Clásicos

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Clásicos

La máquina de la muerte. Hugh B. Cave

LA MÁQUINA DE LA MUERTE (Astounding Stories, 1930) Hugh B. Cave. Traducido por Irene García Cabello

The Murder Machine (La máquina de la muerte), por Hugh B. Cave, se publicó en la revista pulp Astounding Stories en septiembre de 1930. Hugh Barnett Cave (11 julio 1910 – 27 junio 2004), fue un famoso escritor de pulp fiction, habitual de revistas como Astounding, Weird Tales, o Black Mask. Nació en Chester (Inglaterra), y a una edad temprana emigró con su familia a Estados Unidos, donde desarrolló su carrera profesional. Amigo de correspondencia de Carl Richard Jacobi, y no tanto de Lovecraft, que a pesar de ser vecinos únicamente intercambiaron opiniones por correo, llegó a escribir dos relatos para los Mitos de Cthulhu («The Isle of Dark Magic» y «The Death Watch»), sin embargo, si por algo destaca es por su desmesurada productividad, escribiendo más de 800 relatos en la década de los años treinta. No siempre firmaba con su nombre; muchas de sus historias las encontramos bajo seudónimos como James Pitt y Margaret Hullinwall, siendo su género preferido el horror. Famoso es su personaje The Eel, un ladrón de guante blanco y dudosa moral, cuyas aventuras siempre firmaba con el seudónimo Justin Case. Aventuras que solían publicarse en revistas tipo Spicy Pulps (revistas de relatos picantes), o Shudder Pulps (relatos gore y macabros). Sin duda alguna Hugh B. Cave es uno de los escritores pulp más importantes dentro del género del horror, crimen y misterio, y para el caso que nos ocupa, hemos elegido una de las primeras obras que escribió: «The Murder Machine» (1930), publicada en Astounding Stories, antes de que se desatase todo su potencial macabro, y que podemos encontrar en revistas como Horror Stories o Spicy Mystery Stories. Nota: Esta obra, traducida por Irene García Cabello, se publicó por primera vez en lengua española en nuestra recopilación de relatos ebook gratuito Amanecer Pulp 2014.

LA MÁQUINA DE LA MUERTE, por Hugh B. Cave

Caía la tarde del 7 de diciembre de 1906 la primera vez que vi a Sir John Harmon. Me encontraba sentado tras la mesa de mi estudio, una cerilla prendida en las manos y una pipa apagada entre los dientes. No llegué a encenderla.

La puerta de la planta baja se cerró con un violento estrépito. En las escaleras resonaron pasos irregulares, y la puerta de mi estudio se abrió de golpe. En la entrada, observándome con tranquila dignidad, había un tipo joven e indolente, de algo más de metro setenta y cinco de altura y piel oscura. Por la arrogancia con la que entró, supe enseguida que se trataba de un aventurero. Por la terrible palidez de su rostro, casi translúcido, que se había topado con algo más que una simple aventura.

—¿Doctor Dale? —preguntó.

—Soy yo.

Cerró la puerta de la sala con cuidado y avanzó hacia mí con lentitud.

—Mi nombre es John Harmon. Sir John Harmon. Supongo que es inusual —me dijo en voz baja, encogiéndose de hombros— que acuda a usted tan tarde. No le entretendré.

Me miró en silencio. Nada más echar un vistazo a sus facciones exhaustas supe la razón de su llegada. Solo hay una cosa que pueda llevar tal brillo furtivo e inquieto a los ojos de un hombre. Solo una cosa: el miedo.

—Acudo a usted, Dale, porque… —Sus dedos se aferraron al borde de la mesa—, porque estoy a punto de volverme loco.

—¿De terror?

—De terror, sí. Supongo que es fácil de percibir. Un solo vistazo…

—Un solo vistazo —le dije con sencillez— convencería a cualquiera de que hay algo que le aterroriza. ¿Le importaría decirme qué es?

***

Sacudió despacio la cabeza. Toda arrogancia había desaparecido de su actitud; se enderezó con un esfuerzo considerable, como si acabara de darse cuenta de la postura en que se hallaba.

—No lo sé —murmuró—. Es un miedo infantil; miedo a la oscuridad, digamos. No importa la causa; pero, si no consigo deshacerme de este terror, acabará por enloquecerme.

Le observé en silencio durante un instante, estudiando el perfil arrugado de su rostro y el brillo tembloroso de sus ojos entrecerrados. Ya había visto antes a este hombre. Todo Londres le había visto. Su rostro aparecía constantemente en las páginas de deporte, un orgulloso miembro de la clase alta; un hombre al que habían relacionado con casi todas las mujeres hermosas del país, que buscaba la aventura en los deportes y en la vida nocturna solo por el placer de vivir a toda velocidad. ¡Y aquí estaba, ante mí, pálido de terror, justo aquello de lo que solía reírse!

—Dale —dijo despacio—, durante la última semana he estado pensando en cosas en las que no quiero pensar, y haciendo otras completamente ajenas a mi voluntad. Hay un poder externo, Dios sabe cuál, que controla mi existencia.

Me miró fijamente y se acercó más, apoyándose en la mesa.

—Anoche, algo antes de la medianoche —me dijo—, me hallaba solo en mi sala de estar. Solo, le digo: no había nadie más en la casa. Leía una novela; y, de pronto, como si hubiera una presencia física en la habitación que me gobernara, me vi obligado a dejar el libro. Luché contra esa fuerza, luché por mantenerme en la habitación y por seguir leyendo. Y perdí.

—¿Perdió? —Mi respuesta consistió en una única palabra llena de asombro.

***

—Salí de casa: no pude evitarlo. ¿Alguna vez se ha hallado bajo los efectos del hipnotismo, Dale? ¿Sí? Bien, lo que me impulsaba era algo similar, pero nadie se acercó a mí para hipnotizarme. Caminé solo todo el tiempo. Por callejuelas, callejones, sucios patios traseros, sin pasar en ningún momento por una calle principal; de este modo crucé toda la ciudad y llegué a la parte oeste de la plaza. Y allí, ante una enorme mansión gris, pude detener mi absurdo deambular. La fuerza, fuera lo que fuese, me dejó. Y yo… Bueno, me marché a casa.

Sir John se levantó con esfuerzo y se irguió ante mí.

—Dale —susurró con voz ronca—, ¿qué era aquello?

—¿Fue consciente de todos los detalles? —le pregunté— ¿Consciente del tiempo, de los lugares a los que fue? ¿Está seguro de que no fue un sueño extraño?

—¡Un sueño! ¿Es un sueño acaso sentirme manejado como un robot mecánico por una fuerza maldita?

—Pero… ¿No se le ocurre ninguna explicación? —Aún seguía sin creer del todo su historia.

Se giró bruscamente hacia mí.

—No tengo explicación, doctor —me dijo con sequedad—. Vine a usted en busca de una. Y mientras dedica las siguientes horas a reflexionar sobre mi caso, quizá pueda explicarme esto: cuando me hallaba frente a la mansión gris en After Street, solo en la oscuridad, la muerte rondaba mis pensamientos. Y habría matado al hombre que vive en aquella casa si la fuerza que me impulsaba no me hubiera dejado libre enseguida.

Sir John se alejó de mí con expresión amarga. Sin ofrecerme una sola palabra de despedida, abrió la puerta y cruzó el umbral. La puerta se cerró, y me quedé solo.

***

Tal fue mi primer contacto con Sir John Harmon. Así lo detallo porque fue el primero de la extraña serie de acontecimientos que me llevaron al que sería el caso más terrible de mi carrera. En mis escritos lo llamo «El caso de la Máquina de la Muerte».

Doce horas después de la marcha de Sir John (lo que nos lleva a la mañana del 8 de diciembre), los titulares del Daily Mail me saludaron desde la mesa. Eran oscuros e intensos, en verdad, y terriblemente significativos. Decían: "FRANKLIN WHITE Jr. ASESINADO. Rondador nocturno estrangula al joven de la alta sociedad en su mansión del oeste de la ciudad".

Abrí rápidamente el periódico para leerlo:

«Entre la una y las dos de la mañana, un asesino desconocido entró en casa de Franklin White Jr., un conocido deportista del oeste de la ciudad, y escapó dejando atrás el cadáver de su víctima, a quien había estrangulado.

El cuerpo del joven White, uno de los favoritos en la alta sociedad londinense, fue encontrado esta mañana en su cama, donde al parecer llevaba ya varias horas. La policía busca el móvil del crimen, que puede hallarse quizás en el reciente anuncio del joven de su compromiso con Margot Vernee, la joven y hermosa débutante francesa.

Fuentes policiales afirman que el asesino no es en modo alguno un profesional, y que no trató de ocultar el crimen en ningún momento. El inspector Thomas Drake, de Scotland Yard, es quien lleva el caso».

Había, por supuesto, mucha más información. El joven White había sido indudablemente uno de los favoritos, y su asesinato había sido tan inesperado, tan premeditado, que el reportero del Mail había aprovechado para sacar jugo a tan fascinante historia. Pero, más allá de lo que aquí reproduzco, solo hubo un párrafo que me llamó la atención. Decía así:

«No es difícil entrar en el hogar de White. Es una enorme mansión gris que se encuentra justo a la salida de la plaza, en After Street. El asesino entró por una cristalera baja que dejó abierta al salir».

He transcrito cada palabra exactamente como aparecía en el periódico. Creo que no hay más que decir.

***

Pero apenas tuve tiempo de soltar el periódico cuando apareció ella. Digo “ella” (hablo de Margot Vernee, por supuesto) porque, por algún extraño motivo, la había estado esperando. Apareció ante mí en silencio, su rostro de actriz, marcado por el negro luto, frente al mío, observándome con atención.

—¿Sabe por qué he venido? —me preguntó rápidamente.

Dirigí una mirada al periódico sobre la mesa y asentí. Sus ojos siguieron a los míos.

—Esa es solo una de las razones, doctor —me dijo—. Quería a Franklin, le quería muchísimo, pero acudo a usted por otra razón. Porque es un famoso psicólogo y puede ayudarme.

Se sentó sin hacer ruido, inclinándose hacia adelante hasta que sus brazos quedaron sobre la mesa. Tenía el rostro pálido, casi tan blanco como el del joven aventurero que había acudido a mí la noche anterior. Y, cuando habló, su voz no fue más que un susurro.

—Doctor, hace unos días que me encuentro bajo un extraño hechizo. Uno terrible, que me obliga a pensar y a actuar de forma contraria a mi voluntad.

Me miró de repente, como para observar el efecto que habían causado sus palabras. Y añadió:

—Llevaba más de un mes comprometida con Franklin, doctor, y, sin embargo, hace ya una semana que una fuerza terrible me obliga (me obliga, le digo) a volver con… con un hombre al que conocí hará más de dos años. No puedo explicarlo. Nunca amé a este hombre: de hecho, le odiaba con todas mis fuerzas. Pero ahora aparece este extraño deseo, esta hambre de él. Y anoche…

***

Margot Vernee se detuvo de pronto. Me miró como buscando algo. Entonces, con más ánimo, continuó.

—Anoche, doctor, me hallaba sola. Me había retirado ya, y era tarde, cerca de las tres. Y entonces esta fuerza terrible que ha poseído mi alma me obligó a salir. Traté de controlarme, pero cuando me di cuenta me hallaba caminando por la plaza. Fui directa a casa de Franklin White. Cuando llegué eran las tres y media; pude escuchar el Big Ben. Entré a través de la enorme cristalera a uno de los lados de la casa. Y fui directa al cuarto de Franklin, porque, doctor, no pude evitarlo.

Un sollozo se escapó de sus labios. Se había levantado a medias de la silla, y solo conseguía mantenerse serena mediante un esfuerzo considerable. Me acerqué a ella y me coloqué a su lado. Y Margot, con una carcajada casi demente, me miró.

—¡Estaba muerto cuando le vi! —gritó— ¡Muerto! ¡Asesinado! Aquella fuerza infernal, fuera lo que fuese, me hizo ir directa junto a mi amado para verle allí tendido, con esas crueles marcas de dedos en su garganta… Muerto, ya se lo he dicho… Y yo… ¡Es horrible!

Se giró con brusquedad.

—Cuando le encontré —dijo amargamente—, su mera visión… y la visión de aquellas marcas… rompió el hechizo que me atrapaba. Salí con cuidado de la casa, como si fuera yo quien lo había matado. Y ellos… probablemente descubrirán que estuve allí, y me acusarán de asesinato. No me importa. Pero esta fuerza, esta cosa horrible que me está controlando, ¿no hay manera de luchar contra ella?

Asentí con gravedad. El recuerdo de aquel desafortunado tipo que había acudido a mí con la misma queja aún me invadía. Estaba preparado para lavarme las manos en todo aquel asunto. No era, desde luego, un caso clínico, y por tanto quedaba claramente fuera de mi ámbito.

—Hay una forma de luchar contra ello —dije en voz baja—. Soy un médico, no un hipnotista, ni un hombre capaz de descubrir los motivos que se ocultan tras ese hipnotismo. Pero en Londres está Scotland Yard, y en Scotland Yard hay un hombre, uno de mis mejores colegas…

Asintió, rindiéndose. Mientras caminaba hacia el teléfono, la escuché murmurar, con voz cansada y preocupada:

—¿Hipnotismo? No es eso. Solo Dios sabe qué es. Pero siempre me ocurre cuando estoy sola. Y no se puede hipnotizar a alguien desde la distancia…

***

Y así, con el consentimiento de Margot Vernee, pedí ayuda al inspector Thomas Drake, de Scotland Yard. En media hora Drake se hallaba junto a mí en la tranquilidad de mi estudio. Cuando escuchó la historia de Margot, hizo una sola y significativa pregunta. Dijo:

—Dice que siente un deseo irrefrenable de volver con un hombre con el que una vez intimó. ¿De quién se trata?

Margot le miró sin entusiasmo.

—Es Michael Strange —dijo lentamente—. Michael Strange, de París. Un científico.

Drake asintió. Sin más preguntas, despidió a mi paciente; y, una vez ella se hubo marchado, se volvió hacia mí.

—No fue ella quien asesinó a su amante, Dale —dijo—. Eso está claro. ¿Tiene idea de quién pudo ser?

Y así, le hablé del otro joven, sir John Harmon, que había acudido a mí la noche antes. Cuando terminé, Drake me miraba, miraba a través de mí, y, de pronto, se giró.

—Volveré, Dale —me dijo con sequedad—. ¡Espéreme!

***

¡Esperarle! Bien, aquella era la particular manera que tenía Drake de tratar las cosas. Impetuosa, rápida… hasta enfrentarse a una crisis. Y entonces, con el peligro ante él, se convertía en un frío e indiferente oficial de Scotland Yard.

Así que esperé. En las veinticuatro horas que transcurrieron hasta que Drake volvió a mi estudio, hice todo lo que estaba en mi mano para analizar el caso que tenía ante mí. En primer lugar, sir John Harmon y su visita a la casa de Franklin White. Después, el asesinato. Y, finalmente, la joven Margot Vernee y su confesión. Los acontecimientos llegaban como en un torbellino, continuo y misterioso, pero sin principio ni final. Por supuesto, en alguna parte de aquella procesión de horrores tendría que haber un cabo suelto al que aferrarse. Un cabo suelto que desenredaría aquella maraña.

Estaba claro que no se trataba de un asunto médico o, al menos, no del todo. El caso estaba en las manos apropiadas, entonces, si era Drake quien lo llevaba. Y solo tenía que esperar a que volviera.

Al fin llegó, y cerró la puerta de la sala tras él. Se detuvo ante mí con algo parecido al orgullo en su expresión.

—Dale, he estado buscando informes acerca del tal Michael Strange —me dijo en voz queda—. Son interesantes esos informes. Se remontan a hace unos diez años, cuando ese tipo, Strange, comenzaba su carrera científica. Y hoy en día Michael Strange es una de las mayores autoridades en París en lo que se refiere a telegrafía mental. Se ha dedicado al estudio del pensamiento humano con la misma meticulosidad con que otros científicos se dedican al estudio de la radiotelegrafía. Ha escrito varios libros sobre el tema.

Drake sacó un diminuto tomo negro del bolsillo de su abrigo y lo dejó caer en la mesa ante mí. Con una mano lo abrió por un pasaje previamente marcado con lápiz.

—Léalo —me dijo con tono revelador.

***

Le miré asombrado antes de hacer lo que me pedía. Lo que leí fue lo siguiente:

«La telegrafía mental es una ciencia, no un mito. Se trata de un hecho real, un poder muy real que únicamente puede desarrollarse a través de un cuidadoso estudio. Para la mayoría de la gente no es más que una rareza. Se sientan, por ejemplo, en medio de una sala llena a escuchar una conferencia aburrida, y clavan la mirada de forma continua en la espalda de alguien desprevenido hasta que, gracias al poder de la sugestión, dicha persona se gira de repente hacia ellos. O centran sus pensamientos en alguien que se haya cerca, quizás ordenándole mentalmente que tararee alguna melodía popular, hasta que la víctima, sometida a su voluntad, termina por cumplir sus órdenes. Para la gente así, la ciencia de la telegrafía mental no es más que un entretenimiento.

Y eso mismo siguió siendo hasta que esta ciencia se perfeccionó de tal manera que las ondas de pensamiento pueden ahora proyectarse, transmitirse a través del éter de forma precisa, igual que las ondas de radio. En otras palabras, la telegrafía mental es hoy día semejante al hipnotismo. Hasta que avance y permita que estos poderes hipnóticos se puedan dirigir a través del espacio y directamente a los individuos con los que se pretenden utilizar, esta ciencia no cobrará importancia. Queda en manos de los científicos de hoy desarrollar este nuevo avance».

Cerré el libro. Cuando levanté la mirada, Drake me observaba con atención, como si esperase una respuesta.

—Drake —dije despacio, hablando más para mí que para él—, la maraña empieza a desenredarse. Hemos encontrado el principio de la hebra. Quizá, si la seguimos…

Drake sonrió.

—Si es tan amable de ponerse el sombrero y el abrigo, Dale —me interrumpió—, creo que tenemos una cita. El tal Michael Strange, cuyo libro acaba de disfrutar tantísimo, vive ahora en una calle pequeña y tranquila a solo tres millas de la plaza, en Londres.

***

Seguí a Drake en silencio hasta que dejamos Cheney Lane atrás en la penumbra. A la entrada de la plaza mi acompañante llamó un taxi que, desde allí, nos llevó lentamente a través de la oscuridad, invadida por una niebla húmeda y penetrante. El conductor, que parecía conocer de vista a mi acompañante (todo taxista londinense conocía a los hombres de Scotland Yard) siguió una ruta que atravesaba callejuelas sombrías, desiertas y enrevesadas, apenas aventurándose por las calles principales.

En cuanto a Drake, se hundió en el incómodo asiento sin intentar en ningún momento iniciar una conversación. Permaneció en silencio durante la primera parte de nuestro viaje. No fue hasta que llegamos a otra parte de la ciudad, lóbrega y mal iluminada, que se volvió hacia mí.

—Dale —me dijo al fin—, ¿alguna vez ha cazado tigres?

Le miré y me eché a reír.

—¿Por qué? —le pregunté— ¿Acaso espera que esta caza que tenemos entre manos se convierta en una cacería a ciegas?

—Lo será, no lo dude —respondió—. Y, cuando sigamos el rastro hasta el final, imagino que nos enfrentaremos a algo muy similar a un tigre. He investigado a fondo la vida de Michael Strange, y he descubierto ciertas cosas acerca de su persona. Se le ha acusado dos veces de asesinato, de asesinato por hipnotismo, y las dos veces ha limpiado su nombre al dar explicaciones científicas a la policía. Tal es la naturaleza de toda la historia de su vida en los últimos diez años.

***

Asentí sin responder. Drake me dio la espalda de nuevo, y nuestro coche asomó su hocico fatigado a una calle sombría que se estrechaba ante nosotros. Apenas pude vislumbrar una única farola vacilante en la esquina y un cartel oscuro en el que se leía «Mate Lane». El coche rozó el bordillo. Se detuvo con un gruñido.

Yo ya me había bajado, y esperaba junto a la puerta del coche cuando, de repente, una figura surgió de la oscuridad y avanzó hacia mí. Me miró con atención y, tras ver que no era yo el hombre al que buscaba, se volvió hacia Drake. Escuché un susurro de bienvenida y una conversación murmurada. Después, Drake avanzó rápidamente hacia mí.

—Dale —me dijo—, creo que es mejor que no me deje ver por aquí esta noche. No, no hay tiempo para explicaciones: ya lo entenderá después. Quizá —añadió misteriosamente— incluso antes de lo que espera. El inspector Hartnett le seguirá acompañando en esta pantomima.

Estreché la mano al hombre de Drake, aún confuso por la súbita sustitución. Antes de que me diera cuenta, Drake había desaparecido junto con el coche. Hartnett y yo nos hallábamos solos en Mate Lane.

El hogar de Michael Strange, en el número siete, no era en absoluto acogedor. No parecía tener luces encendidas. Era una casa grande que se levantaba como una cripta sobria y enorme alejada de la calle, a cierta distancia del resto de edificios. Según subíamos, los pesados escalones resonaban con el ruido de nuestros pasos en la oscuridad; y el sonido del timbre, cuando Hartnett llamó, nos llegó bruscamente a través del silencio del interior.

***

Esperamos allí. En el breve intervalo antes de que se abriese la puerta, Hartnett dirigió una mirada a su reloj (eran cerca de las diez) y me dijo:

—Imagino, doctor, que nos toparemos con un muro. Deje que hable yo, por favor.

Eso fue todo. Un segundo más tarde la enorme puerta se abrió lentamente desde dentro y, en la entrada, observándonos, apareció el hombre que habíamos venido a ver. No es difícil recordar la primera impresión que tuve de Michael Strange. Era un hombre inmenso, demacrado y ojeroso, con los hombros hundidos y los brazos pesados de un gorila. Su rostro parecía deformarse inconscientemente, como si gruñera. Cuando saludó, tras habernos observado durante casi un minuto, lo hizo de forma cortante y áspera.

—Bien, señores, ¿qué es lo que quieren?

—Me gustaría hablar con el doctor Michael Strange —contestó mi acompañante en voz baja.

—Yo soy Michael Strange.

—Y yo —respondió Hartnett, con un asomo de sonrisa— soy Raoul Hartnett, de Scotland Yard.

No aprecié emoción alguna en el rostro de Strange. Dio un paso atrás en silencio para dejarnos pasar. Después, cerrando las puertas detrás de nosotros, nos guió por un salón alfombrado hasta una sala pequeña y mal iluminada un poco más allá. Allí nos invitó con un gesto a tomar asiento mientras él se mantenía en pie junto a la mesa, frente a nosotros.

—De Scotland Yard —dijo, y su tono estaba cargado de un cierto sarcasmo—. Estoy a su servicio, señor Hartnett.

***

Fue entonces cuando me pregunté por primera vez por qué Drake había insistido en que fuera hasta esa casa sombría en Mate Lane. Por qué había enviado de forma deliberada a un sustituto para que Michael Strange no se encontrase cara a cara con él. Era evidente que había instruido cuidadosamente a Hartnett sobre cómo debía actuar, pero, ¿por qué estas precauciones, en principio innecesarias, por parte de Drake? Y ahora, tras haber conseguido entrar en la casa, ¿qué excusa pondría Hartnett para la intrusión? Desde luego, esperaba que no siguiera representando el terco papel de un policía corriente.

No había enfado ni asomo de dramatismo en la voz de Hartnett. Alzó la mirada en silencio hacia nuestro anfitrión.

—Doctor Strange —explicó—, he venido a pedirle ayuda. Anoche, poco después de la medianoche, estrangularon a Franklin White. Fue un asesinato cometido, según las pruebas encontradas, por la joven con la que iba a casarse, Margot Vernee. Acudo a usted porque la conoce bien y puede quizás ayudar a Scotland Yard a descubrir por qué lo hizo.

Michael Strange no dijo nada. Se limitó a fruncir el ceño mientras observaba en silencio a mi compañero. Incluso yo, he de admitir, me volví hacia Hartnett con sorpresa. Aquella acusación directa a Margot me había hecho estremecer. Había esperado cualquier cosa de él, incluso que acusara al mismo Strange en ese momento. Pero no se me había pasado por la cabeza que pudiera hacer una declaración tan fría.

—Entenderá, doctor —siguió diciendo Hartnett con el mismo tono irónico—, que no creemos que Margot Vernee lo hiciera sola. Tenía un cómplice, evidentemente, alguien que la acompañó a la casa de After Street y que la ayudó a cometer el crimen. No estamos seguros de quién era, pero hay ciertos indicios que nos llevan a sospechar de cierto deportista londinense. Sabemos que este hombre estuvo rondando por la mansión tanto la noche del crimen como la anterior.

***

Hartnett levantó la mirada con indiferencia. El rostro de Strange era una máscara. Cuando asintió, el gesto fue el más regular y mecánico que había visto nunca. Ciertamente, ese hombre sabía controlar sus emociones.

—Por supuesto, doctor —añadió Hartnett—, le diré que ya hemos investigado bastante en el pasado de la señorita en cuestión. Y, obviamente, su nombre ha aparecido, en un intervalo poco reseñable, un tiempo en que Margot Vernee residió en París. Así, acudimos a usted esperando que pueda, quizá, ofrecernos algo de información, algo que, aunque le parezca insignificante, pueda guiarnos en la dirección correcta.

Era un discurso cuidadoso. Mientras Hartnett hablaba, yo mismo habría jurado que las palabras eran de Drake, y que habían sido memorizadas. Pero Michael Strange se limitó a acercarse a la mesa y a colocarse frente a nosotros sin decir nada. Durante aquel breve intervalo intentaba, probablemente, evaluar en qué posición se hallaba, y descubrir cuánto sabía en realidad Raoul Hartnett.

Y de pronto, tras su momento de silencio, avanzó hoscamente y se acercó a mi acompañante.

—Le diré esto, señor Hartnett de Scotland Yard —comentó con amargura—. Mi relación con Margot Vernee no es un libro abierto que los dedos torpes de ignorantes agentes de policía puedan manosear libremente. Y en cuanto al asesinato, no sé nada. Cuando sucedió me hallaba aquí sentado en compañía de un distinguido grupo de científicos amigos míos. Le diré, y sé de lo que hablo, que Margot no asesinó a su amante. ¿Y por qué? ¡Porque lo amaba!

***

Las últimas palabras estaban cargadas de amargura. Antes de que se apagaran del todo, Michael Strange ya había abierto la puerta de su estudio.

—Si no les importa, señores —indicó con tranquilidad.

Hartnett se levantó. Por un instante se detuvo frente a nuestro enorme y simiesco anfitrión; un segundo más tarde, sin embargo, cruzó el umbral sin decir nada. Atravesamos el sombrío corredor en silencio, con Strange observándonos desde la puerta de su estudio. No pude evitar sentir, al abandonar el lúgubre edificio, que la atención de Strange se concentraba súbitamente en mi persona, ignorando a mi acompañante. Podía sentir cómo me clavaba la mirada, sentir la fuerza de la voluntad de su dueño. Una clara sensación de incomodidad me invadió, y temblé.

Un segundo más tarde, la enorme puerta de entrada se cerró a nuestras espaldas, y nos encontramos solos en Mate Lane. Solos, he de decir, hasta que una tercera silueta se unió a nosotros desde las sombras, y la mano de Drake aferró mi brazo.

—Espectacular, Dale —me dijo con voz triunfal—. Entre Hartnett y usted le han entretenido durante media hora. Y durante media hora yo he tenido libertad total para recorrer las habitaciones de la casa gracias a una ventana mal cerrada en la planta baja. Esas habitaciones, señores, tienen una gran importancia… ¡Ya lo creo!

Cruzamos Mate Lane, y el hogar siniestro y sombrío de Michael Strange se fue convirtiendo apenas en una silueta en la oscuridad que dejábamos atrás. Drake no habló en todo el viaje de vuelta, al menos hasta que llegamos a mi casa. Entonces se volvió hacia mí con una sonrisa.

—Vamos un paso por delante de nuestro amigo, Dale —me dijo—. Todavía no sabe quién es más inofensivo; si usted o Hartnett. Y, sin embargo, imagino que Hartnett se enfrentará a acontecimientos muy inusuales en poco tiempo.

Eso fue todo. Al menos, todo lo importante. Dejé a los dos hombres de Scotland Yard en la puerta de Cheney Lane y subí solo a mi hogar. Abrí la puerta y entré en silencio. Y allí, unas horas después, comenzó la última y más terrible etapa del caso de la máquina de la muerte.

***

Comenzó, o, más concretamente, me di cuenta de que había comenzado, a las tres de la mañana. Me hallaba solo, y la oscuridad reinaba en las habitaciones. Había estado horas sentado a la mesa, reflexionando acerca de los hechos más destacables de los últimos días. Me resultaba imposible dormir con tantas preguntas sin respuesta en mi cabeza, así que me limitaba a sentarme y a pensar.

¿Creía Drake realmente que la sencilla historia de Margot Vernee había sido una farsa, que era ella quien había asesinado a su amante durante aquella intrusión a media noche en casa del joven? ¿Pensaba realmente que Michael Strange sabía de la intrusión, que podría haberla planeado él mismo y haber prestado ayuda para que Margot pudiera volver a él? ¿Sabría Michael Strange algo de aquella otra intrusión, del extraño poder que había llevado a sir John Harmon, y posiblemente también a Margot, a aquella casa en After Street?

Esas eran las preguntas que aún no podía responder: y era sobre ellas que reflexionaba; mientras tanto, la oscuridad y el silencio se extendían a mi alrededor según pasaban las horas. Oí cómo el reloj daba las tres, y escuché el zumbido de respuesta del Big Ben desde la plaza.

***

Y, entonces, comenzó. En un principio no fue más que una cierta sensación de ansiedad. Un instante antes me encontraba tranquilo sentado en mi silla, dormitando. Pero entonces, muy a mi pesar, me hallé paseando arriba y abajo, recorriendo el cuarto como un animal enjaulado. En ese instante podría haber jurado que una presencia siniestra había conseguido entrar de alguna forma en mi estudio. Y, sin embargo, la sala estaba vacía. Podría haber jurado también que una voluntad silenciosa me ordenaba, con una fuerza irresistible, que saliera, que me adentrara en la oscuridad de Cheney Lane.

Me resistí con todas mis fuerzas. Me reí de aquel poder, aunque en mi risa se mezclaban los recuerdos de sir John Harmon y de Margot, de lo que me habían contado. Y entonces, incapaz de obviar aquella orden silenciosa, cogí mi abrigo y mi sombrero y me marché.

Cheney Lane estaba desierta, sumida en una calma total. Al final de la calle, la farola relucía con un brillo apagado, iluminando vagamente el costado del edificio más cercano. Me apresuré, abriéndome paso a través de las sombras; una sola idea me poseía. Debo apresurarme, pensé, debo ir lo más rápido posible a esa casa sombría en Mate Lane: al número siete.

De dónde venía aquel deseo tan claro, no lo sabía. No me paré a pensar. Algo me ordenaba que fuera rápidamente a casa de Michael Strange. Y, aunque me detuve más de una vez, volviendo voluntariamente sobre mis pasos, me veía obligado a volver a recorrer el camino y a continuar.

***

Recuerdo haber atravesado la plaza, vagar por las calles oscuras de más allá. Tres millas separaban Cheney Lane y Mate Lane, y solo había hecho aquel camino una vez en coche. Y, sin embargo, seguí la ruta sin equivocarme ni una sola vez, instintivamente. En cada intersección me dejaba llevar en una de las direcciones, y en ningún momento se me permitió dudar. Era como si llevara a un demonio invisible sobre los hombros, como el demonio del mar que montó a Simbad, señalándome el camino.

Solo hubo algo extraño en aquel viaje por todo Londres. Me había girado en una calle estrecha a poco más de media milla de mi destino cuando descubrí ante mí, entre las sombras, la silueta de un anciano que se arrastraba. Y allí, mientras le observaba, creció dentro de mí un nuevo deseo, una locura. Me acerqué a él de puntillas, sin hacer ruido, y extendí las manos, tratando de aferrar su garganta. En aquel momento, sin duda, le habría matado.

No puedo explicarlo. En ese breve instante me sentí indudablemente un asesino. Quería matar. Y, ahora que lo recuerdo, ese mismo deseo había estado latente en mi interior desde que las luces de Cheney Lane habían desaparecido de mi vista. Todo aquel tiempo, mientras vagaba por las calles oscuras, la idea del asesinato aguardaba apostada en mi corazón. Habría matado al primer hombre que se me hubiera cruzado.

Pero no lo maté. Gracias a Dios, cuando mis dedos ya se retorcían tratando de alcanzar su garganta, aquel absurdo deseo se desvaneció. Me detuve mientras el anciano, sin sospechar nada, se alejaba en la oscuridad. Después, dejando caer mis manos, con un sollozo de desesperación, seguí caminando.

***

Así llegué a Mate Lane, y a la casa enorme y gris que me aguardaba. Esta vez, según subía los escalones de piedra, la vieja casona me pareció aún más repulsiva y horrible. Temía el momento en que vería abrirse aquella puerta, pero no conseguía retroceder.

Golpeé con el llamador en la puerta. Un instante después, y exactamente igual que antes, el portalón se abrió hacia dentro. Michael Strange se presentó ante mí.

No abrió la boca. Quizá, si hubiera hablando, ese terrible hechizo se habría roto, y podría haber vuelto, incluso entonces, a mi propio hogar en Cheney Lane. No; se limitó a sujetar la puerta para dejarme pasar y, mientras pasaba junto a él, a mirarme con una sonrisa significativa.

Fui directo a aquel cuarto familiar al final del pasillo, con Strange tras de mí. Una vez entramos, cerró la puerta con cuidado. Por un instante me miró sin decir nada.

—Estuvo usted a punto de cometer un asesinato mientras venía hacia aquí, ¿no es cierto, Dale?

Le observé. ¿Cómo, en nombre de Dios, podía este hombre leer mis pensamientos de esa manera?

—Habría asesinado a ese hombre —me dijo suavemente— si yo lo hubiera deseado. Pero no ha sido así.

No respondí. No había respuesta posible ante tan demente declaración. Y mi interlocutor se limitó a mirarme durante un instante antes de echarse a reír. No estaba loco. Sé lo bastante de medicina como para reconocer algo así.

Pero la carcajada no duró mucho. Súbitamente dio un paso adelante y cogió mi brazo con fuerza, arrastrándome hasta una puerta prácticamente oculta al fondo de la sala.

—No tardaremos, Dale —me dijo con brusquedad—. Podría haberle matado, podría haber hecho que se matara, y, de hecho, pretendía hacerlo. Pero, en el fondo, usted no es más que un pobre estúpido que se ha metido hasta el fondo en asuntos que le vienen muy grandes.

***

Abrió la puerta y me empujó dentro. El cuarto estaba oscuro, y hasta que no lo cerró y encendió una luz mortecina no pude echar un vistazo a lo que contenía.

Ni siquiera entonces conseguí ver nada. Al menos, nada de importancia para una mente poco versada en ciencias. Había una mesa baja junto a la pared; una gran cantidad de cables diminutos surgía de ella. Me fijé en un micrófono en forma de copa, o algo similar, que se hallaba colgado sobre la mesita, al nivel en el que debían haberse hallado mis ojos de haber estado sentado en la silla. Más allá no pude ver nada hasta que Strange avanzó y apartó una tela que colgaba junto a la mesa.

—Verá, Dale: le obligué a venir aquí esta noche —murmuró—, porque le temía. Su colega, Hartnett, no era más que un ignorante agente de policía. No tiene el intelecto necesario para encontrar la conexión entre los acontecimientos de los últimos días, así que no me molesté en preocuparme de él. Pero usted es un hombre educado. No ha demostrado tener conocimientos científicos, pero…

Se interrumpió bruscamente. Desde la puerta que habíamos dejado atrás nos llegó el sonido de una alarma. Strange se giró rápidamente y se acercó a la puerta.

—Espéreme aquí, doctor —me ordenó—. Tengo otra visita esta noche. Alguien que vino de la misma forma que usted.

Desapareció. Durante unos minutos me encontré a solas con aquel aparato, similar a una radio, ante mí. Se asemejaba, en mi opinión, a una sala de control en miniatura en alguna pequeña emisora. La única diferencia era la extraña forma del micrófono, si es que eso es lo que era.

***

Sin embargo, tuve poco tiempo para pensar. Un ruido de pisadas me interrumpió desde la sala contigua, y una voz femenina y aterrada rompió la calma del estudio que había al otro lado de la puerta. Incluso antes de que su dueña apareciera ante mí, supe de quién se trataba.

Y cuando entró en el cuarto, con el rostro pálido y aterrorizado y el cuerpo tembloroso, no pude evitar un escalofrío aprensivo. Era la joven que había acudido a mi oficina, Margot Vernee. Al parecer, se había rendido al fin a la terrible fuerza que la impulsaba a acudir a Michael Strange, una fuerza que, entendí por fin, originaba él mismo.

La empujó hacia adelante. No había ternura en ese gesto: era cruel y estaba teñido de triunfo.

—Así que lo ha conseguido. Al fin —le dije con amargura.

Se volvió hacia mí, desdeñoso.

—La he traído hasta aquí, sí —me respondió—. Y ahora que está con nosotros, escuchará lo que tengo que decirle a usted. Puede que así me gane su respeto, y esta vez no podrá rechazarme.

Señaló a la mesa, al aparato sobre ella.

—Le cuento esto, Dale —me dijo—, porque me agrada hacerlo. Tiene usted lo bastante de científico como para entenderlo y apreciarlo. Y si, una vez haya terminado, le hubiera contado demasiado, hay una manera sencilla de asegurar su silencio. ¿Ha oído hablar del hipnotismo, Dale? ¿Y de la radio? ¿Había pensado alguna vez en combinar ambas ideas?

***

Me miró fijamente. No me molesté en responderle.

—La radio —explicó— se emite a través de ondas de sonido. Imagino que ya lo sabía. Pero el hipnotismo también podría transmitirse a través de grandes distancias si se pudiera inventar un aparato lo bastante delicado como para emitir ondas de pensamiento. He trabajado veinte años para crear ese instrumento, y he estudiado el hipnotismo durante esos mismos veinte años. Entenderá, por supuesto, que esta máquina no tiene valor si no la controla una gran mente. Las ondas de pensamiento son inútiles: no controlarían ni siquiera a un gato. Pero las ondas hipnóticas u ondas de pensamiento concentradas… Esas ondas controlarán el mundo.

No podía rebatir nada de lo que decía. Me observaba con la mirada cargada del triunfo salvaje de un animal, una bestia. Su poder, mi asombro, le glorificaban.

—¡Quería que Franklin White muriese! —gritó— Fui yo quien le mató. ¿Y por qué? Porque estaba a punto de arrebatarme a la mujer que deseaba. ¿Cree que no es motivo suficiente para cometer un asesinato? Así que le maté. No fue Margot Vernee quien estranguló a su amante: fue un desconocido, un deportista londinense, que no tenía más motivo para cometer el crimen que el hecho de que yo así lo deseaba.

—Murió la noche del siete de diciembre, asesinado por sir John Harmon, el deportista. ¿Por qué? Porque, de todo Londres, sir John sería el último hombre del que sospecharían. Aprecio enormemente la ironía del destino. White habría muerto la noche antes, Dale, de no haberme faltado el coraje para matarle. Su asesino, controlado por mí, aguardaba junto a su hogar… Y, de pronto, se me ocurrió que sería mejor tener una coartada. Su Scotland Yard tiene recursos, y era mejor contar con aquella protección. Así, la noche siguiente, volví a enviar a sir John a la casa. Esta vez, mientras me sentaba aquí controlando los actos de mi marioneta, un grupo de hombres se sentó conmigo. ¡Creían que experimentaba con un nuevo tipo de receptor de radio!

***

Michael Strange se echó a reír, con una carcajada triunfante, como ríe un gato al ver el comportamiento de los ratones que se convertirán en sus víctimas.

—Una vez cometido el asesinato —me dijo—, envié a Margot a la escena para que pudiera ver a su amante estrangulado, muerto. Le repito, Dale, que disfruto con la ironía del destino, sobre todo cuando puedo controlarla. Y, en cuanto a usted, le traje aquí únicamente para que se diera cuenta de la intensidad de la fuerza que le controla. Cuando salga de aquí, seguirá ileso; pero, tras la demostración que va a presenciar, estoy seguro de que no tratará de interferir de nuevo en asuntos tan fuera del alcance de su comprensión.

Escuché sollozar a Margot. Había retrocedido hasta la puerta y se había acurrucado allí. En cuanto a mí, no me moví. El discurso de Strange me había revelado la terrible lujuria que le apresaba, y no podía más que observarle, fascinado. No haría daño a la chica; de eso estaba seguro. A su extraña manera, la amaba. También a su manera, demente y criminal, intentaría ganarse su amor, aunque ella ya le hubiera rechazado una vez.

***

Le vi avanzar hacia la mesa. Le vi sentarse pesadamente en la silla, y clavar la vista en aquella especie de micrófono que colgaba ante sus ojos. Mientras lo observaba, me habló.

—La ciencia, en sus formas más intrincadas, está probablemente por encima de la mente de un médico común, Dale —me dijo—. Sería inútil explicarle cómo mis pensamientos y mi voluntad pueden viajar por el espacio. Quizá se haya sentado alguna vez en un teatro y haya clavado la mirada en una persona concreta hasta que esta se ha vuelto hacia usted. ¿Lo ha hecho? Bien, entonces puede que entienda cómo puedo controlar las mentes de cualquier ser humano en mi radio de alcance. Ya ve, Dale, esta pequeña máquina enrevesada me da el poder suficiente como para transformar Londres en una ciudad llena de asesinos. Con ella podría causar una oleada de crímenes tan terrible que arrastraría por el barro el nombre de Scotland Yard en todo el mundo. ¡Podría hacer que cada hombre asesinara a su vecino hasta que las calles de la ciudad se inundaran de sangre!

Strange se volvió, más calmado, hacia mí. Habló con lentitud.

—Y ahora, le mostraré aquello de lo que hablo, Dale —murmuró—. Su amigo el detective, Hartnett, se halla bajo mi control desde hace ya tres horas. Como ve, era más seguro vigilar sus movimientos y cuidarme de él. Y ahora, para asegurarme de que no supone un problema, ¿le gustaría ver cómo se suicida?

Di un paso adelante con un grito. Strange no dijo nada: sus ojos se limitaron a clavarse en los míos. De nuevo sentí aquella fuerza extraña, invencible, que me obligaba a retroceder. Así lo hice, paso a paso, hasta que me detuvo la pared. Y, sin embargo, mientras retrocedía, una esperanza infantil me invadió. ¿Cómo iba Strange, que ahora trabajaba en su terrible máquina de la muerte, a concentrar todo su poder en un solo individuo cuando tenía a todo Londres a sus pies?

***

Él mismo respondió a mi pregunta. Debía haber leído mi mente cuando se me ocurrió.

—¿Ha estado alguna vez en medio de una multitud, Dale, y ha observado a cierta persona con gran interés hasta que esa persona se ha girado a mirarle? El resto de la multitud no le presta atención, por supuesto; solo lo hace ese hombre. Y ahora, Dale, haremos que ese hombre se suicide.

Strange se giró lentamente. Vi cómo sus dedos acariciaban el borde de la mesa, tocando algunos de los cables que allí se concentraban. Escuché un zumbido apagado, monótono, que llenaba la sala; por encima del ruido, oí la voz penetrante de Strange.

—Cuando termine, Dale, lo más probable es que le mate. Le traje aquí tan solo para asustarle, pero creo que le he contado demasiadas cosas.

Con aquel nuevo horror pendiendo sobre mi cabeza, observé el lento movimiento de los labios de mi captor…

Y entonces, desde las sombras al otro lado del pequeño cuarto nos llegó una voz baja, vacía de toda emoción.

—Antes de que empiece, Strange…

Michael Strange se revolvió en la silla como un tigre. Su mano bajó hasta el bolsillo tan rápidamente que mis ojos no pudieron seguirla. Y, según bajaba, un único disparo seco cruzó la oscuridad de la sala. El científico cayó hacia adelante, aún sentado.

El monótono zumbido de aquella máquina del demonio se había detenido abruptamente, interrumpido por el súbito peso del cuerpo inerte de Strange al caer sobre el invento. Vi cómo una serpiente blanca e intensa de luz blanca se retorcía por entre el amasijo de cables; un instante después todo el aparato se vio destruido por un estallido y un fuego cegador.

***

Después de aquello, me di la vuelta. Aún no sé si aquella bala mató o no a Strange: pero la visión de su rostro abrasado, tendido sobre esa mesa de destrucción, ya fue suficiente para mí.

Fue el inspector Drake quien se acercó a mí, cruzando la sala, y me agarró del brazo. Aún tenía el revólver humeante en la mano, y, cuando me llevó a la habitación contigua, pude ver que Margot ya había encontrado refugio allí.

—¿Entiende ahora, Dale —dijo Drake con voz queda—, por qué dejé que Hartnett fuera con usted? Si Strange hubiera sospechado de mí, no habría sido más que otra víctima. En cuanto a Hartnett, le hemos tenido continuamente vigilado en la comisaría. Está a salvo. Le han mantenido allí, tal y como ordené, a pesar de todos sus esfuerzos por marcharse.

Le escuché con creciente admiración. Ni siquiera yo alcanzaba a entenderlo todo.

—Tan solo me equivoqué en una cosa, Dale. Le dejé solo y sin protección. Pensé que Strange le ignoraría; al fin y al cabo, no es usted un agente de Scotland Yard. Gracias a Dios que tuve la precaución de seguir a Margot hasta aquí, y llegué a tiempo.

***

Y así terminó la terrible serie de acontecimientos que había comenzado con la fortuita visita de sir John Harmon a mi consulta. En cuanto al joven, terminaron por limpiar su nombre basándose en las carbonizadas pruebas encontradas en la casa de Michael Strange en Mate Lane. Margot, creo, ha dejado Londres, buscando un lugar donde poder refugiarse de recuerdos que, sin duda, son demasiado horribles.

En cuanto a mí, vuelvo a hallarme en mi tranquilo hogar, en Cheney Lane, donde la rutina de la práctica médica más común ha eliminado muchos de los vívidos horrores con los que me topé. Con el tiempo, imagino, olvidaré todo lo vivido, a menos que el inspector Drake, de Scotland Yard, insista en volver a recordarlo.

«Cuando termine, Dale, lo más probable es que le mate»

Ilustración por John Fleming Gould

NOTA IMPORTANTE: The Murder Machine (La máquina de la muerte), por Hugh B. Cave. Traducido por: Irene Garcia Cabello (©). Obra original: (Astounding Stories, septiembre de 1930). Obra sujeta a derechos de traducción. Disfrútala en papel: Maestros del Pulp 1

Sobre el Autor

Irene García Cabello

Escritora, traductora y bloguera, por ahora trata de no tomarse demasiado en serio a sí misma y de probar un poco de todo, mientras el tiempo y las circunstancias lo permitan
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