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El estandarte. Por Eihir

Celebra con nosotros la noche de Halloween 2016. Para abrir boca, aquí tenéis un relato de nuestro compañero Eihir: «El Estandarte»

En aquellos tiempos de guerra era yo muy joven, lejos de poseer los matojos de cabellos grisáceos que recubren mi coronilla y el rostro de piel de estropajo surcado de arrugas. Al contrario que los demás miembros del pelotón, yo era el único que había sido alistado en el ejército forzosamente y todos lo sabían, motivo por el que era objeto de constantes burlas a diario. No me entendáis mal, no es que yo no fuese un patriota, pero a mi edad lo único que me importaba era cuidar de la granja junto a mis padres y hermanos lejos del mundo de violencia que se extendía más allá de nuestro cercado. Pero las malas cosechas y el nacimiento de un nuevo hermano pequeño habían hecho que la economía familiar se volviera insostenible, siendo el reclutamiento la única opción. Y si a dicha desgraciada circunstancia se le añadía además que yo era un patán sin estudios, flacucho y torpe, de mirada huidiza y con la cara llena de granos, era de suponer que mis funciones se limitaban a limpiar zapatos, hacer de mula de carga y servir de mascota para el resto de mis compañeros.

Todo comenzó cuando nuestro destacamento, al mando del teniente Fowler, fue destinado a las verdes y montañosas tierras de Bélgica. Corría el año 1944 y nos encontrábamos en un frío mes de diciembre, intentando entrar en calor dentro de uno de los múltiples barracones del campamento de los aliados. Las últimas noticias que teníamos sobre los alemanes eran que se habían retirado de la zona y que muy probablemente se reagruparían más al norte para volver a atacar al final del invierno. En nuestras filas brillaba un débil rayo de esperanza de que tal vez, con la próxima llegada del ejército del General Patton, la guerra terminaría y muy pronto podríamos regresar a casa. Una vez le pateásemos el culo a Hitler yo regresaría a mi hogar, junto a mi familia, para al fin poder descansar en paz y criar a mis cerdos y vacas mientras oteaba el cielo azul.

Aquellos últimos días de aburrimiento mortal acabaron con la paciencia de los soldados, cuyo estado de desasosiego les llevaba a desahogarse mediante constantes peleas y broncas internas. Visto aquella situación de estrés y ansiedad que poco bien hacía a los soldados, el teniente Fowler decidió calmar los ánimos crispados y llevarnos a estirar las piernas en una misión de reconocimiento que sabíamos era completamente inútil.

–¡Palillo, muévete! –ordenó el teniente llamándome por el mote en que era conocido en el regimiento, consolándome en que podría haber sido algo mucho peor, como «perro» o «pulgoso».

–¡Sí, señor! ¡A la orden, señor! –contesté saludando militarmente para a continuación comenzar a recoger la carga.

Entre mis torpes movimientos y la poca fuerza de mis músculos tardé una eternidad en colocar los pesados bultos sobre mi espalda, motivo por el que una vez más fui objeto de las burlas de mis compañeros, en especial del sargento Marshall. Era un tipo grandote con la cabeza cuadrada al que no le gustaban nada los reclutas paletos y zafios, y que me habría dado una buena tunda varias veces de no haberlo impedido el cabo Smith. Smith era un chico rubio unos ocho años mayor que yo, y que también se había criado en una granja. Tal vez por eso velaba por mí como si fuese un hermano mayor.

Cuando mis largas piernas consiguieron acortar distancias logré alcanzar al resto de la escuadra en pocos minutos, ante la mirada de desagrado del sargento y la aprobación de Smith.

–¿Hacia dónde vamos, teniente? –pregunté a Fowler mientras dejábamos atrás el campamento.

–¿Ves aquel rio de ahí? Lo seguiremos hasta la tarde y luego regresaremos para estar en casa antes del anochecer. Si es que tus piernas lo aguantan, Palillo.

Todos le rieron la gracia, pero yo ya estaba acostumbrado. Mientras emprendíamos la marcha me deleité con la rica geografía de aquel país, donde abundaban los valles recubiertos de hierba esmeralda y las suaves colinas que en algunos puntos lograban alcanzar casi medio kilómetro. Al ser el inicio del invierno el aire era frío pero apenas había presencia de nieve, por lo que la caminata no se hizo muy pesada. Mis compañeros hablaban y reían sin parar, como si estuviéramos de excursión campestre y no inmersos en una guerra en la cual habían bajas por ambos bandos, pero no entendía casi nada de lo que decían a causa de mi temprana edad y mis pocas luces.

En un momento dado el teniente Fowler dio el alto para descansar al pie de un grupo de árboles que iniciaban lo que parecía un frondoso bosque, y al fin pude deshacerme de la carga y aliviar mi espalda. De mi mochila extraje los utensilios para preparar la comida, momento en el que dejé a un lado y con cierto descuido la bandera americana que llevábamos a todas partes.

–¿Por qué tenemos que traer siempre la dichosa bandera? –me quejé en voz alta casi sin darme cuenta.

No tardé en arrepentirme de mis palabras al ver la mirada iracunda del teniente, el cual dio un par de pasos hacia mí para cogerme del cuello de la camisa y acercar su rostro al mío.

–¿Te he oído bien, Palillo? ¿Te has quejado de llevar nuestra preciada insignia, nuestro símbolo?

–¡No, teniente! –mentí descabelladamente.

–¿Te gustaría saber porque llevamos con nosotros la bandera de nuestro país? –dijo pegando tanto su cara a la mía que podía oler su aliento a tabaco.

–¡No, señor!

–Pues te lo voy a decir igualmente, chico, para que te lo metas en esa sucia mollera de campesino que tienes. La bandera es nuestro estandarte, y si la llevamos siempre a todas partes es porque así podemos hacer la señal de que el enemigo está próximo. Porque si vemos a alguno de esos malditos nazis por aquí, tu misión será la de subir a la montaña más próxima y clavar en su cima la maldita bandera, y encender un par de esas bengalas luminosas que llevas en la mochila. Así los del campamento quedarán alertados y podrán recibirles como se merece. ¿Te ha quedado claro, Palillo?

–¡Señor, si señor! –grité al máximo con la espalda completamente recta y mirando al frente sin pestañear.

–Muy bien chico, ahora enciende el fuego y prepara la comida –dijo el teniente relajándose y palmeándome amistosamente el hombro.

Evidentemente a partir de entonces decidí tratar la bandera como si fuese mi propia piel, cuidándola y cerciorándome todo el tiempo de que no le pasaba nada ni se extraviaba de algún modo.

***

El sol comenzaba a descender hacia las montañas situadas al norte, haciéndome sentir un profundo desasosiego cuando las sombras se cernieron sobre nosotros. Aún quedaba bastante para que el globo solar se ocultase detrás de los riscos y que la noche nos abrazara con su manto negro y frío, pero el teniente Fowler decidió que era el momento de regresar tras consultar su reloj y así lo hicimos. Sin embargo uno de los muchachos de pronto hizo un gesto y todos se tumbaron boca abajo, buscando cualquier cobertura que los hiciese invisibles al ojo enemigo.

–¿Qué sucede, cabo? –pregunté a Smith.

–Uno de los chicos ha visto que alguien se aproxima. Ahora guarda silencio y veamos que ocurre.

Vi el intercambio de señas y supe que se acercaba un grupo de nazis, una veintena aproximadamente. Nosotros éramos justo la mitad, contándome a mí, así que observé al teniente para ver cuál era su orden. Era demasiado extraño que hubiese una patrulla alemana en aquella zona, pues el pueblo más cercano estaba a kilómetros de distancia de allí.

–Muchachos, esto me da mala espina. Son demasiados y van a pie, por lo que debe ser una patrulla de vigilancia. Les dejaremos pasar, así que no hagáis ni un solo ruido.  ¿Está claro? –dijo Fowler hablando muy bajo pero con tono firme.

–¡A la orden, señor! –contestaron los chicos.

–Palillo, tú quédate aquí en la retaguardia, ¿me has entendido?

–Alto y claro, señor –contesté mientras mi pulso se disparaba por culpa de los nervios.

Obedeciendo al teniente Fowler los muchachos se desplegaron a lo largo de las hileras de árboles, mimetizándose con el bosque mientras apuntaban a los alemanes con los fusiles por precaución. Contuve el aliento mientras la patrulla alemana pasaba ante nuestras narices, pero estábamos bien ocultos y no detectaron nuestra presencia.

Hasta que el maldito polen de las plantas me hizo soltar un estornudo.

Aunque intenté taparme la boca fue inútil, pues aquellos tipos tenían el oído bien agudo y escucharon el sonido perfectamente. Fowler se percató de que ya no quedaba más opción que luchar y dio la señal de abrir fuego.

Una lluvia de muerte cayó sobre el lugar. Era el sonido de la guerra, un puñado de vidas segadas de súbito como briznas de hierba arrancadas por el viento. Las ráfagas ininterrumpidas me obligaron a echarme al suelo mientras me cubría los oídos con las manos, sintiendo como una lluvia de fragmentos de tierra y briznas de hierba caía sobre mi rostro por debajo del casco. Los ecos de los disparos de ambos bandos se mezclaron con gritos de dolor y maldiciones de venganza, mientras se creaba una cortina de fuego incesante de la que emanaba una creciente lluvia de casquillos. Los uniformes de los nazis se tiñeron de rojo mientras en sus pechos aparecían agujeros causados por nuestras balas, y uno tras otro los soldados alemanes fueron abatidos no sin antes responder con su propia artillería. Uno de los nazis disparó casi a ciegas y sus balas pasaron a poca distancia de mi cabeza, haciendo pedazos la corteza seca del árbol tras el que me resguardaba. El cabo Smith acabó con el peligro haciendo gala de su excelente puntería, protegiéndome una vez más.

El sargento Marshall terminó abruptamente la refriega lanzando una granada que descuartizó al instante a los dos alemanes más próximos, esparciendo sus pedazos sanguinolentos por todo el bosque.

–¡Alto el fuego! –gritó Fowler, y el estruendo de los fusiles cesó por completo.

Tuvimos mucha suerte de que ninguno de los nuestros hubiese sido herido, pero los nazis no podían decir lo mismo. Sus cuerpos ensangrentados yacían desmadejados sobre la hierba, y su sangre teñía de carmesí el suelo verde del bosque como una marea roja que se extendía rápidamente.

–Comprobad que estén todos muertos y registradlos.

–¡Palillo, ven aquí y ayuda a registrar los cuerpos! –dijo el sargento Marshall mientras él mismo le daba la vuelta a uno de los cadáveres tumbado boca abajo–. No te quedes ahí tumbado como un holgazán.

Me incorporé para obedecer y eché un vistazo a uno de los cuerpos. Lo primero que me llamó la atención fue que vestía un uniforme distinto a los demás, pero antes de poder identificarlo observé otro detalle, una extraña marca amoratada cerca del cuello. Por lo demás su rostro rígido y su carencia de pulso, además de su pecho acribillado, indicaba que estaba muerto.

–¡Teniente, mire esto! Este tipo parece extraño –dije.

Fowler se acercó y examinó al soldado, fijándose en los emblemas del uniforme.

–¿Qué diablos estaba haciendo un soldado de las S.S. aquí? ¿Y por qué los alemanes andan por esta zona?

Fowler maldijo en voz alta mientras iba de un lado para otro preso de un ataque de ira, dando patadas al aire con los puños apretados en un gesto de rabia impotente. Nunca lo había visto tan enfadado y fuera de sí, por lo que en lugar de ir hacia los cadáveres de los nazis me concentré en el espectáculo de gestos del teniente. No me di cuenta de lo que pasaba hasta que Fowler se volvió con el fusil apuntando en mi dirección, con los ojos abiertos como platos.

–¡Palillo, cuidado!

Al escuchar el grito de advertencia del teniente instintivamente me lancé al suelo, mientras un fogonazo retumbaba sobre mi cabeza. Vi como Fowler era alcanzado por el disparo del nazi que habíamos examinado, que al parecer no estaba muerto. Al instante el fragor de los fusiles volvió a sonar y el nazi quedó traspasado por el impacto de un centenar de balas, muchas de las cuales convirtieron su cabeza en algo parecido a un melón abierto. Cuando el fuego cesó quedó claro que esta vez ya no se levantaría nunca más.

Todos fuimos hasta Fowler, intentando tapar la herida del proyectil que había perforado su estómago con las vendas del botiquín. Yo no era médico ni enfermero, pero había aprendido por la fuerza que una herida como aquella te mataba lentamente. La única posibilidad de salvar al teniente era llevarlo de vuelta hasta el campamento lo antes posible, donde le podrían extraer la bala y proporcionarle la atención médica que necesitaba.

–Muchachos, estoy jodido –dijo Fowler entre gestos de dolor.

–Lo siento, teniente, es culpa mía –dije entre sollozos, pues yo había sido el primero en examinar al soldado de las S.S. y no había sabido ver que continuaba con vida.

–Tranquilo chico, no pienses en eso ahora. Lo más importante es llegar al campamento lo antes posible y avisar de la presencia de tropas enemigas cercanas. Así que tendréis que dejarme aquí, lo único que podría hacer sería estorbar y ralentizar la marcha, y el tiempo es primordial.

Aunque no queríamos admitirlo, todos nosotros sabíamos que el teniente tenía razón, pero aun así intentamos disuadirle de su idea. Quedarse solo en territorio hostil, con el anochecer al caer y en aquellas tierras frías e inhóspitas era algo descabellado. Pero no lo conseguimos.

Dejamos al teniente con un montón de armas y con toda la comida, prometiéndole que volveríamos por él nada más comunicásemos al campamento lo que había ocurrido. Cuando nos fuimos volví la vista atrás y me fijé en su cara gris ceniza y en el pequeño charco de sangre que se iba formando al gotear de la herida.

Nunca más volví a ver al teniente Fowler.

***

La mala suerte se cernió sobre nosotros en forma de tormenta, la cual se había formado sobre nuestras cabezas de forma imprevista pues nada había hecho presagiar que haría tan mal tiempo. Cinco minutos después de que las primeras gotas de lluvia golpeasen nuestros cascos tuvimos que parar, pues el diluvio que acompañaba las nubes negras y los ensordecedores truenos convirtió el suelo en un enorme barrizal.

–Refugiémonos aquí, continuar con este tiempo es una locura –dijo el sargento Marshall.

–No, continuemos. Tenemos que llegar al campamento lo antes posible, ya escuchasteis al teniente –repuso el cabo Smith.

–Ahora soy yo quien da las órdenes, y digo que nos quedaremos aquí descansando hasta que amaine la tormenta. ¿Lo ha entendido, cabo Smith? –la voz altanera del sargento despejó cualquier duda posible.

Mientras obedecíamos la orden miré hacia lo más profundo del bosque en el mismo instante en que un relámpago iluminaba la creciente oscuridad, creyendo ver una siniestra silueta recortada en la penumbra a lo lejos. Di un respingo que casi me hizo tropezar con uno de los muchachos, pero cuando volví a mirar hacia el mismo lugar ya no había nada.

–¡Vamos, Palillo, no te quedes ahí plantado! Ayúdanos a poner las mantas sobre esas ramas –ordenó Marshall.

Con las pocas mantas que llevábamos improvisamos un pequeño refugio bajo los árboles, donde permanecidos parcialmente a salvo de la lluvia hasta que al fin remitió. La tormenta desapareció tan repentinamente como había surgido, y advertí con curiosidad que había durado lo suficiente como para que la noche cayera sobre nosotros sin haber llegado aún al campamento. Tuvimos que encender las linternas para poder ver mejor, pues aunque la luna llena asomaba por encima de las colinas aún permanecía oculta por culpa de las nubes.

Y entonces todos pudimos oír con claridad los aullidos.

–¿Qué diantres ha sido eso? –preguntó Marshall.

–Son lobos –contestó Smith.

–Y una mierda, aquí no hay lobos –dijo el sargento–. Debe ser el viento entre los árboles.

Una vez más el sonido volvió a repetirse, y esta vez era más de uno. Y sonaban mucho más cerca.

–Pues a mí me parecen aullidos de lobo, sargento –dije yo, comenzando a temblar.

–¡Cállate Palillo! Os digo que en este puñetero lugar no hay…

El sargento Marshall calló cuando algunas ramas del bosque se movieron, a la vez que algo muy rápido se acercaba a nosotros. Había algo allí en la noche, y no era nada bueno.

–¡Atención, preparados! A mi orden abrid…

Algo surgió con velocidad mortal de entre la vegetación, un inmenso bulto negro y peludo que aferró entre sus afilados colmillos la garganta de Marshall, impidiéndole continuar la frase. El animal desgarró el cuello del sargento con un solo movimiento y a continuación hundió su hocico en la herida sangrante.

El resto de sus congéneres siguió los pasos y uno tras otro los lobos emergieron del bosque para atacarnos, pero los muchachos comenzaron a disparar como locos ante el destino horrible que suponía ser devorados por aquellos animales infernales.

–¡Corred, vamos! –dijo el cabo Smith sin dejar de disparar.

Instintivamente eché a correr a toda velocidad, y rápidamente encabecé aquella loca carrera gracias a mis largas piernas. A pesar de que no veía por donde pisaba, de que mis botas se hundían profundamente en el fango, y de que podía sentir a mi espalda como mis compañeros caían gritando y disparando, no paré de correr. Continué marchando a toda prisa sin mirar atrás, hasta que las fuerzas me fallaron y tuve que parar totalmente exhausto.

No sabía cuánto tiempo estuve corriendo, pero al menos ya no se veía a ningún lobo cerca. Me senté encima de un viejo tronco intentando recuperar el aliento mientras me aclaraba las ideas. Justo entonces escuché un ruido cercano, y tragué saliva porque sabía que a aquella distancia tan corta y con el cansancio haciendo mella en mi cuerpo no podría ir demasiado lejos. Solo podía rezar para que la inminente muerte me fuera servida lo más rápidamente posible.

–¡Chico, estás vivo!

–¿Cabo Smith?

En efecto, así era. Tambaleándose a causa de sus numerosas heridas el cabo Smith se acercó a mí. Estaba hecho un asco, pero al menos continuaba con vida.

–¿Y los demás? –pregunté, temiendo la respuesta.

Smith negó con la cabeza, y su silencio fue suficiente explicación.

Ayudé al cabo a restablecer sus heridas y tras descansar unos minutos continuamos la marcha. Habíamos perdido mucho tiempo y teníamos que regresar al campamento cuanto antes, y aunque la tormenta ya había pasado y los lobos habían cesado en nuestra persecución aún teníamos el factor oscuridad en nuestra contra. Aunque el tremendo cansancio había minado nuestras energías y la lucidez de nuestras mentes comenzaba a evaporarse todavía teníamos que cumplir una misión, así que continuamos desplazándonos en lo que intuíamos que era la dirección correcta. Sin embargo no transcurrió mucho tiempo para que un nuevo obstáculo se presentase ante nosotros.

Esta vez la dificultad se presentó como una densa niebla blanquecina que rápidamente se tragó el bosque a nuestra derecha, obligándonos a desviarnos hacia el lado contrario. Aquella nube etérea brillaba fantasmagóricamente mientras se expandía por todas partes, y por increíble que pudiera parecer tenía vida propia pues parecía seguir exactamente nuestros pasos.

–¡No puede ser! Esto es completamente demencial –dijo Smith, apresurando la marcha.

A mí me parecía algo más que una locura o una simple alucinación, así que miré a mi alrededor y una vez más vi la figura sombría que se ocultaba entre la niebla. Silenciosa e inmóvil, percibí dos ojos diabólicos que se clavaban en nosotros.

Alentados por el miedo a lo sobrenatural corrimos una vez más, intentando escapar al abrazo de aquel banco de niebla que parecía exenta a las leyes más mundanas de la física. A cada segundo la extraña niebla se iba acercando cada vez más, hasta que su borde alcanzó al cabo Smith.

–¡Smith! No se detenga, usted puede. ¡Vamos! –insté a mi compañero a sabiendas de que su estado físico estaba muy deteriorado.

–Ya no puedo más… ¡Muchacho, corre, sálvate tú y avisa a los demás! –dijo el cabo mientras su cuerpo era engullido por la hambrienta y densa niebla.

El horror de ver desaparecer a mi compañero aumentó la velocidad de mis piernas y salí disparado huyendo de aquella malévola franja de niebla. Los espeluznantes gritos de Smith llegaron hasta mis oídos pero esta vez no miré hacia atrás, porque si lo hubiese hecho estoy seguro de que habría tropezado otra vez con la presencia de la inquietante figura que aguardaba allí oculta.

***

Tras escapar de la niebla como alma que lleva al diablo tuve que detenerme pues mi cuerpo necesitaba un descanso. Me di cuenta de que estaba solo y en mitad de la noche, vagando sin rumbo mientras fuerzas sobrenaturales me perseguían. Porque aunque yo había crecido en una granja en medio del campo y no era demasiado propenso a las supersticiones sabía que todo aquello no era normal. Además de reconocer aquellos hechos también tenía que hacer frente a otro factor, y era que realmente me había perdido. No sabía hallar el camino de vuelta al campamento, no llegaría a tiempo de avisarles de la presencia de los nazis y el enemigo tomaría por sorpresa a nuestras fuerzas. Y todo por mi culpa.

En aquellos momentos echaba de menos a mis compañeros, los cuales seguramente estarían todos muertos o quizás algo peor, a pesar de sus continuas mofas sobre mí. Palillo, la mascota flaca del regimiento, era el último que todavía quedaba en pie, a pesar de ser un completo inútil. Moriría allí, en aquella tierra extranjera, sin poder volver a ver a mi familia. Aquellos tristes pensamientos me hicieron reír, la risa desquiciada del condenado que sabe que la muerte ha conseguido su alma. Reí sin parar hasta que mi cuerpo se convulsionó y las lágrimas brotaron como un torrente. Busqué en mi mochila algo con lo que limpiarme el rostro y fue entonces cuando la vi.

La bandera. Aunque estaba algo húmeda aún se conservaba en buen estado. Recordé las palabras del teniente Fowler, y al instante me di cuenta de que estaba al pie de una de las colinas más altas del lugar. Y entonces supe lo que tenía que hacer.

Até con fuerza la bandera al mástil y monté el estandarte, apoyándome en él mi cuerpo cansado para iniciar el ascenso. Tal vez no pudiera llegar al campamento, pero si podría alcanzar la cima de aquella cuesta empinada. Cogí las dos únicas bengalas que parecían estar secas y dejé la mochila allí mismo, pues iba a necesitar ahorrar energías para cumplir mi objetivo. Por fin Palillo tendría una misión que realizar, la primera y tal vez la última.

Comencé la larga andadura con el improvisado bastón, guiándome con la luz de la linterna que sujetaba en la otra mano. Conforme iba avanzando la vegetación se transformaba en un paraje mucho más rocoso y hostil, hasta que al final hizo su aparición la nieve en forma de pequeñas manchas blancas en el suelo que reflejaban en forma de destellos las luces de la linterna. Hubo un instante en que la superficie helada provocó que las suelas de mis botas resbalaran y mi cuerpo perdiese el equilibrio, cayendo hacia el lateral del paso por el que marchaba. Mis piernas hallaron el vacío y una gélida brisa me acarició el rostro, mientras la muerte me lanzaba un susurro de bienvenida con los brazos abiertos. Pero hice caso omiso de aquella llamada y opté por clavar el estandarte entre un par de rocas a la altura de mi cabeza, y tirando con fuerza pude impulsarme hasta conseguir escapar de aquella trampa mortal.

Entonces algo llamó mi atención, el batir de alas de pájaro volando en la noche. Pensé que mis torpes acciones habrían despertado algún nido de aves en su apacible descanso nocturno, pero al ver lo que en realidad se trataba me lancé al suelo cubriéndome la cara con los brazos. Porque aquello no eran pájaros sino… ¡murciélagos! Enormes y furiosas ratas voladoras surgieron de las tinieblas para arrojarse sobre mí con salvaje frenesí, rasgando mi uniforme y arañando mi piel con sus pequeñas garras y colmillos. Pero aquellos monstruos ansiosos no se beberían mi sangre, así que decidí levantarme y usar el estandarte para enfrentarme a ellos. Tras golpear a un par de los formidables murciélagos y aplastar sus cabezas contra el suelo, el resto pareció aprender la lección y se alejaron por donde habían venido, no sin antes dejarme el cuerpo cubierto de mordeduras y arañazos sangrientos.

Sentí como las piernas me flaqueaban mientras pequeñas estrellas brillantes bailaban alrededor de mi cabeza, pero evité el desvanecimiento con un último esfuerzo de voluntad. La cima estaba allí mismo, y la oscuridad de la noche pronto iba a transformarse en luz diurna, pues en pocos minutos sería la hora del amanecer. Di un par de pasos vacilantes ayudándome con el estandarte hasta conseguir estar a pocos metros de la cumbre de la montaña.

Y entonces lo sentí a mis espaldas, observándome con aquella mirada diabólica de ojos rojos. La presencia maligna que había acabado con todos mis compañeros y que ahora se acercaba a mí para terminar el trabajo.

De las tinieblas se materializó aquel horror innombrable, una figura alta y delgada cuyo rostro pálido contrastaba con sus negros ropajes. En el abrigo tenía cosidos los emblemas de las S.S., las fuerzas especiales de Hitler, y su cabeza iba revestida con la gorra de capitán que lucía la calavera propia de la organización. Pero aunque aquel hombre uniformado parecía un soldado, era mucho más que eso: era un ser sobrenatural que había venido a llevarme consigo al infierno. Sus ojos eran negros y rojos a la vez, como carbones chispeantes que refulgían de odio, y al sonreír de forma similar a la de un lobo hambriento mostró un par de colmillos afilados.

  «Suplícame por tu vida, arrodíllate y pide clemencia como hicieron tus amigos antes que tú, y te daré una muerte rápida.»

Su voz sonaba extraña en mi cabeza aunque aquel tipo siniestro no parecía mover los labios.

–¡Tú causaste la tormenta, enviaste a los lobos, creaste la niebla e invocaste a los murciélagos! –le grité a aquel bastardo mientras caminaba de espaldas de forma ascendente hasta mi objetivo.

«Ríndete, no tienes escapatoria. Estás herido y cansado, ya has hecho todo lo que podías. Es hora de descansar.»

–¡No, sal de mi cabeza!

«Ven a mí, no te resistas. Tú no estás hecho para la guerra, no eres un soldado. Tu solo quieres la paz. Yo te daré la paz que buscas.»

Sus palabras sonaban tentadoras turbando mi mente, haciéndome sentir confuso y desorientado. Tal vez tuviera razón, quizás era hora de dejar todo aquello. Dejar de luchar, de resistirse…

De forma inconsciente mis dedos comenzaron a aflojarse sobre el mástil de la bandera.

«Muy bien, chico. Haces bien. Déjate llevar, ven conmigo y te enseñaré un nuevo y oscuro mundo lleno de posibilidades. Ya nunca más estarás solo, tendrás una nueva familia y nadie te volverá a faltar al respeto jamás. Palillo

Al escuchar mi mote del regimiento algo se activó en el interior de mi mente, una pequeña chispa avivada por el recuerdo de mis compañeros caídos. Una chispa que creció con fuerza hasta avivar una explosión.

–Yo ya tengo familia. ¡Y mi nombre es Robert Gordon, hijo de perra!

Mientras le gritaba a aquel ser infernal le golpeé con todas mis fuerzas utilizando el estandarte, pero a pesar de utilizar todas mis fuerzas lo único que conseguí fue que se partiera en dos. Me quedé estupefacto viendo como la mitad del mástil caía al suelo junto a la bandera, como la pluma de un ave meciéndose al viento. El oficial de las S.S. gruñó rabiosamente como un animal salvaje y se abalanzó contra mí con tanta velocidad que solo pude hacer una cosa.

Interponer entre él y yo el palo de madera roto.

La punta de la astilla se hundió justo en su negro corazón, atravesando el cuerpo con la misma facilidad que una estaca se hunde en el barro. El ser de las tinieblas aulló de dolor intentando sacarse el trozo de madera, pero fue inútil. En un santiamén su cuerpo se desintegró ante mis ojos convirtiéndose en un puñado de cenizas humeantes, siendo tan solo su negro uniforme y su gorra lo único que quedó de él. Al menos me sirvió para algo.

Un minuto después llegué al punto más alto de la montaña, justo cuando los primeros rayos del amanecer despuntaban sobre el cielo. Utilicé una de las bengalas para prender los ropajes del oficial de las S.S. y junto a unas ramitas y arbustos crear una hoguera. La otra la lancé al aire lo más alto que pude, mientras agitaba con desesperación la bandera. Esperé un momento que pareció tardar una eternidad, preguntándome si habrían visto la señal y si el aviso habría llegado a tiempo.

La respuesta llegó con claridad cuando un pequeño destello rojo iluminó el cielo desde el lugar donde se hallaba el campamento. Solo entonces me permití llorar como un niño, abrazándome al estandarte mientras las lágrimas de felicidad surcaban mi rostro.

Palillo había completado su misión.

FIN

NOTA: La Batalla de las Ardenas tuvo lugar entre diciembre de 1944 y enero de 1945, en la región de las Ardenas situada en Bélgica. Las fuerzas alemanas debían realizar una ofensiva total sobre las tropas aliadas, basándose en el estricto secretismo de la operación. Sin embargo los planes de los nazis fracasaron estrepitosamente, y los aliados ganaron aquella batalla tan determinante. Unos lo achacaron a las condiciones climáticas, otros a la geografía de la región que favorecía a los defensores. Unos pocos dicen que aquella victoria tuvo algo de sobrenatural…

Info: Relato «El estandarte», por Eihir. Todos los derechos reservados. Copyright ©2016 – Vicente Ruiz Calpe. Registro SafeCreative 1/10/2016; número: 1610019353098

Sobre el Autor

Vicente Ruiz Calpe

Vicente Ruiz Calpe

«Bienvenido a mi morada. Entre libremente, por su propia voluntad, y deje parte de la felicidad que trae». Drácula Biografía: Vicente Ruiz Calpe, alias Eihir. Amante de la literatura, cine, cómics, bandas sonoras y todo lo que se tercie, apasionado del mundo pulp y escritor aficionado. Colabor...

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