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La invasión de los pulpandantes. Por Eihir - Parte II

Índice del artículo

II

Los acontecimientos siguientes se precipitaron sobre nosotros a velocidad vertiginosa, como si estuviésemos montados sobre un carrusel de feria del que terminas abandonando con un fuerte dolor de cabeza. Cuando avisamos a la policía no imaginamos que nos tratarían como a delincuentes, ignorando nuestras súplicas con caras despectivas. Jim Broket, Marianne y yo fuimos metidos entre gritos y empujones en la parte de atrás de uno de los coches patrulla, y los agentes que nos condujeron a la Comisaría Central de Hollow City no se contuvieron a la hora de insultarnos y agraviarnos verbalmente.

Los tres fuimos a parar a una de las celdas comunes, que al menos estaba vacía, y allí nos quedamos mirándonos las caras. Los agentes habían hecho caso omiso de nuestro derecho a una llamada, diciéndonos que íbamos a ser interrogados y que más nos valía confesar nuestro crimen. Porque a todas luces lo que parecía evidente era que Jim había matado a su padre, y que Marianne y yo estábamos implicados o al menos habíamos sido testigos.

–Esa…cosa, era…era mi padre –dijo Jim, que no había abierto la boca desde que había efectuado el disparo.

–Eso es lo que parece –asentí, acercándome a mi amigo y posando mi mano sobre su hombro con gesto de consuelo.

–¿Pero cómo es posible? –dijo Marianne, caminando de pared a pared en la estrecha celda.

–No lo sé –contesté, intentado pensar–. De alguna manera se transformó en ese ser con cabeza de pulpo, en ese…Pulpandante. Y de no ser por Jim hubiese acabado con nosotros.

–¡Mierda! Estamos metidos en un buen lío, nadie nos va a creer. Iremos a la cárcel. Tiene gracia, yo siempre pensé que pisaría la trena por hackear los ordenadores de la Facultad para cambiar las notas o birlar los exámenes, pero nunca por algo así –Marianne se sentó sobre la sucia litera mientras de sus dulces ojos comenzaron a brotar nuevas lágrimas.

–Este no va a ser el único problema –dijo Jim con un extraño brillo en la mirada.

–¿A qué te refieres? –dije, observándolo.

–¿No lo veis? Primero la luz extraña que cayó del cielo. Luego mi padre cayó enfermo, justo después de venir del lago, el mismo lugar donde fuisteis atacados por algo extraño que dejó inconsciente a Fat Boy. Y la forma en que mi padre escapó del hospital fue…anormal, por así decirlo. Y esas marcas en el hombro de mi madre…

Jim dejó de hablar, incapaz de atreverse a continuar, pero intuí a donde quería llegar. La respuesta era tan sencilla como increíble, pero no podía haber ninguna otra explicación. Como decía Sherlock Holmes, una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad. Solamente que en aquella ocasión la verdad poseía ciertas connotaciones extraordinarias.

–Es como una enfermedad, una especie de plaga que ha venido del espacio con el meteorito –dijo de repente Marianne.

–Y mi madre será la siguiente –dijo Jim bajando la mirada al suelo–. Eso sin contar quien más ha podido ser infectado en estos dos días.

–Pues yo tengo otra teoría –dije, captando el interés de mis dos amigos–. Creo…creo que no se trata de una plaga exactamente. Ni tampoco creo que lo que cayó del cielo fuese un meteorito.

–Billy, ¿qué estás tratando de decirnos? –Marianne me miró como si estuviese a punto de decir alguna locura, y tal vez tuviese razón, pero era lo que pensaba.

–Estoy diciendo que la luz que vimos la otra noche fue la de una nave espacial. Y que esos Pulpandantes nos están invadiendo.

***

Yo fui el primero al que se llevaron de la celda para ser interrogado. Una pequeña habitación con una mesa alargada y unas pocas sillas, y como único adorno el enorme espejo que a nadie engañaba. Detrás de él estaban los mandamases de la Policía, esperando a que me cagase en los pantalones y me pusiera a llorar del susto. Decidí que no iba a complacerles y me armé de paciencia, si querían algo de mí que no fuese la verdad iban a tener que esperar sentados.

Justo cuando se me habían terminado las cosas en que pensar para distraerme, apareció un tipo bajo pero robusto, con una cara de bulldog que imponía bastante y más aún en la oscuridad.

–Hola Billy, soy el Sargento Sam Woods –se presentó el hombre con voz seca y poco amistosa–. Iré directamente al grano, ¿vale? Porque como decís los chicos de tu edad, estás metido en una buena movida, un marrón de los gordos. Pero puedes salvar tu culo si me cuentas que es lo que pasó en Wood Lake, en casa de tu amigo.

Decidí hacer lo que me había dicho que haría, decir la verdad sin tapujos.

–Una nave del espacio aterrizó la otra noche. Un alienígena atacó al padre de Jim Broket, infectándolo de alguna forma y transformándolo en un ser con cabeza de pulpo. Al acompañar a mi amigo a su casa aquel monstruo nos atacó y Jim tuvo que dispararle a la cabeza –dije mirando al sargento directamente a los ojos y sin pestañear.

Woods acercó una silla y se sentó justo a mi lado, a la vez que me traspasaba con una mirada claramente intimidatoria. Estuvo un rato observándome en silencio, sin que sus ojos ni su expresión pétrea expresaran emoción alguna. Y luego vino el terremoto.

–¿Me estás tomando el pelo? ¡Maldito niñato! No sabes quién es el sargento Samuel Woods, pero te aseguro que lo vas a saber. ¡Marcianos, naves espaciales y hombres con cabeza de pulpo! ¿Pero te das cuenta de las estupideces que estás diciendo?

El policía escupió todas aquellas palabras de forma colérica, acercando su rostro al mío de tal forma que podía oler su aliento a tabaco y contar sus dientes amarillentos.

–Pero si es la verdad, sargento…

–¡Tonterías! Te diré lo que pasó. Tú y tus amiguitos os montasteis algún tipo de juego macabro y se os fue de las manos. Y el señor Broket la palmó por ello. ¿Qué era, una apuesta, un juego de rol? No importa, el hecho es que los tres estáis de mierda hasta el cuello, y solo se salvara el primero que confiese. Y si eres un chico listo, ese puedes ser tú. ¿Qué me dices, Billy?

–Ya le he dicho todo lo que sé, sargento –le espeté a Woods mirándole a los ojos.

–Muy bien, chico, como quieras. Pero ves preparándote porque te pueden caer unos cuantos años en la trena por cómplice de asesinato.

El sargento Woods salió de la habitación no sin antes dirigirme una mirada de consternación mientras sacudía la cabeza, y un minuto después dos agentes me acompañaron de vuelta al calabozo. Justo cuando abrían la puerta para devolverme junto a Jim y Marianne, de la celda contigua salieron unos gemidos lastimeros.

–¡Cállate ya de una vez, Owen! –gritó uno de los policías.

–Debe estar despertándose de la borrachera, menuda cogorza debió cogerse –dijo el otro agente, riéndose–. Lleva más de un día durmiendo ahí dentro.

Los gemidos continuaron en un volumen más alto, aunque esta vez iban transformándose en algo más parecido a gorgoteos. Un sonido húmedo y viscoso que parecía tener poco de humano.

–Ese tipo de ahí, ¿quién es? –pregunté a los agentes mientras una pavorosa idea asomaba en mi cabeza.

–Es Owen, un vagabundo que siempre está borracho. Lo encontraron ayer inconsciente cerca de Wood Lake. ¿Por qué lo preguntas, es pariente tuyo? –dijo uno de los policías en tono jocoso mientras me quitaba las esposas y de un empujón me hacía entrar en la celda.

Entonces Owen volvió a gritar, esta vez un chillido terrorífico capaz de helar la sangre en las venas. Los dos agentes desaparecieron de la vista mientras se dirigían velozmente hacia la celda del vagabundo. Marianne y Jim se apretaron junto a mí en los barrotes de la celda mientras tratábamos de percibir lo que ocurría.

–¡Mierda, Owen! ¿Por qué diablos has roto la lámpara, te gusta estar a oscuras? Ahora vamos a entrar, quédate ahí en el fondo de la celda contra la pared y con los brazos levantados…

Escuchamos el tintineo de las llaves y el chasquido de la puerta de la celda al abrirse, y a continuación el ruido de pasos.

–¡Dios Santo! ¿Owen? Pero que…

La exclamación mezcla de sorpresa y terror se desvaneció al escucharse un siseo estremecedor, y luego los policías comenzaron a toser de forma espasmódica. Luego llegó hasta nosotros el ruido de golpes y de un cuerpo cayendo pesadamente al suelo.

–¡Oh, no! –dije.

–¿Qué ocurre, Billy? –preguntó Marianne.

–Creo que ese tal Owen es ahora un…

De repente nos echamos atrás del susto al ver aparecer una mano que se cogía con debilidad a los barrotes. Era uno de los agentes, que ahora se encontraba de rodillas intentando respirar con la boca totalmente abierta y con la otra mano aferrándose la garganta.

–Ayuda…ayudadme –consiguió musitar débilmente.

Al ver su rostro enrojecido de ojos hinchados e inyectados de sangre supe al instante que le había ocurrido lo mismo que a Fat Boy la noche en que fuimos al lago a buscar el supuesto meteorito. Jim y yo hicimos ademán de acercarnos a los barrotes para intentar ayudar al agente, pero gritamos de horror al ver como un tentáculo rosado se enroscaba alrededor de una de sus piernas, arrastrándolo fuera de nuestro campo de visión. El policía aún tuvo tiempo de lanzar un grito espeluznante, y a continuación se hizo el silencio.

Y luego el pulpandante que una vez fue el vagabundo llamado Owen apareció delante de la puerta de nuestra celda. Lo vimos claramente, su cuerpo humano con cabeza de pulpo, con aquellos ojos ambarinos que nos miraban llenos de odio. Los ocho tentáculos flotaban viscosamente alrededor de la cabeza, mientras sus manos sujetaban los barrotes.

–¿Qué está haciendo? –dijo Marianne, horrorizada al ver a la criatura.

La respuesta a su pregunta vino en forma de quejido metálico, pues los barrotes comenzaron a doblarse asombrosamente por la fuerza del pulpandante. Aunque logró abrir un espacio no era lo suficientemente grande para pasar su cuerpo a través de él, con lo que suspiramos de alivio.

–Maldito monstruo, no puedes pasar. No podrás cogernos –dijo Jim, arrojándole una almohada de la celda a aquella cabeza de cefalópodo.

Entonces, para nuestro asombro, la criatura comenzó a abrirse paso en el hueco, apretando su cuerpo entre los barrotes como si sus huesos y músculos fuesen de plástico, y en un par de segundos atravesó la barrera quedándose a pocos metros de nosotros.

Nunca supe si fue el miedo o la valentía lo que me impulsó a actuar en lugar de quedarme petrificado, o quizá fuese únicamente el instinto de conservación, pero rápidamente pensé en una idea.

–¡Jim, la sábana! –grité, a la vez que cogía un extremo de la desgastada cubierta de la cama.

Entre mi compañero y yo envolvimos con el lienzo la cabeza y la parte superior del cuerpo del monstruo, que no se había esperado aquella reacción por parte nuestra. Iniciamos un forcejeo con el pulpandante cuyo resultado ya sabíamos que jugaba a su favor, no obstante sirvió para que Marianne huyera de la celda. La fuerza de la criatura era tremenda, y enseguida la sábana comenzó a rasgarse por varios sitios a la vez.

–¡Corre, Billy! ¡Sálvate! Yo intentaré entretenerlo unos segundos más –dijo Jim mientras soltaba la sábana y saltaba sobre el pulpandante para abrazarse a él con toda su fuerza en una mala imitación de una presa de lucha libre.

La razón del sacrificio de Jim Broket no la tengo clara del todo, aunque seguramente fue mezcla de la amistad y la lealtad que nos unía junto a la reciente pérdida de su padre y la supuesta infección de su madre. Pero en aquel momento no me puse a pensar en ello, simplemente corrí escaleras arriba en pos de Marianne, intentando huir de aquella pesadilla y de los gritos de espanto de Jim.

***

El caos en la Comisaria Central era indescriptible, con todos los agentes de policía corriendo de un lugar a otro como pollos descabezados. En nuestra loca carrera tropezamos con algunos de ellos, atraídos por los gritos, pero nuestras incoherentes advertencias resbalaron en sus oídos. Una agente, una mujer alta y de piel bronceada, se apiadó de nosotros y nos condujo hasta un despacho vacío, pero enseguida la reclamaron y nos tuvo que dejar solos. Por las radios de todos los agentes se podían escuchar que lo que acababa de ocurrir en los calabozos estaba sucediendo también en varios puntos de la ciudad, personas que decían haber visto a familiares, vecinos y conocidos con sus cabezas transformadas en pulpos. Lo que en principio parecía una broma ahora ya había dejado de serlo, y la policía comenzaba a tomárselo en serio.

La invasión de los pulpandantes había comenzado.

Marianne y yo pasamos veinte minutos en silencio sin saber que decir, pensando en Jim Broket y si podría haber salido ileso de su enfrentamiento con la criatura. Pero cuando la puerta se abrió y entró el sargento Woods, por su mirada supimos enseguida que no lo había logrado.

–Lo siento, chicos. Lo siento mucho –Woods se disculpó no solo por lo de Jim, sino por no habernos creído en su momento.

Tras un incómodo silencio, el sargento continuó hablando.

–Hemos llamado a vuestras familias y en pocos minutos vendrán a por vosotros. Antes de iros os devolverán vuestros teléfonos móviles. En cuanto a Jim…bueno, ya sabéis que su padre ha muerto y su madre está en el hospital, así que…

El sargento cambió de cara y apretó los puños con rabia.

–En tantos años de servicio nunca había visto algo así. Uno de mis agentes tiene todos los huesos del cuerpo aplastados como si un camión le hubiese pasado por encima, y otro está inconsciente lleno de marcas extrañas. Y tengo los restos despedazados de un joven cubriendo todo el pasillo de abajo…Perdón. Y encima el cabrón que ha hecho todo esto parece que ha escapado por un ventanuco por donde no cabría ni una serpiente, como si fuera uno de esos artistas de circo. Y tengo a media ciudad diciendo haber visto a uno de esos bichos. ¡Mierda!

Woods se desplomó sobre una silla llevándose una mano a la frente llena de sudor, moviendo la cabeza mientras intentaba aclararse. Marianne y yo nos ofrecimos a ayudar pero el sargento dijo que ya era cosa de la policía y que nos fuésemos a casa, así que le hicimos caso y salimos de la comisaria no sin antes echar una mirada atrás. Mientras Marianne entraba en el lujoso coche de sus padres y yo era abroncado por mi madre por haberse visto obligada a ausentarse del trabajo, no podía dejar de pensar en que si nunca Hollow City había sido un lugar demasiado seguro, desde luego ahora no lo era para nadie.

***

Al borde del oscuro y estrecho camino que serpenteaba entre los fantasmales edificios de Sawmill Street, mientras la luna intentaba asomarse entre las nubes de la fría noche, mis pasos resonaban sobre la desgastada acera en dirección a la Guarida. Muchas veces antes me había encontrado en la misma situación, atravesando las callejuelas desiertas de Hollow City para reunirme junto a mis compañeros en el interior del destartalado refugio. Sin embargo aquella noche era algo especial, pues nunca antes habíamos tenido que enfrentarnos a una amenaza tan horripilante como la plaga de pulpandantes que azotaba la ciudad.

Había tenido suerte y la policía me había dejado retirar la furgoneta de sus dependencias, pues la habían requisado donde la dejé justo en la entrada de la casa de Jim Broket. Todo hacía pensar que ahora más que nunca iba a necesitar tirar del viejo trasto, tan solo esperaba que no me dejara abandonado en la cuneta con el motor soltando aceite o algo peor.

Me planté delante de la puerta de madera, cuya pintura verde se caía a trozos al igual que el destartalado cartel con las letras «La Guarida» que estaba situado sobre su marco superior. Esta vez no tuve que llamar a la puerta ni murmurar la contraseña, pues ya me estaban esperando. Saludé a Melannie, la chica de vaqueros cortos y blusa ceñida que hacía de guardia, y atravesé el modesto vestíbulo para dirigirme al salón principal de la casa. Allí se encontraban todos los Buscadores de la Verdad que habíamos podido reunir, una docena en total incluidos Marianne y Fat Boy.

–¿Cómo estás? –saludé palmeando el hombro a mi amigo pelirrojo.

–Muy bien, Billy. Me pusieron un montón de inyecciones en el hospital y ya se me pasó los efectos de ese…gas o lo que fuese –Fat Boy hizo un aspaviento al recordar el ataque del pulpandante en Wood Lake.

–Bueno, ¿empezamos ya? –preguntó impaciente uno de los Buscadores.

Miré el reloj y luego a Marianne, la cual no dejaba de interrogarme con la mirada. Le hice una señal para advertirle de que tal vez tendríamos que esperar a nuestro invitado especial de aquella reunión, así que empezamos con los preliminares. Entre Marianne y Fat Boy resumieron todo lo que sabíamos, desde el avistamiento del supuesto meteorito hasta lo ocurrido en las dependencias de la comisaría. Guardamos un minuto de silencio en memoria de Jim Broket, jurando que lo vengaríamos. A continuación Marianne conectó la enorme pantalla de plasma del salón y proyectó una serie de videos que circulaban por las redes sociales. Las imágenes no poseían demasiada calidad, pero en todas ellas podían observarse a los pulpandantes con mayor o menor presencia. Corriendo entre las calles, asomándose por un contenedor de basura, entrando por la boca de una alcantarilla o trepando ágilmente por una valla enorme, las criaturas mostraban su presencia en la ciudad.

–Las pruebas son aplastantes, pero aun así las autoridades han decidido tapar el asunto –dijo Marianne, apretando los puños–. La policía ha hecho unas declaraciones a la prensa esta tarde diciendo que todo esto es obra de una banda de criminales disfrazados con una máscara de pulpo, y que pronto serán capturados. Parece ser que el Alcalde Mallory tiene miedo a que cunda el pánico debido a que las próximas elecciones están al caer, y por ello están tapando la verdad.

–Además de que esto es casi increíble –intervine–. Pero podemos aseguraros de que los pulpandantes existen, están aquí ahora, en nuestra ciudad. Gente que conocemos está siendo atacada, infectada, transformándose en una de esas cosas. Son una grave amenaza y hay que pararles antes de que no quede ni un solo habitante humano en Hollow City.

–¿Alguien sabe por qué están aquí? –preguntó uno de los reunidos.

–Creo que yo puedo contestar a esa pregunta –dijo una voz firme y madura a la vez que todos se volvían para mirar a la persona que acababa de entrar en el salón.

El hombre que había hablado iba vestido con un traje oscuro, camisa blanca y una corbata vistosa. Su cabello gris estaba bien peinado, y sus ojos marrones de mirada inteligente se pasearon por la estancia evaluando tanto el lugar como a sus ocupantes, con un resultado satisfactorio a juzgar por la leve sonrisa que cruzó su rostro barbudo.

–Bienvenido a la Guarida, profesor Quaterson –dije al científico devolviéndole la sonrisa.

***

Tras realizar las pertinentes presentaciones entre mi profesor de ciencias y los Buscadores de la Verdad, Quaterson cogió la voz cantante y explicó su presencia en la reunión de la Guarida.

–Todos los que estáis aquí ya sabéis acerca de la existencia de esos seres, esos…pulpandantes. Os preguntaréis cuántas de esas cosas estarán en estos momentos en Hollow City, ocultándose en lugares secretos. Y también os preguntaréis que cosas pueden hacer, o porqué están aquí. Desde que hablé con el señor Jones en la facultad he tenido tiempo de analizar la situación de forma objetiva, investigando ciertos pormenores que a continuación les resumiré brevemente –el profesor hizo una pausa mientras extraía de su maletín una serie de documentos, recortes de periódico y varias fotografías.

–Adelante, profesor –indiqué.

–Tras lograr poner en orden las pertenencias de mi despacho, pude advertir que lo único que se había llevado el ladrón era un antiguo dossier de trabajo de uno de mis primeros trabajos científicos, un tratado sobre cómo mejorar ciertos organismos biológicos mediante la radiactividad. Puesto que aquello fue publicado hace unos treinta años, se me ocurrió buscar información de aquellos tiempos remotos.

Quaterson puso los recortes y las fotografías en una pequeña mesa, invitando a todos los presentes a establecer un círculo a su alrededor para que vieran mejor la documentación que había traído consigo. Empezó sosteniendo un recorte amarillento por el paso del tiempo, y leyó el titular en voz alta.

–«Extrañas luces sobre el cielo de Hollow City». Fecha, aproximadamente hace unos treinta años. «Los trabajadores del puerto de la ciudad observaron un extraño fenómeno atmosférico, una especie de luces que iluminaron el cielo y que al parecer se desplazaron sobre el rio Hutton hasta desaparecer en algún punto indeterminado.» Parece ser que en aquella época sin internet ni móviles no se preocuparon demasiado por el asunto.

Quaterson entregó el recorte a uno de los Buscadores y pasó al siguiente. «Anciano demente decapita a su mujer tras cuarenta años de matrimonio». Básicamente parecía un homicidio corriente, no era la primera vez que un loco mataba a un pariente, pero lo que le confería un aire de extrañeza era el hecho de que la cabeza de la mujer no apareció por ningún lado. El anciano había confesado su crimen diciendo que había tenido que hacerlo porque su esposa se había transformado en un monstruo, y que para asegurarse de su final había tenido que quemar la cabeza.

Todos los presentes intercambiamos miradas, en especial Marianne y yo por lo que habíamos visto en casa de Jim Broket. Aquella noticia era aterradoramente similar a lo que estaba pasando ahora mismo, ¡pero había tenido lugar hacía treinta años!

–Aquí tengo otra noticia interesante, fechada un par de días después de la anterior –continuó el profesor–. «Marineros de un barco pesquero avistan extraña criatura en el rio Hutton». Según uno de los tripulantes del barco, una horrible criatura surgió de las aguas fluviales y trepó con facilidad hasta la cubierta, atacando a los marineros. La criatura parecía indemne a los ataques de los tripulantes, y su capacidad de deslizarse por cualquier abertura estrecha hizo que la pelea fuese eterna, hasta que el capitán logró arrinconarle en la bodega y le disparó con un lanza-bengalas. La criatura se consumió en las llamas rápidamente y solo quedaron cenizas. Obviamente el marinero fue tratado como un adicto a sustancias nocivas cuya mente trastornada le jugó una mala pasada, y al parecer sus compañeros se negaron a hablar del suceso.

–¿A dónde quiere llegar, profesor? –preguntó Marianne, ojeando el recorte encima de la mesa.

–Hay varias noticias parecidas tanto en prensa como en televisión, además de algunas fotografías que muestran accidentes cuya causa es como mínimo algo anormal. Lo que quiero decir es que hace mucho tiempo los pulpandantes ya visitaron Hollow City, provocando una ola de sucesos catastróficos aunque a una escala mucho menor que la de ahora –el profesor se quedó pensativo, murmurando por lo bajo.

–Bueno, ¿y qué? –dijo Fat Boy–. Sabemos que el meteorito, nave espacial o lo que sea cayó en el lago. Si la policía no quiere hacer nada, vayamos nosotros. ¿Qué os parece?

–Pero apenas sabemos nada de esas criaturas, ¿cómo vamos a enfrentarnos a ellas? –dije.

–Pero Billy, sí que hemos logrado averiguar cosas. Sabemos que son capaces de segregar una toxina venenosa, y que pueden infectar a otros para convertirlos en seres como ellos. Y pueden estrechar y alargar su cuerpo, e incluso mimetizarse con su entorno como hizo el padre de Jim –dijo Marianne con excitación creciente.

–También sabemos que tienen sangre azul, y que son más fuertes que una persona corriente –dijo Fat Boy.

–Lo de la sangre azul es por la hemocianina, ya que una vez la persona es transformada en una de esas cosas el cobre sustituye al hierro en el torrente sanguíneo, alterándolo –intervino Quaterson–. Resultaría interesante poder analizar a uno de esos seres con detenimiento, podríamos aprender cómo combatirles. Si pudiéramos comunicarnos con ellos, tal vez averiguaríamos porqué están aquí, o como les frenaron hace treinta años.

–Entonces salgamos ahí fuera y atrapemos a un pulpandante –dijo Fat Boy.

–Sí, pero habrá que pensar muy bien como lo hacemos. Son seres peligrosos, y con la excepción de Wood Lake no sabemos dónde encontrarlos.

–Sí que lo sabemos, Billy –dijo Marianne, enseñando una imagen borrosa en su móvil de las que circulaban por internet–. Están en las alcantarillas.

Observando a mi compañera enseguida supe que una de sus ideas alocadas estaba pasando por su mente, algo tan absurdo como peligroso. Y al instante supe también que fuese lo que fuese yo iría con ella sin rechistar, pues por mucho que quisiera negarlo estaba realmente colado por aquella muchacha de espíritu rebelde.

***

Concluida la reunión en la Guarida cada uno de los Buscadores se marchó a su casa, al igual que el profesor Quaterson. El resto de la noche la pasé entre internet y el móvil, además de intentar conciliar el sueño sin demasiado éxito por culpa de la excitación y la preocupación. No podía evitar pensar que el asunto de los pulpandantes conllevaba un gran riesgo, aunque tampoco podía negar el hecho de que el peligro implícito tenía su lado atractivo. No solamente crecía en mi interior un sentimiento de justicia, venganza o de hacer lo correcto, sino también un fuerte sentimiento de atracción hacia Marianne, la líder virtual de nuestro grupo. Pero sabía que la situación no invitaba a revelarle mis sentimientos, por lo que debía a esperar a que nos encontráramos en un contexto más óptimo. Aunque si fallábamos en nuestro plan tal vez nunca tendría esperanza alguna de avanzar en mi relación con ella, e incluso existía la posibilidad de que todos termináramos con nuestras cabezas convertidas en pulpos tentaculados.

Cuando me levanté a desayunar me encontré con una nota de mi madre en la mesa de la cocina, anunciando que tenía turno doble en la residencia y que no la esperara hasta la noche. En cierto modo me alegré, tanto por evitar una nueva discusión sobre lo ocurrido el día anterior como por no tener que mentirle sobre cómo iba a pasar la mañana.

Oscuros pensamientos hicieron que no me encontrara en mejor disposición cuando estacioné la furgoneta, en una calle transversal, cerca del lugar donde había quedado con Marianne y Fat Boy. Mientras recorría la calle hacia el mismo lugar donde uno de los videos había mostrado la desaparición de un pulpandante por una boca de alcantarilla, la preocupación, la duda y tal vez una pizca de miedo atormentaban mi mente. La visión de la calle 37 no contribuyó a mejorar mi estado de ánimo, pues se veía bastante miserable a la luz de la mañana. Por la calzada se veían montones de basura y desperdicios esparcidos, la mayoría de las farolas tenían los cristales de las lámparas rotos y los pocos comercios de la zona amanecieron con las persianas cerradas.

Justo en la esquina de la calle aparecieron mis dos amigos, Marianne tan alegre y vital como siempre y Fat Boy terminando su desayuno (o seguramente un tentempié posterior al desayuno) compuesto por una bolsa de donuts azucarados de un puesto ambulante cercano. Estacioné la furgoneta y saqué del maletero mi mochila con el equipo de exploración, muy similar a las que llevaban mis amigos.

–Hola chicos –saludé–. Si alguno quiere echarse atrás este es el momento –dije esperando que alguno quisiera hacerlo para así tener una excusa de abandonar el plan.

–Yo no –dijo Marianne absolutamente convencida.

–Yo tampoco –negó Fat Boy, que desde que había salido del hospital parecía otra persona, más decidido y seguro de lo que había estado nunca.

–Está bien, pues vamos allá –dije.

Nos detuvimos un instante para observar la calle y sus alrededores, pero no se veía a nadie por la zona. La calle parecía extrañamente desierta, aunque tal vez fuese una sensación como consecuencia de la desazón que me embargaba. Intenté dejar de sentir el miedo y la preocupación pues no podía dejar que aquellas emociones me entorpecieran. Quería actuar de forma inteligente, a pesar de que era consciente de que el impulso que dirigía nuestros pasos hacia la tapa de alcantarilla al fondo del callejón era insensato y absurdo. Mientras sacaba la palanca de la mochila los tres nos miramos a los ojos y vi sorprendido que en ninguno de ellos había pánico, únicamente cierto nerviosismo y algo de inquietud.

Entre Fat Boy y yo no tardamos mucho en abrir la tapa de la alcantarilla y dejar al descubierto el oscuro túnel que descendía hacia las profundidades de Hollow City, donde tal vez el horror nos esperaba con los brazos abiertos. Encendimos las linternas y bajamos en silencio por la escalerilla, el último de nosotros colocando la tapa en su sitio apartando a la vista la superficie de la ciudad.

–¡Puaff, que asco! –se quejó Fat Boy al respirar el aire pestilente de los túneles.

Marianne se rio mientras sacaba de su bolsa un pequeño frasco de plástico, aplicando su contenido bajo sus orificios nasales y conminándonos a los chicos a hacer lo mismo.

–Tranquilos, que es Talmatil, una pomada para evitar los malos olores.

Una vez estuvimos protegidos, saqué el mapa de las cloacas que habíamos conseguido de internet y apunté hacia él el haz de luz de mi linterna.

–Ahora montaremos el mecanismo en este punto de aquí. Marianne, tú te quedaras custodiándolo mientras Fat Boy y yo buscamos al pulpandante por estos túneles de aquí. Una vez lo encontremos intentaremos llamar su atención para que nos siga de vuelta hacia la trampa, y cuando de la señal activas el mecanismo. ¿Entendido?

Tras repasar el plan alcé los ojos y me encontré con la cara de enfado de la chica, que al parecer no estaba nada de acuerdo.

–Pero Billy, ¿de verdad crees que Fat Boy está para correr por estos túneles oscuros delante de un monstruo extraterrestre? Será mejor que lo hagamos al revés, yo voy contigo y él que se quede aquí.

–Está bien, lo haremos así –dije suspirando pues era inútil discutir con ella y menos cuando tenía razón.

Al llegar al punto donde el túnel se ensanchaba al máximo sacamos las piezas de otro de los artilugios de mi invención y comenzamos a montarlo. Se trataba básicamente de una tabla metálica cuadrada de sesenta y cinco centímetros de lado, conectada por varios metros de cable a una potente batería que se ponía en marcha con un dispositivo remoto. La batería estaba diseñada para soltar toda su energía de golpe a través de los cables conductores hacia la tabla, con una potencia que el profesor Quaterson había estimado suficiente para dejar en shock a una de esas criaturas cuya estructura molecular estaba compuesta básicamente de agua. Sabíamos que los pulpandantes veían mejor en la oscuridad, por lo que camuflamos la tabla bajo un gran charco de agua, lo cual encima ayudaría a la conductividad de la energía.

–Ahora id a buscar a una de esas cosas, tomaremos pulpo frito para el aperitivo –bromeó Fat Boy, siempre pensando en comer.

Marianne y yo dejamos al pelirrojo y a la trampa eléctrica y nos internamos en los corredores fríos y húmedos guiándonos con el plano y las linternas. Enseguida encontramos ratas que huían despavoridas ante nuestro avance, un espectáculo que hizo enmudecer a Marianne de asco aunque no evitó que siguiera adelante. La luz aterciopelada de nuestras linternas finalizó en un recodo del túnel, y eché de menos no tener uno de esos dispositivos de visión nocturna que hacían verlo todo con un filtro verdoso aunque con mayor amplitud que el que disponíamos.

Continuamos un rato por varias bifurcaciones, sin ver nada interesante, hasta que de repente Marianne me apretó un brazo.

–¿No has notado eso, Billy?

–¿El qué? –contesté, alegrándome del contacto físico con la muchacha.

–El silencio. No se escucha nada. Ni siquiera a las ratas.

Marianne tenía razón, en algún momento del recorrido las ratas se habían ido, como si hubieran sido sacadas de allí a la fuerza. Y eso que encontramos bastantes desperdicios e inmundicias en la zona, pero roedores ni uno solo. Allí había algo que asustaba hasta a aquellos miserables animales.

–¡Billy, mira allí! –dijo Marianne dando un respingo.

Al seguir sus indicaciones me detuve y observé hacia el fondo del túnel. Allí había un par de ojos brillando como si fueran los de una rata, aunque más grandes y a una mayor altura del suelo de lo que cabría esperar. Unos ojos amarillos malignos que desaparecieron de nuestra vista en un instante.

–Sigamos, pero con cautela –dije a Marianne.

Cuando llegamos hasta el lugar donde habíamos visto los ojos brillantes observamos que el túnel se había ensanchado hasta transformarse en una gran cámara, posiblemente los restos de una antigua estación de metro abandonada. Aunque la mayor parte del suelo estaba cubierto de agua gracias a las filtraciones de una inmensa tubería rota que surcaba una de las paredes, podía verse todo tipo de cosas flotando por la inmensa charca. Sobre un grupo de enormes bidones metálicos había un cuerpo humano, pero que aún conservaba intacta su cabeza. Entramos en el agua hasta que nos cubrió la cintura, y desde allí pudimos ver las marcas circulares sobre el cuello y los hombros del hombre. Nos dio lástima pero sabíamos que ya no tenía salvación, estaba infectado y pronto sería uno de ellos.

El goteo del agua de la tubería sobre aquel lago artificial ahogó el resto de sonidos, por lo que no nos dimos cuenta de lo que pasaba hasta que casi fue demasiado tarde. Percibí un súbito movimiento detrás de Marianne y grité para advertirla, pero al enfocar mi luz sobre ella percibí con claridad a nuestro atacante.

El pulpandante surgió del agua con rapidez y sigilo, y con un par de tentáculos sujetó a Marianne por el brazo y el cuello. Yo intenté golpear con la linterna la horripilante cabeza de la criatura, pero con el resto de sus apéndices consiguió inmovilizarme. Habíamos querido tenderle una trampa, pero en realidad lo único que conseguimos fue caer como tontos en su emboscada.

De repente me vi sumergido en el interior de la charca, luchando por intentar escapar y luego simplemente por respirar, pero todos mis esfuerzos fueron inútiles. Aunque realmente el agua no tenía más de un metro y medio de profundidad, la fuerza del monstruo me impedía sacar la cabeza fuera de la superficie. Comencé a notar los efectos de la asfixia, primero un fuerte mareo y luego un dolor que se abría paso entre los pulmones. La linterna había resbalado de mis manos y ahora emitía destellos intermitentes bajo el agua, lo suficientemente intensos como para permitir fijarme en una cosa.

Las botas y los pantalones de uniforme de la policía.

Inmediatamente giré la vista hasta la cintura de la criatura y vi la pistolera en el lateral. Sabía que era mi única oportunidad, así que no la desaproveché. Con todas mis fuerzas tiré del brazo y logré acercarlo lo suficiente hacia la funda, abriéndola y dejando la culata del revólver abierto. El pulpandante oprimió mi cuerpo con sus tentáculos con más fuerza aún, pero mis dedos se aferraron sobre el arma consiguiendo sacarla de su funda en un último desesperado esfuerzo. Sin tan siquiera apuntar apreté el gatillo, consciente de que era ahora o nunca.

No pasó nada.

Al darme cuenta de que el revolver era inútil debido a que probablemente habría estado días bajo el agua, abandoné toda esperanza. Pronto exhalaría mi último aliento, asfixiado y con los pulmones inundados de repugnante agua de alcantarilla.

Pero ocurrió algo inesperado ya que sentí como los tentáculos se separaban de mi cuerpo mientras un par de brazos me ayudaban a incorporarme y el aire volvía a llenar mi sistema respiratorio.

–¡Corre, Billy! –dijo Marianne, que llevaba en la mano una pequeña navaja de explorador con la cuchilla bañada en un líquido azul.

Cogí la linterna que por suerte no se había apagado y eché a correr junto a mi amiga, mientras el pulpandante emitía un bramido de dolor y uno de sus tentáculos cercenados se hundía en la charca. El agua rápidamente quedó manchada con la sangre azulada del monstruo, que brotaba como un surtidor de la terrible herida.

Nos internamos en las cloacas a toda velocidad intentando no perdernos en aquellos túneles oscuros y rogando por encontrar el camino de regreso. A nuestras espaldas se escuchaban los pasos de la criatura, la cual chillaba y bramaba por la furia y el dolor, y pude darme cuenta de que la distancia que nos separaba se iba acortando a cada paso que dábamos. En alguna ocasión Marianne y yo tropezábamos o resbalábamos en los rincones de las alcantarillas, como si nos moviésemos en los escenarios de una comedia teatral, solo que la obra que estábamos representando era de un terror auténtico. Corríamos por nuestras vidas, y por las vidas de otros, tan rápido como nuestras piernas lo permitían.

Justo cuando mis pulmones parecían a punto de estallar pudimos ver una luz, la linterna de Fat Boy. Estábamos a punto de conseguirlo, tan solo faltaban escasos metros. Pero entonces Marianne gritó, y pude ver como su cuerpo caía sobre la superficie de la cloaca con uno de los apéndices del monstruo enroscado sobre su pierna. Era increíble, pero aparentemente el pulpandante podía extender sus tentáculos a una distancia mucho mayor de la que parecía a simple vista.

–¡Marianne! –grité, intentando liberarla de la presa de la criatura.

El pulpandante lo impidió lanzando contra mí un par de tentáculos, y aunque conseguí coger la punta de uno de ellos entre mis manos no pude evitar que el otro apéndice envolviese mi cintura. Sin embargo al forcejear con el monstruo me di cuenta de que su fuerza era menor, de lo que pude deducir que a mayor distancia que extendía sus apéndices menor resultaba la fuerza de éstos.

–¡Fat Boy, ayúdanos! –dije, llamando a mi amigo.

El pelirrojo salió de su escondite para socorrernos, pero entonces el pulpandante utilizó otro de los tentáculos como si fuese un látigo, azotando a Fat Boy en un hombro con la fuerza suficiente como para atravesar su camisa y rasgarle la piel. El chico se echó hacia atrás, vacilando mientras mantenía las distancias.

–¡Fat Boy, tienes que coger el tentáculo! ¡Hay que llevarlo hacia la trampa! –grité, sabiendo que era nuestra única opción.

A pesar de que no le hizo ninguna gracia, Fat Boy se adelantó y esperó a que el pulpandante volviese a fustigarle, momento en el que se hizo a un lado con toda la agilidad que pudo. Cuando el tentáculo le rozó una mejilla aprovechó para cogerlo con toda la fuerza con la que fue capaz, al igual que ya estábamos haciendo Marianne y yo.

–¡Ahora, los tres a la vez! ¡Tirad con todas vuestras fuerzas! –ordené a mis compañeros.

El plan surtió efecto, y tal y como había previsto la fuerza combinada de nosotros tres era mayor que la de la criatura, la cual se vio arrastrada ante nuestro ímpetu. Con los tentáculos restantes intentó estorbar nuestra maniobra, pero lo único que consiguió fue entorpecerse a sí mismo. El pulpandante optó por acercarse a nosotros y reducir la tensión de sus apéndices, al mismo tiempo que un pequeño orificio de pocos milímetros se abría en la base de su cabeza y una sustancia etérea comenzaba a emerger de él.

Pero antes de que el monstruo lanzara su gas nocivo sobre nosotros, me di cuenta de que había puesto sus pies justo donde queríamos. A mi orden, Fat Boy sacó el control remoto que accionó el dispositivo eléctrico, y una gran cantidad de voltios salió disparada hacia la trampa. El pulpandante aulló mientras el dolor le consumía, con todo su cuerpo brillando por los rayos eléctricos que bailaban sobre él. La agonía hizo que la criatura nos liberara de sus tentáculos y cayera de rodillas, donde permaneció inerte mientras de su cuerpo escapaban volutas de humo.

–Creo que ya está –dijo Marianne, acercándose al cuerpo del pulpandante.

–Ha ido muy justo –dijo Fat Boy poniéndose un pañuelo sobre la herida del hombro.

–Ha valido la pena, al fin tenemos a uno de ellos. Quaterson estará contento con este regalo, esperemos que sirva de algo –dije mientras sacaba unas cuerdas de la mochila y comenzaba a atar al pulpandante.

***

–¿Está seguro de que eso funcionará, profesor Quaterson? –dijo Marianne mirando suspicazmente la extraña máquina que estaba manipulando el viejo.

–Eso espero, aunque la ciencia no siempre obtiene resultados exactos en sus primeras pruebas, y esto es la primera vez que alguien lo hace. Al menos que yo sepa –guiñó un ojo el profesor mientras continuaba con su quehacer.

Estábamos reunidos en el laboratorio del sótano de la casa del profesor, una amplia estancia abarrotada de extraños artefactos cuya utilidad era de lo más insospechada. De hecho, atado en el centro de lo que parecía ser una cama metálica conectada a multitud de tubos y cables, se hallaba el pulpandante que habíamos capturado en las cloacas. Aún permanecía en estado comatoso, alimentando mis dudas sobre si la cantidad de corriente que había absorbido no habría sido tal vez excesiva.

–Ayúdeme con la matriz del modulador de imágenes sensoriales, señor Jones –indicó Quaterson con un movimiento de cabeza.

–¿El qué?

–El M.I.S. –dijo con un dejo de impaciencia.

–¿Se refiere a esa especie de diadema con luces brillantes? –pregunté con una mezcla de extrañeza y admiración.

Para un estudiante de Ciencias Aplicadas como yo aquella habitación era como el paraíso, llena de secretos y maravillas por descubrir. Ni siquiera recordaba el enfado que había tenido cuando el profesor me había suspendido su asignatura, pues para mí Quaterson se había convertido en mi ídolo y en una persona de confianza. Los conocimientos que poseía el viejo eran muy superiores a los de un simple académico, y ahora que empezaba a conocerle mejor podía ver que también su comportamiento y sus aficiones escapaban de lo que podría denominarse como «común». La verdad es que ahora empezaba a caerme tan bien como si fuera uno de los propios Buscadores de la Verdad.

–Así, con cuidado, un poco a la derecha…muy bien. Ahora encienda aquel interruptor de allí… ¡No, ese no, el de la derecha! ¿Es que quiere que todo esto explote, señor Jones?

–Vale, vale, ya lo capto –dije mientras obedecía las instrucciones del viejo.

Cuando todo estuvo en su lugar, retrocedí junto con Quaterson y examinamos el conjunto. El M.I.S. consistía en una especie de panel semicircular abarrotado de microchips cuya función era transmitir las ondas cerebrales de un sujeto a una máquina cuadrada de grandes proporciones. La «caja» era en realidad un analizador de alta potencia, que transformaba las ondas recogidas en impulsos eléctricos y a su vez mostraba los resultados en una pantalla de ordenador, normalmente imágenes basadas en las respuestas emocionales del sujeto analizado. Según Quaterson, el M.I.S. había sido empleado con éxito con animales inteligentes, como chimpancés y delfines, y ahora iba a utilizarlo con el pulpandante tras haber realizado los ajustes necesarios.

–Yo creo que todo esto no va a servir de mucho –dijo Marianne–. Debía haber ido a ver si Fat Boy estaba mejor de la herida.

–Permítame mudar su desconfianza inicial en optimismo, señorita. Debe darle una oportunidad a la ciencia –sonrió el profesor–. Señor Jones, ¿quiere hacer usted los honores?

–De acuerdo, profesor –contesté, accionando el interruptor que puso en marcha la compleja maquinaria.

Luces brillantes se encendieron iluminando aún más toda la estancia, y unas pequeñas chispas brotaron alrededor del artilugio que envolvía la cabeza del pulpandante. Se escuchó el crepitar eléctrico que fluía por los cables de colores que conectaban las diversas máquinas, y la pantalla del ordenador se activó con pequeños píxeles monocromáticos de color verdoso.

–¡Ah, ya empieza el espectáculo! –dijo el profesor, frotándose las manos con expectación.

–Pues yo solo veo un ordenador más viejo que mi primer teléfono móvil, y encima con poca resolución –Marianne se cruzó de brazos, apartando la vista.

–Profesor, en la pantalla no aparece nada. ¿Está seguro de que el modulador funciona?

–La virtud del científico es la paciencia, señor Jones. Este poderoso artefacto es tecnología punta en la plasmación de ondas cerebrales, pero obviamente el estado de nuestro invitado pulposo impide la transmisión. Por eso he preparado esta inyección que contiene un combinado de mi creación capaz de revocar un estado de inconsciencia a su condición de lucidez estándar –anunció Quaterson extrayendo una jeringa de enormes dimensiones de uno de los cajones del mobiliario del laboratorio.

–Billy, ¿qué es lo que ha dicho el profesor chiflado?

–Tranquila Marianne, creo que lo que dice Quaterson es que va a reanimar al pulpandante.

–¡Vaya, pues que tranquilidad! –exclamó enfurruñada Marianne.

Tras aplicarle el viejo la inyección a la criatura, no tardamos en ver como hacía efecto. Los pequeños ojos amarillos se entreabrieron unos milímetros, y los tentáculos se movieron un instante, mientras un ligero espasmo recorrió el cuerpo entero. Pero luego ya no hubo ningún otro movimiento por parte de aquel ser.

–Tranquilos, según mis cálculos ahora está en un estado entre el sueño y la consciencia, ideal para nuestro experimento –Quaterson examinó los ojos y los apéndices del pulpandante, haciendo una exclamación de sorpresa.

–¿Qué ocurre, profesor? –pregunté mientras Quaterson hurgaba con unas pinzas metálicas en la cabeza del monstruo.

–Esto es…fascinante. ¿Recuerdan que cuando trajeron a este ser le faltaba uno de sus ocho apéndices?

–Claro, yo misma se lo corté con mi navaja –contestó Marianne.

–Pues fíjense, ahora mismo vuelve a tener ocho tentáculos otra vez. ¡Es increíble!

–No es posible –dije acercándome a examinar al pulpandante.

Pero el profesor tenía razón, pues de forma sorprendente allí donde antes existía una fea herida ahora emergía un tentáculo nuevo, algo más pequeño y transparente que el resto pero completamente intacto.

–Esto solo puede explicarse gracias a la regeneración biológica, la capacidad regenerativa que poseen algunas especies de nuestro mundo como plantas, lagartos, o moluscos. Pero nunca había visto una reestructuración celular que actuase tan rápido.

–Esto no me gusta nada. Profesor, tal vez sería mejor anular el experimento con el modulador hasta estar seguros de que este bicho…

–¡Tonterías, señor Jones! –interrumpió Quaterson–. No permita que el miedo a lo desconocido frene su progresión, o nunca llegará lejos en el mundo de la ciencia. ¡Y ahora, comencemos!

El profesor manipuló los controles de la consola del interfaz mientras yo ajustaba los sensores conectados al pulpandante, al cual Marianne no perdía de vista ni un solo instante. La pantalla del ordenador comenzó a formar una imagen distorsionada indescifrable, pero poco a poco redujo sus dimensiones y moldeó su contorno hasta parecerse a algo conocido.

–Parece…una esfera. ¿Una pelota? –dije frotándome la barbilla.

–No, señor Jones, es más que eso. Fíjese en esas manchas en el interior. No es una simple esfera, es un planeta. ¡Tal vez sea de donde vienen estos seres!

La imagen volvió a cambiar, esta vez adoptando una apariencia más nítida. Era un gran cilindro con una enorme bola en la parte superior, con la letra “A” impresa en su interior. Luego se borró todo y nuevas imágenes se sucedieron de forma multitudinaria, apareciendo y desapareciendo con velocidad. Edificios, casas, coches e incluso personas se adivinaron con gran claridad entre aquellos dibujos informáticos integrados por pixeles verdosos. Sin embargo, llegado a un punto, la pantalla permaneció fija mostrando una especie de mancha clara junto a grandes formaciones compuestas por círculos más oscuros y que se agrupaban a su alrededor.

–¿Qué ocurre, que es eso? –pregunté al profesor, más el viejo por mucho que se esforzó en manejar los controles no pudo hacer que la imagen cambiase.

–Un momento, yo creo que sé lo que es eso… –intervino Marianne, acercándose a la pantalla–. Lo recuerdo de cuando hice un trabajo de investigación sobre la eficacia de la tecnología sobre la ecología. ¡Es un mapa de Wood Lake!

–¿Es ahí donde está vuestra nave? –pregunté volviéndome hacia el pulpandante–. ¿Por qué habéis venido, que es lo que queréis de nosotros?

De repente la pantalla volvió a cambiar, esta vez volviéndose toda verde y a continuación oscureciendo una serie de píxeles como si un niño estuviera jugando con un Telesketch pero cambiando el color. Al principio no se me ocurrió que era lo que estaba viendo, pero al ver los ojos, la nariz y el bigote replicados con exactitud me di cuenta de que era un rostro humano. Al ver la expresión de sorpresa de Quaterson también percibí que el rostro de la pantalla no le era desconocido.

Pero a veces la curiosidad científica hace bajar la guardia, y eso fue lo que sucedió en aquel instante en el laboratorio pues el pulpandante entró en acción. Más tarde dedujimos que la capacidad regenerativa del monstruo también ayudaba a digerir con rapidez las sustancias nocivas que afectaban a su organismo, por lo que la inyección de calmantes del profesor tuvo un efecto mucho menor de lo esperado. El pulpandante ya había mostrado sus dotes de plasticidad, por lo que le fue fácil escapar a las ligaduras con las que le habíamos sometido. Cuando el ruido de sus movimientos nos alertó, prácticamente ya había saltado de la camilla y se estaba quitando de la cabeza las conexiones del M.I.S.

–¡Cuidado, está despierto! –advertí.

–¡Lo sabía, sabía que esto era demasiado peligroso! –gritó Marianne, echándose a un lado.

El pulpandante nos miró amenazadoramente mientras sus tentáculos se extendieron a su alrededor golpeando con furia toda la maquinaria del laboratorio. Paneles eléctricos y otras piezas metálicas fueron arrancados de su lugar y arrojados con frenesí sobre nosotros, mientras el olor a quemado inundaba la estancia. Solo el reciente estado comatoso del monstruo impidió que su puntería hiciese mella en nuestros cuerpos, si bien a cada instante era evidente que el pulpandante iba recuperándose.

–¡Esperad, usaré el extintor! –dijo Quaterson cogiendo el recipiente sujeto a una pared.

Sin embargo cuando iba a rociar al monstruo éste usó sus tentáculos para arrebatárselo de las manos y golpear al profesor en la cabeza con su propia arma, abriéndole una herida en la frente de la que rápidamente manó la sangre. Quaterson había caído pero no había sido en vano, puesto que al atraer la atención del octópodo Marianne y yo nos vimos libres de actuar.

–¡Marianne, ayúdame con ese cable!

Entre ambos pudimos sujetar un enorme tubo relleno de cables que había sido arrancado de cuajo del M.I.S. y que ahora brillaba gracias a la energía eléctrica que aún fluía en su interior. Cuando el pulpandante volvió su cabeza hacia nosotros ya fue demasiado tarde para él, pues millones de voltios le atravesaron cuando metimos el tubo por el repugnante orificio que tenía por boca. La cantidad de energía que absorbió el monstruo esta vez fue mucho más poderosa que la que había recibido en la trampa de las cloacas, pues su cabeza se hinchó y explotó mientras el cuerpo ennegrecía y estallaba en llamas. Solo cuando el pulpandante se hubo convertido en un mero despojo humeante y sus restos resbalaban como pasta de goma por las paredes entonces dije a Marianne que ya podíamos soltar el tubo.

Corrimos a ayudar a Quaterson y respiramos con alivio al ver que la herida no era tan grave como parecía en principio, y tras utilizar el botiquín de primeros auxilios del laboratorio lo reanimamos en un instante.

–Desconecte la corriente con aquella palanca, señor Jones, no sea que todo esto explote.

–Si, profesor –dije apresurándome a obedecer mientras pasaba al lado de los restos del pulpandante–. No sea que el laboratorio arda tan rápidamente como este horrible ser.

–¡Claro, eso es! –Quaterson se golpeó la frente tan rápido que olvidó la herida de su cabeza–. ¡Muy bien, señor Jones! Ha dado usted con el punto débil del pulpandante.

–¿Si? –me sorprendí, mirando sin comprender nada.

–¡El fuego! ¿No lo ve? Por algún motivo estos seres deben ser vulnerables al fuego, mire como las llamas rápidamente han reducido el cuerpo a cenizas. Es lo mismo que dijo aquel marinero de la noticia del periódico.

–Entonces así es como acabaremos con ellos –dijo Marianne mientras el reflejo de la combustión de los restos del pulpandante se reflejaban en sus pupilas–. Los quemaremos a todos.

Sobre el Autor

Vicente Ruiz Calpe

Vicente Ruiz Calpe

«Bienvenido a mi morada. Entre libremente, por su propia voluntad, y deje parte de la felicidad que trae». Drácula Biografía: Vicente Ruiz Calpe, alias Eihir. Amante de la literatura, cine, cómics, bandas sonoras y todo lo que se tercie, apasionado del mundo pulp y escritor aficionado. Colabor...

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