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La invasión de los pulpandantes. Por Eihir - Parte III

Índice del artículo

III

Mientras conduje durante varias manzanas hasta mi destino me di cuenta que las cosas que uno tiene delante no las ve hasta que la necesidad nos hace abrir los ojos y entonces uno repara en ellas. Ahora que había una razón, un motivo de peso, era cuando reconocía a través del parabrisas los mismos sucios y tristes callejones que años atrás había recorrido de niño, tiempo antes de que me uniese al club de los Buscadores de la Verdad y conociese a Marianne. Y sin embargo pude percibir que existía una diferencia sutil con el recuerdo que guardaba, como si las silenciosas casas con sus luces encendidas se hubiesen transformado ahora en ojos vigilantes que siguiesen mis movimientos. Sentí cierta angustia cuando al estacionar la furgoneta bajo la sombra del siniestro edificio abandonado el silencio me ofreció la bienvenida. Tuve un mal presentimiento, pero sabía que era necesario seguir aquella pista, bastaba con alzar la vista hacia arriba y ver la silueta cilíndrica coronada por una cúpula acristalada.

–Bueno Billy, esperemos que los chicos no se hayan equivocado –me dije a mi mismo en voz alta para infundirme ánimos.

Tras bajarme de la furgoneta me dirigí hacia la entrada, donde aún se podía leer en un cartel oxidado que aquella construcción ruinosa había sido una vez el Aquarium de Hollow City, un lugar antaño dedicado al estudio y conservación de varias especies biológicas marinas. Según la información que habían podido conseguir mis compañeros Buscadores, las instalaciones habían tenido que cerrar años atrás tras un turbio asunto relacionado con uno de los investigadores científicos del Aquarium, un tal doctor Foster. Según nos había contado Quaterson, el rostro que habíamos visto en la pantalla era el de ese tal Foster, un antiguo colega científico suyo. Los chicos me habían enviado una imagen antigua de aquel tipo, que ahora podía ver perfectamente en la pantalla de mi móvil. Tenía treinta años menos pero aún conservaba ese aire de profesor chalado, con el mismo bigotillo fino y las mismas gafas de montura anticuada. Sin lugar a dudas el doctor Foster era el misterioso hombre relacionado con los pulpandantes.

Era de noche y estaba solo, pues Marianne se había quedado en casa de Quaterson para vigilar su estado. El Hospital General no era un sitio seguro con tantas víctimas infectadas por los pulpandantes, así que el viejo había preferido automedicarse y continuar, pero Marianne y yo nos mantuvimos firmes y le recetamos al menos una noche de descanso. Podía haberme traído a Fat Boy o a alguno de los otros Buscadores, pero no estaba muy seguro de lo que iba a encontrar en el Aquarium, así que preferí enviarlos a casa después de que hubiesen compartido conmigo la información. Así que en aquella aventura ahora solo contaba conmigo mismo y con la suerte.

El acceso principal al Aquarium se hallaba vetado por una doble puerta de acero cuya solidez invitaba a abandonar la aventura nocturna nada más empezar, pero yo era un Buscador de la Verdad y no me iba a rendir a la primera dificultad que se presentaba. Rodee el edificio y pude ver una ventana situada en el primer piso cuyo cristal había muerto a pedradas gracias a la puntería de algún joven delincuente, así que me armé de valor y comencé a trepar. Usando mis manos y mis pies además de la paciencia conseguí al fin colarme en las instalaciones, más concretamente en una sala oscura y abandonada llena de excrementos de gato. Advertí mientras avanzaba por los pasillos de las instalaciones armado con mi linterna la enorme cantidad de papeles y desperdicios que había por todas partes. El polvo y la suciedad se acumulaban en cada rincón, fruto del olvido al que la sociedad había sometido a aquellas instalaciones desde hacía treinta años, justo cuando sucedió la anterior visita de los pulpandantes a la ciudad.

Entonces escuché un ruido, el zumbido del fluido eléctrico, que provenía del hueco de las escaleras. Miré hacia arriba y vi que había luz en la parte superior, así que decidí subir. Mientras ascendía los peldaños despacio no pude parar de pensar quien estaría allí ahora, en un antiguo edificio propiedad del gobierno local que se suponía abandonado. ¿Debía llamar a la policía, y que fuera ésta quien se encargara del asunto? Deseché la idea al instante, pues compartía con Quaterson su opinión sobre la eficacia de los cuerpos de seguridad, y decidí continuar dispuesto a todo.

Tras abrir una puerta me encontré en un amplio vestíbulo con un gran panel indicativo en la pared frontal, que señalaba todas las áreas de aquel nivel del Aquarium. Decidí seguir la luz, que se deslizaba por debajo del Laboratorio Bionaturista, y comprendí por su ubicación que estaba justo en el centro de la esfera de cristal del edificio. Abrí la puerta lo más despacio que pude y entré en el interior.

Lo que apareció ante mis ojos me dejó sin aliento durante un instante. Hileras de lo que parecían pequeñas piscinas llenaban todo el espacio de aquella gigantesca sala, iluminada por una suave fluorescencia cuyo origen era el contenido de los contenedores. Al acercarme a uno de ellos tuve que tener cuidado de no tropezar con los inmensos tubos que conectaban los recipientes a una especie de maquina llena de controles, relojes y sensores de todo tipo. Apartando algunos tubos y cables logré al fin vislumbrar el contenido de los tanques de agua, que no era otra cosa que algas. Miles de especímenes de estos vegetales marinos se acumulaban entre todos los contenedores, flotando suavemente en el agua mientras emitían una suave fluorescencia verdosa que parecía una luz mágica.

–Hermoso, ¿verdad? –dijo una voz cerca de mí.

Al volverme me encontré con la figura de un hombre menudo de cabello gris, vestido con una bata blanca y que me observaba nerviosamente con sus ojillos tristes a través de sus gafas. Lo reconocí al instante.

–¿Es usted el doctor Foster? –pregunté.

–Así es. ¿Quién eres tú? ¿Acaso no sabes que está prohibido la entrada? –dijo, tratando de parecer amenazante sin conseguirlo.

–Solo soy un estudiante realizando un trabajo de investigación, doctor. Y que yo sepa, este edificio está cerrado para todo el mundo –dije enfatizando el tono en la palabra «todo».

Como el doctor se mantuvo en silencio poniendo las manos en los bolsillos de su bata, decidí seguir hablando.

–Usted trabajaba en este mismo edificio hace treinta años, ¿verdad? En este mismo laboratorio, dedicándose exactamente a la misma actividad que ahora.

–¿Ah, si? ¿Y a qué cree que me dedico, joven?

–Usted posee un master por la Universidad de Hollow City en Biología Marina, doctor Foster. Su especialidad es la Algoterapia, el cuidado de las algas marinas para estudiar cómo afectan sus propiedades al bienestar de las personas. Usted fundó junto a otros científicos el Aquarium, y sus progresos en dicho campo fueron muy meritorios para la comunidad científica. Y sin embargo algo debió ocurrir, porque el Aquarium cerró para siempre cuando sus patrocinadores le dieron la espalda. Todo el mundo le abandonó, le cerraron el grifo y usted desapareció. ¿Estoy en lo cierto?

–¡Tú no sabes nada de mí, mocoso malcriado! –la figura enjuta de Foster pareció crecer a medida que la furia deformaba sus facciones y las pupilas de sus ojos se oscurecían–. Yo construí todo esto, el Aquarium era un centro científico tan importante que científicos de todo el país, y muchos de otros países, venían para interesarse por mis experimentos. ¡Las algas, que hermosas son! Para todo el mundo son simples vegetales que moran en el fondo del mar, pero son organismos fundamentales para la supervivencia de nuestra especie…y de otras especies.

Al decir aquellas palabras con el brillo de la locura reflejado en su mirada me di cuenta entonces de su significado.

–Quiere decir que las algas son…

–¡Si! Las algas tienen multitud de variedades, y todas concentran en sus organismos gran cantidad de elementos como vitaminas y proteínas, pero además de servir como nutrientes también tienen otras propiedades. Unas sirven para tratar la piel, otras contribuyen a sanar con rapidez nuestros cuerpos, y otras pueden almacenar energía y emitirla en forma de luz. Lamentablemente la especie humana ha contribuido en los últimos años ha mancillar los mares y océanos, contaminando las aguas de nuestro globo hasta el punto de exterminar multitud de especímenes de algas.

–Y por ello las tiene aquí, metidas en estos tanques, donde se conservan a salvo y en óptimas condiciones –señalé los tanques y la maquinaria que los conectaba.

–Así es, veo que eres un sabelotodo. Seguro que te mueres por saber para qué hago todo esto.

–Ya lo sé. Esta es la razón por la que los Pulpandantes vinieron hace treinta años, y por la que han vuelto ahora, ¿verdad?

–¡Vaya, así que les has puesto nombre y todo! ¡Qué gracioso, Pulpandantes! Yo siempre los he llamado simplemente…amigos.

De repente el doctor Foster sacó su mano derecha del bolsillo, y me vi encañonado por un pequeño revólver.

–Doctor, no sea tonto. ¿Por qué está ayudando a estos seres? ¿Es que no ve que sus intenciones son malvadas? –dije, intentando ganar tiempo para pensar en una forma de salir con bien de aquella situación.

–Cierra la boca, chico. Eres tan ciego como todos los demás, no lo entiendes. ¡Nadie lo entiende! Pero yo sí, sé perfectamente lo que estoy haciendo. Hace treinta años vinieron aquí, cuando su nave aterrizó en el rio Hutton. Son una especie mucho más avanzada que la nuestra, con una tecnología tan sorprendente que nuestros mejores dispositivos son para ellos simples juguetes. En su planeta poseen complejas máquinas que les permiten detectar la presencia de sustento en otros mundos, y estoy seguro de que hay muy pocos que tengan tantas algas como el nuestro. Vinieron a mí atraídos por mis experimentos con las algas, y aunque en principio les temí por su aspecto pronto llegamos a un entendimiento. Les proporcionaría todas las algas que quisieran para que se las llevaran a su planeta, y a cambio me obsequiarían con sus avanzados conocimientos tecnológicos.

–Pero algo se torció, el trato salió mal.

–Sí, chico, así fue. Es cierto que tienen instintos ciertamente…peculiares, por así decirlo, y les es difícil contener sus ansias de reproducirse como especie. Al principio solo infectaron a unos pocos, solamente para tener algo de mano de obra. Unos cuantos de ellos correteando por Hollow City no suponían una grave amenaza, pero fue más tarde cuando me di cuenta de que no iban a parar. No solo querían las algas, sino también un mundo rico en agua donde establecer una colonia. Creo que su mundo se está muriendo, y como especie es normal que piensen en alguna forma de sobrevivir. Intenté ayudarles creando una nueva clase de alga, la Fosterphyta, que contenía una mayor cantidad de nutrientes que las variedades comunes, además de una elevada resistencia a diferentes medios que la hacía capaz de reproducirse incluso en su planeta. Una vez que obtuve una primera muestra se las ofrecí a los pulpandantes para que las probaran.

–¿Y qué ocurrió?

–Que la Fosterphyta no estaba lista aún, me precipité en mis cálculos y no conté con las diferencias entre el organismo de los seres del espacio y nosotros. Cuando me di cuenta ya era tarde, y todos los pulpandantes que las probaron cayeron como moscas con sus cuerpos disueltos en charcos de agua. Imagínate mi sorpresa cuando mi superalga en lugar de hacerlos más fuertes lo que hizo fue envenenarlos.

–Así que su plan de intercambio cultural con los vecinos galácticos se vino abajo. ¡Qué pena tan grande! –dije con evidente ironía.

Sin embargo no fue una buena idea molestar al doctor Foster, el cual me apuntó con su revólver de forma rabiosa con el dedo sobre el gatillo.

–¿Te burlas de mí, chico? Creo que ya he hablado bastante, te dispararé y ocultaré tu cadáver bajo las algas de uno de estos tanques y nadie lo sabrá nunca. Tu nombre será uno más en la lista de fichas de desaparecidos.

–¡Espere, hay algo que aún no he entendido! –dije, sabiendo que el fin se aproximaba–. ¿Por qué han vuelto otra vez los pulpandantes?

–Porque no todos murieron, hubo uno que no probó mi alga especial, precisamente el piloto de la nave y el más inteligente de todos. Al ver los terribles efectos que causó sobre sus congéneres, su enfado fue monumental. No puedo culparle de que intentase matarme, precisamente en este mismo laboratorio, extendiendo sus tentáculos para intentar estrangularme. Pero para entonces yo ya sabía de su vulnerabilidad al fuego, así que le rocié con uno de los productos químicos utilizados para la limpieza de los tanques y le prendí fuego. Nunca olvidaré sus terribles gritos mientras huía a toda prisa con su cuerpo envuelto en llamas, ni aquella última mirada que me dirigió con evidente sed vengativa. Los periódicos de entonces dijeron que se volvió a ver una extraña luz sobre el rio Hutton aquella fatídica noche, por lo que supe que el visitante había podido escapar.

–Y dedujo que volvería –añadí.

–Por supuesto. Desgraciadamente, el caos en el laboratorio fue demasiado evidente para ocultarlo todo y los directivos del Aquarium cancelaron mis experimentos y retiraron las ayudas, expulsándome de mi trabajo y de la comunidad científica. Pero con el tiempo volví en secreto, pues tenía que pulir la Fosterphyta para tenerla lista cuando los pulpandantes regresaran. Lo único que necesitaba era una innovadora forma de tratarlas, un sistema que permitiese fortalecer sus organismos y hacerles crecer más rápidamente.

–¡El trabajo sobre radiactividad del profesor Quaterson! –exclamé.

–Vaya, veo que conoces a uno de mis antiguos colegas. Cuando el pulpandante vino a mí le convencí para que robara el dosier del profesor, lo que me permitió lograr mi fin con éxito. La misma alga pero sin el componente nocivo para nuestros amigos, un presente para nuestro visitante oculto en Wood Lake que calmará su animadversión hacia mí. De hecho, creo que nuestro reencuentro no tardará mucho en realizarse.

Al decir aquello Foster consultó su reloj de muñeca un instante, momento que aproveché para intentar echarme sobre él y arrebatarle el arma de la mano, pero la maniobra salió mal y acabé tropezando con uno de los múltiples cables del suelo.

–Creo que es hora de despedirse, chico. Tengo una visita y tú eres persona no grata. ¡Métete en ese contenedor de ahí, ya! –dijo con un ademán del revolver.

Obedecí al doctor Foster pues no me quedaba otra opción, y sumergí mi cuerpo en uno de los tanques de agua llenos de algas. Aunque de pie a penas me cubría por la cintura, Foster me indicó que me pusiera de rodillas y entonces apenas pude mantener la cabeza por encima de los vegetales marinos. El malvado científico oprimió un botón de un panel cercano al tanque y un zumbido me advirtió de que algo se había puesto en marcha. Dos placas de vidrio grueso surgieron de los laterales y con un rápido movimiento se ensamblaron sobre mí, cerrando herméticamente el tanque conmigo en su interior.

–¿Tienes miedo de quedarte sin aire, chico? No te preocupes, estas algas te lo proporcionarán gratis, así que te daré unas cuantas. ¡Todas las que quieras! –la maquiavélica sonrisa de Foster no dejaba lugar a dudas de que no estaba tramando nada bueno cuando volvió a manipular el panel de control de la maquinaria.

Noté una vibración dentro del tanque y advertí como una pequeña compuerta en el fondo se abría, inmediatamente antes de que el número de algas del tanque comenzase a crecer. Mi libertad de movimientos se vio restringida por el espesor del agua llena de esos dichosos vegetales, viéndome obligado a pegar mi cara al cristal protector tratando de que las algas no la recubriesen.

Fue entonces cuando los vi. Al principio no eran más que un conjunto de manchas de luz transparentes que flotaban en el aire, pero poco a poco fueron retirando su capacidad de camuflaje y se dejaron ver tal y como eran. Los pulpandantes entraron por una de las enormes cristaleras que permitían que la luz diurna bañara los contenedores de algas, y que el doctor Foster había dejado abierta adrede. Extendiendo sus tentáculos llenos de ventosas una docena de esos seres se movieron por el laboratorio explorándolo y contemplando las algas. Pude ver que todos iban ataviados con ropas de calle corrientes, y sentí cierta lástima porque sabía que una vez habían sido parientes o amigos de alguien, terminando convertidos involuntariamente en monstruos perversos. Uno de ellos clavó sus ojos ambarinos sobre mí a través del cristal protector del tanque, pero no percibí en ellos ni un solo atisbo de piedad. Allí solo había una crueldad sin límites, un ansia conquistadora que jamás se detendría.

Uno de los pulpandantes se acercó al doctor Foster y pude ver que iba ataviado con una especie de uniforme de color verde, con guantes y botas a juego. Gran parte de la cabeza y los tentáculos presentaban graves cicatrices causadas por el fuego, por lo que aquel debía ser el mismo ser que años antes había visitado Hollow City. Era tal la vulnerabilidad de su organismo al fuego que en todos estos años su gran capacidad regenerativa había resultado inútil contra la severidad de los daños. El jefe pulpandante extendió uno de sus tentáculos y lo colocó sobre la frente de Foster, el cual sonreía como un loco ante su presencia. Parecía que entablaban una especia de comunicación mental, un intercambio de ideas mucho más rápido y eficiente que la simple conversación verbal. El líder pareció satisfecho y retiró el tentáculo, moviendo sus apéndices para señalar a sus congéneres los diversos contenedores llenos de jugosas algas. Uno de ellos se acercó a uno de los contenedores y recogió con sus tentáculos un puñado de algas para luego introducirlas en su boca. El líder no perdió de vista a su subordinado mientras esperaba algo, pero al transcurrir unos minutos sin que ningún cambio se hiciese visible emitió un agudo chillido que solo podía cualificarse de alegría por el éxito.

¡El maldito doctor Foster lo había conseguido, su alga era ahora perfecta para aquellos seres! Se la llevarían a su nave para criarla en su planeta y expandir su horrible raza por todo el cosmos infinito, un universo donde todos los seres vivos terminarían con el tiempo convertidos en pulpandantes o simplemente exterminados.

El doctor Foster habló entonces al líder pulpandante, pero el cristal del tanque me impidió escuchar sus palabras. Puede que fuesen simples alabanzas a aquella raza conquistadora, o tal vez estuviese recordándoles su antiguo trato de colaboración. Fuese lo que fuese ya no importaba, pues antes de que el científico loco pudiera darse cuenta todo su cuerpo fue envuelto por los tentáculos del monstruo. La fuerza del líder hizo que levantar a Foster del suelo fuese un juego de niños, acercando su rostro al suyo propio mientras sus ojos ambarinos refulgían de venganza. Uno de los tentáculos se mantuvo un instante en el aire y pude observar como de la parte inferior surgían unas pequeñas espinas redondeadas, y a continuación posó sin miramientos el apéndice sobre la mitad derecha del rostro del doctor. No necesitaba escuchar nada para saber que Foster estaba gritando de miedo y de dolor, mientras el apéndice se clavaba en su piel e introducía la sustancia que infectaba al receptor para que en pocas se transformase en pulpandante. Ese era el pago que Foster recibía por ser un Judas traidor a su raza.

Cuando hubo terminado el pulpandante lanzó el cuerpo de Foster de forma violenta contra una pared, donde quedó desmadejado e inmóvil como un muñeco roto. A continuación se dirigió hacia la salida del laboratorio seguido por el resto de sus compañeros, cada uno de los cuales aferraban entre sus tentáculos uno de los tanques de algas. Llegados a este punto yo ya estaba completamente cubierto de las plantas y comenzaba a asfixiarme, por lo que decidí sumergirme en el fondo del agua y llegar hasta donde estaba la rejilla del aparato climatizador que regulaba la temperatura. Saqué mi navaja de explorador y utilicé el destornillador para retirar la placa metálica y poder acceder a los cables, cortando y tirando de ellos para luego volver a manipularlos y precipitar un cortocircuito. Por un momento temí que la gran masa de algas impidiera mi plan, pero al notar la sacudida eléctrica entre mis manos y la corriente de aire sobre mi cabeza supe que había tenido éxito y la avería había provocado que el cristal protector volviese a retirarse de la cubierta del tanque. Cansado, sin aire en los pulmones y medio electrocutado conseguí salir como pude del agua estancada de algas, por lo que me quedé rendido en el suelo un instante mientras recuperaba el aliento.

–Ayuda…socorro –me llegó una voz frágil y susurrante.

Advertí que el cuerpo del doctor Foster se movía ligeramente entre débiles espasmos, así que me acerqué a él arrodillándome a su lado. Tenía su ojo derecho reventado por uno de los pinchos del tentáculo, y sobre su rostro reconocí perfectamente las marcas redondeadas que desgraciadamente ya había visto otras veces. Foster estaba infectado, no había nada que hacer y él lo sabía. Su destino estaba marcado inevitablemente y dentro de poco se uniría al ejército de pulpandantes de Hollow City.

Paradójicamente ahora la mirada del científico carecía de ese toque demencial que había poseído, sustituida ahora por una expresión de súplica. Supe entonces lo que quería que hiciese, liberarlo de su funesto final.

Cogí el revólver que aún guardaba en el bolsillo de su bata manchada de sangre y se lo puse en la mano derecha, y luego coloqué ésta de modo que el cañón apuntara directamente sobre su sien.

–Gracias chico. Me equivoqué con ellos, solo quieren llevarse las algas a su planeta y regresar más fuertes para destruirnos a todos. Tienes que detenerlos…

Le volví la espalda y me marché del laboratorio sin mirar atrás. Aún pude escuchar las últimas palabras del doctor Foster:

–Yo solo quería…el conocimiento.

El fragor del disparo sonó como un cañón en mis oídos antes de que abandonase en silencio el solitario edificio del Aquarium de Hollow City.

***

Tras mi aventura en el criadero de algas supe que no había tiempo que perder y que había que detener los planes del terrible líder pulpandante. Puesto que mi móvil había muerto por la exposición prolongada al agua del tanque tuve que conducir hacia la Guarida, y desde allí me puse en contacto con Marianne y Fat Boy para contarles rápidamente todo lo sucedido en el Aquarium. Recogí a mi compañero pelirrojo cerca de su casa, y a Marianne y al profesor Quaterson en casa de éste último. El viejo lucía un vendaje aparatoso en la cabeza fruto de la lucha con el pulpandante, pero su rostro mostraba un vigor y una resolución que nadie esperaría en un tipo de su edad.

–¿Seguro que quiere venir, profesor? –pregunté.

–Señor Jones, puedo asegurarle que si no voy con ustedes sus posibilidades de aprobar mi asignatura se verán reducidas al mínimo. Además está demostrado estadísticamente que en situaciones peligrosas hay mayores posibilidades de sobrevivir si hay una persona adulta y responsable envuelta en las circunstancias.

–De acuerdo profesor, pero será peligroso.

–Como cualquier experimento científico, señor Jones.

–Entonces, ¿a qué esperamos? ¡Vamos a cazar a esos pulpandantes! –dijo Marianne subiendo al coche después de meter un par de mochilas.

–¿Qué hay ahí? –preguntó con curiosidad Fat Boy dándose la vuelta hacia atrás para mirar las mochilas.

–Son dos máquinas portátiles de rociar pintura –dijo Marianne mostrando los artefactos parecidos a una pistola de lanzar tornillos pero que poseían un cilindro de plástico lleno de un líquido blanco en su base–. Estas rayitas de luz indican la carga de la batería, así que mejor ahorrar hasta que las necesitemos.

–¿Vamos a luchar contra monstruos invasores del espacio con pintura? –se mosqueó Fat Boy–. Vaya mierda.

–Señor Collins, lo que contienen esos cilindros más los que la señorita Randall guarda en esas mochilas no es pintura, es una sustancia de fabricación propia cuyo base principal es el fósforo –dijo pacientemente Quaterson.

–Pero solo hay dos, ¿qué harán los demás?

–Tranquilo Fat Boy, también hemos llenado un par de botellas de plástico con el mismo líquido. Además, para que la sustancia surta efecto hay que prenderle fuego. Y por eso también hemos traído esto.

Marianne nos convenció mostrando una serie de bengalas de mano que guardaba en las mochilas, de las que se encendían automáticamente con la fricción de la rosca. Era evidente que Quaterson era un tipo peculiar y un saco lleno de sorpresas.

Conduje la furgoneta una vez más hacia Wood Lake, tomando la avenida principal de la ciudad para buscar la carretera curva y serpenteante que nos llevaría hasta las pequeñas montañas y luego al valle donde estaba el lago. Durante el trayecto solo podía pensar en una sola cosa, y era el miedo. Miedo a lo que encontraríamos allí, miedo a que nuestro plan no funcionase, miedo a perder a Marianne, y a mi madre, y a mis amigos. Pero teníamos que intentarlo, y de algún modo había que sobreponerse a ese miedo devorador y encontrar la fuerza necesaria para continuar hacia adelante.

Recorrimos la entrada al pequeño poblado de Wood Lake, lleno de tiendas ahora cerradas y con varios carteles anunciando los diversos lugares de acampada que rodeaban el lago. Pasamos muy cerca de casa de Jim Broket, y no pude dejar de pensar en su trágico final y en el de su familia. Y en las demás familias a las que le sucedería lo mismo, si no hacíamos algo.

–¿Alguien quiere bajarse ahora que está a tiempo? –pregunté.

Quaterson guiñó un ojo, Fat Boy negó con la cabeza y Marianne simplemente comprobó una de las pistolas con un ruidoso chasquido mientras me miraba. Asentí con la cabeza y apreté el acelerador a fondo recorriendo a toda velocidad los últimos metros que nos separaban del embarcadero del lago. Al llegar a la pequeña construcción de madera comprobamos que no había nadie en las inmediaciones, salvo un pequeño grupo de gatos nocturnos hurgando entre los desperdicios dejados por los primeros veraneantes. Tomamos prestada una de las embarcaciones destinada a pasear a los visitantes y junto a Fat Boy tomamos los remos para adentrarnos en las pacíficas aguas del lago, con la finalidad de viajar más deprisa y poder alcanzar a los pulpandantes.

No tardamos mucho tiempo en ver a lo lejos la luminosidad de las algas brillando en la oscuridad de la noche, si bien comenzaba a levantarse una ligera niebla que se filtraba a través de las hileras de árboles que rodeaban el lago y que dificultaba parcialmente la visión. Hice un gesto para que mis compañeros guardaran silencio y dejamos de remar, momento en que mi mano rozó la de Marianne y nos miramos a los ojos. Ella me devolvió la mirada dirigiéndome una sonrisa y apretándome suavemente la mano, haciendo que me olvidase del peligro que nos envolvía en aquel instante mágico. Quaterson y Fat Boy se dieron cuenta y se dirigieron miradas de complicidad, por lo que retiramos las manos con cierta incomodidad y nos dispusimos a observar lo que sucedía en el lugar donde las aguas se iluminaban con el resplandor verdoso.

Cogí los prismáticos de visión nocturna que había traído conmigo, regalo de mi madre por mi anterior cumpleaños, y contemplé con estupor que los pulpandantes no necesitaban ninguna embarcación. Eran perfectamente capaces de nadar con manos y pies mientras sujetaban con sus tentáculos los tanques de algas, cruzando de una orilla a otra del lago para internarse entre el frondoso bosquecillo de pinos donde iban desapareciendo uno tras otro. Una vez el último de aquellos seres se perdió de vista volvimos a remar hacia aquel lugar con todo el empeño que pudimos.

–¿Hacia dónde van? –preguntó Marianne, tan extrañada como el resto, mientras saltábamos de la barca y la empujábamos suavemente hacia la orilla para que no se perdiera entre las aguas.

–Esperad un momento –dije, sacando el contador Geiger de mi bolsillo una vez más–. Fijaos, hay una señal pero ya no proviene del agua, como la otra noche. Viene de allí.

Era evidente que el detector de radiaciones indicaba el mismo lugar hacia donde se dirigían los pulpandantes, por lo que dedujimos que habían movido la ubicación de la nave espacial para introducir mejor la carga.

–¡Vamos, deprisa! –animé a mis compañeros–. Estad atentos.

Nos internamos en la espesura siguiendo el rastro de las criaturas, hasta llegar a un pequeño claro donde nos deparaba un espectáculo increíble. Allí, ocupando casi todo el espacio que dejaba la vegetación, se encontraba la nave espacial de los pulpandantes. Su forma era ovalada según la tradición de los clásicos platillos volantes, con una cúpula central que se elevaba algo más de un metro del resto del cuerpo de la nave. A pesar de que el tamaño total del vehículo parecía algo pequeño, recordé que según el doctor Foster parecía que siempre había habido un único visitante original, un solo tripulante que luego originaba a más de su especie según sus conveniencias. La nave estaba suspendida sobre el suelo por algún tipo de campo gravitatorio, y una compuerta se hallaba abierta para que los pulpandantes introdujeran los tanques de algas en ella.

–¡Oh dios, son demasiados! –dijo Fat Boy, resoplando.

En efecto, tuve que admitir que mi amigo tenía razón al contemplar aquella muchedumbre de seres con cabeza octópoda, apiñados delante de la compuerta de la nave. Al menos debía haber una treintena de aquellos monstruos, si no más, con sus ojos ambarinos iluminados por la fluorescencia de las algas. Un pequeño ejército que se quedaría de avanzadilla en nuestro mundo mientras su jefe regresaba victorioso a su planeta.

–Deben de estar presentes todos los infectados de Hollow City, para recibir las últimas órdenes de su líder. Miren allí –señaló con un dedo Quaterson.

En aquellos momentos apareció por la entrada de la nave espacial el líder pulpandante, siempre ataviado con su uniforme verde, con sus tentáculos meciéndose sinuosamente mientras emitía pequeños chillidos por su repugnante boca. Sus subordinados terminaron de colocar el último de los tanques en el interior de la nave, y se quedaron inmóviles mientras el líder avanzó unos pasos para hablarles.

–Fíjense en el viento, va en dirección a la nave desde el este. Si quemamos aquellos arbustos de allí el fuego se propagará rápidamente. Dos de nosotros debemos encender el fuego allí, y los otros dos cortarles la línea de retirada –propuso el profesor.

–De acuerdo, usted y yo nos acercaremos a la nave lo máximo posible. Marianne, tú y Fat Boy rociaréis la vegetación aquí –indiqué.

–No, Billy, yo iré contigo. Soy la más sigilosa de todos y tenemos que acercarnos todo lo posible para tener éxito –objetó Marianne.

No discutí la decisión de la chica porque sabía que tenía razón, así que nos deseamos todos buena suerte sabiendo que nuestras posibilidades de salir indemnes de aquella situación eran escasas siendo optimistas. Marianne y yo dimos un rodeo moviéndonos con discreción entre los árboles, hasta el límite máximo de cobertura que la vegetación nos ofrecía. Comenzamos a embadurnar árboles y plantas con el líquido de fósforo de Quaterson, ella utilizando la pistola de rociar y yo esparciendo la sustancia con botellitas de plástico de la mochila.

–¿Preparada? –pregunté a Marianne cuando terminamos.

–Adelante, Billy.

El pulso me tembló ligeramente cuando manipulé la bengala para encenderla, pero tras emitir un chasquido las chispas brotaron de la punta como una lluvia de estrellas brillantes.

–Esto es por Jim Broket y los demás –dije, lanzando la bengala hacia unos arbustos.

Al contacto del objeto con la sustancia rociada pudimos ver su tremenda efectividad. La primera llama brilló tan intensamente que pude ver mi rostro reflejado en ella, un pequeño parpadeo azulado que rápidamente aumentó de tamaño expandiéndose a su alrededor. Hubo un pequeño estallido y Marianne y yo tuvimos que apartarnos mientras el fuego se extendía abriéndose paso hasta la nave alienígena levantando una cortina de fuego entre la nave y las criaturas.

Los pulpandantes se dieron cuenta inmediatamente y a una orden de su amo se encaminaron hacia donde estábamos, pero una nueva explosión de llamas azules y rojas más allá del claro les hizo detenerse. Quaterson y Fat Boy habían cumplido su parte, y ahora las criaturas estaban atrapadas en un círculo llameante multicolor del que emanaba un calor asfixiante y mortal. Los chillidos de los pulpandantes se mezclaron con el crepitar de las llamas, y comenzaron a correr despavoridos intentando salvarse. Pero su vulnerabilidad al fuego se hizo patente cuando al internarse en el bosque en llamas sus cuerpos se llenaron de bultos tan negros como el humo que los envolvía, unas llagas que crecieron grandes como puños hasta reventar. Ninguna de las criaturas salió con vida de allí, todas abatidas como moscas en una tormenta que hallaron su trágico final en un fuego infernal.

Nos reunimos con Quaterson y Fat Boy detrás del muro flamígero, congratulándonos del éxito, pero entonces conseguí ver a través de humo y del fuego que había uno de los pulpandantes que había resultado indemne. Era el líder, que inteligentemente había logrado evadirse del fuego alargando al máximo sus tentáculos hacia la parte superior de su nave, para posteriormente impulsar su cuerpo por encima de las mortales llamas y así lograr alcanzar la entrada. Sin pensarlo dos veces le cogí a Marianne la pistola de rociar y corrí atravesando la barrera de llamas, sintiendo como lenguas de fuego azulado abrasaban mi cuerpo mientras saltaba por encima de los cuerpos calcinados de los pulpandantes. Justo cuando la compuerta de la nave se cerraba di un salto y conseguí colarme por el estrecho hueco, dañándome el hombro al chocar contra uno de los tanques de algas. Sentí como el suelo se movía bajo mis pies, pues el líder pulpandante se había sentado a los mandos de la nave para iniciar el despegue.

Cogí la pistola y rocié el interior de la nave hasta vaciar el cilindro de plástico, y al terminar la arrojé para sacar de mi bolsillo la última bengala que me quedaba. Sin embargo el pulpandante se dio cuenta de mi maniobra y se separó del panel de control para encararse hacia mí. Utilizó sus tentáculos para inmovilizar mis miembros, haciendo que la bengala cayera al suelo. Empezó a tirar con todas sus fuerzas sobre mis muñecas y tobillos, haciendo que un terrible dolor recorriera mis extremidades amenazando con arrancarlas de su sitio. La angustia era tan insoportable que grité, mientras el pulpandante me miraba con satisfacción sabiendo que tenía todas las de ganar. Yo no era más que un juguete roto en sus manos, no tenía nada que hacer en combate cuerpo a cuerpo contra una criatura cuya fortaleza me superaba.

Pero entonces tuve un pensamiento, y era que incluso cuando el mayor peligro nos acecha siempre hay una oportunidad para escapar de él. Frente a la adversidad siempre existe la esperanza, sobre todo si uno tiene un motivo por el cual no debe rendirse. Y yo tenía muchos motivos para seguir luchando, pues estaba en juego no solo mi vida, la de Marianne, la de mi madre o la de mis amigos. Luchaba por la vida de todos, y puedo asegurar que no existe motivo igual que pueda infundir un mayor ánimo y fuerza.

Transformando mis gritos de dolor en un potente aullido de furia usé toda mi fuerza para flexionar mi brazo derecho y acercarlo unos centímetros hacia mí. El pulpandante sabía que no podía liberarme así, por lo que permitió mi ligero forcejeo tal vez para regodearse en su victoria. No sabía si los movimientos del orificio viscoso que era su boca significaban que estaba sonriendo, pero si así era seguro que la risa se le cortó de forma repentina.

Inesperadamente giré la cabeza hacia el tentáculo a mi derecha y le propiné un brutal mordisco.

La sorpresa del ataque y el dolor infringido hizo que el pulpandante se tambalease hacia atrás y retirase de mí sus tentáculos, dándome la oportunidad de arrojarme sobre la bengala caída. Escuché un leve siseo a mi espalda y un dolor cegador cayó como un velo sobre mis ojos, oscureciendo mi visión momentáneamente. Supe que el malvado ser había usado su potente gas nocivo al igual que había hecho la primera vez con Fat Boy, dejándome indefenso y a su merced. Dos de sus apéndices se enrollaron alrededor de mis piernas y tiraron en su dirección, arrastrándome por el suelo mientras mis manos buscaban algo en que sujetarme. No hallé asidero alguno, pero sí algo mucho mejor.

La bengala.

Antes de que pudiera arrebatármela de nuevo accioné la rosca y lancé la bengala hacia el fondo de la nave, provocando una potente explosión que hizo temblar todo a nuestro alrededor. Una gran sección del fuselaje fue arrancada de cuajo como si fuese mantequilla, y rápidamente la nave comenzó a perder altitud. Pude sujetarme al borde del agujero y observar como estábamos sobrevolando a gran altura las aguas del rio Hutton, muy cerca del puerto comercial de Hollow City. Dada la inclinación del ángulo de la caída calculé que la nave se estrellaría más allá de la ciudad, en una zona boscosa donde nadie saldría dañado.

Miré hacia el pulpandante, el cual avanzaba hacia mí ascendiendo con sus tentáculos llenos de ventosas para intentar escapar por el agujero del casco, con sus ojos ardiendo de furia.

–¿Querías algas? ¡Pues cómetelas!

Con las piernas empujé uno de los contenedores de algas que bloqueaba al resto, con lo que el pulpandante no pudo evitar quedarse aplastado al fondo de la nave por todo el peso de los tanques metálicos. En ese momento salté por la abertura y me encontré con el viento silbando en mis oídos, cayendo hacia abajo en una vorágine que me hizo sentir como si estuviera en una montaña rusa. Escuché el sonido de una gran explosión cuando la nave chocó contra tierra firme, convirtiéndose en una gran bola de fuego anaranjada.

Después mi cuerpo impactó en el agua y todo se redujo a la simple y silenciosa oscuridad.

***

Pasé un par de días en el hospital, bajo los cuidados del personal médico y de la atenta mirada de mi madre. Hubiera recibido una serie de reprimendas y castigos de no ser porque se presentó el sargento Sam Woods diciendo que había estado prestando un servicio a la policía. Mi madre no tenía un pelo de tonta y supo que había algo más, pero no quiso preguntar nada sobre el asunto debido a que lo único que le importaba de verdad es que yo estaba a salvo.

Respecto a la nave espacial, al parecer alguna de las propiedades del alga especial del doctor Foster incluía la de almacenar energía, energía que había sido liberada en gran cantidad con la explosión. Solo quedaron restos metálicos chamuscados que las autoridades no pudieron identificar. El sargento me contó que habían podido influir sobre la prensa para que las desapariciones, los altercados en las calles, los avistamientos de extraños seres e incluso la muerte del doctor Foster fuesen tratados como sucesos casuales sin que tuvieran relación alguna entre ellos.

Cuando salí del hospital y regresé a casa pasé muchas noches contemplando las silenciosas estrellas que resplandecían en la noche, meditando sobre los pulpandantes. El profesor Quaterson había explicado que a lo largo de la historia cuando un pueblo conquistador era derrotado normalmente sucedían una de estas dos cosas: abandonaban su intento de conquista y se expandían hacia otro territorio distinto, o la derrota era el principio de su caída y derrumbe. Con el tiempo tuve que darle la razón, pues nunca más supimos de los pulpandantes, aunque eso no evitó que de vez en cuando tuviese pesadillas o que me preguntase en qué lugar del espacio estaría su planeta. ¿Volverían a intentar alguna vez regresar a nuestro mundo? Si así fuese esta vez estaríamos preparados, porque la invasión de estos extraños seres fue el punto de partida para que los Buscadores de la Verdad se especializasen en la investigación paranormal y los fenómenos ocultos.

Junto con Marianne, Fat Boy, Quaterson y el resto de Buscadores viví muchas aventuras y superamos innumerables peligros, grandes experiencias que fueron añadiendo más y más recortes de prensa al Pastel de la Guarida, aquella vieja casucha oculta en lo más profundo de los callejones de Hollow City.

Pero esas historias serán contadas en otra ocasión…

FIN

NOTAS DE AUTOR: Este relato está dedicado especialmente a Vicente José P. G., el auténtico Pulpandante. Cualquier parecido entre el Pulpandante de este relato y la criatura del juego de rol RuneQuest es pura coincidencia | Un relato de Hollow City. safeCREATIVE 1609159192049. Copyright ©2016. Vicente Ruiz Calpe. http://eihir.wordpress.com/. Contacto: Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.

Sobre el Autor

Vicente Ruiz Calpe

Vicente Ruiz Calpe

«Bienvenido a mi morada. Entre libremente, por su propia voluntad, y deje parte de la felicidad que trae». Drácula Biografía: Vicente Ruiz Calpe, alias Eihir. Amante de la literatura, cine, cómics, bandas sonoras y todo lo que se tercie, apasionado del mundo pulp y escritor aficionado. Colabor...

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  • Espero que os haya gustado este relato sobre bichos del espacio exterior, si es que todas las criaturas del universo se empeñan en conquistarnos :p . Relato pulp protagonizado por pulp"os", así que es doblemente pulposo. Leed, insensatos... :o

  • Es relato muy ochentero, con muchas referencias a pelis clásicas y lo que más me gusta es ese aurea de misterio, de la pandilla de colegas en plan a qué nos enfrentamos y a ver cómo salvamos al mundo. Es muy entretenido. ¡Bravo Vicente!

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