Clásicos

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Las estrellas, mis hermanas. Edmon Hamilton - Capítulos 6 a 8

Índice del artículo

6.

El sonido retumbante les alcanzó en un momento. Era un sonido completamente diferente al zumbido del flitter y a Kieran le dio la impresión de ser una amenaza. Se paró en un pequeño claro desde donde quizás se pudiera ver algo entre los árboles. Quería ver esa nave o aeronave o lo que quiera que fuera que había sido construido y que era pilotado por no-humanos.
Pero Webber le empujó de un golpe hacia unos arbustos del color del jerez que lucían unas hojas gruesas y planas.
—No te muevas —le advirtió.
A su lado, Paula estaba agarrada a un árbol. Asintió con la cabeza en señal de aprobación a lo que había dicho Webber.
—Tienen escáneres muy potentes —señaló con su barbilla—. Mira. Han aprendido.
Los ásperos ladridos de alarma de los hombres se oyeron vagamente y después se acallaron. A excepción de lo que se movía por la acción natural del viento, todo estaba tranquilo. Las personas estaban agachadas entre los árboles, tan quietas que Kieran no las habría visto si no hubiera sabido que estaban ahí.
La nave patrulla les sobrevoló haciendo un estruendo mientras intensificaba la velocidad al pasar. Webber sonrió:
—Estarán al menos un par de horas revisando y examinando el flitter. Para ese entonces ya estará oscuro y por la mañana habremos alcanzado las montañas.
Los humanos habían comenzado ya a moverse. Se dirigían río arriba a una marcha continua pero arrastrada. Kieran se dio cuenta de que tres de las mujeres cargaban con bebés en sus brazos y los niños más crecidos corrían pegados a sus madres. Dos de los hombres y varias de las mujeres eran de pelo cano. Ellos también corrían.
—¿Te gusta verles correr? —preguntó Paula con un intenso deje de cólera en su voz—. ¿Te parece bien?
—No —respondió Kieran frunciendo el ceño. Miró en la dirección en la que el zumbido de la nave patrulla se alejaba.
—Moveos —dijo Webber—. Nos van a dejar mucho más atrás todavía.

***

Kieran siguió a los humanos desnudos a través del bosque y siempre cerca del río de color pardo. Paula y Webber trotaban a su lado. Las sombras eran ahora tan alargadas que llegaban a sobrepasar el agua.
Paula siguió mirándole con ansiedad como queriendo detectar algún signo de flaqueza por su parte.
—Lo estás haciendo bien —le comentó—. Deberías. Tu cuerpo fue preparado con su fuerza y tono muscular normales antes de que te despertaras.
—De todas formas, reducirán la velocidad cuando anochezca —apuntó Webber.
Los ancianos y los niños pequeños corrían rebosando energía.
—¿Está su poblado ahí? —preguntó Kieran indicando las lejanas montañas.
—No viven en poblados —respondió Paula—. Pero las montañas son más seguras. Hay más posibilidades para esconderse.
—Dijiste que esta era un área cerrada. ¿Qué es esto? ¿Una reserva de caza?.
—Los sakae ya no los cazan.
—¿Pero solían hacerlo?
—Bueno —dijo Webber—, hace mucho tiempo. No para alimentarse, los sakae son vegetarianos, pero…
—Pero —continuó Paula— ellos eran la raza dominante y los humanos eran considerados solo bestias del campo. Cuando competían por tierra y comida, cazaban a la gente o la expulsaban —movió su mano a modo de gesto expresivo apuntando hacia el paisaje más allá de los árboles—. ¿Por qué crees que viven en este desierto llevando prácticamente una vida miserable al lado de los cursos de agua? Es tierra que los sakae no quisieron. Eso sí, no tuvieron ningún tipo de reparo en convertirlo en una especie de reserva, claro. Los humanos están protegidos, nos dicen. Viven su vida en su hábitat natural y cuando les pedimos que se creara un progr…
Se había quedado sin aire y tuvo que interrumpirse. Webber terminó la frase por ella:
—Queremos que se les eduque. Que se les saque de este estado salvaje. Los sakae dicen que es imposible.
—¿Es verdad? —preguntó Kieran.
—No —negó Paula rotundamente—. Es una cuestión de orgullo. Lo que quieren es mantener su dominación, así que por eso ni van a admitir que los humanos sean algo más que animales ni tampoco les darán la oportunidad de convertirse en nada más.
La conversación se terminó ahí pero incluso callados los tres forasteros se fueron quedando sin aliento y los humanos empezaron a ganarles terreno. El sol se puso con una luz resplandeciente del color de una naranja sanguina. Ésta tiñó los árboles de colores aún más imposibles y prendió fuego al río por un momento. Entonces cayó la noche y justo después de que la oscuridad se cerrara volvió la nave patrulla haciendo ondear la superficie del río. Kieran se quedó inmóvil debajo de los árboles negros mientras se le erizaban todos los pelos del cuerpo. Era la primera vez que se sentía una presa. También notó por primera vez cómo su ira se iba convirtiendo en algo personal.
La nave patrulla se alejó resonando y después desapareció.
—No volverán hasta el amanecer —aseguró Webber.

***

Webber sacó unos paquetitos planos de comida concentrada de su bolsillo y los repartió. Los fueron comiendo mientras caminaban. Nadie decía nada. El viento había amainado al atardecer pero ahora soplaba desde otra dirección. Empezó a hacer frío. Después de un rato alcanzaron a los humanos, los cuales habían parado para comer y descansar. Los bebés y los ancianos, por los cuales Kieran había sentido pena y se había preocupado, estaban en mucha mejor forma que él. Fue a beber al río y se sentó en el suelo. Paula y Webber también se sentaron a su lado.
El viento seco y frío arreciaba desde el desierto, los árboles se bamboleaban por encima de sus cabezas. Reflejados en el pálido destello del agua, Kieran pudo ver cuerpos desnudos moviéndose a lo largo de la orilla del río vadeando, doblándose y cavando en el barro. Le pareció que encontraban alimentos, ya que podía ver que estaban comiendo. En algún lugar cerca, otras personas recolectaban frutos secos o frutas de los árboles. Un hombre empuñó una piedra y golpeó algo causando un chasquido, luego volvió a tirarla. Se movían rápidamente en la oscuridad como si estuvieran acostumbrados a ella. Kieran reconoció la grande y esbelta figura de la hija del líder, la joven de ojos amarillos, delineada contra el pálido reflejo del agua. Se levantó con el barro hasta los tobillos sujetando algo fuertemente en sus dos manos, comiendo.
El sudor de Kieran se secó y comenzó a temblar.
—¿Estás seguro de que esa nave patrulla no volverá? —preguntó.
—No hasta que puedan ver lo que están buscando.
—Entonces supongo que es seguro —empezó a dar vueltas buscando palos secos.
—¿Qué estás haciendo?
—Recogiendo algo de leña para el fuego.
—No —Paula se puso a su lado de un salto y con la mano en su brazo dijo—: No, no debes hacer eso.
—Pero Webber ha dicho que…
—No es la nave patrulla, Kieran. Son los humanos. Ellos…
—¿Ellos qué?
—Te dije que estaban a un nivel muy bajo en la escala evolutiva. Ésta es una de las cosas básicas que se les tiene que enseñar. Ahora mismo aún ven el fuego como un peligro, como algo de lo que escapar.
—Ya veo —dijo Kieran dejando caer la leña—. Muy bien, si no puedo tener una hoguera, te tendré a ti. Tu cuerpo me calentará —la agarró entre sus brazos.

***

Ella pegó un grito, más de asombro que de alarma, pensó él.
—¿De qué estás hablando?
—Es una frase de una antigua película. De un montón de películas, de hecho. No está mal, ¿eh?
La sujetó con fuerza. Era toda una mujer, no había duda. Después de un momento la apartó.
—Eso ha sido un error. Quiero que me sigas cayendo mal sin que pueda considerar nada más.
Ella se rió con un sonidito bastante curioso.
—¿Estaban todos locos en tu tiempo? —preguntó añadiendo—: Reed…
Era la primera vez que había usado su nombre de pila.
—¿Qué?
—Cuando estaban lanzando las piedras y nos volvíamos hacia el flitter me empujaste para que fuera delante de ti. Me estabas protegiendo. ¿Por qué?
Se quedó mirándola o mejor dicho mirando al tenue borrón que tenía delante de él.
—Bueno, siempre ha sido costumbre en los hombres… Pero ahora que lo pienso, Webber ni se molestó.
—No —aseveró Paula—. En tu tiempo las mujeres todavía se aprovechaban de la doble moral… Demandando la igualdad con los hombres pero aferrándose a la vez a su condición de género… especial. Esa fase ya ha sido superada.
—¿Te gusta eso? Haberlo superado, digo.
—Sí —afirmó ella—. Estuvo bien que hicieras eso, pero…
Webber la interrumpió:
—Se están poniendo en marcha. Vamos.
Los humanos caminaban esta vez alineados en una larga fila entre los árboles y el agua donde la luz era un poco mejor y el camino bastante más amplio. Los tres forasteros les seguían con torpeza debido a su indumentaria y las botas. El pelo largo de los humanos ondeaba al viento y los pasos de sus pies descalzos eran ágiles, ligeros y silenciosos.
Kieran miró hacia el cielo; los árboles ocultaban gran parte, así que lo único que podía ver eran algunas estrellas desperdigadas. Sin embargo, pensó que la luna estaría alzándose en algún lugar.
Le preguntó a Paula y ésta respondió:
—Espera. Ya lo verás.
La noche y el río iban quedando atrás. La luz de la luna se fue haciendo más brillante pero ésta no se parecía en nada a la luz de luna que él recordaba. Aquélla desprendía una fría tranquilidad pero ésta no era ni fría ni apacible. También parecía como si cambiara de color. Esto hacía más complicado poder ver, lo cual no sucedía con la luz blanca de la luna a la que él estaba acostumbrado. A veces se filtraba a través de los árboles en color verde turquesa para luego volver a ser rojiza, ámbar o azul.
Llegaron a un lugar donde el río hacía una amplia curva y atajaron cruzando el río dejando la seguridad de los árboles. Paula tocó a Kieran en el brazo y señaló:
—Mira.
Kieran alzó la mirada y se quedó inmóvil. La luz no era el resplandor de la luna y su fuente no era una luna. Era un cúmulo globular de estrellas colgando del cielo como un enjambre de feroces abejas; un quemar y latir de diversos colores, blanco diamante y oro, verde y carmesí, azul real y ocre oscuro. Kieran se quedó paralizado mirando y a su lado Paula murmuró:
—He estado en muchos planetas pero ninguno de ellos tiene algo así.
Los humanos seguían caminando a paso ligero sin prestar atención al cielo.
Kieran les siguió de mala gana al interior del bosque oscuro. Continuó mirando al cielo abierto sobre el río, esperando a que el cúmulo se alzara y lo pudiera apreciar en toda su magnitud.
Poco después, pero antes de que el cúmulo se hubiera alzado claramente sobre los árboles, a Kieran le dio la impresión de que algo o alguien les seguía.

7.

Se había parado para recobrar el aliento y sacudir la arena acumulada en sus botas. Estaba apoyado en un árbol con la espalda contra el viento, lo cual significaba que estaba de cara al camino por el que habían venido, y creyó haber visto una sombra moverse donde no podía haber ninguna. Se incorporó en estado de alerta pero no pudo ver nada más. Pensó que podía haberse equivocado. Aún así corrió para alcanzar a los demás.
La tribu seguía su camino sin pararse. Kieran sabía que sus sentidos eran mucho más agudos que los suyos y estaba claro que ellos no eran conscientes de ningún peligro aparte del de los sakae. Decidió entonces que debía haber tenido visiones.
Sin embargo, una cierta inquietud persistió en su mente. Se quedó rezagado de nuevo, esta vez a propósito, después de que hubieran atravesado un claro. Se escondió tras el tronco de un árbol y observó. La luz del cúmulo brillaba ahora pero confundía a los ojos. Oyó un crujido que no parecía producido por el viento y pensó que algo había comenzado a cruzar el claro deteniéndose después, como si hubiera captado su olor.
Entonces pensó que había oído crujidos a ambos lados del claro, sonidos sigilosos acechando que empezaban a cerrarse a su alrededor. «Es solo el viento», se dijo. Acto seguido se giró y echó a correr encontrándose con Paula que volvía en su busca.
—Reed, ¿estás bien? —preguntó. Él la cogió del brazo y tiró de ella para hacerla correr—. ¿Qué pasa? ¿Cuál es el problema?
—No lo sé —se apresuró agarrándola hasta que pudo ver a Webber y más adelante las espaldas desnudas y las ondeantes melenas de los humanos—. Escucha —dijo—, ¿existe algún tipo de depredador por aquí?
—Sí —respondió Paula, y Webber se dio la vuelta dando un brinco.
—¿Has visto algo?
—No lo sé. Pensaba que sí. No estoy seguro.
—¿Dónde?
—Detrás de nosotros.
Webber entonó un áspero aviso de peligro y el grupo se detuvo. Él permaneció mirando hacia el camino por el que acababan de pasar. Las mujeres agarraron a los niños y los hombres retrocedieron hasta llegar adonde se encontraba Webber. Observaron y escucharon detenidamente, olfateando el aire. Kieran escuchó también pero no oyó ningún crujido excepto el movimiento de las ramas sobre sus cabezas. No se veía nada y el viento se llevaría cualquier olor preocupante.
Los hombres se dieron la vuelta y el grupo retomó su camino. Webber se encogió de hombros.
—Debes de haberte confundido, Kieran.
—Puede ser. O quizás sea que no pueden pensar más allá de lo básico. Si no lo huelen, no existe. Si algo nos está persiguiendo, viene contra el viento. Esa es la manera en que caza cualquier animal. Un par de hombres deberían dar un rodeo y…
—Vamos —le interrumpió Webber con tono cansado.

***

Siguieron a los humanos por la vera del río. El cúmulo se erigía alto en el cielo como un enjambre de soles reflejado en la corriente de agua, una onda caleidoscópica de colores.
Ahora las mujeres llevaban en brazos a los niños más pequeños. Los que eran demasiado grandes para ser cargados iban a la zaga, así como los ancianos. No demasiado, sin embargo. Kieran, consciente de que era más débil que los más débiles de los suyos, miraba hacia delante al tenue bulto que eran las montañas y pensaba que deberían ser capaces de llegar. No estaba tan seguro de que él lo fuera a conseguir.
El río formaba otro meandro. El camino lo atravesaba, libre de árboles. Era un meandro amplio de unos tres kilómetros de ancho que atravesaba la lengua del terreno. Más adelante, donde el camino se unía al río de nuevo, se alzaba una colina rocosa. Había algo en el contorno de la colina que a Kieran le parecía extraño, pero estaba demasiado lejos como para poder estar seguro de nada. En lo alto el cúmulo ardía magnífico. Los humanos se dispusieron a atravesar la arena.
Webber miró hacia atrás.
—¿Ves? —advirtió—. Nada.
Prosiguieron con su camino. Kieran estaba empezando a sentirse muy cansado; toda la fuerza artificial que le había sido inyectada antes de que se despertase comenzaba a agotarse. Webber y Paula caminaban agachados dando pasos largos y resueltos pero sin ningún tipo de entusiasmo.
—¿Qué piensas ahora? —Paula preguntó a Kieran—. ¿Crees que ésta es forma para que vivan los humanos?
La línea desigual de mujeres y niños se movía delante de ellos con los hombres en la delantera. «No era natural», pensó Kieran, «que los niños pudieran viajar tanto». Entonces recordó que las crías de las especies más débiles deben ser fuertes y veloces desde ya una temprana edad.
De pronto una de las mujeres dio un grito seco y agudo.
Kieran miró a la izquierda, adonde estaba mirando la mujer, hacia el río y la curva de árboles. Una enorme sombra negra se escurría a través de la arena. Miró detrás de él. Había otras sombras que se acercaban dando enormes saltos surgiendo de entre los árboles, dispersándose en semicírculo. A Kieran le recordaron a un animal que había visto alguna vez en un zoo: una bestia parte felina, parte canina. Creía recordar que se llamaba guepardo, solo que el guepardo tenía manchas como las del leopardo y estas criaturas eran negras, con orejas tiesas y puntiagudas. Tras un aullido conjunto, la caza comenzó.
—Nada —señaló Kieran amargamente—. Cuento siete.
Webber exclamó:
—Dios mío, yo…

***

Los humanos corrían de vuelta hacia el río tratando de escapar y hacia la seguridad de los árboles a los que poder trepar, pero los predadores les desviaron. Entonces empezaron a huir a ciegas hacia la colina que se encontraba delante. Corrían con todas sus fuerzas sin emitir ningún sonido. Kieran y Webber corrían a su lado con Paula entre ellos. Webber parecía estar totalmente conmocionado.
—¿Dónde está ese arma que tenías? —reclamó Kieran jadeando.
—No es un arma, es solo un instrumento disuasorio de corto alcance —dijo—. No detendría a esas cosas. ¡Míralas!
Las bestias saltaban, luciéndose delante de ellos, emitiendo aullidos parecidos a risas. Eran tan grandes como leopardos y sus ojos brillaban a la luz del cúmulo. Parecía que se lo estaban pasando en grande, como si cazar fuera el juego más delicioso del mundo. Una de ellas se plantó a medio metro de Kieran chasqueando sus enormes mandíbulas, esquivándole ágilmente cuando éste alzó su brazo. Empujaban a los humanos cada vez más rápido. Al principio los hombres formaron un escudo para proteger a las mujeres y a los niños, pero la formación empezó a desintegrarse cuando lo más débiles se quedaron atrás. No hubo ningún intento por mantenerla, el pánico era más fuerte que el instinto de preservación. Kieran miró hacia adelante.
—Si pudiéramos llegar a esa colina…
Paula gritó y Kieran se tropezó con una niña de unos cinco años que iba gateando. La recogió y ésta le mordió, golpeó y arañó con su pequeño cuerpo desnudo y duro como una roca y escurridizo por el sudor. No la pudo mantener en sus brazos por mucho tiempo. Cuando se liberó de su agarre y huyó violentamente fuera de su alcance, uno de los cazadores negros se abalanzó sobre ella y se la llevó chillando débilmente como un polluelo en las fauces de un gato.
—Oh, Dios mío —sollozó Paula cubriéndose la cabeza con sus brazos intentando taparse los ojos y los oídos.
Kieran la agarró y la amonestó duramente:
—No te desmayes porque no podré cargar contigo —la madre de la niña, sea quien fuera de todas aquellas mujeres, no miró atrás.
Le cerraron el paso a una anciana que se había apartado del grupo y se la llevaron a rastras, después se llevaron a uno de los hombres de pelo cano. Se acercaban a la colina. Kieran podía ver ahora aquello que le había parecido extraño: una parte de la colina era un edificio. Estaba demasiado cansado y enfermo como para interesarse, solo le preocupaba si servía como refugio. Le habló a Webber con mucha dificultad porque le faltaba el aire. Entonces se dio cuenta de que Webber no estaba allí.
Webber había tropezado y se había caído. Se estaba levantando pero los cazadores se le echaban encima. Estaba de rodillas apoyado en sus manos haciéndoles frente, gritándoles para que se alejasen de él. Obviamente, Webber tenía poca o ninguna experiencia con violencia pura. Kieran corrió hacia él con Paula detrás.
—¡Usa tu arma! —gritó. Tenía miedo de los cazadores negros pero estaba tan furioso que la ira superaba al miedo. Les gritó maldiciéndoles. Les tiró arena a los ojos, pero uno de ellos se estaba arrastrando hacia Webber por el lado en que él daba patadas. La criatura se desvió un poco, no asustada sino sorprendida. No estaban acostumbrados a este tipo de acciones por parte de los humanos.
—¡Tu arma! —volvió a gritar Kieran, y Webber sacó el instrumento chato de su bolsillo. Se levantó e insistió vacilante:
—Te he dicho que no es un arma. No matará nada. No creo que…
—Úsala —le conminó Kieran—. Y empieza a moverte. Lentamente.
Empezaron a moverse y entonces una voz férrea surgió del cielo resonando como un trueno:
—Échense al suelo —exigió—. Por favor, túmbense.
Kieran giró sorprendido la cabeza. Un vehículo se apresuraba hacia ellos desde el edificio.
—Los sakae —le informó Webber casi con un suspiro de alivio—. Túmbate.
Mientras hacía lo que le pedían, Kieran vio un destello blanco disparado desde el vehículo que derribó a una bestia que intentaba flanquear a los humanos que huían. La bestia mordió el polvo. Algo se acercó chirriando y silbando hacia él, hubo un golpe seco y un crujido. La acción se repitió y la voz férrea volvió a hablar:
—Pueden levantarse ahora. Por favor, permanezcan donde están —el vehículo estaba cada vez más cerca y de pronto les bañó una luz. La voz dijo—: Señor Webber, está sujetando un arma. Tírela, por favor.
—Es solo una pequeña arma disuasoria —contestó Webber quejumbrosamente. La arrojó al suelo.
El vehículo tenía amplias orugas que levantaban nubes de arena. Se detuvo haciendo un gran estruendo. Kieran, cubriéndose los ojos, pensó que había distinguido a dos criaturas en su interior: un conductor y un pasajero.

***

El pasajero salió del coche con algo de dificultad para saltar el peldaño inclinado del vehículo oruga. Su cola se contoneaba de un lado a otro como un cable grueso. Una vez que estuvo en el suelo se volvió bastante ágil, moviéndose con un extraño pavoneo muy elegante en sus patas. Se acercó a ellos poniendo toda su atención en Kieran. Sin embargo, ofreció sus servicios poniendo una de sus delicadas manos en su pecho y haciendo una ligera reverencia.
—Doctora Ray —su hocico parecido al de un ornitorrinco pronunció, no obstante, el apellido de Paula medianamente bien—. Y usted es el señor Kieran, si no me equivoco.
Kieran respondió:
—Sí.
El cúmulo de estrellas brillaba en el cielo. Las bestias muertas se encontraban detrás de él, los humanos con sus melenas al aire habían desaparecido de su vista. Ahora se encontraba en territorio extraño, mirando a una forma de vida alienígena con la que se estaba comunicando y estaba tan cansado que todos sus nervios sensoriales estaban tan saturados que no le quedaba nada con lo que reaccionar. Se limitó a mirar al saka como si hubiera estado mirando una valla publicitaria y repitió:
—Sí.
El saka volvió a hacer su pequeña reverencia a modo de saludo.
—Soy Bregg —sacudió su cabeza—. Me alegro de haber podido alcanzarles a tiempo. Parece que no tienen ni idea de la cantidad de problemas que nos causan…
Paula, que no había articulado palabra desde que la niña había sido cazada, de pronto le gritó a Bregg:
—¡Asesino!
Se abalanzó sobre él, golpeándole con una histeria ciega.

8.

Bregg suspiró. Agarró a Paula con sus finas y pequeñas manos que parecían poseer una fuerza increíble y la sujetó apartándola de su cuerpo.
—Doctora Ray —dijo. La sacudió—. Doctora Ray —ella dejó de gritar—. No me gustaría tener que administrarle un sedante porque entonces podría usted decir que la he drogado. Pero lo haré si me obliga.
Kieran dijo:
—Yo la mantendré callada.
Kieran se la quitó a Bregg. Entonces ella se derrumbó en sus brazos y empezó a llorar:
—Asesinos —susurró—. Esa niña, esos ancianos…
Webber declaró:
—Ustedes podrían exterminar a esas bestias. No tienen por qué permitir que cacen a los humanos así. Es… es…
—Inhumano es la palabra que busca —precisó Bregg. Su voz parecía sumamente cansada—. Suban al coche, por favor.
Subieron y el coche dio la vuelta, acelerando en dirección al edificio. Paula se estremeció y Kieran la sujetó en sus brazos. Webber comentó después de unos instantes:
—¿Cómo es que está usted aquí, Bregg?
—Cuando atrapamos el flitter y lo encontramos vacío resultó obvio que estarían con los humanos, así que localizarles se volvió imperativo antes de que pudieran resultar heridos. Recordaba que la senda se acerca a este antiguo puesto fronterizo, así que ordené que la nave patrulla nos dejara por aquí con un vehículo de emergencia.
Kieran preguntó:
—¿Sabía que los humanos irían por aquí?
—Naturalmente —Bregg sonó algo sorprendido—. Los humanos migran todos los años al principio de la estación seca. ¿Por qué cree que Webber los encontró tan fácilmente?
Kieran miró a Webber e inquirió:
—¿Entonces no estaban huyendo de los sakae?
—Claro que sí —aseveró Paula—. Los viste con tus propios ojos, encogiéndose de miedo debajo de los árboles cuando la nave pasó por encima.
—La nave patrulla les asusta —reconoció Bregg—. A veces hasta el punto de hacerles salir en estampida, por lo que solo las usamos en casos de emergencia. Los humanos no asocian las naves con nosotros.
—Eso — subrayó Paula— es falso.
Bregg suspiró.
—Los idealistas siempre creen lo que quieren creer. Vengan y véanlo por sí mismos.
Ella se irguió.
—¿Qué les habéis hecho?
—Los hemos cazado en una trampa —dijo Bregg— y les vamos a clavar agujas ahora mismo… Un procedimiento que requiere su presencia, Doctora Ray. Son altamente susceptibles a los virus ajenos como bien debería recordar… Una de sus partidas de «hacedores del bien» logró exterminar a un grupo entero no hace muchos años. Por ello… Vacunas y cuarentena.

***

Unos focos iluminaron el área cercana al edificio mientras el coche aceleraba en esa dirección.
Kieran preguntó lentamente:
—¿Por qué no exterminan simplemente a los depredadores y les hacen un favor?
—En su época, señor Kieran… Sí, lo he oído todo sobre usted… En su época, ¿eran exterminados los depredadores en la Tierra para que su presa natural pudiera vivir más plácidamente?
El largo hocico de Bregg y su cráneo inclinado se perfilaban a contraluz.
—No —respondió Kieran— no lo hacíamos. Pero en ese caso se trataba de animales.
—Exacto —dijo Bregg—. No, espere, doctora Ray. Ahórrese el sermón. Puedo darle una razón mucho mejor que esa, una que no me podrá rebatir. Es una cuestión de ecología. El número de humanos aniquilados por estos predadores anualmente es insignificante. Sin embargo, son ellos los que acaban con una enorme cantidad de pequeñas criaturas con las que los humanos compiten por su comida. Si exterminásemos a los depredadores, los animales pequeños se multiplicarían tan rápidamente que los humanos se morirían de hambre.
El coche se detuvo junto a la colina, al borde del área iluminada. Una especie de corral compuesto de una valla de alambre había sido improvisado. Éste constaba de unas amplias secciones en forma de embudo para encauzar a los humanos hacia el interior del recinto donde una puerta se cerraba tras ellos. Dos sakae estaban montando guardia cuando la comitiva del coche llegó al corral. Kieran podía ver a los humanos dentro de la cerca dejándose caer de agotamiento. No parecía que ahora tuvieran miedo. Algunos de ellos estaban bebiendo de un suministro de agua que se les había proporcionado. También tenían comida tirada por el suelo.
Bregg le comentó algo en su propio idioma a uno de los guardias que pareció sorprenderse. Acto seguido se marchó dando firmes saltos con sus potentes patas. Bregg le dijo:
—Esperad.
Esperaron un momento y el guardia apareció llevando a una de las bestias predadoras amarrada con una cadena. Se trataba de una hembra, algo más pequeña que aquellas con las que Kieran había luchado. Ésta además tenía un mechón blanco en la garganta y el pecho. La bestia aulló y se tiró encima de Bregg dándole golpecitos en el hombro con su gigantesca cabeza y revolcándose de felicidad. Él la acarició mientras le hablaba y ella se rió como hacían los perros y le lamió la mejilla.
—Es fácil domesticarlas —aclaró—. Hemos tenido una variedad domesticada desde hace siglos.

***

Se acercó un poco más al corral agarrando bien fuerte la cadena del animal. De repente, la hembra se percató de la presencia de los humanos. En un momento la mansa mascota se transformó en una furia. Apoyándose en sus patas traseras emitió un rugido que hizo agitarse a los humanos dentro del corral. Ahora no estaban asustados. Escupían y armaban jaleo agarrando arena, guijarros y trozos de comida para tirarlos a través de la valla. Bregg le pasó la cadena al guardia que se llevó al animal arrastrándolo con gran esfuerzo.
Paula profirió con frialdad:
—Si lo que se propone es demostrar que los humanos no son amables con los animales, mi respuesta es que no puede culparles.
—Hace un año —comenzó Bregg—, algunos de los humanos cazaron a sus dos cachorros. Los desmembraron antes de que pudieran ser salvados y ella lo presenció. No puedo culparla a ella tampoco.
Se encaminó hacia la puerta, la abrió y entró dentro del corral. Los humanos se alejaron de él, le escupieron y le arrojaron comida y guijarros. Les habló en un tono severo, como si estuviera hablando con perros revoltosos. Les habló además con palabras de su propio idioma. Los humanos empezaron a revolverse inquietos y dejaron de tirar cosas. Bregg se quedó quieto, esperando.
La chica de ojos amarillos avanzó con sigilo y se frotó contra su muslo, cabeza, hombro y costado. Él la acarició con su mano y ella gimió de alegría arqueando su espalda.
—Oh, por el amor de Dios —soltó Kieran—. Salgamos de aquí.

***

Más tarde reposaban, cansados, sobre unos bloques de cemento en un cuarto oscuro y polvoriento del interior del viejo edificio. Solo la luz de una linterna disipaba la penumbra, un viento frío silbaba y Bregg caminaba de un lado a otro con su curiosa forma de brincar mientras hablaba.
—Va a pasar un rato hasta que el equipo médico necesario llegue. Tienen que ir a recogerlo, así que vamos a tener que esperar.
—¿Y después? —preguntó Kieran.
—Primero iremos a… —Bregg hizo uso de una palabra que indudablemente se refería a una ciudad de los sakae y que no significaba nada para Kieran— y después a Altair 2. Esto, desde luego, es un asunto del Consejo.
Se detuvo y miró a Kieran con ojos perspicaces:
—Usted está causando sensación, señor Kieran. Toda la comunidad de mundos espaciales está ya al tanto de la reanimación ilegal de uno de los astronautas pioneros y esto, por supuesto, ha generado mucha expectación —se detuvo—. En realidad, usted no ha hecho nada ilegal. No se le puede enviar a su estado anterior así como así y el consejo querrá escucharle, sin duda. Yo también tengo curiosidad por saber qué es lo que tiene que decir.
—¿Sobre Sako? —preguntó Kieran—. ¿Sobre… ellos? —hizo un gesto hacia una ventana hasta la que el viento hacía llegar el agitado sonido de los gruñidos y sorbos de los homínidos en el corral.
—Sí, sobre ellos.
—Le diré cómo me siento —declaró Kieran sin emoción. Se percató de cómo Paula y Webber se inclinaban hacia adelante entre las sombras—. Yo soy un ser humano y puede que los humanos de ahí fuera sean salvajes, estando incluso al nivel de los animales, inútiles tal como son… Ustedes, los sakae, puede que sean inteligentes, civilizados, razonables… Pero no son humanos. Cuando veo que les dan órdenes como si fueran bestias quiero matarles. Así es cómo me siento.
Bregg no cambió su postura pero hizo un leve sonido que pareció casi un suspiro.
—Sí —respondió—. Temía que fuera así. Un hombre de su época… un hombre de un mundo que los humanos dominaban por completo… se sentiría de ese modo —se dio la vuelta y miró a Paula y a Webber—. Parece que su plan, hasta este punto, ha funcionado.
—No, yo no diría eso —replicó Kieran.
Paula se levantó:
—Pero si nos acabas de explicar cómo te sientes…
—Y es la verdad —respondió Kieran—. Pero hay algo más —la miró pensativamente—. Era una buena idea. Estaba destinada a funcionar… Era de esperar que un hombre de mi época se sintiera de la manera en que queríais que fuese. Del mismo modo, habría salido de aquí recitando vuestros eslóganes políticos y creyendo en ellos. Pero pasasteis algo por alto…
Hizo una pausa mientras miraba por la ventana hacia el cielo y a los variopintos colores del resplandor que emanaba del cúmulo.

***

—No tuvisteis en cuenta el hecho de que al despertar yo ya no sería un hombre de mi época… ni de cualquier otra. Durante cien años me encontré en la más negra oscuridad… con las estrellas, mis hermanas, y sin ningún contacto hacia otro ser humano. Quizás eso enfríe un poco los sentimientos de un hombre, tal vez perviva algo en lo profundo de su mente y tenga tiempo para pensar. Os he dicho cómo me siento, sí, pero no os he dicho lo que pienso…
Se detuvo de nuevo y después continuó:
—Esos seres en el corral tienen mi forma y, por instinto, mi lealtad es hacia ellos. Pero el instinto no es suficiente. En la Tierra, de haber sido posible, nos habría mantenido en el fango para siempre. La razón nos llevó al espacio exterior. El instinto me dice que ellos son mi pueblo, la razón me dice que vosotros… —miró a Bregg— que sois una aberración para mí, que tocaros me pondría la piel de gallina… Vosotros que os movéis por la lógica y el juicio… La razón me dice que vosotros sois mi verdadero pueblo. El instinto hizo de la Tierra un infierno durante milenios… Creo que debemos dejarlo atrás, en el fango, y no permitir que haga un infierno de las estrellas también. Porque os encontraréis con este mismo problema una y otra vez a medida que os vayáis adentrando en las partes más lejanas del universo. Por ello, para poder solucionar este problema, las antiguas fidelidades de mentalidad pueblerina de los humanos deben ser alteradas.
Miró a Paula y aclaró:
—Lo siento, pero si alguien me pregunta, eso es exactamente lo que diré.
—Yo también lo siento —respondió ella con un tono de ira y abatimiento en su voz—. Siento que te hayamos despertado. Espero no volver a verte nunca más.
Kieran se encogió de hombros:
—La cuestión es que me despertasteis, a fin de cuentas. Soy vuestra responsabilidad. Aquí estoy enfrentándome a un universo completamente nuevo, así que os necesito —se acercó a ella y le dio una palmadita en la espalda.
—Vete a la mierda —le imprecó ella… Pero no se apartó de su lado.

FIN

N. de la T.: Cuerpo de Reconocimiento de las Naciones Unidas. UNRC por sus siglas en inglés: United Nations Reconnaissance Corps.

N. de la T.: Término genérico en ciencia ficción para describir un vehículo volador pequeño, normalmente sin alas y con algún tipo de tecnología antigravitatoria o aerodinámica especial.

NOTA IMPORTANTE: «Las Estrellas, Mis Hermanas (The Stars, My Brothers)». Derechos de traducción: Irene A. Miguez Valero (©). Obra traducida por primera vez al español para la edición de Amanecer Pulp 2014. Ahora también en papel: Maestros del Pulp 1

Sobre el Autor

Irene A. Míguez Valero

Filóloga, traductora y correctora.

Gente en la conversación

  • Muy interesante,un punto diferente de el encuentro con otras razas inteligente y sus posibles choques culturales ,tanto que uno no sabe si es un punto de vista revolucionario o reaccionario

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