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La Diosa de Ébano. Por Adrià Turull Pérez

Presentamos la novela de ciencia ficción de nuestro compañero Adrià, titulada «La Diosa de Ébano»

Adrià Turull Pérez (Barcelona, 1985), es un autor que muchos de vosotros seguro que ya conocéis. Aunque «La Diosa de Ébano» es su primera novela, lo cierto es que cuenta en su haber con un amplio surtido de relatos, entre los que cabría destacar «La noche previa» (finalista en el concurso de Relatos Medievales y publicado en la Revista Medieval, nº 34); y, en especial (por la parte que nos toca), «La daga de Ras’Hamak», un relato de estilo howardiano que publicamos dentro de la antología Amanecer Pulp 2014. Ahora, en las lineas que siguen, no solo os presentamos la que es su primera novela, sino que también os ofrecemos el primer capítulo integro para abrir boca, como suele decirse.

Sinopsis: Moribundo y a la deriva entre los restos de su antigua nave, Fordak Manson obtiene una segunda oportunidad. Pero no a cambio de nada. Rescatado por una nave patrulla de la Federación, se verá forzado a colaborar con los militares y recuperar una información de vital importancia si no quiere que los mismos que le han rescatado lo ejecuten.

Acompaña a Fordak Manson, el contrabandista más bocazas y furioso de este lado de la galaxia, en su búsqueda de respuestas. Una búsqueda llena de contratiempos: señales de socorro en el espacio profundo, gremios de letales asesinos, piratas espaciales de escasos modales y peor gusto, mercaderes sin escrúpulos y conspiraciones en la sombra.

Pero no estará sólo por mucho tiempo: le acompañará Aleya la imperturbable, con un don único para la muerte ajena, Zerios Rommel, un joven hacker idealista y único a la hora de penetrar cualquier sistema de seguridad, y G4-V8, un ojobot modificado que por suerte no habla.

¡Sube ya a bordo de La Diosa de Ébano y prepárate para una aventura de ciencia ficción única, distinta e inesperada!


LA DIOSA DE ÉBANO. Por Adrià Turull Pérez

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Muestra. Capítulo I: «BRUSCO DESPERTAR»

—Me llamo Fordak Manson. Mercenario, contrabandista y libertador de mundos oprimidos. Bueno, lo último es broma. Era para darle más empaque.

—Descríbame lo que sucedió.

—No recuerdo demasiado. Alguna imagen borrosa, tal vez. Cuando desperté, pensé que estaba muerto. O lo estaría muy pronto debido a los efectos de la descompresión —guardó silencio unos segundos, tragándose el dolor que campaba a sus anchas a lo largo de su espinazo—. Pero no lo sé, imagino que soy un cabrón testarudo, o simplemente un cabrón con suerte. Oye… ¿y lo de las esposas? –añadió sosteniendo sus muñecas delante de él.

—Protocolo, nada más. Tuvo suerte que llegásemos a tiempo –respondió su interlocutor. Tenía la voz suave pero metódica— Pero, por favor, cíñase a los hechos.

Fordak lanzó un suspiro antes de responder. Cuando volvió a hablar, lo hizo despacio, más para él mismo que para su interlocutor. Su voz sonaba grave pero cansada.

—Tras un tiempo sin encontrar ningún trabajo legal, no me quedó otra que probar suerte con el contrabando. No estoy especialmente orgulloso —admitió—, pero tampoco me escondo. A más de uno me gustaría verlo elegir entre el honor y el hambre —una mirada desafiante apareció en su rostro retando al oficial. Al no recibir ningún comentario, Fordak prosiguió—. Por aquel entonces deambulaba por Artesius, uno de los astilleros más importantes de la Federación. Bueno, eso es algo que ya sabréis vosotros mejor que nadie.

El joven oficial militar que tenía sentado delante no parpadeó. Guardó silencio, esperando que Fordak prosiguiese su relato.

—En las cantinas se oían rumores. Joder, incluso aunque no parases atención. Rara era la noche que un contrabandista borracho no hablaba más de la cuenta. Total, que ofrecí mis servicios a uno de ellos. El que me pareció que todavía iba más o menos sobrio. Deberías haberme visto: yo, que llevaba tres días sin nada que llevarme a la boca, todo digno y con aires de profesional. El caso es que debí resultar convincente, pues conseguí una plaza a bordo del Galatea. ¡Menudo ataúd metálico! Sin cierro los ojos todavía oigo como crujen sus mamparos…

—Prosiga.

—Reconozco que la primera vez que la vi me pareció una nave decente. Aunque de diseño anticuado, el Galatea era manejable como pocas. Pero bueno, qué te importará a ti la nave. Os estaréis preguntando cuál era su cargamento, ¿verdad? Sí, vamos, no disimules —clavó sus ojos pardos en el emblema que decoraba la gorra del oficial—. Bien, te lo diré: el Galatea transportaba absolutamente de todo. Cualquier cosa que en un puerto costase diez y en otro se pudiese vender por quince o incluso cien. Desde hierba azul de Istidian a picante ulveriano.

—¿Contrabando?

Fordak Manson se encogió de hombros. Sus espaldas eran anchas y poderosas, pese a su lamentable estado físico actual.

—Casi nunca —mintió Fordak—. Únicamente cuando pasábamos una mala racha.

—¿Qué transportaba el Galatea en su último viaje?

Fordak se removió en la silla, buscando una postura más cómoda. No la encontró.

—Su último viaje fue, curiosamente, bastante noble –respondió, pero tuvo que interrumpirse y morderse el labio debido a un agudo pinchazo que le sobrevino al moverse—. Un arqueólogo de Nueva Tierra había hecho no sé qué descubrimiento del siglo. Unas ruinas o algo así. El caso es que se trataba de algo muy importante, por lo menos en el mundillo sabelotodo. Y para evitar posibles filtraciones y que alguien le robase la primicia, decidió contratar los servicios de la Galatea como mensajero privado, en lugar de utilizar la red. Si, joder. Como los carteros de antes de la era espacial.

—Y alguien atacó su nave.

—Sí —cerró los ojos, tratando de recordar el momento. Pero en su recuerdo había un vacío de aquel traumático momento—. Desconozco el motivo. Pero lo único cierto es esto: alguien nos atacó.

—¿Pudiera tratarse de un ajuste de cuentas? –aventuró el oficial— ¿Tal vez de los Saqueadores de Duzui?

Fordak meditó la posibilidad. Por lo que él había ido aprendiendo, el mundo del contrabando se rige por un extraño sistema de camaradería individualista. Si jodes a tu igual, más tarde o más temprano los demás sabrán de ti. Y ya bastante peligroso y repleto de hijos de puta es el espacio conocido por sí mismo como para hacer enemigos entre tus iguales.

—No lo creo —respondió.

—¿Y qué hay de los piratas? Si el Galatea era un carguero modesto de escaso armamento, cabe la posibilidad que os atacasen sujetos con ningún escrúpulo. Este cuadrante ha sufrido un incremento de la actividad de un grupo piratas en los últimos tiempos.

—¿Cómo se llaman? —Preguntó Fordak.

—Se hacen llamar los Piratas de la Luna Negra —respondió el oficial.

—No lo sé. Podría ser —respondió Fordak Manson. Estaba dolorido y agotado, y empezaba a perder el hilo de la conversación.

—De acuerdo. Veamos que tenemos hasta el momento —dijo el militar—. Alguien ataca el Galatea. Consiguen mandar un SOS antes que les destruyan. Cuando la Federación llega al lugar, ya es demasiado tarde. El carguero ha sido pulverizado. Todos los que viajaban a bordo —prosiguió el militar inclinándose sobre la mesa— han muerto, excepto usted por un margen de unos pocos minutos. El equipo médico de esta nave, la Pegasus, ha conseguido literalmente arrancarlo de las garras de la muerte. Y usted es Fordak Manson. Nacido en Urano hace veintiocho años. Contrabandista, timador, extorsionador, matón… un delincuente pluriempleado y de poca monta. Para decirlo sin más rodeos: pese a su tragedia, está usted en deuda con la Federación. Tiene una segunda oportunidad gracias a nosotros.

—¿Y eso qué quiere decir? –preguntó Manson con recelo.

—Significa que necesitará colaborar con nosotros si quiere recuperar su condición de hombre libre –aclaró el teniente con gesto impasible.

Fordak Manson se reclinó hacia atrás. Le dolía todo el cuerpo. Especialmente la cabeza. Le habían salvado la vida, pero la letra pequeña acababa de revelarse bien grande.

—Entiendo que esto es un asunto federal, que de no ser por vosotros yo ya estaría muerto. Y créeme, valeroso oficial de nuestra amada Federación —añadió Fordak Manson procurando que su tono sonase convincente—, que os estaré eternamente agradecidos a todos y cada uno de vosotros. Pero, sinceramente, no sé qué queréis de mí. No veo en qué podría ayudaros mis batallitas.

El militar no movió ni un músculo. Lo estaba analizando. Fordak ya había visto antes ese gesto en otras caras también provistas de gorritos con visera. Esa mueca de superioridad. Lo detestaba profundamente, pero a base de palos y arrestos menores Fordak había aprendido a contar hasta diez antes de saltar hacia delante y borrar ese tipo de expresiones faciales a puñetazos.

—Eso es algo que compete al Alto Mando. Su nave realizaba contrabando en este sector fronterizo de la Federación. Es un hecho. Lo que pueda contar sobre sus rutas, intercambios y puertos seguros podrá ser útil en mayor o menor medida, por supuesto. Pero, por el momento, empecemos por el final. El último viaje del Galatea. Ha dicho antes algo sobre un descubrimiento arqueológico. ¿Qué sabe sobre este asunto? ¿Llegó a ver la información que transportaban?

—No sé nada. No vi nada. Yo no trataba directamente con los clientes.

El oficial relajó los hombros unos instantes antes de contestarle.

—Seré pragmático, señor Manson. Pese a que debería encerrarlo o mandarlo a picar piedra y tirar la llave —se inclinó aún más hacia adelante, entrecruzando los dedos y apoyando la nariz sobre ellos, en un gesto estudiado—, la Federación ha decidido ser indulgente con su persona si se aviene a colaborar. Si nos da lo que la Federación necesita le daremos la gracia de la libertad. Un trato a todas luces ventajoso para usted. Mi superior, al igual que mi persona, todavía cree en la reinserción.

—¿Y qué es exactamente lo que necesita la Federación del bueno de Fordak? —respondió, esforzándose por mostrar su mejor sonrisa pese al dolor punzante.

—Esas coordenadas para empezar. El comandante sospecha que tal vez aceptar ese encargo fue la perdición de la nave.

—¿El ataque se debió al paquete a bordo? –preguntó Fordak Manson con el entrecejo fruncido. El contrabandista llevaba consciente pocas horas, y ahora comenzaba a realizar sus primeras e infundadas hipótesis. Aquella podía ser perfectamente viable.

—No hay nada confirmado. Pero se bajara dicha posibilidad.

Sobrevino un silencio que llenó varios minutos la pequeña habitación. Fordak Manson creyó oír el casi inaudible zumbido de los motores sublumínicos de cualquier transporte espacial.

—Joder, es un buen trato, no te lo negaré, capitán. Si no fuese por qué no conozco esas coordenadas y no me gusta cómo ha sonado ese “para empezar”.

Fordak se cruzó de brazos, pero el dolor le hizo buscar otra postura menos rígida.

—Teniente —le corrigió el oficial— Y el “para terminar” de nuestro acuerdo es que nos cuente lo que le he dicho: rutas y puertos utilizados en la zona por sus… colegas. Recupere su libertad, señor Fordak. Lo tiene realmente muy fácil.

Fordak Manson cerró los ojos. Le dolía el costado. Como si las costillas le rozaran los pulmones a cada inspiración. Esos militares eran listos. Todavía no le habían curado del todo. Y probablemente no lo hiciesen si no se mostraba colaborador. El contrabandista sopesó sus opciones. Llegó a la conclusión que éstas eran bastante limitadas. Detestaba todo lo que oliese a militar. Pero de no darles lo que querían estaba bien jodido, pensó. Uno de los requisitos que le planteaba el oficial no era demasiado complicado. Podía darles unas pocas referencias vagas y desactualizadas. Incluso indicaciones de rutas peligrosas a evitar. Pero la otra condición… ¿Cómo podía darles unas coordenadas que desconocía? No le dejarían libre antes de confirmarlas.

—Intento recordar... –comenzó a decir. Una neblina negra y carmesí centelleaba bajo sus párpados. Todo momento previo al accidente aparecía bajo un velo opaco—. ¡Un momento! ¡El cliente! Las coordenadas se han perdido. Pero el arqueólogo sigue siendo la fuente. Sólo hay que contactar con él de nuevo y preguntarle directamente.

El teniente guardó maduró aquello unos instantes.

—¿Cómo contactó el arqueólogo con su grupo? ¿Fue en persona?

—Eh... Sí, así fue –respondió, haciendo un gran esfuerzo—. Habíamos parado en un pequeño planeta industrial para hacer algunas reparaciones. Yo estaría jugando al póker o desatascando algo, cuando vino Loras el Lágrimas, el capitán, y nos informó del nuevo trabajo.

—¿El Lágrimas? —preguntó el teniente levantando una ceja.

Fordak se encogió de hombros y al momento se arrepintió. Algo le crujió.

—Sí, el Lágrimas. Según me contaron cuando empecé a trabajar con ellos, hay dos teorías: la primera, que es, o era... un tipo sensible que se pasaba los viajes interestelares leyendo poesía. La segunda, que es la que yo prefiero, es que el mote hace referencia a las lágrimas que demarraban todas las vírgenes que iba desvirgando en cada puerto espacial dónde el Galatea hacía escala.

—Por favor, volvamos al tema del cliente —le indicó el teniente tras parpadear un par de veces.

—Total, que sí, que el trabajo se lo dio el arqueólogo a Loras en persona. Con un poco de suerte, es muy probable que todavía esté allí. No tenéis más que preguntar en las cantinas. En un planeta como ése, todo hormigón y acero, no puede haber muchos arqueólogos.

—Planeta que se llama...

—Fallo mío. El planeta se llamaba… —volvió a cerrar los párpados con fuerza, tratando de recordar— Tulheia VI. Eso es. Está justo después del Cúmulo de los Amantes, es la decimocuarta parada de la antigua ruta imperial. Un placer colaborar con la Federación —dijo Fordak.

—Todavía tiene que contarnos algo del modus operandi de los contrabandistas.

—¿Cómo qué?

El oficial le hizo un par de preguntas al respecto, y Fordak las contestó, construyendo las respuestas con alguna que otra verdad, alguna mentira y bastantes obviedades sobre velocidades óptimas de aproximación a un asteroide.

Diez minutos más tarde, el teniente se levantó de la su silla.

—Gracias por su colaboración, señor Manson. Debo confirmar la información con mi superior antes de comunicarle ninguna decisión. Estoy seguro que entiende mi posición. Tan pronto como me dé luz verde, recuperará su libertad.

***

El único modo que tenía Fordak de medir el paso del tiempo era contar las veces que se apagaban y se encendían las luces de la celda. Según sus cálculos llevaba cinco días y cinco noches esperando una respuesta de sus captores. O salvadores.

Hay que joderse. Me salvan la vida para después encerrarme, pensó. Le dolían las muñecas de las esposas.

Ya había estado antes arrestado. Pero para Manson, la incertidumbre era peor que la condena en firme. Mientras no obtuviese una respuesta, le torturaba la posibilidad de la libertad.

Fordak Manson era un tipo corpulento, extremadamente fuerte y duro. Ancho de espaldas y de brazos. Rostro ancho, mandíbula cuadrada y barba de varios días. Sus ojos castaños eran escrutadores y desconfiados. Su nariz, ancha y cuyo puente casi inexistente; la frente alta y el cabello, una maraña marrón echada hacia atrás. Pero ahora sus capacidades físicas no le servían de nada. Además, estaba herido. Casi siempre había avanzado por la vida como una apisonadora, sin mayor preocupación de procurar no arrollar a amigos y conocidos. La situación se le escapaba de las manos, pues su vida no dependía de sí mismo.

La puerta se abrió. El teniente entró acompañado de una mujer vestida con una bata blanca. El médico de a bordo.

—Hola, señor Manson. Le presento a nuestra oficial sanitaria. Si todavía está vivo, es gracias a ella.

Manson se pasó ambas manos por la cabeza, en un gesto inútil para intentar domar su revuelta melena castaña.

—Muchas gracias señorita.

—No se merecen. Es mi trabajo. Soy la doctora Yan —respondió ella, inspeccionando los vendajes de Fordak—. Teniente Anderson, yo diría que podemos retirarle las esposas.

La doctora Yan era una mujer madura, pasados los cincuenta. Llevaba el cabello canoso recogido en un moño del que escapaban algunos mechones. Sobre la pequeña nariz portaba unas gafas sin monturas. No por miopía, un mal menor extinto en la Federación, sino como herramienta complementaria que le ofrecía lecturas y estados de sus pacientes. Sus ojos eran grises y almendrados. Atentos, perspicaces.

El teniente miró a Fordak con recelo.

—¿Está segura, doctora?

—No, pero es un hombre herido al que hemos salvado de una muerte casi segura. Sería muy estúpido por su parte atacarnos cuándo lo que nosotros queremos es sanarle por completo, ¿no lo ve así, señor Manson?

Fordak asintió. Aquella mujer era lista. Independiente del hecho que le debiese la vida, Manson decidió que le caía bien.

El teniente Anderson dio una orden y de inmediato un cabo apareció por la puerta, se acercó y le quitó las esposas. Acto seguido volvió a retirarse al pasillo, a la espera de cualquier otra labor que su teniente tuviese a bien encomendarle. Fordak se frotó las muñecas doloridas. Fijó sus ojos oscuros en los del oficial. Memorizó su nombre: Anderson. Por un momento le cruzó por la cabeza la idea de ahogar aquel niñato vestido de uniforme. Su cuello casi parecía el de un muñeco. Incluso con los brazos doloridos, le sería fácil rompérselo en un solo gesto. Le había tenido cinco días ahí encerrado. Podía matarlo. Pero, ¿qué pasaría después?

Manson suspiró.

—Gracias —dijo, suavizando su expresión—. Dígame doctora: ¿es muy grave? —preguntó, intentando estirarse sin que le pinchasen las costillas.

—Saldrá de esta –respondió ella, examinándole con mayor comodidad ahora que Fordak no estaba esposado—. Podemos darle unas sesiones de zumo de algas y dejarle como nuevo.

—¿Pues a qué estamos esperando? Gracias de nuevo por sus cuidados.

Fordak se puso en pie, no sin dificultad. El teniente Anderson dio un paso atrás para dejarle espacio.

—Antes de esos baños rejuvenecedores, el teniente tiene algo que tratar con usted. Por su bien, espero verle pronto en la enfermería.

La doctora Yan le observó una última vez, comprobó el vendaje que llevaba Fordak en el costado y asintió. Parecía satisfecha con la cicatrización.

—Teniente, le veré más tarde. Adiós —dio media vuelta y salió de la celda.

—Bueno teniente, te ofrecería algo de beber, pero aquí el servicio es un poco escaso. Dime, ¿tenemos acuerdo?

El teniente Anderson se quitó la gorrita y se alisó el cabello hacia atrás. Tenía el pelo de un rubio platino casi deslumbrante.

—Sí y no.

Fordak fue a maldecir algo, pero un pinchazo lo enmudeció. Dejó que el teniente intentase explicarse.

—La información sobre las rutas seguro que nos es útil. Pero lo que la Federación necesita de usted en este momento son unas coordenadas. Y nos ha dado el nombre de un planeta donde tal vez, y remarco tal vez, se encuentre ese arqueólogo.

—Ya lo dije antes. Yo no solía conocer los detalles. Y nunca vi las malditas coordenadas. No era yo quién aceptaba los trabajos en el Galatea. Os he dicho todo lo que sé.

—Le creo, señor Manson. Pero al Alto Mando no le parece suficiente.

Fordak se dejó caer de nuevo sobre el catre. Se llevó las manos a la cabeza, sin saber si darse por vencido en ese preciso momento o cargar contra la puerta de la celda usando el cuerpo del teniente como ariete.

—Entonces, ¿en qué punto nos encontramos, estimado teniente?

—La situación es la siguiente: nadie del Alto Mando daría un crédito por su vida, no voy a decorarle la verdad. Usted y yo sabemos que la vida de contrabandista tiene esas cosas.

—Estupendo.

—Pero he conseguido una contraoferta —prosiguió el teniente—. ¿Le interesa oírla ahora?

—Cómo estás disfrutando con esto, Anderson...

—Vaya a Tulheia VI –dijo el oficial sin inmutarse—. Tráiganos al arqueólogo para que podamos interrogarle y así esclarecer los hechos. Gánese la confianza de la Federación y con ello su libertad.

Fordak soltó un hondo suspiro. “Un último trabajo. Mi vida parece estar llena de últimos trabajos. Uno más y me retiro, es lo que me digo siempre. Y luego, sin comerlo ni beberlo, de nuevo de mierda hasta el cuello y vuelta a empezar”.

—Lo que le estoy ofreciendo ya lo sabe. Su libertad. Una segunda oportunidad para rehacer su vida. Busque un trabajo honrado, forme una familia, disfrute viendo crecer a sus hijos y sus nietos.

—¿Y si me niego? —preguntó Fordak alzando la vista hacia él.

—¿En serio quiere oír lo que ya sabe? –el teniente negó con la cabeza en un gesto mudo. Pareció decepcionado—. Preferiría no tener que enumerarle los detalles más escabrosos. La Federación ha gastado tiempo y dinero en salvarle la vida. Si no tiene nada útil que aportar a cambio, me temo que será ejecutado. Un derroche absurdo.

—¡Eso es algo totalmente injusto! ¡Te he contado todo lo que sabía! Para ser tan joven eres un astuto zorro hijo de...

—Cuidado —le cortó Anderson—. No olvide quién ha intercedido por usted. Quizás el sistema sea cruel, pero funciona.

—Menudo eslogan. ¿No es lo que pone en el escudo de la Federación? —preguntó Fordak con sorna desganada.

—No, no lo es. ¿Y bien? ¿Quiere seguir viviendo, señor Manson?

Fordak lanzó un último suspiro. Los militares le habían enredado bien.

—¿Dónde hay que firmar para presentarse voluntario?

***

La doctora Yan observaba atentamente la pantalla con la información biomédica de Manson. Levantó la vista del panel y contempló como el contrabandista flotaba inerte dentro de una enorme cuba lleno de un líquido espeso y verdoso de propiedades casi milagrosas. Extraído de una especie de alga que crecía únicamente en el planeta santuario de Azau, el compuesto podía restablecer prácticamente cualquier herida en pocas horas. Entre la tropa, era común referirse a él simplemente como “zumo de algas”.

El teniente Anderson entró en la enfermería. Saludó con un ligero gesto de la frente a un enfermero y se colocó junto a la doctora Yan.

—¿Cómo va nuestro pirata? —preguntó observando también a Fordak.

La doctora respondió con un tono absolutamente neutro. Era inmune a cualquier tipo de ironía social. Sin apartar la vista del líquido curativo, respondió:

—Perfectamente. En unos veinte minutos ya estará completamente curado. Es un buen ejemplar.

—¿Buen ejemplar? —preguntó el teniente mirándola de reojo.

—Un humano fuerte. Un superviviente nato.

—Parece que le fascina.

—Ni mucho menos. Por muy fuerte que sea uno, al final un sólo disparo en la cabeza mata a cualquiera. Pero su afán por aferrarse a la vida me genera... cierto grado de simpatía.

En teniente torció el gesto, pero no dijo nada al respecto.

—Protocolo habitual, doctora.

La doctora Yan asintió brevemente con un gesto del mentón. Le molestaba perder el tiempo con algo que ya sabía.

***

Fordak abrió los ojos. ¿Se había dormido? ¿Dónde estaba? Se llevó las manos a la cabeza. Y de pronto recordó. Estaba en la celda de aquella nave. El teniente, su situación. El trato forzado a cambio de su libertad. Se sentó en el borde del catre. Tenía las manos libres. Y hambre. Una barbaridad.

Se fijó en la bandeja de comida que habían dejado junto a la puerta. Por lo menos a simple vista, parecía mejor que la última vez. Se incorporó y se dio cuenta que ya no le dolía el costado. Respiró profundamente y se percató también que podía respirar con normalidad. Ya no le pinchaba al hacerlo.

Tomando conciencia de la nueva situación, se acercó a la puerta de la celda. Cogió la bandeja y engulló casi sin masticar. A falta de cerveza, se dio unos golpecitos en el pecho para acabar de tragar el último trozo. Tiró la bandeja vacía a un lado.

—¡Ya podéis abrir, maldita sea! —bramó con voz ronca.

A los pocos segundos la puerta se deslizó. Una oficial de rostro afilado y estricto entró en la celda. Entre las manos llevaba ropa. Se la dio tendió a Manson.

—Tenga, su nuevo equipo.

Fordak aceptó el bulto.

—Por favor, no se entretenga. El teniente Anderson le aguarda en la sala de operaciones.

Fordak leyó el nombre bordado en el uniforme de la oficial “E. Lethane”. Ella dio media vuelta y desapareció. Esta vez no le cerraron la puerta.

Manson dejó la ropa encima del catre y se rascó la barba descuidada durante tantos días. ¿Trabajaba ahora con los militares? ¿Cuándo se había equivocado? Resopló con desgana y se vistió, consciente que el término no era “con” sino “para” los militares.

El equipo era sencillo: un par de botas bastas y usadas, unos pantalones marrones repletos de bolsillos y una desgastada camiseta sin mangas de color negro. Le hizo cierta gracia el cinturón, repleto de más bolsillos, compartimentos, hebillas y mosquetones.

Una vez cambiado, salió por la puerta. La misma oficial que le había facilitado la ropa aguardaba cerca. Le guió hacia la sala de operaciones.

Era una estancia cuadrada, de unos ochenta metros cuadrados. Había un par de mesas y varios asientos collados al suelo. En el centro brillaba un mapa holográfico. Fordak contó seis hombres. Cinco sentados y uno frente al holograma. Éste último llevaba ambas manos a la espalda. Parecía buscar respuestas en aquella representación luminosa.

Fordak Manson se acercó. Los hombres sentados cerca se percataron de su presencia. No le quitaron ojo de encima.

El hombre que contemplaba el mapa dio media vuelta. Era un tipo alto, con percha. Ancho de hombros y de cuerpo atlético. Su cabello era negro azulado, muy corto. Sus ojos oscuros eran escrutadores, casi intimidatorios. Iba perfectamente afeitado. Pese a los signos de madurez que cruzaba su rostro, se conservaba bastante bien. Vestía un uniforme de campo, de camuflaje ártico.

—Bienvenido, Fordak.

Manson no respondió. Buscó al teniente Anderson, pero no lo encontró en la sala.

Aquel hombre prosiguió:

—Soy el comandante Udina. Esta es mi nave. A partir de ahora, respondes ante mí. Yo te daré las órdenes y la información que precisas. ¿Entendido?

Fordak decidió seguir el juego y terminar lo antes posible con aquella pantomima, asintiendo levemente sin decir nada.

—Bien, como veo que me sigues, pasaré a ponerte en situación. Dado tu acuerdo con la Federación, tienes un trabajo pendiente para con ella —Udina señaló un punto del holograma y la imagen cambió. El mapa dio lugar a la imagen de una persona—. Este es el objetivo. El arqueólogo conocido como profesor Kronenberg. Sí, el mismo que contrató los servicios de tu malograda banda. Te estarás preguntando como tenemos su imagen y su nombre –le dijo el comandante—. Créeme, los de inteligencia podrían dominar el mundo, si no fuesen tan cobardes. Como tú mismo te has preocupado en apuntar, teóricamente se encuentra en este momento en Tulheia VI. Hasta aquí todo bien. Tu objetivo no podía ser más fácil: dar con él y traerlo aquí.

—Mi trabajo es conseguir las coordenadas, no traer a nadie.

—Cuidado chico —le advirtió clavando sus ojos en los suyos—. Que no respondas al código militar no significa que no pueda encerrarte para el resto de tu vida. Tu resurrección no ha salido barata. Y te aseguro que la vamos a amortizar. Así que vas a bajar al planeta a buscar al objetivo discretamente y lo traerás de vuelta para que los de inteligencia puedan hacer su trabajo. Lo quiero de una pieza. Si llega aquí en un estado tal que no pueda darnos la información que necesitamos tu misión habrá sido un fracaso. ¿Y sabes lo que eso significa?

—Señor, sí señor —el tono de Manson era entre cínico y provocativo. Pero el comandante lo ignoró por completo.

—¿Ves qué fácil es? De acuerdo. Prosigamos. Para llevar a cabo tu misión, contarás con una lanzadera orbital que te llevará a la superficie. Además de una cantidad moderada de créditos para que puedas invitar a la chusma local y empezar así a recabar información sobre el paradero del objetivo lo antes posible.

—¿Alguna cosa con balas que me proteja allí abajo? —preguntó Fordak con desidia.

—Sí, Antes de bajar, la oficial Elana te dará el equipo necesario —respondió Udina—. Por cierto, una cosa que quería comentarte: una vez sobre el terreno, si intentas escapar o abandonar Tulheia VI, el chip que llevas implantado explotará.

Fordak abrió los ojos de par.

—¿Qué me habéis hecho, desgraciados? —Fordak rechinó los dientes. Los nudillos se le pusieron blancos como el hueso.

—Personalmente lo encuentro un despilfarro, pero es un protocolo impuesto por mentes más preclaras que la tuya. Vamos, intenta relajarte. Seguro que no quieres cortocircuitarlo antes de tiempo.

Maldito hijo de puta miserable, pensó Fordak.

—Toma este auricular —prosiguió el comandante Udina. Le alargó el objeto—. Contacta con nosotros cuando estés listo para volver. Una vez que traigas aquí al arqueólogo, te extraerán el chip y podrás seguir con tus proyectos vitales. Ahora, por favor, sigue a la oficial Elana. Ella terminará de prepararte.

Fordak sostuvo un largo rato la mirada del comandante. Pero este mostró una absoluta indiferencia hacia la rabia apenas contenida de Manson.

—Yo en tu lugar me apresuraría a cumplir la misión, “soldado”. No querrás llevar el chip más tiempo de la cuenta. Los proveedores afirman que son totalmente fiables, pero en algunos lotes nos hemos encontrado con algunos defectuosos que han explotado antes de tiempo… Son muy pocos, pero de tanto en tanto ocurren desgracias. ¡Imagina la sorpresa que sería si explotase el tuyo porqué te demoraste estúpidamente en mi puente!

Fordak no respondió. Le dio la espalda y se alejó despacio, con las grandes manos convertidas en enormes puños.

La oficial Elana estaba de pie, cerca de uno de los corredores. Era una mujer joven pero de rostro autoritario. Quizá no tenía ni veinte años cumplidos, pero ya portaba galones de oficial. Tenía los ojos esmeralda y el cabello del color del trigo recogido atrás en una coleta corta que sobresalía bajo una pequeña gorra. Vestía el uniforme negro con ribetes dorados del cuerpo de oficiales de la Armada. Sus labios eran una fina línea que realzaba aún más su expresión seria.

Sin mediar palabra, la oficial Elana se internó en el corredor, guiando a Manson hacia la popa de la nave. El pasillo era algo más largo que el anterior. El techo curvado y la iluminación suave sugerían una nave bastante nueva y muy superior al Galatea.

El corredor terminó en una sala rectangular que servía como armería. La oficial Elana se acercó a una de las primeras taquillas y, utilizando su huella vocal, la abrió. Sacó un chaleco, un pequeño kit médico y una pistola pequeña. Se le pasó todo a Fordak.

—Aquí tiene.

Manson se equipó en un momento. Tampoco es que tuviera demasiado que equipar. Comprobó la pistolita.

—¿Y con eso se supone que debo defenderme? ¿No tenéis algo más grande? —comentó con desdén.

—Contando que sólo debe convencer a una rata de biblioteca para que le acompañe, no le hará falta más. Además, recuerde que debe primar la discreción.

—Elana, ¿verdad? —preguntó Fordak—. ¿Puedo preguntarte algo?

La militar hizo caso omiso.

—Cuando lo localice, contacte con el comandante. Mandará transporte para su extracción.

—Sí, algo me ha dicho.

—Excelente. Ahora sígame.

Dado el poco interés que mostraba la oficial en entablar una conversación, Manson la siguió sin añadir palabra alguna.

De la armería fueron hasta un pequeño hangar. Sólo tenía espacio para tres módulos orbitales. Uno de ellos ya estaba abierto, a la espera.

Fordak se detuvo de golpe cuando vio aquello. El módulo orbital era algo más grande que un ataúd, pero no mucho más. Su diseño recio recordaba un poco a una cápsula de crioestasis, en desuso desde desarrollo del viaje hiperespacial. Una persona corpulenta como Fordak cabía con bastantes dificultades y molestias evidentes.

Pocas cosas odiaba más Manson que meterse en una de esas cosas. Pero trató de mentalizarse. Aquello era un trámite necesario para volver a pisar tierra, beber de nuevo y probablemente echar unos cuantos polvos. Solo después de cumplir con aquella mierda de encargo. Además, más allá de su ansiada libertad, también era el primer interesado en descubrir la identidad de los asesinos de sus compañeros. En ese punto sus intereses discurrían en paralelo a los del comandante Udina. Para él era algo personal; para el militar era su obligación patrullar el sector y mantenerlo limpio de escoria.

Lanzando un hondo suspiro, se metió en el módulo. Un técnico lo selló y realizó las comprobaciones de seguridad habituales.

—Luz verde, teniente.

—Gracias —respondió la oficial Elana.

Fordak podía verla a través del cristal blindado que tenía a la altura de los ojos, de apenas tres dedos de grueso.

—Mientras se recuperaba, nos hemos dirigido a Tulheia VI. Estamos ya en su órbita.

El mercenario no podía oír sus palabras dentro del sarcófago presurizado. Movió la cabeza en señal de negación, pues ni siquiera tenía espacio para levantar una mano y llevarse un dedo al oído.

Por fortuna, la oficial Elana pareció percatarse del percance y conectó el auricular que llevaba Manson desde hacía pocos minutos.

—Decía que estamos listos. Orbitamos el planeta Tulheia VI. Buena suerte.

La oficial Elana giró a un lado la cabeza y pareció dar una orden a alguien fuera del campo visual de Manson.

Sin más ceremonia, el módulo orbital empezó a descender, absorbido por un orificio específicamente diseñado para ello ubicado en el suelo del minúsculo hangar. Fordak vio como la silueta de Elana subía más y más hasta que llegó un momento en el que lo último que vio fue las punteras relucientes botas de la oficial.

Y después, una brusca sacudida y oscuridad.

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Emilio Iglesias

Emilio Iglesias

Escritor empedernido, capitán de ésta y otras aventuras, dirige como puede RelatosPulp.com

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