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Mundo en tinieblas

Relato de Vidal Fernández Solano incluido en la antología Amanecer Pulp 2015

Tinker corría por los túneles como si le persiguiera el mismísimo diablo. Apenas si había tenido tiempo de vestirse después de que aquel Vigilante Nocturno le despertase. Algo iba mal en la Gran Sala Central. La vida de toda la comunidad dependía de que todo allí funcionara a la perfección, y él era el encargado de que así ocurriera día y noche.

Mientras se detenía un segundo para ajustarse los cordones del calzado, su mente no dejaba de lanzar hipótesis, frenética. El Vigilante no le había dado unas explicaciones más detalladas, solo que se había producido un fallo en la Máquina Madre. Pensándolo bien, debía haber sido una avería muy seria, pues no habían saltado las alarmas, como habría sido lógico. Sentía el sordo retumbar que la Gran Máquina producía en el suelo y las paredes, esa vibración grave que los acompañaba cada minuto de sus vidas. Era como el latido de un corazón gigante, un corazón que mantenía viva la comunidad, a todos ellos.

Aceleró el paso, ya sólo distaba tres corredores del núcleo, cuando chocó contra Spear, la capitana de los Rastreadores. Ambos cayeron al suelo y permanecieron un instante sentados, confusos, mirándose sin comprender.

—¿A ti también te han convocado? —inquirió ella.

—Convocado no es la palabra correcta. Me reclamaron para que comparezca de inmediato. Algo ocurre con la Madre. Y debe ser grave para llamarnos a todos en medio de la noche. Si te has dado cuenta, las sirenas permanecen en silencio.

—Eso me desorienta aún más. ¿Qué tienen que ver los Rastreadores con una avería técnica? Nosotros no nos ocupamos de esas cuestiones.

—Solo hay una manera de averiguarlo —dijo Tinker mientras se incorporaba—, la respuesta nos espera un poco más adelante. Vamos.

Un minuto después llegaron a la Gran Sala Central, que todo el mundo llamaba «el núcleo». Tinker ya estaba acostumbrado al ambiente que reinaba allí, pero Spear no pudo por menos de quedar fascinada ante la imponente mole que era la Madre. Se trataba de un sinfín de tuberías y mecanismos traqueteantes, con una altura que superaba a la de diez hombres y más de doscientos pasos de anchura. Pequeños chorros de vapor emanaban de vez en cuando de distintos puntos donde se unían las tuberías. El vapor sobrante salía al exterior por un respiradero que habían horadado en el techo, en una posición que se aproximaba al centro de la sala, y esto contribuía a hacer que el ambiente no resultase tan sofocante allí. También se podía apreciar el olor a humo que imperaba en el ambiente. Los muros de piedra y el techo se veían renegridos a causa del mismo. Según le habían explicado de niña, esa máquina era la que les había permitido sobrevivir en las cloacas después de la Última Catástrofe. Se encargaba de proporcionar aire limpio y cálido, además de energía eléctrica que hacía funcionar todo: las luces, los aparatos, las cocinas… En la parte trasera de la Madre existía una habitación que Spear jamás había visitado, desde donde alimentaban las calderas que proporcionaban la suficiente presión para que todo el proceso siguiera su curso con normalidad. La procedencia del carbón que alimentaba las calderas sí se contaba dentro de los conocimientos de Spear. De sus conocimientos y de su cometido. Parte de sus peligrosas misiones en el exterior tenían por objetivo la localización y escolta de tan preciado material hasta la colonia.

Spear no sabía mucho acerca del funcionamiento de la Máquina, para eso estaban los Técnicos, como Tinker, que se encargaban de que todo permaneciera en correcto funcionamiento cada segundo de cada hora y de cada día.

Nada más entrar en la sala, la primera imagen que sus retinas percibieron fue el caos. Un número anormalmente elevado de personas corría de un lado a otro, desesperadas, intentando estabilizar el millón de lucecitas intermitentes que inundaban los tableros de control. En el centro, impartiendo órdenes a diestro y siniestro, de pie delante de la mesa de control principal, se encontraba el Comandante Senhow. A su lado, retorciéndose las manos con angustia, el jefe médico de la comunidad, el doctor Sever. Ambos volvieron la vista cuando Tinker y Spear aparecieron a toda carrera en la gran sala. Al llegar a unos dos pasos del líder, se cuadraron marcialmente y saludaron.

—Se presentan los oficiales Tinker y…

—Dejen el protocolo a un lado si no les importa. La situación es crítica, señores. La Madre ha dejado de funcionar. No sabemos qué ocurre, pero las alarmas no han saltado y los circuitos de purificación y distribución de aire se han detenido. Hemos puesto en marcha el generador auxiliar, pero como todos saben, eso nos da apenas un día de margen. Si en veinticuatro horas no se restablece el flujo de aire limpio y caliente, nos quedan dos opciones: morir aquí como ratas o salir al exterior y caer bajo las garras de los Seres de las Sombras, y no creo que ninguno de nosotros ignore lo que eso implica: una muerte cruel y dolorosa para después ser devorados por ellos.

El Comandante estaba en lo cierto. Todos bajaron la cabeza en silencio. Todos menos Tinker, que agarró por un brazo a un técnico de los que correteaban por allí y le espetó un lacónico «Ven conmigo y sujétame una luz. Trae una caja de herramientas. Rápido». Acto seguido se dirigió sin vacilar hacia un lateral de la Madre, abrió una portezuela y ambos se internaron en los entresijos de la descomunal maquinaria.

***

A medida que se deslizaba por el estrecho pasillo que servía de acceso a lo más profundo del mecanismo de la Madre, mientras se escurría entre cables y tuberías que dejaban escapar ardientes chorros de vapor, Tinker iba pensando en las posibles explicaciones a lo que había visto en la Sala Central. Todo apuntaba en una dirección, pero por dentro esperaba estar equivocado. Si sus sospechas eran ciertas, las implicaciones para todos ellos serían terribles. La existencia de la comunidad estaba abocada a un impensable final.

Decidió que lo más sensato era no alarmarse antes de tiempo, y empezó a pensar sobre lo que le habían explicado sus mayores. El día en que se vieron obligados a refugiarse bajo el suelo para no perecer, como los demás. Como casi todos los demás. La Última Catástrofe.

Según le habían contado, un día el sol se oscureció. La inmensa mayoría de la población no había tenido posibilidad de ser acogida en los refugios y sólo pudieron esperar y contemplar la muerte que se les venía encima. El meteorito impactó contra la Tierra, no sin antes fraccionarse en varios pedazos de kilómetros de diámetro. Todo quedó oscurecido por una densa niebla. Una niebla de polvo de carbono que fue su fin… y su principio. Los pocos que habían sobrevivido en la ciudad se habían refugiado bajo tierra, y habían aprovechado los sistemas de refrigeración y depuración ya existentes para poder crear poco a poco todo lo que él conocía.

En el exterior, el polvo se había ido depositando a medida que el agua de lluvia lo había atrapado, formando una gruesa capa negra y viscosa, que volvía a ascender impulsada por el viento cuando el sol la secaba, saturando la atmósfera hasta hacerla irrespirable. Sin embargo, uno de los fragmentos del meteorito había caído cerca de la ciudad, suponiendo una bendición, pues la Madre se alimentaba precisamente del carbón que extraían de la inmensa mole.

Solo existía un impedimento: algunos de los supervivientes de la Catástrofe permanecían en el exterior, aislados, y se habían convertido en infames depredadores que cazaban y devoraban todo lo que se ponía a su alcance, incluyéndolos a ellos mismos. Eran los Seres de las Sombras, aunque todos se referían a ellos como los Sombras.

Cuando necesitaban reaprovisionarse del preciado combustible, los convoyes tenían que ir acompañados de una partida de Rastreadores para protegerles de los ataques de los Sombras. La munición se había acabado años atrás, y ahora sus únicas defensas consistían en arcos, espadas y cuchillos, a veces insuficientes para contener a las hordas de Sombras, que se apostaban y esperaban sus incursiones al exterior. Por eso la Madre resultaba indispensable para sus vidas. Sin ella, la vida bajo tierra no sería viable y abandonar la protección de los túneles… un escalofrío sacudió violentamente su espalda. Mejor no pensar.

Mientras avanzaba a través de las entrañas de la Madre no había visto nada fuera de lo normal y eso le inquietaba, las posibilidades se iban reduciendo. Cuando llegó al corazón del gigantesco entramado, lo que sus ojos vieron le dejó helado.

—¡Oh, Dios! —exclamó, llevándose una ennegrecida mano al rostro—. ¡No puede ser!

***

—Lamento ser el portador de tan tristes noticias, venerados ancianos —estaban sentados en la Sala de Reuniones, frente al Consejo de Sabios que regía la comunidad. Los cuatro se hallaban contritos por lo que habían venido a comunicar. Tinker fue quien tomó la palabra, a pesar de ostentar menor rango que el Comandante. Todos los presentes guardaban tal silencio que el sonido de sus respiraciones era perfectamente audible—. La avería de la Madre es mucho más seria de lo que se creía. Una de las piezas de la transmisión principal ha reventado por la presión y se ha deshecho en múltiples fragmentos. Me temo que no es posible repararla.

Los ancianos cruzaron sus miradas unos instantes. Entonces el Presidente se puso en pie y habló en nombre del Consejo.

—En innumerables ocasiones antes de hoy la Madre se ha averiado, pero se ha hecho lo obvio en estos casos: repararla. A tal fin existe un almacén de repuestos que surten los Rastreadores en sus partidas de recolección, cuando van a la Roca Negra ¿me equivoco?

—No os equivocáis, venerable —Senhow fue el que terció en esta ocasión—. De hecho, no estaríamos ante sus excelencias sin haber intentado previamente llevar a cabo la reparación, como es de suponer.

—¿Y bien?

—Dicha reparación no es posible. La pieza en cuestión no se halla en el almacén.

—¿Hemos de creer, entonces, que no disponemos de piezas de recambio para cualquier eventualidad? —el tono del anciano fue acercándose a la indignación frente a lo que escuchaba— ¿Es usted consciente, Comandante, de que la vida de la comunidad depende por entero de esa máquina? No me refiero a mi vida ni a la suya, sino a la de todos: mujeres, niños… ¿Cómo es posible que no dispongamos de esa pieza en concreto? Es SU responsabilidad —y le apuntó con un dedo en un gesto acusador— mantener la Madre en funcionamiento, y eso incluye las piezas y el combustible que la alimenta, Comandante. Espero que la explicación que nos ofrezca resulte satisfactoria.

—Lo es, venerado. Antes de la Última Catástrofe, cuando aún existían las fundiciones, sólo se fabricaron dos piezas como esta de la que hablamos, la que regula el distribuidor principal del aire. Cuando vinimos a vivir al subsuelo, conseguimos una de ellas y eso nos permitió construir la Madre. No podemos fabricar otra pieza, no disponemos de medios materiales para hacerlo. Las instalaciones requeridas son de gran dimensión, como sabéis, y ya no se encuentran en funcionamiento.

—Si existe una segunda pieza, la avería se puede reparar, pues.

—En efecto, dicha pieza existe. Pero se halla en otra máquina similar a la Madre. La de ellos. Se encuentra en la Catedral.

Tras meditar unos segundos, los ancianos susurraron unas frases entre ellos. Tras unos gestos de asentimiento, el Presidente volvió a tomar la palabra.

—Bien, Comandante, supongo que no tenemos muchas opciones. Y también doy por hecho que, dado que hemos sido convocados de urgencia a tan intempestivas horas, será porque vienen con un plan previsto.

—Así es, venerable. No nos queda más remedio que enviar un grupo de voluntarios para robar la pieza. Será un grupo poco numeroso, no podemos igualar el armamento ni la fiereza de nuestros enemigos. Habrá que hacerlo sin que se percaten de ello y a plena luz del día, que es cuando son más vulnerables. He traído ante el consejo a estos tres valientes. El sol está a punto de salir, así que partirán de inmediato junto con tres de nuestros mejores Rastreadores, quienes también se han ofrecido de forma voluntaria a pesar de ser conscientes de que salen al paso de una muerte casi cierta. Antes del ocaso deberán estar de vuelta. Si no es así… —con un movimiento de la cabeza desechó la idea que tenía en mente— mejor no considerar la posibilidad.

Todos guardaron silencio nuevamente. El Comandante se devanaba los sesos intentando hallar una mejor solución, pero ya le dolía la cabeza de darle vueltas al asunto y no dejaba de pensar en las terribles consecuencias de lo que acababa de decir. Salir a recoger un cargamento de carbón suponía arriesgar la vida, pero era necesario. Con cierta frecuencia, los Seres de las Sombras les habían atacado y, a pesar de que los Rastreadores escoltaban los convoyes, el número de bajas le parecía demasiado elevado. Pero eso era una cosa y entrar en la Catedral, que era la guarida de los Sombras, y robar la pieza de su máquina, era otra bien diferente. Se trataba, en pocas palabras, de meterse dentro de la boca del lobo. De un lobo muy hambriento y sanguinario.

***

Una helada llovizna los acogió cuando salieron a través de un enorme desagüe protegido con unos gruesos y oxidados barrotes. El cielo plomizo no presagiaba nada bueno, pensaba Spear mientras se cercioraba de que no había peligro cerca de la salida. Habían elegido un lugar que distaba unos escasos cientos de metros del límite de la ciudad. «De lo que queda de la ciudad» se corrigió. Lo que sus verdes ojos contemplaban eran unas ruinas que poco a poco se iban desmoronando, un triste rastro de una civilización barrida de la faz de la Tierra. No se apreciaba movimiento alguno, excepto algún retazo de basura que el viento arrastraba sin mucho afán.

A una señal de su mano, los tres Rastreadores saltaron fuera del tubo y se apostaron, tensado sus arcos. Tinker y Doc se agazaparon detrás de ella, chapoteando en la masa de lodo negro, semilíquida.

—Debemos entrar por allí —Spear señaló con un dedo una amplia avenida sembrada de restos de vehículos por doquier, invadida por hierbas de gran altura. Tinker sintió un escalofrío pero no supo distinguir si era por el viento gélido o por lo que les esperaba más adelante—. En menos de media hora, si no hay contratiempos, llegaremos a nuestro objetivo.

«Si no hay contratiempos». El eco de las palabras resonó en la cabeza de Tinker, mientras los otros comenzaban la aproximación. En su interior, algo le decía que los iba a haber. Aferró la espada que le habían dado para sentirse más seguro. Mientras echaba a andar, alzó la vista hacia los edificios horadados por oscuros agujeros donde antaño hubo ventanas acristaladas. Le pareció distinguir un reflejo metálico en una de ellas.

***

Dentro de la ventana del edificio, un crepitar áspero salió de un antiguo y sucio walkie-talkie.

—Capitán, acaba de salir una partida. En el sector sur-sureste. Ocurre algo anormal. No es un convoy habitual. Son solo seis. Se dirigen hacia la ciudad. Cambio.

—¿Hacia la ciudad? ¿Estás seguro? Cambio.

—Seguro, capitán. Los tengo delante de mis propios ojos. Y a tiro. Preciso órdenes. Cambio.

El capitán Dileh se volvió un instante y con solo una mirada interrogó a los otros oficiales que le acompañaban en la Sala de Mandos. Sus rostros reflejaban un mudo asombro por lo que acaban de escuchar.

—Nuestros «amigos» no habían osado internarse en nuestro territorio desde hace décadas —intervino uno de ellos—. Esto indica que algo especialmente grave sucede.

—Nunca antes se ha establecido comunicación alguna entre ellos y nosotros —replicó el capitán—. Desde el día de la extinción masiva, hemos conseguido mantenerlos a raya. De hecho, la directriz es clara y precisa en ese punto: la aniquilación debe ser inmediata. Sin embargo…

—¿No pretenderás infringir la norma y permitir su paso? Eso te costaría tu puesto y quizás… la vida —observó el oficial de mayor edad.

El capitán no pareció molestarse por la observación.

—Claro que no. Lo que iba a decir es que si los eliminamos ahora no podremos averiguar qué es lo que les ha impulsado a tan temeraria iniciativa. Y ahí puede estar la clave para su extinción total. Hasta ahora han resistido atrincherados bajo el suelo, pero puede que el momento que tanto hemos ansiado nos sea entregado en bandeja —pulsó la tecla de intercomunicador—. Déjenlos pasar, soldado. Corto y cambio. Veamos qué se les ofrece a nuestros… vecinos.

***

A medida que avanzaban por las desiertas calles se les hacía más difícil sortear el cada vez más elevado número de bloques de chatarra que dificultaba su progresión. Restos de vehículos abandonados se amontonaban por todas partes, como fósiles que delataban la huella de un dinosaurio extinguido hace tiempo. La naturaleza se había enseñoreado poco a poco del territorio que le había sido arrebatado, las plantas crecían a sus anchas sobre el rico sustrato que constituían la capa de polvo y la basura esparcida por todas partes. Spear se detuvo en seco y levantó una mano. Todos quedaron inmóviles como estatuas, sin atreverse a respirar.

—Me parece haber escuchado algo —dijo ella, y permaneció unos instantes con su fino oído alerta. Cuando se hubo cerciorado de que todo era normal, les indicó que debían seguir adelante—. Estad atentos, quizás solo ha sido un gato o un perro, pero es mejor no descuidarse. Ya estamos cerca. Es por ahí —y señaló una oscura y estrecha callejuela.

—¿No podemos tomar otro camino? —Tinker se estremeció ante la posibilidad de atravesar aquel angosto callejón encerrado entre altos edificios—. Eso está lleno de basura y hoy el día está tan nublado que casi no se ve.

—Nuestro tiempo es muy limitado —terció Sever—. Hemos de restablecer el funcionamiento de la Madre lo antes posible y cada minuto que permanecemos en el exterior corremos un grave peligro, así que lo mejor es seguir adelante. La duda puede suponer un error fatal.

Los Rastreadores ya se habían internado para inspeccionar el terreno y les hicieron una señal, apremiándoles a seguir tras de ellos. Con escaso convencimiento, se adentraron en aquel hostil paso.

Tinker se movía con sumo cuidado por entre la basura. Restos de cajas metálicas y de plástico, además de todo tipo de desechos que prefería no identificar, se empeñaban en obstaculizar su avance. Le parecía oír cómo las ratas correteaban por debajo de toda aquella mugre. Unos hierros oxidados chirriaron cuando intentó apartarlos. Spear se giró, contrariada.

–¡Shhhhhhhh! ¡No hagáis ruido o seremos un blanco fác…

Una saeta se estrelló contra la pared, cerca de su cabeza.

—¡Agachaos! ¡Poneos a cubierto! ¡Nos han localizado!

Sin saber muy bien de dónde habían salido, un grupo de cuatro Sombras se les echó encima, vociferando y gruñendo como animales salvajes. Llevaban el rostro cubierto por máscaras antigás, de tal forma que no podía verse su deformidad. Tinker jamás había contemplado el rostro de ninguno de ellos, pero le habían contado auténticas atrocidades acerca de las monstruosas malformaciones que padecían aquellos seres ataviados con harapos, que una vez habían sido humanos. Empuñó la espada, decidido a no tener que quitarles la máscara. Al menos mientras estaban vivos.

Cuando el primero de los Sombras llegó a la altura de Tinker, Spear desenvainó su espada, dio un salto inverosímil y se colocó entre ambos. Con una rapidez y una habilidad que dejaron pasmado al Técnico, antes de darle siquiera tiempo de abrir la boca por la sorpresa, atravesó el vientre del enemigo y giró la muñeca, agrandando el corte por la torsión. Un río de sangre brotó del orificio, seguido por los intestinos del Sombra, que cayó muerto prácticamente al instante.

—¡Corred, insensatos! ¡Corred si queréis permanecer vivos!

Tinker y el doctor se lanzaron a una huida frenética entre desperdicios y escombros, apartando sin orden todo aquello que se encontraba en su camino. El avance no era muy rápido, pero ambos se afanaban en ganar unos metros de forma desesperada.

En ese momento, uno de los Rastreadores lanzó un grito que les puso el vello de punta. El siguiente de los Sombras le había clavado un trozo de cristal puntiagudo en la base del cuello, sobre un hombro, y se había abalanzado sobre él, levantándose la máscara lo suficiente para poder morder su carne.

—¡Muere, hijo de puta! —el otro Rastreador disparó una flecha que atravesó la garganta del enemigo, el cual permaneció un instante con el trozo de carne sangrante que colgaba de su boca antes de desplomarse sin vida. En la conmoción, los otros Sombras se escabulleron por el oscuro portal del edificio contiguo.

Doc desanduvo varios metros y se agachó junto al Rastreador herido, de cuyo cuello brotaba un pequeño géiser de sangre.

—Me temo que no podemos hacer nada por él. Ya ha traspasado la línea.

—No hay tiempo, que perder, entonces —dijo Spear, resuelta—. Es cuestión de minutos que vengan más. Y no serán solo dos. Sigamos adelante. ¡Vamos! —gritó a Tinker, que se había quedado paralizado viendo a su compañero desangrarse por momentos. El grito le sacó de la inmovilidad y le obligó a seguir a sus compañeros, horrorizado por lo que acababa de presenciar.

Cuando abandonaron la calleja por el otro extremo, Spear se volvió y le encaró.

—Espero que esto te sirva de lección —espetó a Tinker, reprobándole su falta de cuidado—. En adelante no quiero que nadie toque nada. Rodead los obstáculos o pasad por debajo. Lo que queráis, pero si alguien vuelve a cometer una indiscreción yo misma me encargaré de que lo lamente.

***

Apenas unos minutos después llegaron a su destino. Frente a una enorme plaza que ahora semejaba un maizal, se alzaba, imponente y majestuosa, la Catedral. El enorme pórtico con sus imágenes talladas y las enormes puertas de madera impresionaron sobremanera a Tinker. Las altas torres culminadas por pináculos parecían alcanzar el cielo. El rosetón de vivos colores lo cautivó con su belleza. Jamás habían visto nada igual. En las escasas veces que había salido al exterior siempre había sido para buscar entre la chatarra piezas que resultasen útiles y aprovechables para el almacén de repuestos. Jamás se había adentrado en la ciudad. Ni en sus sueños podría haber imaginado la existencia de algo tan bello como el edificio que tenía delante.

La Catedral contrastaba con las construcciones circundantes no sólo por su magnificencia, sino por un detalle que no se le escapó a Tinker: su perfecto estado de conservación. Erigida en el centro de un mar de ruinas, se alzaba poderosa con sus cristales y puertas intactos. El deterioro no se había adueñado de su fachada aún. Todo el conjunto parecía irradiar un halo de magnetismo que subyugó al mecánico hasta dejarle sin respiración.

—Ya puedes pestañear —subrayó Spear—. Aquí es donde acaba nuestro viaje.

Él la miró unos instantes, sin comprender. Entonces formuló la pregunta que revoloteaba por su mente.

—¿Cómo es posible que se encuentre en tan excelente estado de conservación? ¡Todo se ha venido abajo con el tiempo! Y ahí está, ajena a la destrucción circundante.

—Yo diría que la respuesta es obvia —intervino Sever—. Se conserva así porque la cuidan. Ellos, quiero decir.

—¿Los Sombras? —Tinker no podía creer lo que acababa de oír—. ¿Por qué?

—Muchos de ellos viven ahí. No lo olvides.

—Aun así, me cuesta creer que unos seres tan infames como los que hemos visto sean capaces de llevar a cabo una labor tan… primorosa y delicada. No lo comprendo.

—Hay muchos aspectos de ellos que desconocemos —contestó Sever—. A veces las cosas no son como parecen.

—¡Dejaos de cháchara y sigamos! —Spear refunfuñó, como si la conversación la hubiese molestado de algún modo.

—Pero Spear, solo estábamos…

—¡No me interesan vuestras disertaciones filosóficas! Hemos de entrar ahí y llevarnos la pieza. Cuando estemos de regreso, podéis teorizar tanto como os plazca. Mi deber es llevaros de vuelta con la pieza. O solo la pieza, si es preciso.

Tinker y Sever cruzaron una mirada y, tras encoger los hombros, siguieron a Spear y a los otros Rastreadores.

Unos incrédulos ojos seguían su pequeña comitiva desde una de las ventanas de la Catedral.

—No me lo puedo creer —murmuró Dileh a sus compañeros, acompañando la aseveración con un movimiento de cabeza—. Vienen directos hacia nosotros. Bien. Señores, a sus puestos. Les estaremos esperando. Con gusto.

***

La débil luz que se filtraba a través de los coloridos ventanales, perfilaba las partículas de polvo que flotaban en el ambiente. Dentro de la Catedral reinaba un silencio inquietante. Sólo el lejano rumor del funcionamiento de una gran maquinaria llegó hasta sus oídos. Los cinco se detuvieron un instante después de traspasar el umbral de la pequeña puerta lateral. Spear y los Rastreadores no podían ocultar su nerviosismo, pues no habían encontrado ninguna vigilancia en los accesos, que era lo que habrían esperado.

—Es posible que no reciban visitas a menudo —especuló Sever—. Por ese motivo son tan confiados. También puede que su naturaleza salvaje impida su organización.

—No digas tonterías, Doc —Spear se revolvió como una leona—. Son humanos como nosotros. Una cosa es que hayan recurrido a cualquier método con tal de asegurar su supervivencia y otra muy distinta que no tengan vigilado su cuartel general. Aquí pasa algo extraño. Mi instinto se ha vuelto loco y grita como una sirena.

—Lo que está claro es que desorganizados no son —apostilló Tinker—. Ya habéis visto qué bien cuidada tienen la fachada del edificio. Nos queda por ver el interior.

—No son tonterías —replicó el doctor—. Esos seres son más activos por la noche que por el día, y tú lo sabes. Quizás simplemente estén durmiendo, pues acaba de amanecer.

—O aún no han vuelto de su cacería. En todo caso, procedamos con extremo cuidado. Una emboscada ahí dentro sería letal para nosotros. Y para todos los nuestros. Y esta vez no quiero ningún descuido —y miró de reojo a Tinker.

Una vez dentro, la tensión de Spear aumentó hasta el máximo. No podía creer que nada entorpeciera su camino. La nave se encontraba llena de los objetos más dispares, que yacían desperdigados sin orden ni concierto, pero no se veía ningún rastro de vida. Decidieron avanzar bajo la protección de la penumbra de la galería lateral, para pasar desapercibidos a cualquier mirada insospechada.

La Máquina se hallaba al fondo de la Catedral, y ocupaba toda la parte trasera del crucero. Inmensa como la suya propia, llena de luces, tuberías y esferas luminosas con agujas que se movían constantemente. Lo que más impactó a Tinker fue el escaso ruido que emitía, comparado con su propia Máquina. No podía explicarse cómo era posible hacer funcionar semejante ingenio de una forma tan silenciosa.

No bien hubieron llegado a su lado, Tinker susurró:

—Hemos de encontrar una entrada al interior. Todo mecanismo necesita un mantenimiento y debe ser reparado cuando se avería. Si no se encuentra en el frente, buscaremos en los laterales.

La hallaron en poco tiempo. Una portezuela de poca altura situada en el flanco derecho de la enorme maquinaria. Tinker encendió una vieja linterna que aún funcionaba y se la tendió a Spear.

—Será mejor que entremos todos. Llamaremos menos la atención. Seguid mis pasos. Y no toquéis nada.

Curiosamente, el interior del engendro mecánico se asemejaba mucho al de su propia Máquina. Tinker pensó que probablemente en el momento de su construcción las mentes que concibieron ambos ingenios se hallaban más cercanas de lo que ahora se hallaban ambas comunidades. En el fondo, dedujo, probablemente no eran tan diferentes.

Apenas diez minutos después se hallaban frente a su objetivo.

—No es difícil desconectar la pieza, aunque pesa un poco —explicó Tinker a sus compañeros—. Sin embargo, todo dejará de funcionar al instante, así que preparaos para salir corriendo antes de que se generalice la alarma y esto se infeste de Sombras. Tenemos escasos minutos para desaparecer entre las calles. Yo portaré la pieza. He traído unos correajes para fijarla a mi cuerpo. Pero eso será en el exterior. No podemos permanecer aquí cuando la Máquina se pare. ¿Listos?

Todos asintieron. Los músculos se tensaron. Tinker comenzó a aflojar pernos sin soltarlos para que el mecanismo prosiguiera su funcionamiento el máximo tiempo posible. El sudor empapaba su frente a causa del esfuerzo y de la tensión.

—¡Ahora! —gritó, y con un golpe seco la pieza se desprendió de su lugar. Cuando se giró para salir corriendo, los otros ya habían llegado a la portezuela de salida y le esperaban.

—¡Rápido! —Spear le apremió—. ¡Hacia la salida lateral!

Tan rápido como sus piernas les permitieron, llegaron hasta la puerta. Tinker, demostrando su gran habilidad se había ajustado la pieza a la espalda mediante unas correas semejantes a las riendas y la brida de un caballo. A punto estaban de abrir la puerta cuando una autoritaria voz se elevó a sus espaldas.

—¡Un momento, amigos! No pensaréis marchar sin despediros antes ¿verdad? Eso sería una auténtica descortesía por vuestra parte.

Al volverse, vieron al capitán Dileh allí plantado, con aire de superioridad. Junto a él, una veintena de soldados con los rostros cubiertos. El del capitán no lo estaba, y Tinker no pudo evitar una náusea al contemplarlo, extraño y retorcido.

Durante unos momentos, la escena permaneció suspendida. Nadie se movió. Los soldados Sombras iban armados con espadas y cuchillos, como ellos. De repente, Spear desenvainó su espada.

—¡Corre, Tinker! ¡Nosotros los contendremos! ¡Vuela, muchas vidas dependen de ello!

Los Sombras se abalanzaron sobre ellos. Spear, los Rastreadores y Sever contuvieron el primer envite. Mientras tanto, Tinker llegó a la puerta y salió al exterior, en tanto que el capitán Dileh gritaba:

—¡No los matéis! ¡Los quiero vivos! ¡Que no escape ninguno de esos malditos mutantes!

Ya en el exterior, Tinker corrió tan veloz como en su vida lo había hecho. Detrás de él se elevaban amenazadores los pasos de sus perseguidores.

En su cabeza resonaba el eco de las palabras del capitán Sombra.

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Magnus S.

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