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La mansión de la mano cadáver

La mansión de la mano cadáver. Por Rubén G. Collantes. Relato incluido en Halloween Tales 2014

¿Qué hay más allá de la muerte? Muchos intentan darnos una respuesta, pero solo los muertos saben qué nos espera al otro lado, y algunos vuelven para mostrarnos que lo más aterrador aún está entre nosotros.

A referencia del artículo publicado el año pasado por la señorita Dickinson en el Mirror, donde habla sobre lo ocurrido en la abandonada mansión L´Chantre la noche de todos los santos, me veo obligada a relatar la terrible realidad que omite en su reportaje. Lo que allí sucedió va más allá de una sorprendente experiencia paranormal.

Puedo dar una opinión fiable porque trabajo para Harry Lacombe como su asistente, su compañera de escenario. Harry, el famoso ilusionista, debe su popularidad, como todo Londres sabe, a la lucha contra los médiums, espiritistas y demás embaucadores capaces de vender humo a la gente; convenciéndolos de que podían ponerse en contacto con sus seres queridos.

En nuestras funciones representábamos varios trucos usados por estos estafadores, mejorándolos y dejando al público con las bocas abiertas y las carteras vacías. Pero nosotros no engañábamos a nadie. Aquello eran meras ilusiones, parte del espectáculo. Incluso, alguna que otra vez, fuimos contratados por clientes insatisfechos por las artimañas de estos embaucadores para desenmascararlos.

Hasta lo ocurrido en la mansión L´Chantre, todos los espiritistas poco tenían que ver con lo paranormal. En esa ocasión, de forma inusual, fue la misma médium la que pidió nuestros servicios:

«Estimado señor Lacombe:

Está usted invitado a una velada que cambiará para siempre su percepción sobre este mundo y el del Más Allá.

Según sus aprensivas declaraciones en los medios, sobre las habilidades empíricas y espiritistas que, como yo, algunas personas por decisión divina poseemos, me veo obligada a rogarle su asistencia a mi próxima sesión.

Le prometo, señor Lacombe, que antes del amanecer su veredicto sobre lo que oculta el umbral a la muerte cambiará sin necesidad del arte de la magia.

Le adjunto la fecha y las señas de la reunión, esperando que nos honre con su presencia para atestiguar los hechos.

Por si tiene alguna duda, dicha noche nos pondremos en contacto con los muertos.

Elizaveta Petrovka»

La mansión L´Chantre dibujaba la silueta de un barco naufragado en la espesa niebla de las marismas. La tupida arboleda de ramas huesudas y angulosas que rodeaba el edificio recordaba una pesadilla de esqueletos emergiendo sobre un mar de espuma. La noche anunciaba tormenta, un cielo carmesí despedía el ocaso del día y daba inicio a la llegada de los invitados.

Hacía más de veinte años que la mansión de L´Chantre no abría sus puertas. Su trágica historia, que había sacudido los periódicos de toda Inglaterra, estaba aún sin resolver. El señor L´Chantre y sus hijos, en la víspera de todos los santos, habían sido encontrados balanceándose sobre el porche de la casa; todo indicaba que se habían colgado por el cuello hasta morir.

La expresión de sus rostros, según los periódicos de sucesos de 1917, dejaba impresa una advertencia sobre el horror que ocultaba sus muertes. Sin embargo, a pesar de un año de investigaciones por parte de Scotland Yard, nunca se supo con seguridad el motivo que llevó a la familia L´Chantre a poner fin a sus vidas.

Algo más sorprendente dejó el caso como uno de los más inexplicables de la época. Para asombro de la policía, en el interior de la casa hallaron la mano amputada de la señora L´Chantre; aún llevaba su anillo de bodas. Del resto de su cuerpo no encontraron ni el más mínimo rastro.

La historia de la casa, desde entonces, fue acompañada por extraños sucesos que poco tenían de fiables y que rayaban en la superstición. Sin embargo, todo daba un matiz macabro al escenario elegido aquella noche por lady Petrovka, nuestra anfitriona. Un aliciente para pasar la noche de difuntos en compañía de la espiritista.

Cuando nuestra limusina aparcó frente a la mansión, un trueno retumbó en el valle. Las huidizas sombras de los cuervos buscando refugio se proyectaron sobre nosotros como un río de tinieblas, una imagen que aún retengo en mi memoria como la señal de lo que más tarde sucedería.

Harry Lacombe y yo éramos los últimos en llegar a la mansión. Los demás invitados, gente bien posicionada en la sociedad londinense y que facilitaron a lady Petrovska realizar allí su sesión, esperaban la llegada de la médium. La música y un buffet de platos fríos y exóticos amenizaban la charla. Los grandes ventanales del salón dejaban entrar las primeras descargas de la tormenta, reflejando su fulgor eléctrico en las lujosas joyas de las damas.

―Maxi ―me dijo Harry―, será mejor que llame yo toda la atención del público y que tú te dediques a husmear por el edificio. Así no nos cogerá por sorpresa los artificios de la opereta ―Yo asentí, pues al fin y al cabo él era el jefe―. Oh, allí veo a la señorita Dickinson. Siempre tan oportuna. Creo que tendré que ayudarla a escribir el artículo de la siguiente portada en el Mirror: «El gran Lacombe vuelve a la carga». Bueno, preciosa. Mantén los ojos abiertos.

Si Harry tenía en su repertorio un truco favorito, ese era el de desaparecer entre las faldas de una mujer. Margaret Dickinson era la periodista estrella del Mirror, uno de los más famosos periódicos sensacionalistas del país y a la cual incido con esta historia.

En ese preciso instante, lady Petrovka hizo su aparición descendiendo por la curvada escalera que daba a la segunda planta hasta el salón. Los flashes acribillaron su figura haciéndola más resplandeciente.

Era joven, preciosa. Dos bucles de pelo azabache descendían en espiral de su turbante de seda. Una esmeralda del tamaño de un huevo coronaba su frente haciendo juego con sus ojos, falsos y verdes.

Se hizo el silencio por unos segundos. Luego, alentados por la mirada hipnótica de la joven, los músicos continuaron con su melodía.

Aprovechando la conmoción de los presentes, me perdí por uno de los laterales del gran salón, que se internaba en los pasillos hacia las entrañas del edificio.

Desde la entrada pude acceder a la segunda planta. Encendí mi pequeña linterna de bolsillo y me encaminé a desvelar los secretos que ocultaba la dama de ojos verdes. Todo estaba lleno de polvo y telarañas. Muebles apolillados y retratos enmohecidos de antepasados L´Chantre. Una gran sala de música, donde descansaba un olvidado y enmudecido piano, recogió el eco de mis zapatos de gala.

Seguramente, pensé mientras recorría las habitaciones, allí no había entrado nadie desde hacía bastantes años.

Al cabo de un rato deambulando por el laberinto de habitaciones, entré en el despacho. Dos tapices gemelos ilustraban una escena de caza frente a un largo escritorio. Sobre él, el escudo de armas de la familia mostraba un león dorado sobre azur, coronado por tres tréboles negros.

En el escritorio, bajo una densa capa de polvo, una telaraña de cristal roto guardaba el retrato familiar de los últimos dueños. El señor L´Chantre y sus dos hijos, vestidos con trajes de principio de siglo, se agarraban de las manos, alejados de una mujer pálida y delgada. Ella llevaba el pelo liso sobre los hombros como una cascada de tinta gruesa, mientras sostenía sobre sus brazos un capazo de bebé. Sus ojos, profundos pozos de ambición, miraban al fotógrafo desafiante por arrebatarle el alma con su lente.

Como sumida por un sueño, vi los tres tréboles negros del escudo balancearse como la figura de un ahorcado sobre mi cabeza. Un escalofrío me sacudió sacándome de la desagradable alucinación con la que jugaba mi mente.

Hacía un par de años, una casualidad que recordé en ese preciso instante, un viejo químico del East End, dedicado más a destilar ginebra de baja calidad que a otros menesteres, me contó que había visto la famosa mano de la desaparecida.

Durante las investigaciones de tan trágico acontecimiento, él, según sus palabras enturbiadas por su condición de catador, era el ayudante del forense que realizaba las autopsias y el encargado de custodiar la morgue con los restos de la familia.

«Seis meses aguardaron los cuerpos allí, antes de darles sepultura ―me dijo el anciano entre susurros―, y durante todo ese tiempo la mano amputada no perdió ni un ápice de juventud».

Le pregunté al químico que si aún conservaban la mano. Después de un largo trago dejándolo más ebrio de lo que estaba, me respondió que la mano había desaparecido pocos días antes de retirar los demás cadáveres. Esa noche encontraron la cámara de la morgue con la puerta abierta, con profundos arañazos en el interior; como si alguien la hubiera forzado usando como único medio sus uñas desnudas.

Tenía que serenarme y recuperar la concentración en lo que estaba haciendo. La sesión de lady Petrovka comenzaría a media noche y las campanadas de un lejano reloj me avisaron de que tenía poco tiempo para volver al salón.

Un ruido proveniente del pasillo me hizo apagar la linterna y prestar atención.

Eran los sonidos de unos pasos arrastrándose. Me asomé con cautela y, recortada por el plateado fulgor de la luna que entraba desde el fondo del corredor, vi una figura encorvada. Parecía no mantener bien el equilibrio. Su cuerpo se bamboleaba arrastrando una de sus piernas como si no combinara los movimientos de sus extremidades. Por un momento me recordó a una marioneta movida por un niño, descompasada y sin voluntad propia.

Esperé a que recorriera el pasillo.

Armándome de valor, sin hacer el más mínimo ruido, fui detrás de sus pasos. Al final del pasillo, la puerta por donde le había perdido la pista estaba cerrada desde el interior. Así que me agaché y miré por el ojo de la cerradura.

La misteriosa figura vestida de camarero permanecía de pie contra una pared, meciéndose con un rítmico vaivén sobre los talones; impertérrita. Por unos instantes, creí ver en la penumbra cómo una enorme araña pálida se le descolgaba desde la nuca y descendía por su espalda. Un relámpago cruzó la noche demasiado tarde para ver la escena con total claridad.

Delante de la figura se abrió el muro de la habitación. De nuevo creí ver el pálido arácnido trepar por la espalda del hombre, solo una mancha entre las tinieblas. Acto seguido, el individuo entró por el pasillo y el muro volvió a su posición original con un susurro de cadenas sobre poleas.

Como ya he explicado, me dedico a la ilusión. Las trampas y los mecanismos de doble fondo son mi forma de vida, un lenguaje que pocos secretos guarda para mí. Me llevó solo unos minutos forzar la cerradura de la habitación y encontrar el resorte que activaba la puerta oculta.

Una escalera de caracol se sumía en las profundidades del edificio. El olor a humedad inundó mis fosas nasales. Un helado viento recorrió los escalones y produjo un quejido de niños enfermos y asustados que me hizo un nudo en el estómago. Sentí el miedo secar mi garganta. Maldije a Harry y encendí la linterna.

Si había algo oculto en la mansión, pensé, seguramente se hallaría bajo esas escaleras.

Descendí con cuidado. El pasadizo se hundía entre las paredes hasta las profundidades subterráneas de la casa. Allí había un gran sótano de paredes de piedra y techo abovedado. La figura del hombre, que había estado inmerso en la más completa de las oscuridades, permaneció inmóvil en el centro de la sala. Ni siquiera se alertó de mi presencia cuando lo iluminé con el haz de luz.

Entre las sombras, más allá del foco proyectado por mi linterna, algo golpeaba sobre el metal de cadenas. Dirigí la luz hacia allí ahuyentando las sombras pero estaba demasiado lejos para ver de qué se trataba.

Recorrí unos pasos con cautela. El hombre persistía en su extraño sonambulismo, de pie a escasos metros de mí. Su mirada, al pasar junto a él, estaba vacía. Fija hacía ruido de los golpes.

Clonc, clonc, clonc…

Iluminé más cerca aún… Era algo pequeño y de color pálido. Estaba sobre un ataúd construido con gruesas láminas de madera, rodeado por cadenas herrumbrosas que impedían su apertura. Aquello no paraba de moverse y golpear.

Clonc, clonc, clonc…

Me acerqué...

El ruido continuaba inmutable. Algo en mi cabeza me impedía hacer otra cosa que no fuera acercarme. La curiosidad y el miedo se batían en mi interior mientras daba un paso tras otro.

Clonc, clonc, clonc…

Cuando por fin reconocí de qué se trataba, mis piernas dejaron de caminar. No podía creer lo que veían mis ojos. La lógica se evaporó.

Una abominación sin sentido sacada de la peor de las pesadillas. Rompía las reglas de lo humano. Sin trucos ni cuerdas invisibles que la movieran. Estaba allí, sobre la tumba. Tiraba con sus dedos amoratados de los eslabones que custodiaban el ataúd.

Clonc, clonc, clonc…

La mano cercenada de la difunta señora L`Chantre arañaba las cadenas de la oscura sepultura, las golpeaba con fuerza. El dorado anillo de bodas, adornado por un ópalo de fuego, estaba enterrado por los pliegues hinchados de carne muerta. Llameaba hipnótica bajo la luz de la linterna. Era el mismo anillo que portaban las mujeres de los retratos que decoraban los pasillos de la mansión.

La mano semejaba un coágulo de gusanos ciegos que se torneaban sobre el hierro y la madera, buscando la manera de liberar la tumba de su prisión.

Golpe tras golpe, sin descanso, la madera se había astillado bajo la sinfonía de golpes.

Tras la impresión que me mantenía paralizada ante la locura, una pregunta surcó mi mente como un rayo: ¿Qué había dentro del ataúd?

La respuesta no podía ser otra que los restos de Laeticia L`Chantre, desaparecido veinte años atrás.

Una corriente eléctrica me heló la sangre. Intenté gritar, pero el pánico vació mis pulmones con un murmullo palpitante que me dejó temblando.

Tenía que huir de allí, mi cordura se tambaleaba dibujando imágenes donde la misma figura que había visto en el retrato del escritorio, de tez pálida y mirada profunda, volvía de la muerte con alguna intención depravada y demoníaca.

La mano retorció dos de sus dedos como lo haría un insecto con antenas. Parecía sentir mi presencia entre la húmeda corriente del sótano. Aguanté el aliento sin hacer ruido, pero algo la alertó. Un gruñido a mi espalda le hizo coger impulso y saltar hacia mí.

Crucé de dos zancadas el sótano, hasta las escaleras, y lancé un último vistazo antes de correr hacia mi salvación. El hombre vestido de camarero me miraba mientras la pálida mano muerta trepaba sobre su hombro. Los dedos subieron de un brinco hasta su cráneo y, una vez allí, tiraron de las extremidades de su marioneta con hilos invisibles.

El ruido de alboroto en la planta baja me indicó el camino más corto hacia los invitados. No había tiempo que perder, tenía que avisar a Harry y escapar de ese lugar. No sabía si creería mis palabras, ni conocía con exactitud qué era aquello que nos acechaba bajo las escaleras. Pero tenía la certeza de que algo estaba a punto de ocurrir. Una presencia maligna acababa de despertarse.

Cuando llegué al salón, todos se sentaban alrededor de una gran mesa de roble, iluminada por candelabros de plata. Sus rostros estaban absortos por el canto gutural de la médium. Su voz alargaba las vocales rasposas, acunadas, letárgicas.

Quedé descolocada ante la absurda situación: ellos allí, tranquilos, abstraídos en su juego, y a pocos metros, lo sobrenatural, lo inexplicable.

Lady Petrovka pronunció las primeras palabras de la sesión:

―¿Hay entre nosotros algún espíritu que quiera ponerse en contacto con nosotros? ―Instintivamente, desde el umbral de la puerta cubierta de sombras, miré en dirección a las escaleras de la segunda planta esperando una respuesta—. Manifiéstate, haznos una señal para poder comuni… arrghhfff… arrggh…

Lady Petrovka se atragantó con sus palabras. Su cuerpo se convulsionó sobre la silla, con los ojos en blanco mirando al techo. La visión de aquella mujer entrando en estado de trance me hizo pensar que esa noche el mundo había roto las reglas; nunca había visto nada parecido.

De repente, un fluido trasparente salió de su boca y de su nariz, levitando como un velo movido por el viento sobre la mesa de roble. El fluido etérico fue adoptando la forma de un cuerpo humano, traslúcido, unido a la médium por varios cordones de ectoplasma.

Hasta Harry permaneció con la boca abierta. No había truco posible.

Habían pasado tan solo unos segundos cuando el cuerpo del fantasma estaba completamente formado con todos los rasgos de un hombre maduro. La expresión de su rostro era de pura cólera hacia los presentes.

—¡Insensatos —gritó el espíritu—, herejes! ¿Acaso no sirvió mi muerte y la de mis hijos para ahuyentaros de esta casa? El Mal descansa bajo estos muros, latente, esperando nutrirse de vuestras almas ―Los allí reunidos miraban atónitos, sorprendidos por la aparición del espectro―. Pero ya es demasiado tarde para advertiros del peligro. Ella ya ha despertado y el demonio que la posee oscurecerá vuestros corazones. El último de los L´Chantre está maldito... Su herencia nunca será recuperada. ¡Ya es demasiado tarde! ¡Ella se aceercaaaa…!

Las velas se apagaron dejando las últimas palabras suspendidas en la oscuridad. A continuación, un llanto de niños enfermos recorrió con su eco invisible la sala.

Harry Lacombe, el más famoso escapista de su época, estaba atrapado en sus pensamientos. Los demás invitados revoloteaban nerviosos alrededor del salón en busca de una copa para recomponerse del frío que erizaba sus cuerpos. El servicio y los músicos habían abandonado la casa mientras yo recorría las habitaciones.

Decidí que lo mejor era que Harry y yo saliéramos corriendo de allí sin echar la vista atrás. Volver a nuestro hotel era la mejor de las opciones. Allí podría contarle con calma lo sucedido. Pero Harry Lacombe tenía otros planes, el brillo de su mirada y su pícara sonrisa me anunciaban algo más temible que una legión de fantasmas.

―Maxi, querida. Ha sido increíble…

―Harry, no hay tiempo que perder. Hay algo demoníaco en esta casa, ahora no te lo puedo explicar, pero confía en mí. Tenemos que salir de aquí antes de que…

―¿Algo demoníaco? ¿Pero has visto el fantasma? ¿Sabes quién era? ¡Era Rudolph L´Chantre!

―Sí, sé quién era y conozco la historia de la mansión, pero hay algo más, Harry. Se trata de su esposa. Mientras estabas haciendo manitas con la señorita Dickinson, he encontrado su tumba. Te aseguro que hay algo sobrenatural en este asunto.

―Sobrenatural ―dijo Harry saboreando la palabra―. Es exactamente lo que he estado buscando todos estos años. ¿Por qué crees que he alternado con todos los estafadores del país? Siempre he buscado algo fuera de lo común, algo sorprendente. Un trampolín que nos lance al estrellato.

―Parece que no lo entiendes. Hay una jodida mano amputada con vida propia que está a punto de recuperar el resto de su cuerpo, lo he visto con mis propios ojos, y cuando lo haga no quiero estar aquí para ver las intenciones que tiene.

―¡Claro, la mano amputada! ―exclamó dando saltos de alegría como un niño―. ¡El cadáver desaparecido de la señora L´Chantre, de eso nos hablaba su marido!

―Por todos los santos, Harry. No armes tanto alboroto o pensarán que estamos locos.

―Maxi, ¿es cierto todo eso que dices? ¿No me estás mintiendo? ¿La has visto?

―¿Te he engañado alguna vez? Maldita sea, Harry; aún me tiemblan las piernas. Claro que es cierto. Sabes que nunca bromeo cuando estoy trabajando.

Harry soltó una carcajada de alegría mientras levantaba mi cuerpo en volandas rodeándome con sus brazos. Algo en su mente comenzaba a coger forma. Una idea que pondría nuestras vidas en peligro.

Entonces, por si no quedaba clara la amenaza del fantasma, los ventanales del salón estallaron con una lluvia de cristales que cayó sobre nosotros.

La bandada de cuervos atravesó los cristales y dejó entrar la tormenta en el salón. Las luces de las lámparas encendidas temblaron con el gélido viento del exterior y las sombras aladas graznaban sobre nuestras cabezas.

Este fue el detonante que puso fin a la velada. Los invitados, asustados y con algunos cortes y arañazos provocados por los cristales, corrieron a sus coches. Ninguno dio las gracias a la espiritista por el éxito de su trabajo, ni siquiera ofrecieron una educada excusa por su marcha precipitada. En unos minutos, la mansión L´Chantre quedó vacía y amenazadora.

La médium, cansada por la sesión, despidió a los últimos invitados y, disculpándose un segundo ante nosotros, se acercó a una extraña figura vestida de chófer que la esperaba en la entrada.

El chófer, un gigante de piel morena, escuchó las indicaciones de su señora contestando con movimientos pétreos e imperceptibles. Algo enturbiaba su rostro.

Tras lanzarnos una mirada de desconfianza, el chófer desapareció por la puerta sin decir palabra.

La joven médium se acercó a nosotros con la mirada ensombrecida por el cansancio.

―Lady Petrovka, he decir que ha sido un honor asistir a su velada ―dijo Harry con el ánimo de un vendedor de seguros―. Pero he de pedirle un favor, si no es una molestia.

―Dígame, señor Lacombe ―respondió lady Petrovka con un perfecto inglés.

―Doy por hecho que lo ocurrido esta noche ha sido algo… más allá del entendimiento. Una experiencia sobrenatural, podríamos decir.

―Sí, exactamente. Incluso a mí me ha cogido por sorpresa. Conozco bien el historial de la mansión y las terroríficas muertes que la preceden, pero de ninguna manera esperaba que Rudolph L´Cantre acudiera a mi llamada. Es una lástima que su alma aún no haya encontrado la paz eterna.

―Sí, es una lástima. Pero para poder certificar de alguna manera lo ocurrido, y no malinterprete mis palabras pues es parte de mi trabajo, deberíamos revisar con más tranquilidad el escenario de la aparición para estar completamente seguros.

―Lo entiendo, señor Lacombe. Pero no voy a dejarles a solas con el peligro que nos acecha. Ya ha escuchado la advertencia del señor L´Chantre: Ella se acerca. Su trabajo es certificar la credibilidad de lo sucedido, el mío es algo más… personal: tengo que liberar el mal que habita esta casa. Y si me permite, necesito de su ayuda para hacerlo ―El enorme chófer entró de nuevo a la mansión cargando un par de maletas de piel―. Espero que puedan ayudarme con el exorcismo, estoy un poco cansada después de la sesión. Le aseguro que después de esto no tendrán dudas sobre la existencia de sucesos paranormales. No se lo pediría si no fuera necesario, señor Lacombe.

Dicho esto, desplegó el contenido del equipaje sobre el suelo de mármol.

Entre otras cosas que no sabría describir, había un par de dagas de pomo pesado y delgado mango, un sable con leones rampantes de guarnición, y un enorme bulavá o maza de acero con pinchos afilados. Todas las armas estaban cubiertas de extraños símbolos toscamente tallados con diminutos arañazos, como patas de insecto incrustadas en el metal.

Elizaveta ―dijo el musculoso chófer sacando un extraño artilugio del tamaño de un transistor de uno de los bolsillos del uniforme―, el espectrógrafo está traspasando los límites de los marcadores. Creo que esta vez tenemos un Otchayannyy entre las manos.

—Sí, Gornyy —asintió lady Petrovka—. Y parece que viene con muy malas pulgas…

El salón era azotado por la tempestad. A través de las ventanas desnudas veíamos los árboles temblorosos, iluminados por los relámpagos. Sobre el centro de la sala, Gornyy había trazado un círculo de unos treinta pies de diámetro con polvo blanco y dibujaba misteriosos símbolos a su alrededor.

Cuando el círculo estuvo completo, perfiló con un líquido rojo y viscoso varias líneas en su interior hasta confeccionar un perfecto pentáculo de cinco puntas.

—Bien, ya está todo preparado —comenzó a decir lady Petrovska consultando un pequeño diario manuscrito de hojas amarillentas—. Si siguen mis indicaciones no les ocurrirá nada.

—Eso espero —mascullé nerviosa con una de las dagas entre las manos.

Harry, blandiendo el sable como si fuera parte del atrezo de una función, esperaba junto a mí escuchando las palabras de la joven.

—La primera regla es no salir del pentáculo. Este círculo nos protegerá de la fuerza hipnótica del demonio. Su poder es capaz de quebrar la voluntad de cualquier persona, como lo hizo con el señor L´Chantre.

—¿Está usted insinuando que Rudolph L´Chantre y sus hijos no se suicidaron? —pregunté.

—No, no lo insinúo. Estoy totalmente convencida de que así fue como ocurrió. Ahora, guarden sus absurdas preguntas y presten oídos a lo que tengo que decirles. Bajo ningún concepto salgan del círculo. Si el círculo se rompe no saldremos con vida de la mansión. ¿Está claro?

Asentimos en silencio.

—Bien —continuó lady Petrovka—. La segunda de las reglas es golpear a todo lo que entre en el círculo. Estas armas están preparadas para infligir daño a todo aquello que se nos presente. No hagan caso del aspecto que tengan nuestros enemigos, no podrán haceros mucho daño si permanecéis cerca de Gornyy —El chófer, tras dejar su torso desnudo cubierto de tatuajes, agarró la bulavá y comenzó a calentar sus músculos con los movimientos de un experto guerrero—. Y la tercera de las reglas es no prestar atención a las palabras del demonio. El ser al que nos enfrentamos no podrá traspasar el círculo, pero intentará engañarnos para que uno de nosotros lo rompa. No caigáis en su trampa. Recordad estas reglas y mañana veréis un nuevo día.

Sentenciando estas palabras, un rayo cruzó la noche y el extraño espectrómetro que descansaba sobre la mesa comenzó a aullar con una serie de pitidos intermitentes.

—¡Ya la tenemos encima! —gritó el coloso—. ¡Entrad en el pentáculo, rápido!

De repente, sobre las escaleras de la segunda planta, apareció la figura pálida de la difunta señora L´Chantre sin haber pasado los años por ella. Desde sus espaldas, una nube de fantasmas recorrió las escaleras y saltó sobre nosotros. El caos reinó la sala como si fuera el día del juicio final.

La oleada de espectros nos hundió sus frías garras sobre la piel. Eran arañazos de poca profundidad, pero el escozor que provocaban hacía que la sangre se nos helara en la venas. Gritos de locura ensordecieron mis oídos.

Cuando los fantasmas entraban en contacto con el metal de las armas sacramentadas, se disolvían en el aire con un soplo de ceniza. Un apestoso olor a sepulcro me revolvía el estómago.

Pronto, una niebla de polvo cubrió mi visión. El viento formaba remolinos entre los aullidos de almas defenestradas. El gigante, golpeando con la maza, trazaba círculos vaporosos que mantenía a raya al ejército fantasmal.

Entre la bruma gris, descendiendo lentamente los escalones, la figura espigada de la dama muerta se acercaba hacia nosotros. La mano amputada ya era parte de su cuerpo y el ópalo del anillo de bodas brillaba incandescente con un halo de poder.

Durante el asalto, lady Petrovska recitó un cántico sacado del pequeño diario. Las palabras, en un idioma desconocido para mí, producían una reverberación de ondas eléctricas sobre el centro de la sala. Un punto de luz azul con arcos luminosos danzando sobre nuestras cabezas abría una entrada hacia algo oscuro y tenebroso.

—¡Elizabeth, no luches contra lo inevitable! —dijo el demonio con voz impía—. Ven conmigo, no tienes por qué temer. Es parte de tu destino. Traspasa el círculo y únete a mí para siempre.

El discurso del demonio hizo efecto en la médium dejándola sin aliento.

¡Elizaveta! —intervino Gornyy—, ¡no la escuches, ella no es tu madre! ¡La voz que escuchas es del demonio que posee su cadáver! ¡Tienes que ser fuerte!

Los gritos del gigante fueron sofocados por un ataque en masa que lo obligó a concentrarse en la lucha. Decenas de figuras borrosas lo azotaron y rompieron los dibujos tribales tatuados sobre la piel oscura. Colmillos, garras y arañazos se marcaron en su cuerpo con sangre.

—Elizabeth, hija mía. No hagas caso del esclavo; pagará por su osadía. He esperado veinte años cautiva en mi propia tumba para vengarme por lo que hizo y por arrebatarme a lo único que me importa. Vuelve conmigo a casa. Tu padre y tus hermanos te están esperando. Rompe el círculo.

En ese instante encajaron las piezas en mi cabeza. La mano cortada, el anillo, el misterioso capazo de bebé que sostenía la señora L´Chantre en la foto del escritorio. Lady Petrovska era en realidad la única superviviente de la tragedia ocurrida veinte años atrás.

Tal vez un joven esclavo, conocedor de la magia negra, puso fin a la influencia del anillo cortando la extremidad que lo unía al demonio. Después de tanto tiempo, Elizabeth L´Chantre había vuelto para liberar las almas condenadas de sus difuntos, exorcizando el mal que había corrompido su familia. Veinte años en un extraño país conjurando un plan de venganza que estaba a punto de fracasar por las ladinas palabras del diablo.

La madre se acercó al círculo hasta permanecer a unos pocos pasos de nosotros.

—Hija, recibe tu herencia. El anillo te pertenece. El poder de los L´Chantre espera su nueva dueña —Levantó el brazo mostrando el fulgor llameante de la joya—. Todo el poder que contiene te protegerá de cualquier mal. Todas las mujeres de la familia lo han tenido durante generaciones y ahora ha llegado tu turno. Ven, solo tienes que cogerlo.

En el interior de Elizabeth se libraba una lucha más poderosa que el terror que nos acosaba.

Harry, que había mantenido la posición hasta ese instante, saltó del círculo antes de que la mano de la médium tocara el anillo. Aquel movimiento cogió por sorpresa a todos, y de un rápido movimiento, cortó de nuevo la mano maldita. Así, sin más, la mano cayó al suelo dejando salir un caño de sangre negra, como un río de tinieblas.

Del cuerpo desmembrado, una sombra se desplegó de su interior. La sombra, un ser oscuro coronado por siete cuernos, emitió un grito inhumano lleno de dolor, mientras el cadáver de la señora L´Chantre se pudría sobre sus huesos.

El agujero abierto sobre nuestras cabezas se retorció sobre sí mismo como el ojo de un huracán. Las espectrales criaturas que nos habían atacado eran absorbidas por el torbellino de luz eléctrica a toda velocidad. Todo ocurrió con inusitada rapidez.

La sombra cornuda tembló. Perdió consistencia y su grito se convirtió en un lamento mientras se alejaba hacia donde las otras almas eran atraídas. Las ondas eléctricas produjeron un chisporroteo de luces danzantes que bailaron sobre nosotros y la oscura figura fue engullida por el agujero. Luego, todo volvió a la normalidad.

¿Qué hay más allá de la muerte? Tened por seguro que algún día lo sabremos.

Ahora que conocéis la verdad de lo ocurrido en la mansión L´Chantre, y no esa sarta de mentiras escritas en el Mirror, os convoco a abrir una puerta en vuestra mente a lo irracional.

Lady Petrovska o Elizabeth L´Chantre dio por fin sepultura a los restos de su madre. Nos explicó que algo maligno se adueñó de su cuerpo, que ella no fue en realidad la causante de las muertes de su familia, sino el demoníaco ser que la poseía. Es un misterio para mí dónde marcharon ella y su fiel Gornyy después de aquello. Pero estoy segura de que muchos agradecerán las prodigiosas habilidades de esta joven.

Yo aún sigo con mi querido Harry. Para mí fue el verdadero héroe de la historia. Harry Lacombe consiguió lo que se proponía: tener por fin una experiencia sobrenatural, algo que por otra parte lo alejó de su cruzada personal contra los espiritistas.

Ahora disfrutamos visitando nuevos países con un nuevo espectáculo que nos ha lanzado a la fama mundial. No puedo desvelar el secreto de nuestro número, tendréis que pagar para verlo.

Solo me queda decir que la mansión de la mano cadáver puede seguir ostentando su nombre, pues la mano de la señora L´Chantre nunca pudimos recuperarla. Tal vez ronde los pasillos abandonados de la mansión, o ande buscando un nuevo títere que gobernar. No lo sé, pero seguro que la señorita Dickinson podría escribir un artículo desvelándonos el misterio.

Maxi Lacombe

«La mansión de la mano cadáver». Por Rubén G. Collantes (Salino). Relato incluido en Halloween Tales 2014. Ebook Gratis

Sobre el Autor

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Rubén García Collantes, más conocido como «Salino», alterna su faceta de escritor con la de ilustrador y guionista, además de ser uno de los colaboradores habituales de Relatos Pulp. Twitter RubenGarCo  
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