó en un saliente, aguantando un latigazo de dolor en la pierna. Señaló con el mentón el cuerpo del chico y la abertura con la droga y las armas.

Blackthorn agitó la cabeza, sin dar crédito a lo sucedido.

—Lo sabía —musitó con amargura, mirando al policía—. El muchacho murió por culpa de Mae.

Ortiz parpadeó, contemplándole con atención.

—Hace un par de horas atrapamos a un sujeto que aseguraba formar parte de la banda que mató al muchacho —Estudió el cuerpo reseco con tristeza—. Confesó que lo hicieron para darle una lección a la vieja, que era el contacto en la zona con el cartel de Juárez. Al parecer, la anciana conocía las mejores rutas para pasar la droga y vendió información falsa a estos tipos para que los de Juárez acabaran con ellos. Los que consiguieron escapar de la matanza fueron los sujetos asesinados en Laramie.

Ahora las piezas encajaban en la mente enfebrecida de Ortiz. Aquello explicaba por qué el muchacho le había salvado el pellejo. En verdad se había hecho justicia.

—Venía a arrestar a la bruja cuando escuché los disparos —continuó Blackthorn—. Por eso estoy aquí.

—Ya no hay necesidad de eso —confesó Ortiz con frialdad—. En estos momentos, esa vieja miserable debe estar asándose en el infierno, acompañada por su espeluznante mascota.

El indígena guardó silencio, impresionado por las palabras del detective. No necesitaba escuchar más para comprender el horrendo destino de la vieja Mae.

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Sobre el Autor

José Luis Castaño Restrepo

José Luis Castaño Restrepo

Amante de las letras y furibundo seguidor de todo lo relacionado con la épica y la aventura pulp. Sitio Web: Argoth el errante

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